Járkov en llamas

El ejército ruso ha entrado en la segunda ciudad más poblada de Ucrania, de mayoría rusohablante. Por su cercanía con la frontera, los habitantes de Járkov siempre han sido más conscientes que el resto de ucranianos de la amenaza rusa.
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Una experiencia compartida por muchos refugiados que vuelven a su país después de una guerra es la de mirarse al espejo y ver a una persona totalmente distinta de la que se marchó. Cabría igualmente preguntarse lo contrario: si quienes se miran al espejo después de haber evitado una guerra han cambiado también. En el caso de Ucrania ya nunca se podrá saber la respuesta. El espejo se rompió el pasado 24 de febrero, cuando las primeras bombas del ejército ruso empezaron a caer sobre las principales ciudades del país. Hoy podemos tener bastante certeza de que los esfuerzos diplomáticos del Kremlin eran deliberadamente perezosos y solo buscaban ganar tiempo para preparar una invasión que estaba pensada desde hacía meses. 

En solo poco más de tres días de conflicto, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados calcula que más de 120.000 ucranianos han dejado ya el país. Las estimaciones más conservadoras sostienen que la Unión Europea recibirá medio millón de refugiados; en el peor de los casos podrían ser varios millones. Como consecuencia de la invasión rusa, Ucrania no solo perderá su independencia, sino también la posibilidad de dejar de ser en un futuro próximo el que es considerado por el Fondo Monetario Internacional como el país más pobre de Europa. Se van sobre todo las personas jóvenes, quienes tienen más energías y nuevas ideas para mejorar la economía y las instituciones democráticas de su país. Se sumarán así a una ya de por sí amplia diáspora dispersa por numerosos países del mundo (solo en España hay 112.000 residentes legales).

Si hay una ciudad ucraniana donde es posible ver el pasado, el presente y un atisbo del  incierto futuro de Ucrania, esa es Járkov. Situada a unos 50 kilómetros de la frontera rusa, en el este del país, es la segunda ciudad por número de habitantes y tal vez la primera en cantidad de población rusohablante. Hasta hace escasos días era una ciudad dinámica, cosmopolita, universitaria y con una economía creciente y diversificada (tiene el extraño honor de reunir en un mismo lugar a miles de programadores y a trabajadores de la industria pesada, impulsada en la época soviética). Hoy, los habitantes que no han huido buscan refugio en sótanos y estaciones de metro, o defienden la ciudad en las calles. La guerra ha pillado por sorpresa a muchos ciudadanos (como siempre pasa con todas las guerras, pese a que no hay nada menos sorpresivo que la preparación de una invasión), pero por su cercanía con Rusia los habitantes de Járkov siempre fueron más conscientes que el resto de sus compatriotas de la delicada situación diplomática con su país vecino. 

En el verano de 2019 los días de tensión de las protestas del Euromaidán, la invasión de la península de Crimea por el ejército ruso y el conflicto armado en las regiones separatistas de Donetsk y Lugansk ya habían quedado atrás, y sin embargo todavía era posible ver a hombres y mujeres vistiendo camisetas con el lema “Defend Kharkiv” y la silueta de un rifle de asalto AK-47 entre ambas palabras. Graffitis con el mismo logotipo se encontraban esparcidos por las paredes de muchos edificios. 

Durante mayo a agosto de ese mismo año decidí ir a vivir a la ciudad porque quería practicar mi ruso y porque sentía una enorme curiosidad por conocer más en profundidad una región que parecía reflejar mejor que ninguna otra las entrelazadas relaciones históricas, culturales y económicas de Rusia y Ucrania. Como consecuencia del conflicto armado iniciado en 2014 Járkov era una ciudad con una fuerte presencia militar, pero salvo eso la vida seguía su curso normal sencillamente porque “es extenuante pensar en la guerra todo el rato”, como me dijo una vez un taxista, entre salto y salto causados por los inmensos socavones en las carreteras de la ciudad. 

