A la caza del viento

AÑADIR A FAVORITOS

Claire Goll, A la caza del viento, traducción de Jorge Verruga Cavero, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2003, 308 pp.

 
     Las memorias de Claire Goll, nacida Studer (Nüremberg, 1890-París, 1977), nos revelan a un espíritu singular en el que se alían la capacidad de observación a una fina sensibilidad para detectar el centro gravitacional de un carácter. Poeta y narradora (ha contado su infancia en Le ciel volé y Ballerine de la peur), quizás su libro perdurable sea A la caza del viento, obra, según reza en la edición española, realizada en colaboración con Otto Hahn. Debemos suponer que le dictó estas memorias, aunque muchos momentos de intensa prosa nos hacen pensar que quizás la colaboración de Hahn haya sido de otra índole; de cualquier forma, no se ofrece la menor información sobre la autora o las circunstancias de dicho libro. Pero el libro está ahí, y cuenta.
     En primer lugar, Claire Goll no se engaña respecto a los espejismos de la memoria: sabe bien que una cosa es lo vivido y otra lo recordado: no pretende revivir el pasado sino vivirlo a sus 85 años. La circunstancia más determinante de su vida fue su madre, una mujer desafectiva y sádica que moriría en los hornos crematorios del nazismo. Claire, que no pudo ser jamás compasiva con su madre, la acusa del suicidio de su hermano a los 16 años. Con el humor ácido que destila en este libro, dice de ella: “No dejó traslucir emoción alguna salvo al ver la factura del gas”. Su hermano Alf se había suicidado metiendo la cabeza en el horno de la cocina.
     Tras un breve matrimonio perpetrado para escapar de casa, Goll, pacifista, conoce a Romain Rolland y gracias a él al poeta expresionista Yvan Goll (St.-Dié-des-Vosges, 1891-París, 1950), con quien se casaría más tarde y sin duda uno de los hombres más importantes de su vida, que no estuvo escasa de relaciones. Goll, a pesar de su nacionalidad alemana, tuvo pocas simpatías por el espíritu y la sensibilidad germánicas, y no se engañó en ningún momento ante las amenazas que dibujaba en el horizonte mundial el acceso al poder del partido nazi. Desde 1939 a 1947 la pareja se exilia en Estados Unidos, donde frecuenta a numerosos exiliados franceses. Yvan Goll falleció en París en 1950, fecha que marca prácticamente, a pesar de algunos datos sustanciosos posteriores, el fin de estas memorias.
     Desde un punto de vista de la historia de la literatura, muchas de sus páginas son valiosas para conocer el mundo y los accidentes que rodearon el nacimiento de las vanguardias, especialmente el movimiento Dadá, pero también y sobre todo para ver a ciertos notables individuos (llámense Joyce, Arp, Jung, Tzara, Hugo Ball, Breton, Audiberti, Alma Mahler, Huidobro, Picasso, Chagall y un largo etcétera) desde una perspectiva desmitificadora al tiempo que lúcida. En pocas líneas, con una facilidad para el detalle simbólico admirable, Goll nos muestra a Arp y su esposa Sophie Tauber: “En cualquier momento nos los encontrábamos pegando, bordando, recortando, tejiendo o articulando marionetas que colgaban después del techo. Era la atmósfera del primer día de la creación.” Buena conocedora del movimiento expresionista, nos deja este análisis sintético: “El hombre, paralelamente, está escindido en dos. Avanza enmascarado, protegido por un caparazón social. Pero su verdad aparece al alba o en el crepúsculo. Su verdadero rostro está en el interior. Gesticula, torturado por la fiebre y la incoherencia.” La perspicacia de Goll no se limita a la literatura, como muestran las páginas que dedica a C. G. Jung, “un poeta que creía en el paraíso perdido”. Vio en el psicólogo suizo al enamorado de las abstracciones incapaz de creer finalmente en ellas, al hombre dotado de una portentosa capacidad analítica y analógica, como la de Malraux, que también desfila por estas páginas. Pero mientras que Jung construía mundos, en Malraux observó “una genialidad sin materia específica”, a pesar del indudable valor de algunas de sus novelas. Lectora y amante de Rilke, señala su esteticismo totalizador y una conciencia de sí que no le permitía entregarse a nada, salvo a la construcción de su propio personaje, algo ajeno a su tiempo y a sus orígenes. Aunque su mirada tiende a bajarle los humos a los genios, Goll es capaz de emocionarse y admirar situaciones y acciones que dan sentido a una vida. No es el resentimiento, o lo es sólo en ocasiones, sino la mirada escéptica de los años y el saber lo que dicta su perfil crítico. Conocedora desde dentro de las luchas literarias ( Yvan Goll tuvo alguna agarrada famosa con el padre del surrealismo), comprende que esas luchas, aunque pierden peso con los años, no carecen de significado: “No es indiferente que te escuchen y te jaleen antes de los treinta o que tengas que esperar a los setenta para descubrir una sonrisa en la cara de un editor”. ¿Es necesario señalar la sutileza de la frase al oponer esa sonrisa que adivinamos poco entusiasta al jolgorio del éxito? Uno de los escritores que detestó fue Joyce. El lector interesado puede seguir sus encuentros (Ivan Goll fue traductor del Ulises al alemán), pero citaré al menos una frase: James Joyce “no daba nada”. Jean Cocteau: “Se parodiaba a sí mismo para conservar su reputación”. Es mordaz, sin duda, pero ¿no es admirable? Pues hay más: “Demasiado inteligente para no entender que no tenía nada que decir, se esforzó en decirlo bien. Y dudando de la posteridad se apresuró a disfrutar de la celebridad del momento”. Es conocida la polémica con Paul Celan, al que Claire Goll acusó de plagio de la poesía de su marido, quizás llevada por una comprensible pero errónea valoración de la obra poética de Yvan Goll.
     Claire Goll declara abiertamente su desprecio por las mujeres, que compartía con Colette, a quien conoció en el sáfico salón de Natalie Clifford Barney. Siempre pensó que las mujeres tenían menos talento que los hombres, sin observar que nombraba a algunas que podrían rivalizar con cualquiera de los grandes nombres masculinos. No creo que nada la hubiera convencido: no era una cuestión de ideas sino un aprendizaje realizado en su infancia, con su propia madre, del cual no pudo desprenderse. En contra de esta misoginia, A la caza del viento muestra a una mujer inteligente, intuitiva, cuyo vitalismo la hace inasequible a la resignación, y capaz de ver en el torbellino violento y mezquino de la vida la sonrisa momentánea de la reconciliación, rota en ocasiones, es cierto, por un rencor atávico. ~

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: