El rompimiento del diálogo público

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Como consecuencia de la llegada de líderes que concentran el poder en su figura y promueven discursos que dividen a la sociedad, el diálogo entre sus críticos y partidarios se ha roto. Sin espacio para el debate de las propuestas, la discusión de ideas y la construcción de acuerdos, la ciudadanía se enfrenta a una caja de resonancia de discursos vacíos que polarizan y que pueden tener como consecuencia la ruptura del tejido social y del régimen democrático. La solución ya no está en esperar que llegue un nuevo gobernante, sino en fortalecer las instituciones democráticas y a la ciudadanía.

Ivabelle Arroyo (IA): La polarización no es un fenómeno exclusivamente mexicano. De hecho, en otros países se mide desde hace tiempo la degradación de la conversación pública, no solo por curiosidad, sino por el efecto que este fenómeno tiene en las instituciones democráticas. Las debilita. En Estados Unidos, por ejemplo, la polarización ha sido estudiada desde hace décadas. El diálogo público ya tenía un mal rumbo antes de Trump. Aquí quiero aclarar que la polarización no consiste en tener ideas distintas sobre el color de piel o la forma de organizar una familia. Eso es diversidad, aun si son ideas incompatibles. No. La polarización es la incapacidad de entablar una conversación con el otro, que a su vez tiene la misma incapacidad. Por odio, desconfianza o rencor. Por una razón emocional. Por eso, lo que miden muchos de los estudios sobre polarización son aspectos que trascienden la esfera política, por ejemplo: “¿Está usted de acuerdo con que su hija/o se case con alguien que vota por el otro partido?” Ojo, no hablan de un político activo en otro partido, sino de alguien que vota a un partido distinto al de la familia. En 1960, menos del 10% de los encuestados estadounidenses se sentía incómodo con un matrimonio así. Para 2020 el 38% de los entrevistados mostraba inconformidad, de acuerdo con la encuestadora YouGov. Otros estudios muestran la poca presencia de matrimonios mixtos: solo el 21% de los matrimonios estadounidenses se compone de personas con visiones partidistas distintas (Deseret News/American Family Survey, julio de 2020).

En México no tenemos estudios tan específicos, pero hace nueve años en la ahora inexistente Encuesta de Cultura Política, se les preguntaba a los mexicanos: “¿Estaría de acuerdo con que viviera en su casa alguien que fuera de un partido político distinto?”, y el 85% decía que no tenía ningún problema. No sabemos cómo está eso hoy, pero hace nueve años la tolerancia política era altísima.

Gracias a las encuestas de Latinobarómetro podemos tener algunas ideas en torno al nivel de confianza interpersonal. En México es muy baja, en 2021 llegó al 18%. Y, a la vez, la confianza en la democracia ha caído a cifras muy alarmantes, no alcanzan el 40%. Menos gente confía en la democracia. Estas son aproximaciones que nos permiten ver más allá de las discusiones mediatizadas por las redes sociales y también más allá del análisis periodístico habitual. Nos permiten constatar que estamos en un momento peligroso, uno en el que la discusión no es sobre temas públicos sino sobre la validez del interlocutor. Es sobre quién está diciendo algo que no nos gusta, no sobre lo que está diciendo.

Esto es abonado por un discurso presidencial que divide. Un discurso que no entrega argumentos para la defensa de un aeropuerto o una reforma legislativa, sino que construye una idea de legitimidad para sí mismo y una noción de ilegitimidad e invalidación de los críticos. Nosotros contra ustedes los del pasado o ustedes los conservadores. El oficialismo pone el énfasis en la identidad del crítico para descalificar sus posturas y eso termina por espejearse, cómo no, entre muchos críticos del gobierno federal.

Gisela Kozak Rovero (GKR): Coincido totalmente. En las democracias normales, por llamarlas de alguna manera, se supone que existe la alternancia del poder. Es un hecho aceptado por todos. Pero ahora resulta que la llegada al poder de mi adversario político es vista como una tragedia, una catástrofe comparable con una invasión extranjera. Tú no vas a dialogar con un invasor extranjero, al contrario, te preparas para defenderte. Es decir, si llegan de nuevo al poder los que estaban en el pasado la patria se vendrá abajo. Por lo tanto, los del pasado no pueden continuar en el Estado. El Estado ya no debe representar a toda la nación, sino que se funde con el gobierno de “los verdaderos patriotas”. Eso en Venezuela fue clarísimo desde los primeros años de la revolución bolivariana.

