Entre Israel y Palestina

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Pasamos el puesto de revisión aminorando apenas la velocidad. El trayecto entre Tel Aviv y la impecable carretera que conecta la gran ciudad costera con Ariel toma tan sólo media hora. Pocos automóviles se cruzan con nosotros y ninguno ostenta las placas azules con números plateados que identifican los coches palestinos. De la red de carreteras que conectan las poblaciones del Margen Occidental entre sí, y con Israel, muchas tienen vedado el paso a cualquier transporte de placas azules. Un paisaje árido bordea el camino. Piedras y pedruscos dorados, amontonados aquí y allá, apenas salpicados por arbustos y hermosos olivos retorcidos: el escenario peculiar de Cisjordania. Ariel, una de las poblaciones en disputa entre israelíes y palestinos, se abre como un rombo a partir del centro de educación superior que la corona, y desciende doce kilómetros, hasta el entronque que la vuelve a conectar con la carretera con Tel Aviv. Más allá de la alambrada que la limita al norte, un pequeño pueblo árabe se pierde en la distancia. Ariel ha crecido exponencialmente desde su fundación en 1978. Lo que era un reducido enclave israelí en el corazón norteño de Cisjordania es ahora una ciudad de dieciocho mil habitantes, que vive de espaldas a la alambrada. Recorrerla en la mañana multiplica la sensación de irrealidad: los niños se dirigen a la escuela, las mujeres hacen sus compras y los hombres se encaminan al trabajo como si vivieran en el corazón de Francia. Una nueva carretera está en construcción. La maquinaria y los trabajadores laboran incesantemente: parecería que esta tierra no fuera parte de “los territorios ocupados”.
     En estos últimos días de octubre, la prensa israelí está llena de rumores y elucubraciones. En relación con Cisjordania, Israel vive aún bajo la sombra de la salida unilateral de Gaza, y se habla de un plan oculto del gobierno que llevará a una nueva retirada unilateral. Esta vez, piensan muchos optimistas, Israel abandonará el Margen Occidental. Ariel Sharon, el primer ministro israelí, niega esos rumores. Independientemente de las cartas que tiene en la mano, sumadas a varios ases en la manga, una visita a Ariel desmiente parte de los rumores: Sharon no tiene intenciones de retirarse de toda Cisjordania. La nueva frontera trazada por el primer ministro abarca Ariel y también las poblaciones israelíes que, como será evidente en una visita posterior a Ramallah, están siendo separadas paso a paso del resto del Margen occidental e incorporadas al territorio israelí.
     Pero lo que verdaderamente preocupa a israelíes y palestinos en estos días es un asunto más urgente e inmediato. En esta región del mundo, lo inmediato se impone siempre: el corto plazo parece empeñado en obstaculizar cualquier intento de proyectar visiones que remonten el horizonte temporal cercano y, ciertamente, planes definitivos de paz. Lo inmediato y la aceleración de la historia imponen su propio ritmo. Yoel Marcus, un editorialista del diario Haaretz se queja con razón: “¡Lo que pasa en Suiza en treinta años, aquí sucede en tres meses!” El asunto que ocupa las páginas de la prensa es uno de los problemas inconclusos legado de la salida de Gaza: los canales de comunicación de la Franja con el mundo. Varios puntos de salida, en especial el paso de Karmi que conecta Gaza con Israel, y Rafah en la frontera con Egipto, son objeto de una ríspida negociación. El tránsito de bienes y personas por estos puntos es fundamental para el despegue económico de Gaza (se acerca el período de recolección —y exportación— de productos perecederos como la fresa, que los palestinos han seguido cultivando en los sofisticados invernaderos abandonados por los pobladores israelíes). Asimismo, la libertad de tránsito es fundamental para consolidar, al menos, la percepción de que los palestinos han recuperado la soberanía en la Franja, un tema fundamental para la Autoridad Palestina (ap), que necesita vender a los habitantes de Gaza —sumidos en la pobreza y un caos creciente— un bien político de peso para ganar allí suficientes votos en las elecciones legislativas del 25 de enero.