Como ya ha quedado demostrado durante años, las desavenencias entre Rusia y Ucrania tienen sus raíces en las aspiraciones europeístas de Ucrania y en los esfuerzos del gobierno ruso por impedírselo a cualquier precio, no en conflictos idiomáticos o en diferencias culturales, que son prácticamente inexistentes. Járkov es una ciudad rusohablante en la que casi todos los carteles de publicidad y las señales oficiales están escritas en ucraniano, y en cuyos edificios (tanto privados como institucionales) ondean banderas de la Unión Europea, pese a que el país no es miembro del bloque comunitario. Sus habitantes, hasta antes de 2014, se movían con libertad entre Rusia y Ucrania casi como si la frontera no existiese, y es raro encontrar a jarcovitas que no tengan amigos o parientes al otro lado de la frontera. 

Si hasta hace escasos días la ciudad, por su cercanía, era el principal punto de acogida de personas que huían de las regiones separatistas del este del país, hoy es Járkov, como tantas otras partes de Ucrania, la que se convierte en emisor de refugiados. Durante mi estancia en la ciudad una estudiante de español (yo daba clases en una academia porque de alguna manera tenía que pagar el alquiler) me contó que en 2014, en los días de mayor incertidumbre durante el Euromaidán, ella y su pareja tenían lista una maleta con ropa por si había que ir al aeropuerto para abandonar la ciudad en caso de que el país fuera ocupado por el ejército ruso. Su plan nunca habría funcionado. El primer paso de la invasión iniciada hace ya tres días fue cerrar el espacio aéreo ucraniano.

Por supuesto, no todos se han marchado. Para una excompañera de la academia, profesora de español, sencillamente ya es tarde pese a que escucha explosiones desde su casa. Otros consideran el acto de marcharse justo ahora como una traición. “Aunque pudiera [marcharme] no lo haría. Una cosa es emigrar en tiempo de paz, y otra totalmente distinta hacerlo durante una guerra. Parece que cuando todo está bien necesitas a tu país y cuando ocurre algo malo lo traicionas. Me parece mal”, me comentaba hace poco por Instagram Ekaterina, también antigua alumna y profesora de matemáticas de primaria. 

Para un país que da bastante poco a sus ciudadanos en términos de beneficios sociales, a cambio de un patriotismo incuestionable, la respuesta de mi antigua alumna me parece digna de admiración y respeto. Especialmente teniendo en cuenta que hasta antes de la guerra la corrupción era el problema número uno de Ucrania, un círculo vicioso en el que el país continúa metido (la corrupción limita el crecimiento económico, generando más corrupción) y que le impide dar el salto para salir de la pobreza.  

En 2014, tras un breve periodo en el que la ciudad estuvo en manos de los separatistas prorrusos, la estabilidad volvió a la región tras un pacto entre el gobierno central ucraniano y las élites políticas y económicas de Járkov, pero a cambio de mantener intacta la corrupción en los organismos públicos de la región. En muchos casos está tan institucionalizada y normalizada en el país que es fácil dejar de percibirla como tal. A menudo charlaba de ello con mi profesora particular de ruso, que era catedrática de filología eslava en la universidad de la ciudad y que daba clases de ruso fuera de la facultad para complementar su salario. “En otros países la corrupción es un problema, en Ucrania, en cambio, es un cáncer con metástasis”, me dijo una vez, tras explicarme cómo a los estudiantes extranjeros (provenientes sobre todo de la India y países africanos) se les cobraba el doble o el triple de lo estipulado en la matrícula y la diferencia se repartía entre los trabajadores de la universidad. En los días de calor suspiraba y se lamentaba de que en 2014 las tropas rusas le hubieran quitado a Ucrania el lugar predilecto de vacaciones, las playas de Crimea.