El hecho de ver a quien piensa distinto como una suerte de invasor extranjero es el mayor éxito al que aspira el discurso polarizado. Este tipo de discurso es contemplado como un rasgo de populismo, aunque yo tengo mis reservas con esto porque, en realidad, forma parte también del arsenal propagandístico del socialismo real del siglo XX y del fascismo. En Venezuela vivimos primero un autoritarismo competitivo –como definió el politólogo estadounidense Steven Levitsky a los gobiernos autoritarios legitimados por el voto popular– y, después, una dictadura desembozada de izquierda. En el caso de México no me atrevería a decir, todavía, que se trata de un autoritarismo competitivo porque este depende mucho de algo que los mexicanos –en un acto de sabiduría política extraordinaria– no permiten, es decir, de la reelección del líder. El rechazo a la reelección es una gran fortaleza de cara al futuro porque su carisma no se transmite a sus compañeros de tolda, sobre todo en los poderes locales y regionales.

IA: Es fundamental que hablemos de la polarización no solo como un fenómeno que nos separa, sino como uno que degrada, deteriora y termina por acabar con la democracia. Esto es importante porque no estamos hablando de un tema abstracto; hablamos de la incapacidad de una sociedad para renovar a sus autoridades. ¿Por qué se da esa incapacidad? Porque se rompen las reglas para decir quién manda sobre qué y con qué, es decir, las reglas de la democracia. Las ideas distintas siempre van a existir, siempre van a estar en la sociedad. Lo que necesitamos tener son caminos institucionales que nos permitan aceptar que ganaron unas ideas sobre, por ejemplo, la forma de organizar la energía en un país, que hay caminos para fiscalizar esos proyectos o intentar modificarlos, y que hay un momento en el que se puede cambiar de rumbo. Con la polarización se rompe eso y pasa esto que apuntas sobre la visión del adversario político como un enemigo. Esta construcción del otro como alguien que va a destruir el futuro y, por lo tanto, el rechazo a las reglas que le permiten llegar al poder o modificar las políticas públicas.

Es muy atinado que hables del pasado porque la discusión pasa por encima del presente, este es irrelevante. Es el pasado lo que hay que destruir y el futuro lo que hay que imaginar. Lo que pasa en medio –pobreza, escasez de medicamentos– no es relevante. Es el sacrificio para el futuro. Por eso esta farsa de la identificación de los gobiernos populistas con la sociedad es tan peligrosa: los convencidos terminan por aceptar que en el presente no tienen nada de lo que tendrán en el futuro, pero que la lucha es por lo que va a venir. Lógicamente, el diálogo sobre las políticas públicas destructivas del momento pasa a ser irrelevante.

GKR: Cuando se cae en una de estas dinámicas de polarización no hay manera de discutir racionalmente nada. Debemos recordar que una de las críticas de la izquierda al neoliberalismo –palabra donde cabe de todo y que se ha convertido en un adjetivo que anula al adversario como interlocutor– reside en su carácter tecnocrático. Se supone que el neoliberalismo toma decisiones a partir de los expertos, quienes, según sus críticos, no responden a un conocimiento sobre la realidad, sino simple y llanamente a una ideología capitalista reflejada en sus decisiones, perjudiciales para las grandes mayorías. Yo no voy a discutir si esto es cierto o no, pero es un hecho que, con el grado de complejidad que han alcanzado en el contexto de la cuarta revolución científico-técnica, las sociedades actuales exigen la presencia de expertos. Sin ellos, el caso de la covid-19 lo demostró sobradamente, las sociedades no pueden funcionar. Por lo tanto, no es un problema de que el experto está dentro de la dinámica ideológica capitalista y por lo tanto segrega al no experto, sino una decisión racional: ¿cuándo y para qué necesitamos a los expertos? Esto no tiene que ver con que no se asuma la dimensión política de toda decisión técnica. Hay que asumir el peso político de las decisiones técnicas, pero hay que tomarlas.

El rechazo al experto es una de las expresiones más acabadas de esa especie de parálisis que tiene la izquierda en América Latina, una parálisis real pese a sus triunfos electorales. La izquierda se niega a concebir la economía en otros términos que no sean el rechazo al neoliberalismo, entendido como la ausencia del Estado, en lugar de apostar por la ciencia, la tecnología, la productividad y el fortalecimiento de la sociedad civil. Apostar por los commodities fue su error en la primera década del siglo XXI y lo seguirá siendo si no se renueva y adopta los esquemas de reparto de renta del populismo. En Venezuela el Estado ha controlado la mayor parte de las actividades económicas con resultados desastrosos porque quiso imponer la ideología en campos tan complicados como el económico. Empezó por querer decidir los “precios justos” de todo independientemente de la presión inflacionaria, manipuló a su antojo todos los contratos laborales, y pretendió dominar todas las lógicas de la sociedad, bajo la idea de inspiración marxista de que estas expresaban el funcionamiento del sistema capitalista como maquinaria de explotación. Es imposible llegar a consensos con los diversos actores sociales desde esta concepción porque se desconfía de las instituciones e iniciativas del pasado y no se ofrecen alternativas realistas, capaces de dar voz a quienes difieren del gobierno. En realidad, los líderes autoritarios no quieren instituciones fuertes sino apoderarse de los resortes de poder de la sociedad. En Venezuela, se destruyeron las instituciones y se instauró una sola lógica, la revolucionaria.

