Ilustración: Manuel Vargas

My beloved Sterne: la sabiduría del Tristram Shandy

Más innovadora y fresca que muchas ocurrencias (pos)modernas, la obra de Laurence Sterne tiene la locura en el corazón.
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En mi biografía de lector de novelas, el descubrimiento del Tristram Shandy supuso un hito tan importante como el del Quijote o La consciencia de Zeno (de hecho, un mismo espíritu cómico une a las tres novelas). A veces ocurre que, aunque no hayamos leído a determinado autor, por las noticias que tenemos de él y lo que alcanzamos a saber aquí y allá, presentimos que tenemos ciertas afinidades y cuando por fin lo leemos confirmamos felizmente nuestras expectativas. Esto fue lo que me ocurrió con Sterne. Yo sabía de qué iba el Tristram y de su naturaleza lúdica y humorística, sabía que cuando lo leyera seguramente me gustaría (antes había leído el Viaje sentimental, en la traducción de Alfonso Reyes); aun así, no podía anticipar del todo el asombro y el placer que me causaría su lectura.

Mi Tristram es el traducido por Javier Marías, reeditado por Alfaguara en 1999 y que no deja de contrastar con el tipo de títulos que normalmente publica la editorial en la actualidad. Es un ladrillo (incluso es color naranja) de más de setecientas páginas con letra muy pequeña. En la portada tiene una pintura en la que al principio, aunque me gustó, no puse demasiada atención y en la que ahora me gustaría detenerme porque me parece idónea para la obra de Sterne. Se trata de “Grupo en escalera” (1795) del pintor norteamericano Charles Willson Peale. Los protagonistas son sus hijos, Rafael y Tiziano (Peale era un fanático del Renacimiento). Uno de ellos, con paleta y pinceles en mano, se encuentra justo en el momento de subir un escalón y voltea a ver al espectador; el otro, más arriba, lo mira con curiosidad con medio cuerpo oculto. El retrato, de tamaño natural, es extremadamente detallado y realista, un auténtico trompe l’oeil (se cuenta que los visitantes del pintor, al entrar a su casa y verlo por primera vez, saludaban a los dos jóvenes). El detalle genial, digno de Duchamp, es que Peale hizo colocar el lienzo a ras de piso y, en lugar de un marco tradicional, le puso el auténtico marco de una puerta y, además, un escalón de madera pegado a la pintura como primer peldaño, indistinguible de los pintados.

El cuadro posee un espíritu absolutamente shandyano: irónico, cómico, juguetón, risueño. Pone en entredicho las relaciones entre la vida y el arte, la realidad y la ficción, e invita al espectador/lector a ser parte de la obra. Si solo nos la describieran, probablemente pensaríamos en las vanguardias o en algún otro ejemplo de arte moderno, pero es del siglo XVIII… Algo semejante sucede en la literatura con Sterne y el Tristram, más innovador y fresco que muchas ocurrencias (pos)modernas.

La obra de Sterne pertenece a la mejor tradición de la novela, la de la novela cómica (que es, bien mirado, la tradición de la novela). Como es sabido, Cervantes no tuvo herederos inmediatos en lengua española. Los ingenios hispánicos no supieron qué hacer con el legado cervantino. Pasó más de un siglo para que, del otro lado del Canal de la Mancha, apareciera su legítimo heredero, un humilde y socarrón pastor de la iglesia anglicana. Él era perfectamente consciente de ello y por eso se refería al autor del Quijote como “my beloved Cervantes”. En muchos sentidos podía decirse que Sterne llevó a la novela un paso más allá de donde la había dejado su modelo español.

La sabiduría del Tristram, como la del Quijote, es a fin de cuentas la sabiduría del humor y la risa, de la ironía y la ligereza, de la indulgencia y la magnanimidad.