     James Wolfensohn, el mediador que representa al Cuarteto (EEUU, la ONU, Rusia y la Unión Europea), no ha podido encontrar la fórmula para conciliar los intereses palestinos y los de Israel. El gobierno de Sharon quiere mantener una vigilancia directa en los puntos de paso, para evitar el contrabando de armas desde Egipto y hacia Cisjordania; la ap afirma que eso significaría mantener la subordinación de su seguridad y vulnerar su soberanía sobre Gaza. Mahmoud Abbas, cabeza de la ap, está dispuesto tan sólo a compartir la vigilancia en Rafah con un equipo de observadores europeos. Como ha sucedido una y otra vez en las negociaciones entre israelíes y palestinos, el problema radica en que ambos tienen razones de peso para sustentar su posición.
     Inmersa en confrontaciones políticas y armadas con grupos que tienen un alto nivel de popularidad en Gaza —en especial Hamas—, la ap necesita, como un medio de legitimación política, tomar paulatinamente el control del territorio de Gaza y de sus fronteras. En Israel, la seguridad es el tema fundamental. A pesar de la tregua a la que se han comprometido el mismo Hamas y facciones aún más radicales, después de mi partida, el 5 de diciembre, un terrorista miembro de la Yijad Islámica se hace estallar en la ciudad de Netanyá dejando cinco muertos y más de cuarenta heridos. La lluvia de qassam sobre poblaciones del sur de Israel no se ha interrumpido. Estos proyectiles artesanales hacen un daño casi simbólico, pero Israel teme que, si permite la apertura irrestricta de Rafah, entren a Gaza cohetes y artillería capaces de romper sus defensas y matar a decenas de israelíes. Aun en una atmósfera más relajada, que no tiene punto de comparación con la que privaba hace dos o tres años en Israel, el temor es evidente en todas partes. La prioridad de la agenda política del gobierno y de la opinión pública es la seguridad.

  •      Con o sin territorios ocupados, Israel es un país muy pequeño. Un chiste clásico: “Por la mañana, dice el guía a un grupo de turistas que llegan a Israel, visitaremos el país. Uno de los turistas levanta la mano y pregunta: Y en la tarde, ¿qué vamos a hacer?” Si se piensa sólo en la superficie, el chiste es cierto. Pero así como Israel tiene, con toda certeza, el mayor índice de densidad política por metro cuadrado en el mundo, es imposible medir lo que allí puede verse en kilómetros. La densidad histórica es todavía más profunda que la política. Punto de paso y ocupación de diversas culturas desde el inicio de su historia, el territorio israelí conserva la huella de cada una de ellas. Apolonia, una ciudad fundada por los griegos en el siglo III a.C. y ocupada centurias después por los cruzados, domina aún el Mediterráneo desde su deslumbrante locación en las alturas de la costa; ciudades semiderruidas como Beit She’an se levantan como recordatorio de la ocupación romana, y camino a Tiberíades un castillo templario, que conserva inmensas salas coronadas con bóvedas góticas y monumentales arcos de medio punto, domina el hermoso valle donde se extiende el lago Kinneret, el cual termina en las montañas que marcan la frontera con Jordania y Siria. Incluso allí, la política es inevitable. La televisión anuncia un “terremoto político”. Amir Peretz, un líder sindical de origen marroquí, acaba de ganar las elecciones internas del Partido Laborista (PL). Su contendiente, Shimon Peres, suma una más a su lista de derrotas políticas.