En este contexto, la oposición se queda sin la capacidad para enfrentar al gobierno simplemente porque ya no tiene los instrumentos para hacerlo. Las elecciones están intervenidas, el poder del Estado obedece al partido de gobierno, y a los candidatos no se les permite llegar al poder porque se les acusa de corrupción o de traición a la patria. Se judicializa la política. Los candidatos no pueden participar en las elecciones y todas las instancias a partir de las cuales se puede llegar al poder son bloqueadas. Esto lo hemos visto no solo en la revolución bolivariana, sino también en la Rusia de Putin.

IA: Sobre las políticas públicas yo quiero añadir tres cosas. Una tiene que ver con nuestro diseño institucional. Nuestro arreglo democrático permite que la mayoría que gana pueda corregir en el camino gracias a los contrapesos de la maquinaria o a los acuerdos con las minorías. En un escenario polarizado ya no se corrigen las políticas públicas. No se le mueve una coma al presupuesto.

Segundo, se genera una segmentación adicional en la sociedad. Quién acepta recursos del gobierno y quién tiene recursos de origen sospechoso. Quién va a las escuelas del régimen y quién permanece en las universidades públicas o privadas preexistentes. Esas diferencias en la relación de los individuos con las políticas públicas, en un contexto de polarización, anulan la validez del uno frente al otro. La validez de sus ideas. Su capacidad para hablar de la pobreza o criticarla, por ejemplo.

Y, por último, como estamos viendo en México, el Estado puede crear un quiebre cultural a través de las políticas públicas. Con el manejo del presupuesto puede definirse un rumbo cultural, lo mismo que con la apropiación de instituciones académicas y científicas.

Y me permito abordar el tema del autoritarismo. No debemos perderlo de vista como el riesgo mayor, pero a la vez es preciso dejar de utilizarlo como un calificativo multiusos. El mismo escenario puede darnos señales de que este gobierno es democrático y también que tiene tintes tiránicos. Un buen ejemplo es la división de poderes. Hay elecciones, tenemos un instituto electoral –acosado, pero ahí está–, hay partidos políticos, hay medios de comunicación, hay votación en las cámaras y amparos en los tribunales. ¿Quién puede negar que eso existe? No seré yo. Y, sin embargo, tampoco dudo de la preeminencia del poder ejecutivo, del regreso de las facultades presidenciales metaconstitucionales, del acoso a la libertad de expresión. Porque la democracia, como el autoritarismo, va sobre un haz de gradación. Hay más o menos calidad democrática o más o menos indicios que anulan la libertad del individuo para renovar autoridades. ¿Tenemos un gobierno autoritario? Prefiero decir que tenemos indicadores de que nos hemos movido, en el arco democracia-autoritarismo, hacia el segundo.

GKR: Había cosas que en Venezuela funcionaban, como la separación de la Iglesia y el Estado. Esta separación estaba consagrada en la ley, como parte del orden constitucional. ¿Qué empieza a pasar con la revolución? Lo primero que hace Hugo Chávez es declararse católico practicante y asumir el tono de los predicadores. Esto trae un efecto tremendo dentro de la sociedad venezolana, porque la Iglesia católica pasa de ser una institución respetada a ser un actor político. Usted no puede arrogarse a la feligresía cristiana católica bajo ningún concepto. Los socialcristianos en Venezuela, por ejemplo, no se asumían como un partido confesional, de modo que sus votantes podrían ser de cualquier religión. El problema es cuando Chávez y su régimen ponen a Cristo de su lado. Y para colmo de males, en América Latina hay un auge de las confesiones evangélicas pentecostales a las que les importa un bledo la diferencia entre la Iglesia y el Estado y quieren llegar al poder. Es el caso del pastor Javier Bertucci convertido en diputado y colaboracionista absoluto del régimen madurista. Un logro de la vida cívica venezolana se pierde completamente. La separación de la Iglesia y el Estado en Venezuela es un recuerdo y no es de extrañar que en el futuro un líder evangélico llegue a gobernar Venezuela e imponga sus preceptos.

