Que interrumpía la vista

Pido al alcalde que ponga autobuses de tres pisos.
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La gente que iba por la calle parecía estar llegando tarde a la cena de fin de año, solo que hacía un sol radiante y se caían las moscas. Como habían cortado algunas calles por el acontecimiento, el autobús tuvo que coger un desvío. En un momento del trayecto extraordinario, me llegó por el rabillo del ojo el atisbo de una visión que ya conocía y que mantiene siempre su encanto indescifrable: los árboles del Retiro al fondo, envueltos en la bruma dorada del atardecer, que parece que están en otro mundo al que se llegaría bajando la calle, pero habría que bajarla, pero a la vez era un punto de vista mejorado porque íbamos más elevados respecto a lo habitual. Me di cuenta de que por la calle Juan Bravo normalmente no pasan autobuses y que por eso esa visión era única y un golpe de fortuna, propiciado por el futbolista de la semana anterior. También podíamos mirar a los árboles del bulevar a los ojos. Pido al alcalde que ponga autobuses de tres pisos. Esperé a la siguiente perpendicular, que ya llegaba, para volver a ver la imagen maravillosa, pero lo que se veía era una serpiente articulada de casas, manzana tras manzana, que interrumpía la vista. Así aprendí que la calle Lagasca es un verdadero tiralíneas, mientras que Claudio Coello abre un poco el ángulo y se tuerce de camino hacia Alcalá. Pensándolo no necesariamente bien, pensándolo solo a medias basta, Lagasca podría ser un adjetivo para lo ortogonal y el ángulo recto, el trazado limpio −una redacción muy lagasca, qué edificio tan lagasco, una frontera lagasca, e incluso la L inicial ya impone esos 90º−, mientras que el pobre Claudio se ve obligado a torcer el cuello si quiere ver algo. 

Cruzando el puente me fijé en dos señores que venían en sentido contrario, a pie, gesticulando mucho, vestidos de claro para no tener calor, y me dieron la impresión de ser unos excéntricos. Dentro del autobús pasó algo. Una escena. Un señor mayor se levantó a decirle algo a un chico. Cuando se volvió a su sitio, la mujer también mayor que iba enfrente del señor le hizo un comentario a este, y luego muchos gestos que querían decir “hay que ver” o algo similar, y se pasó tanto tiempo repitiendo variaciones de los gestos que en el rato que estuve fijándome en ella acabó por parecerme una anciana salida de otro tiempo, con su melena blanca peinada a un lado, unas mujeres que van a desaparecer, que funcionaban de una manera que va a desaparecer con ellas. Todo esto fue por supuesto intuitivo, porque las mujeres del futuro también gesticularán, espero. Supuse que el chico había apoyado las zapatillas en donde no debía. Pero la sensación de anacronismo me provocó un poco de melancolía, a la luz de la tarde, cruzando las calles tan raras, aunque creo que la melancolía tenía que ver con el calor acumulado y con otras acumulaciones en general.

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Lo abro al azar. Es Peter Handke (y Eustaquio Barjau). Dice: “Como parte de la multitud, estuvo delante del televisor de un bar de la calle St. Denis, donde en aquel momento estaban dando el partido de fútbol del campeonato del mundo, y ahora, no obstante, se acordó de lo inquietante que le resultaba el hecho de que no consiguiera evitar las miradas de reojo a las mujeres de las calles que estaban colocadas en fila hasta el fondo de los vestíbulos…”

De entre los buenísimos traductores del alemán que hay en España, me viene entonces a la mente Andrés Sánchez Pascual, el traductor de muchos de los libros de Jünger, que tiene en su entrada en Wikipedia una foto fenomenal, de las mejores, un retrato inesperado, y que creo que arroja sobre los libros de Jünger y sobre sus otros libros y traducciones una luz favorable, que saca unos ángulos favorecedores que beneficiarán incluso a los que, cuando los lean, no hayan visto su retrato.

Lo cual me recuerda que uno de los libros que quería leer y me podía haber metido en la maleta son las Conversaciones de Miguel Sáenz, pero no lo tengo y ahora ya es muy tarde y mañana salgo muy temprano. ¿Lo encontraré al bajarme del tren? No se sabe, pero conjuga los suficientes elementos como para que sus sustitutos sean fácilmente reconocibles cuando se me presenten en el andén, que medirá semanas de largo.

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Veleta, veletita, te miraré desde atrás.


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