La locura, el disparate, están en el corazón tanto del Quijote como del Tristram. Ninguno de los protagonistas de este último está loco en el sentido en el que don Quijote lo está, pero todos –notoriamente Walter Shandy y el tío Toby– viven en un mundo paralelo al de la realidad y, como el caballero manchego, constantemente chocan con ella. Sin embargo, esos choques, como los quijotescos, son fundamentalmente cómicos. El sentido del humor sterniano es de índole cervantina –irónico, benévolo, compasivo, profundamente humano– y extrae de él sus últimas consecuencias filosóficas. Nada sabemos a ciencia cierta de la realidad, todo es ambiguo (esa cosa, ¿es una bacía o es un yelmo?; que sea un baciyelmo), nuestro punto de vista nos condiciona irremediablemente, el lenguaje –aquello que nos hace humanos– es una red muy precaria para intentar aprehender el mundo o comunicarnos efectivamente entre nosotros. Podríamos tomarnos todo esto a la tremenda y hacer una tragedia; con una media sonrisa Cervantes y Sterne sugieren que es más bien una comedia. La mejor opción es la risa, pues “lo propio del hombre es reír”, como escribió Rabelais, otro espíritu de su misma familia y su precursor.

Si las afinidades entre ambos no saltaran a la vista, bastaría comparar el famoso prólogo del Persiles y Sigismunda, que termina con esa famosa profesión de fe que en cierta forma encierra todo Cervantes (“¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”) con la dedicatoria del Tristram Shandy. Cada uno podría llevar la firma del otro. Son dos textos escritos por dos hombres enfermos (en el caso de Cervantes, “puesto ya el pie en el estribo”), pero que al mal tiempo ponen buena cara, que han tomado un decidido partido por la alegría y el placer, y que lo sostendrán hasta el final, convencidos –como escribe Sterne– “de que cada vez que un hombre sonríe, pero mucho más cuando se ríe, se le añade algo a este Fragmento de Vida”.

La novela me ganó desde el epígrafe, tomado de un estoico (Epicteto, al que había leído junto a Marco Aurelio) y que enuncia uno de los principales artículos de la doctrina: “no son las cosas, sino las opiniones sobre las cosas, las que perturban a los hombres”. Pero Sterne lo cita en clave irónica, pues la novela deja en claro que las cosas son muy difíciles, si no imposibles, de conocer, y que no tenemos sino opiniones (el Tristram también hizo su parte en irme haciendo ver el estoicismo con cierta distancia). La obra trata, en buena medida, sobre el conocimiento y el lenguaje, sobre sus posibilidades y limitaciones, pero en vez de hacerlo seria y abstractamente, como lo haría un tratado filosófico, lo hace cómica y concretamente, como solo puede hacerlo la novela.

Acostumbrado a la rigurosa forma de la novela realista –lo que la mayor parte de los lectores, a la fecha, siguen entendiendo por novela– con sus argumentos claramente planteados, su desarrollo progresivo, su nudo, su desenlace, etc., una de las cosas que más me sorprendió –y alivió– del Tristram fue su forma informe, rematadamente libre y caprichosa (muy semejante a la del ensayo como lo concibió Montaigne, al que ya llegará su turno), que no parecía ir hacia ningún lado, en la que reinaba la digresión y que serpenteaba indefinidamente sostenida por el ingenio de la invención y el virtuosismo verbal. “¡Esto también podía ser la novela!”, me decía ingenuamente a mí mismo (de hecho, habría que ver si no es, sobre todo, eso, y las rígidas y admirables construcciones decimonónicas una etapa más bien agotada). También en esto Sterne partió de Cervantes y lo llevó un paso más allá: la novela como una ensalada de géneros, formas y discursos en la que todo cabe.

A la desmesura del Tristram suele reaccionarse también desmesuradamente: o se tiene una afinidad inmediata y profunda con él y se le ama, o no se siente simpatía alguna y se le rechaza. Está claro de qué lado estoy. Le deberé siempre dos cosas, aparte de algunas de las horas de mayor dicha lectora de mi vida: una, haber ampliado y profundizado mi idea de la novela y haberme ayudado a definir una concepción personal de la misma; dos, haberme mostrado las posibilidades del humor y la alegría en la literatura (o sea, en la vida) y contribuido a formar una orientación, a la par literaria y vital, que ya estaba en mí, pero que encontró en sus páginas un empujón definitivo.

La sabiduría del Tristram, como la del Quijote, es a fin de cuentas la sabiduría del humor y la risa, de la ironía y la ligereza, de la indulgencia y la magnanimidad. Somos criaturas francamente cómicas. Reconozcamos este hecho y abracémoslo. Hay que saberse reír de la vida, de los demás y, sobre todo, de nosotros mismos. El humor humaniza y, al mostrarnos las debilidades propias y ajenas, nos vuelve más benévolos y comprensivos de todo lo humano.

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