         El triunfo de Amir Peretz acaba de un golpe con el monopolio que políticos israelíes de origen europeo, como Shimon Peres, habían mantenido sobre el laborismo. Destruye asimismo la alianza inestable que el PL había establecido con el Likud de Sharon, y que había desdibujado su trayectoria y su programa político. El proceso no ha sido responsabilidad única del viejo liderazgo laborista. Más allá de la tendencia de Shimon Peres a establecer lo que él mismo llama “compromisos funcionales” —que enajenaron a muchos votantes laboristas y fortalecieron la posición electoral del Likud—, Ariel Sharon limitó las opciones del laborismo cuando adoptó sus banderas como propias. La estrategia del retiro unilateral israelí de los territorios ocupados, como un camino alternativo para lograr la paz ante la imposibilidad de concretar el compromiso negociado que proponían los acuerdos de Oslo, fue originalmente una propuesta laborista. La salida de Gaza llevó de manera natural al PL a sumarse a la coalición gobernante de Sharon.
         Todos reciben la elección de Amir Peretz como un saludable regreso a la “normalidad”. En su discurso inaugural, promete revivir de inmediato las pláticas de paz con los palestinos. En el ámbito doméstico, retoma el viejo programa laborista centrado en la “justicia social”. Propone elevar el salario mínimo, reducir la edad de retiro, aumentar los subsidios gubernamentales a los pensionados y modificar el sistema impositivo para beneficiar a los pobres. En suma, Peretz anuncia el fortalecimiento del estado benefactor israelí.
         Estas medidas, que suenan a gloria en el papel, pueden tener repercusiones muy negativas en la práctica. Un artículo del Haaretz, firmado por Avraham Tal, analiza con pragmatismo las posibles consecuencias del programa económico del nuevo líder laborista. Sus conclusiones son también un saludable recordatorio para países como México, donde candidatos como López Obrador hacen campaña con programas similares al de Amir Peretz.
         El programa de Peretz, advierte Tal, es producto de su trayectoria personal y corresponde a otra realidad: la de los años sesenta y setenta, cuando las economías contaban con un grado mayor de independencia y era posible actuar en función de una u otra ideología e ignorar al mundo. En el siglo XXI, dominado por la globalización, la competencia internacional y la movilidad de los medios de producción, el choque entre una ideología como la de Peretz y la realidad redundaría en un creciente rezago económico. Ningún país puede darse ahora el lujo de gobernar haciendo a un lado las fuerzas del mercado internacional y doméstico.
         Sin embargo, por ahora, no son las repercusiones económicas que tendrá el nuevo programa laborista, si Peretz es electo, lo que ha convulsionado el sistema político, sino la retirada del pl de la coalición gobernante. Sharon no tiene otra salida más que convocar a nuevas elecciones. Confronta asimismo una difícil disyuntiva: permanecer en el Likud, que se ha movido a la derecha crecientemente después del retiro unilateral de Gaza, o fundar un nuevo partido de centro que aglutine a los likudistas y a los laboristas moderados, marginados por la elección de Peretz y la presencia dominante de Benjamin Netanyahu en el Likud.
         En un sistema parlamentario que favorece la fragmentación partidista y otorga un poder excesivo a los partidos pequeños, que acaban siendo el fiel de la balanza política, la radicalización del laborismo hacia la izquierda y del Likud a la derecha ha dejado el centro, poblado por partidos menores, prácticamente vacío. La posibilidad de construir un sistema político más equilibrado está en manos de Ariel Sharon: el apoyo de un alto porcentaje del electorado le otorga, por el momento, una envidiable libertad de maniobra política.
         En mi última noche en Tel Aviv, el 12 de noviembre, una multitudinaria ceremonia en conmemoración del décimo aniversario del asesinato de Yitzhak Rabin deja de manifiesto uno de los límites del margen de maniobra de Sharon. Decenas de miles, entre ellos muchísimos jóvenes, abarrotan la plaza donde Rabin fue asesinado. Con su sola presencia, todos ellos votan por la paz. Afortunadamente, aquí “los justos” son muchos.
