Foto: Jonathan Lanza/NurPhoto via ZUMA Press

Retos que no esperan

La unidad sin exclusiones es ahora, más que en cualquiera de sus grandes momentos del pasado, la fórmula de oro para afrontar el cúmulo insostenible de problemas que enfrenta Venezuela.
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Llama la atención la propensión de algunos de mis críticos de la última semana a rebatir argumentos –cosa a la cual tienen todo el derecho del mundo– de forma tal que, ratificando lo que niegan, incurren en lo mismo que creen refutar. Para negar que la abstención equivalga a regalar la Asamblea Nacional de Venezuela al oficialismo chavista, alegan que ya el “desacato” hace innecesaria la lucha por retener la mayoría parlamentaria. Vale decir que el reconocimiento otorgado por el mundo a la legalidad y legitimidad del órgano legislativo se derrumbaría como un zigurat de piezas de dominó. Hasta allí llegaría la columna que es hoy nuestro Poder Legislativo y la propia dignidad de Juan Guaidó. No creo que este desastre sea fatal, algo podrá hacerse para impedirlo, pero el riesgo innecesario al que se nos estaría exponiendo sería extremadamente peligroso.

La figura del “desacato”, urdida por el gobierno de Nicolás Maduro, es uno de los instrumentos más despreciables para amordazar a la Asamblea Nacional de Venezuela (ANV), presidida por Juan Guaidó, encubriendo semejante atropello con una vestidura precariamente institucional. La Constitución faculta a la ANV para nombrar al Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), pero la sórdida figura del desacato le impide hacerlo e incluso le impide dictar leyes y otros actos bajo el alegato de que al no reconocer al falso TSJ, arbitrariamente impuesto por el régimen, incurre en desacato y, por lo tanto, todos sus actos son inválidos. La ANV, primero de los poderes públicos y el único mundialmente reconocido, fue silenciada a la fuerza para convertirla en un poder muerto.

La robusta solidaridad universal que tantas agresiones ha frenado parte de que el “desacato” es inaceptable jurídica y políticamente, y en eso han sido unánimes los gobiernos que reconocen a Guaidó y muchos de los que aún no lo reconocen. Es más, el argumento del “desacato” es peor que el de la no participación pura y simple, porque ésta necesitaría que se produzca la abstención, en tanto que el “desacato” ha creado una situación jurídica perpetua, interpretada como pretende el régimen, que pone a la mayoría parlamentaria y al propio Guaidó en el dilema de retirarse de una vez de la ANV o permanecer en ella, pero a título de una fracción más del oficialismo. Por eso, si homologué la no participación con una donación de la ANV al régimen, con más razón me parece que ocurre con el “desacato”. Diría la cúpula de Miraflores: ¡con enemigos así, para qué necesito amigos!

Si el panorama que tenemos a la vista es tan inquietante, el drama económico-social de Venezuela –entre la crisis y la pandemia– se ha convertido en una tragedia desoladora. El tratamiento ligero de ambas dimensiones por parte del régimen ha provocado los comentarios más pesimistas. La hiperinflación, el retroceso continuo del PIB y la caída en picada de nuestra industria petrolera nos presentan un aterrador escenario de pobreza, pésimos servicios públicos, demolición de la salud pública y la crisis educativa creciendo como un cáncer muy voraz. Todo eso en danza de vampiros con la covid-19, cuyo pronóstico sigue siendo aterrador.

La unidad sin exclusiones es ahora, más que en cualquiera de sus grandes momentos del pasado, la fórmula de oro para afrontar este cúmulo insostenible de problemas. La unidad con un programa muy definido, por lo menos tanto como el que emana de los pesares de la nación. Es un programa de emergencia, no para dividir, sino para unificar voluntades más allá de las muchas diferencias banderizas que nos separan.

Es inocultable la forma como la incidencia de estos factores de la dura realidad, sumados a los accidentes que han afectado la marcha de la revolución bolivariana, han minado la estructura del poder y del PSUV. La composición de los amigos de Hugo Chávez y sus sucesores ha sufrido cambios tan considerables que la especulación sobre las contradicciones y luchas en el seno del chavomadurismo, hace rato que trascendió las fronteras de la fantasía. El auditorio para el mensaje del cambio democrático, de la unidad y la convivencia se ha expandido por los distintos niveles del dispositivo civil, institucional y partidista. El intercambio de rechazos indignados, las descalificaciones, el odio y la venganza no se avienen con los nuevos tiempos.

La lucha por el cambio debe agrupar todos los factores políticos y crecer bajo un espíritu más constructivo que el polvoriento que rige actualmente. La unidad, entonces, tiene que ser material en tanto que suma de grupos y sectores de la sociedad civil, individualidades, partidos y gremios que surgen con fecundidad vegetal al intensificarse los males arriba mencionados.

Esa amplia aspiración impone un cambio de estilo y de mensaje. Los nuevos líderes no serán los que más gritan y alardean, sino los que más resuelven y unen.

Los retos, sin embargo, no esperan, muchos de ellos están sometidos al calendario por disposición constitucional, como es el caso de las elecciones parlamentarias, que tienen plazo fijo, pero los principales rivales no las están asumiendo con la serenidad y la profundidad requeridas. Se ha dicho que no hay elecciones perfectas y en verdad no las hay ni puede haberlas, pues no es asunto de la ponderación de las garantías necesarias. El caso es que, en numerosas confrontaciones electorales en el mundo, la decisión de participar emanó de la evaluación de las posibilidades reales y de las contradicciones sociales y partidistas de las opciones en pugna. ¿Quién se hubiera imaginado que el poderoso militarismo chileno, nucleado alrededor del feroz general Pinochet, perdiera el poder tras el plebiscito de 1978? ¿Y cómo fue que el gobierno comunista del general –y jefe del partido– Jaruzelski resultó derrotado por Solidaridad, liderado por el técnico electricista Lech Walesa, del astillero Lenin en Gdansk?

Pinochet y Jaruzelski eran jefes militares de regímenes totalitarios y, sin embargo, salieron barridos por votos que se ganaron la simpatía de militares y civiles, rompieron la unidad de la ultraderecha chilena y el monolítico partido de los comunistas polacos.

No quiero incurrir en el error que critico, afirmando que el voto siempre derrotará al fusil, en cuya boca, para Mao Zedong, está el poder. Históricamente se han dado las dos posibilidades. Es una razón suficiente para aprovechar esta forma de lucha que, entre otras cosas, no le regala el poder al adversario.

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