¿Adónde voy con esto? A que hay reglas de convivencia no escrita que empiezan a romperse y otras sobrevenidas que empiezan a naturalizarse. Por ejemplo, en México, esas mañaneras en las que parte del tiempo se invierte en llevarles la contraria a los medios de comunicación, ¿van a convertirse en una costumbre? Es decir, de aquí en adelante, el presidente de México que se respete, sea del partido que sea, ¿va a tener una mañanera y va a cuestionar a los periodistas que le lleven la contraria? Esos son hábitos que, aunque parecen mínimos, importan porque expresan los valores de la sociedad. Así empiezan a normalizarse una serie de prácticas que son autoritarias. Los presidentes de la república no están para llevarles la contraria a los periodistas, se supone que hay una instancia a partir de la cual se hacen las comunicaciones públicas. El presidente de la república está para otra cosa, pero resulta ser que no, que el presidente entonces da consejos de salud. Se convierte en alguien que opina acerca de todo. Así era Hugo Chávez, quien llegó a decir públicamente que lo habían dejado operar un apéndice para que viera cómo era y que lo habían dejado dirigir una orquesta. Entonces fíjense cómo se convierte en una suerte de superhombre que hace de todo y sobre todo opina porque el país gira a su alrededor.

IA: Lo que yo puedo ver desde fuera hacia Venezuela es que la polarización ya dejó de ser lo que era. Ahora están en la siguiente etapa, la etapa a la que la polarización llevó, que es la de una dictadura. En México corremos el riesgo de caminar esa senda porque hay dos elementos que observo en el presente sin visos de modificarse: la militarización de la administración pública –no la militarización del poder, sino de la administración pública– y la opacidad, la imposibilidad actual de fiscalizar el ejercicio del poder. Eso se queda. Se queda independientemente de quién llegue a gobernar, de Morena o de la oposición. De quien sea.

GKR: Echar atrás la militarización de una sociedad es dificilísimo. El caso venezolano: en dos siglos de historia republicana apenas ha tenido cuarenta años de gobiernos realmente civiles, lo que indica que, en efecto, cuando la mentalidad militar llega a lo más profundo de una sociedad es muy difícil cambiarla. Es decir, quitarles el poder a los hombres de armas es sumamente difícil y los líderes autoritarios lo saben y se lo conceden porque saben que es una manera de apuntalarse.

El régimen democrático es decepcionante por su propia naturaleza, entre otras cosas porque permite la circulación de una cantidad enorme de información que un gobierno autoritario no permite circular. Las posibilidades reales de que un autoritario llegue al poder gracias a la democracia y al manejo de tal información son un riesgo que siempre va a estar. ¿Cuándo esos riesgos son menores? Cuando las instituciones son fuertes, la apuesta que los latinoamericanos no hemos hecho. Esa apuesta por las instituciones determina que hay cosas que tú no puedes hacer seas quien seas, estés en la posición en la que estés, vengas del partido que vengas. Los latinoamericanos no hemos apostado por el fortalecimiento de las instituciones porque apostamos siempre al próximo gobernante, de cualquiera de los partidos políticos, que va a venir a resolver milagrosamente nuestros problemas. Eso no funciona así. Y uno de los grandes espejismos de la política democrática es hacer pensar que en las manos del Estado está la solución a todos los problemas de la sociedad. Hay valores, ideas, formas de organización, prácticas sociales, que hacen que el populismo –y el militarismo– prenda muy rápidamente. ¿Qué es lo que está faltando en América Latina para que la ciudadanía se entregue tan fácilmente a este tipo de discursos, que logran convencernos de que el pasado ha sido un engaño sistemático de élites políticas? Creo que la apuesta por las instituciones es fundamental.

IA: Así es. Y por eso también –para terminar– pongo énfasis en que la responsabilidad de la polarización no es de los medios de comunicación, no es de la pluralidad de ideas, no es de la diferencia de tonos de piel ni de la desigualdad económica. No, ahí no está. La polarización identitaria es construida por la autoridad (religiosa, una autoridad fáctica, una autoridad política, un presidente) y por eso es tan importante que veamos nuestro arreglo democrático como la solución. La solución no es dejar de pensar diferente sino pensar diferente en el marco de un acuerdo democrático que impida a un líder omnipotente dividir a la sociedad con discursos identitarios. Que exista la oposición y la aceptación del triunfo de la mayoría en un arco democrático en el que sí se puedan hacer correcciones de políticas públicas porque los actores están de acuerdo en que una vez van a gobernar unos y otra vez van a gobernar otros. Una vez fiscalizarán unos, otra vez los otros.

Debemos aprender a perder y aprender a ganar. Aprender también que tendremos malos gobiernos y a corregirlos con reglas para que: 1) esos gobiernos malos no sean eternos, 2) mientras duren esos gobiernos malos se proteja la libertad y no sea imposible hacer ajustes. El gobierno bueno no existe y el gobierno del que se autoproclama bueno con éxito es peligroso. Es el que polariza y, por lo tanto, el que termina por destruir las reglas. ~


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