Hoy Járkov es una ciudad en guerra. Las personas que conozco me mandan fotos de estaciones de metro abarrotadas de personas que se refugian de las bombas o de un misil ruso incrustado en medio de un paso de cebra, como si fuera un peatón que no se decide a cruzar la calle. Sin embargo, ya antes de la invasión parecía que todas las guerras que habían asolado la región alguna vez en el pasado nunca habían terminado de irse del todo. En el centro de la ciudad, en la Plaza de la Constitución, se alza el Museo de Historia, cuya entrada está flanqueada por un tanque británico de la Primera Guerra Mundial (capturado al ejército blanco por los soldados soviéticos durante la Guerra Civil Rusa) y un tanque T-34 de la Segunda Guerra Mundial. Son el divertimento favorito de los niños que pasan por la plaza con sus padres, quienes se lo toman como un parque infantil. Recuerdo haber pensado un día, tras haber visto escenas similares en Rusia, que si había algo que unía tanto a niños rusos como ucranianos era el hecho de haber sido los herederos inconscientes de los traumas bélicos de sus padres y abuelos. La única diferencia es que en el pasado fueron guerras que ambos pueblos lucharon juntos y hoy luchan entre ellos.

Ciertamente, la urbe está siendo testigo de los primeros y más duros combates desde la Segunda Guerra Mundial, cuando en el curso de dos años cambió tres veces de manos entre las tropas alemanas y soviéticas, hasta que fue tomada definitivamente por el Ejército Rojo. Pero Járkov también fue víctima de otras guerras más silenciosas que tuvieron al hambre como arma. En la memoria colectiva de los ucranianos el recuerdo del Holodomor (la hambruna intencionada provocada por Stalin en el contexto de la colectivización de los años 30) sigue muy presente. “Mi abuelo falleció por culpa del Holodomor”, me dijo de pasada un día la secretaria de la academia. Fue en Járkov y su alrededores donde el periodista Gareth Jones vio los hechos de la hambruna, negada hasta por los medios más prestigiosos del mundo de la época tras una sobresaliente labor de ocultación por parte de las autoridades soviéticas.

Hasta antes de la invasión, hablar con los ucranianos sobre el futuro de su país suponía exponerse a largas charlas sobre las potencialidades económicas una vez y la corrupción hubiera quedado desterrada, todo ello regado con algo de patriotismo folclórico y una confianza naíf en que la Unión Europea sería la solución a todos los problemas. “Queremos ser como Alemania”, me decía a veces con cierta envidia y admiración otro alumno, Serguéi, que era empresario e importaba salchichas desde la fábrica de El Pozo, en Murcia. A veces tenía la tentación de decirle que todo me parecía un absurdo juego de espejos: Ucrania era el reflejo en el que siempre se ha mirado Rusia y, a su vez, Europa es lo que quiere ser Ucrania. También quise decirle que solo Alemania podía ser Alemania, y que Ucrania debía seguir su propio camino, dentro de Europa, pero su propio camino. Eso se salía de mis atribuciones de profesor, así que en su lugar le corregía su gramática y su pronunciación. 

La guerra se ha cargado las ilusiones de los ucranianos sobre su propio país, y los discursos apasionados han sido sustituidos por un simple “resistimos”, en alusión a la invasión rusa. El problema es que, a lo largo de la historia, las autoridades de Moscú siempre han encontrado la manera de de evitar que los ciudadanos ucranianos pudieran elegir su propio destino, y el desarrollo de los acontecimientos da escasas esperanzas de que esta vez la situación vaya a ser diferente. Durante mi estancia en Ucrania también tuve tiempo de visitar Odessa y Kiev. En mi último día en la capital y en el país oí, a la salida del metro, cómo un viejo trompetista tocaba las primeras notas de En las colinas de Manchuria, un vals compuesto por Iliá Alekséyevich Shatrov tras la derrota de Rusia en la guerra ruso-japonesa de 1905. Era verano, pero había nubes bajas, llovía y hacía frío. El tiempo no difería tanto del de Kiev en estos días de febrero y la melancolía de la escena era inexplicable pero innegable. Hoy, viéndolo con perspectiva, parecería que ese viejo trompetista estuviera anunciando una nueva derrota militar, esta vez la de Ucrania a manos del ejército ruso, y con ella la destrucción de las ilusiones de todo un país.

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