  •      Tomamos la sinuosa carretera hacia Ramallah después de luchar con el tráfico y las desviaciones que entorpecen la circulación en Jerusalén. El despliegue policiaco es abrumador. La prensa matutina explica la razón del caos vial que sufre la ciudad: la secretaria de Estado estadounidense decidió extender su estancia en Jerusalén. En un largo maratón de negociaciones que se prolongó toda la noche, Condoleezza Rice logró llegar, finalmente, a un acuerdo entre palestinos e israelíes. La presión estadounidense consiguió que Rafah, el punto de paso entre Egipto y Gaza, se abra y sea supervisado directamente por un contingente europeo. Igualmente, logró que Israel se comprometa a dejar entrar un número creciente de transportes con mercancías palestinas a través de Karmi. Un respiro indispensable para la economía de Gaza, donde viven 1.4 millones de palestinos que padecen un desempleo de más de 50% y un ingreso per cápita tan bajo como el de Somalia o Sierra Leona.
         El Margen Occidental no es Gaza. Aquí, los pueblos palestinos que salpican el horizonte, junto a los techados rojos de las casas de los asentamientos israelíes, gozan de un nivel de vida más alto. A la distancia, el muro de Sharon, que sustituye las alambradas en los puntos más conflictivos de la frontera arbitraria que separa Israel del Margen Occidental, se extiende hasta perderse de vista. Ambos, los asentamientos ilegales y el muro, son dos de los principales obstáculos para el surgimiento de un Estado palestino viable en Cisjordania. Y ambos son responsabilidad de Israel.
         Desde el mirador improvisado que se levanta a la entrada de Abu Dis y domina los alrededores, es evidente a simple vista que las poblaciones israelíes crecen formando un semicírculo que podría aprisionar los pueblos palestinos que se localizan entre el cinturón de asentamientos y Jerusalén. El muro, que se encuentra en plena y acelerada construcción, no engloba todos los asentamientos, pero su traza se desprende de la famosa “línea verde” —la frontera establecida después de la guerra de 1948— e invade parte de los territorios ocupados. Tiene la solidez de una frontera permanente y es el símbolo más visible de la ocupación israelí, que es la prioridad de la agenda palestina. Nadie sabe qué planes alberga Sharon para el futuro, pero, para llegar a un acuerdo de paz definitivo con los palestinos, la mayoría de los asentamientos y el muro tendrán que ser desmantelados.
         En Cisjordania el mantra del discurso palestino es la desocupación, como si la salida israelí fuera la panacea de todos los males. Israel abandonará tarde o temprano todos los territorios ocupados. Ello pondrá fin a las humillantes revisiones en los puntos de paso, a la inaceptable división de pueblos y comunidades y abonará el terreno para el surgimiento de un Estado palestino. Pero en el discurso palestino hay vacíos elocuentes que pueden comprometer el éxito de las negociaciones de paz en el futuro, y de su propio destino: nadie habla de los problemas que han estallado en la Franja de Gaza desde la retirada israelí. Más allá del desafío que Hamas representa para la Autoridad Palestina, lo más grave son los enfrentamientos que han escenificado grupos que forman parte del mismo Fatah. Facciones del partido gobernante han escenificado enfrentamientos armados, secuestros y asesinatos. En Gaza ha resurgido, por lo demás, el poder de clanes familiares que han profundizado el caos. Funcionarios de la AP han calculado que los grupos armados informales tienen a su disposición el doble del armamento que posee la Autoridad Palestina. La lección de Gaza es que la desocupación es apenas el primer paso para que los palestinos construyan un Estado democrático y moderno: el resto depende de ellos mismos.
         El segundo vacío del discurso palestino es el terrorismo. Todos padecen una conveniente amnesia en relación con los ataques terroristas. Ese silencio convierte las revisiones en los puntos de paso y el muro mismo en medidas caprichosas e inexplicables, sin ninguna relación con la seguridad que preocupa a los israelíes. No habrá un acuerdo definitivo de paz hasta que ambos, palestinos e israelíes, tomen en consideración los intereses de su contraparte.
