¿Benévola vanidad?

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Ayer comí con el juez Baltasar Garzón. No, no fue una comida íntima: éramos unos cuarenta, la mayoría periodistas que acudimos a la presentación para prensa de El alma de los verdugos, el libro que el juez ha escrito junto a Vicente Romero sobre el terror de Estado en las dictaduras argentina y chilena.

El juez bebe agua y come merluza a la plancha. Recibe montañas de preguntas, muchas de ellas de corresponsales argentinos y chilenos; él y Romero se turnan. El juez describe la situación jurídica del militar por el que le preguntan “Hay un proceso abierto en la sala segunda de lo penal pendiente del recurso de extradición de acuerdo con el gobierno argentino”, y Romero describe su moral: “Es un ser despreciable; mi mujer no comprendía cómo podía sentarme a hablar con él”. El juez no impresiona tanto en persona como creí, pero sin duda es convincente. Habla de la necesidad de que exista una especie de justicia universal, de que ningún matarife se sienta seguro cometiendo sus atrocidades; afirma que el asesinato de un joven en la Argentina dictatorial es en realidad un crimen contra todos, y que por tanto no puede prescribir y debe poder ser juzgado en cualquier parte del mundo que garantice seguridad jurídica.

¿Por qué obra bien el juez Garzón? Y es que, sin duda, obra bien: fue buena idea tratar de meter en la cárcel a Pinochet y es buena idea intentar que los asesinos argentinos paguen con prisión. Pero viéndole hablar, pasarse la mano por la corbata, sonreír ante un periodista incompetente o repetir por enésima vez que de eso no va a hablar porque hay una causa pendiente, cabe preguntarse si hace el bien por vanidad o por bondad. Seguramente no importe.

– Ramón González Férriz

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