Aventuras en el Registro Civil

Es asombrosa y extraña la variedad de nombres con los que la gente es bautizada día con día. 
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En memoria de Federico Campbell

El Registro Civil de Sonora prohibió asestarle a las criaturas cincuenta y cuatro nombres que considera “peyorativos, discriminatorios, infamantes, denigrantes, carentes de significado, que formen albures o los expongan al bullying”. Algunos son Escroto, Pubis, Pene, Calzón, Rambo, Robocop, Batman, James Bond, Michael Jackson, Rolling Stone, Yahoo, Twitter, Facebook, Burger King, Terminator, Circuncisión, Pomponio, Espinaca, Indio y Hitler.

Alguna vez escribí ya sobre lo extraño que es llamarse como uno se llama y el paralelo concurso de imbecilidad práctica que supone bautizar entre gente impulsiva o necesitada de atención. Ralph Waldo Emerson sostuvo que los nombres surgían de la apariencia física o del oficio, es decir, que eran apodos: únicos nombres verdaderos (por ejemplo, mi nombre traducido a literal significa “Casco decidido del que Busca”, o sea: el necio perdido). Para T.S. Eliot era menos difícil bautizar niños que gatos, algo que sí pone a prueba la imaginación. Quizás porque nombrar gatos es acto poético puro, mientras que ante un bebé recién parido la gente se convierte en poeta comprometido. Claro, como en toda creación va implícito el riesgo de fallar, puede ocurrir que la obra de arte de tres kilos lleve el testimonio del ripio parental hasta alcanzar los ciento veinte (kilos).

Las fantasías del boato y los deslumbres del oropel llevan ahora a la gente a espolvorear sobre las niñas una diamantina de abundantes haches, kas e y griegas por instintivo malinchismo: la breve Juana acaba en la rutilante Yohannette, la púdica Chela en la estrepitosa Shyrley. Y naturalmente hay quienes hacen del niño un manifiesto político ambulante que se pasará la vida explicando quién fue Bakunin. Es el padre anarquista que encierra a su criatura en la cárcel vitalicia de su antropónimo. Quien llama a su hijo Tlahuanclanteputli estará muy ufano de sus raíces, pero ya lo condenó a explicar a cada prospecto de novia que su nombre viene de tlahuan (vidrio), clante (bola) y putli (pequeño), es decir: canica.   

El nacionalista revolucionario es pródigo en Emilianos, Cuauhtémocs y Caneks; al comunista le da por Lenins, Stalins, Ches y Maos. ¿Conoce usted a Espartaca Milagros? Es hija de un marxista y una mocha. Caleb Omega, júrelo, es hijo de adventista del séptimo día y esotérica eterna. Calzón es, desde luego, una sobredosis de realismo socialista. Los devotos del libro bautizan como fichero de biblioteca: Ivanhoe y Frodo no estan tan mal, pero Divina Comedia o Metamorfosis quizás sea demasiado (uno de los nombres prohibidos en Sinaloa es “Harry Potter”). El cinéfilo lo proclama llamando al niño Ciudadano Kane; el melómano, Ludwigván. Un amigo tuvo a su primera hija al mismo tiempo que su primera computadora: si la madre no lo impide, la niña se llamaba Microsoft y en tres años quedaba obsoleta.

Los artistas y escritores potencian sus nombres extendiéndolos a sus obras: Giacometti es flaco como sus esculturas y Botero gordo como las suyas. “¿Hay algo más tonto en la vida/ que llamarse Pablo Neruda?”, escribió Pablo Neruda. “¡Ay, Federico García/ llama a la guardia civil!”, gritó Federico García. “Yo soy Walt Whitman, liberal y cachondo”, escribió Walt Whitman. H.D. se obnubiló en sus iniciales y e.e. cummings se disminuyó en sus diminutivas. Gómez de la Serna decía que tenía “la cara llena de Ramón”. Y a López Velarde le gustaba que Fuensanta dijera “mi nombre/ con mofa y mimo, en homenaje y burla”…

¿Cuánto falta para que nazca el primer niño al que un genitor decidido quiera llamar AK-47? Revolucionario como soy, prefiero María y Juan. Nombrar a una criatura debe poner sobre cualquier interés, esperanza o apetito el respeto a dos libertades, pero la de quien nombra debe subordinarse a la de quien es nombrado. Llegará un día, cuando la criatura crezca, en que se dirá su nombre en voz alta, mirándose al espejo. Bueno, supongo que es importante que lo diga con libertad y sin bochorno.     

(Publicado previamente en el periódico El Universal)

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