         El último vacío que salpica la eficaz retórica política palestina es la distorsión histórica. Está presente en todas las declaraciones que recogí en los territorios ocupados. Va desde la afirmación de que Washington ha peleado las guerras que Israel ha ganado, hasta la negación de la liga histórica del pueblo judío con Jerusalén. Muchos han comprado sin regatear esta visión histórica sui generis que han construido los palestinos, pero la manipulación de la historia con fines propagandísticos ha dificultado el entendimiento de los palestinos con quienes verdaderamente importan para su futuro inmediato: los israelíes.
         Ramallah es no sólo un ejemplo inmejorable de esos vacíos y distorsiones, sino de lo que podrían ser las poblaciones de un futuro Estado palestino. La ciudad no tiene nada que ver con las imágenes de la Muqata en ruinas y los coches y casas destrozadas con las que nos alimenta la prensa. Tampoco es hoy una ciudad bajo “ocupación colonial”. Es una población amplia, ordenada, limpia y llena de construcciones nuevas: edificios, hoteles y flamantes oficinas en que se asientan los diversos ministerios de la Autoridad Palestina. Hasta el viejo “bunker” donde Arafat pasó sus últimos días ha sido reconstruido. La cara de Ramallah habla de un gobierno establecido, con un proyecto democrático y —a diferencia de grupos como Hamas, que anhelan establecer un Estado islámico— sanamente secular. Aunque cubiertas desde el copete hasta el huesito, las mujeres caminan solas por las calles y más de una nos rebasa al volante de su automóvil.
         Desafortunadamente, Mahmoud Abbas tiene problemas domésticos casi irresolubles. El partido de la AP, Fatah, enfrenta las elecciones de fines de enero profundamente dividido. Una nueva ola de líderes, jóvenes y nacidos en los territorios ocupados, tiene un programa diferente del de la vieja generación, a la que Abbas pertenece. La nueva guardia, encabezada por políticos populares como Marwan Barghouti o Muhammad Dahlan —que estuvo encargado de cuerpos de seguridad palestinos en el pasado— desean limpiar la AP de la red de patronazgo y corrupción creada por Arafat, consolidar un estado de derecho y promover la inversión en Gaza y Cisjordania. Pero el problema fundamental de Abbas es el desafío que Hamas representa. La organización, que es de hecho un poder paralelo con un ejército propio, tiene una inmensa popularidad en Gaza: patrocina instituciones de beneficencia, ha resultado un administrador eficaz en los municipios donde ha ganado, y 84% de los habitantes de la Franja creen que la violencia terrorista de Hamas derivó en el retiro israelí de Gaza —ellos, como todos los palestinos, tienden a interpretar cualquier concesión o medida del contendiente como una victoria.
         Abbas no ha querido o no ha podido desarmar a Hamas. Un funcionario de la cancillería de la AP, moderado e inteligente, me explica en perfecto español la estrategia que persigue la Autoridad Palestina frente a Hamas. Busca incorporar el movimiento al juego político para debilitar a su brazo armado: “con la participación política, ellos mismos se desarmarán”, afirma. En cuanto a su fuerza electoral, “Hamas no tiene posibilidad de ganar más de cuarenta escaños (entre 132)”, concluye. “El padrón electoral tiene 1,300,000 votantes registrados y Hamas no obtendrá nunca 800,000 votos.”
  •      Sólo el tiempo dirá si la estrategia de Abbas frente a los grupos armados palestinos es la correcta: de su éxito depende el fortalecimiento de un estado de derecho y del gobierno de la AP. Una plataforma indispensable para negociar en el futuro el establecimiento de un Estado propio. A principios de diciembre, el panorama israelí luce mas positivo. El primer ministro ha decidido fundar un nuevo partido de centro. Lo bautiza con el nombre de Kadima (“Adelante”). Las primeras encuestas predicen que obtendrá una mayoría de mas de treinta asientos en la Knesset. Con Sharon al mando, el país parece haber absorbido los acelerados cambios políticos de los últimos dos meses.
         …Semanas después, Israel vivirá un terremoto político de consecuencias impredecibles, aún más profundo que el que me tocó presenciar: un derrame cerebral masivo pone fin a la carrera política de Ariel Sharon. –