Bolas universitarias

El autor explora las motivos del fastidio que le provoca la aglomeración de individuos abigarrados en lugar público alrededor de una causa común
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No sé bien a bien de qué está hecha mi resistencia al espíritu de “la bola”, como llamamos cariñosa y aterradamente en México a cualquier aglomeración de individuos abigarrados en lugar público alrededor de una causa común. Me lo trato de explicar y quedo derrotado y, además, en minoría.

En algo pesará, supongo, el fastidio con la forma en que, durante décadas, “la bola” se convirtió en la depositaria continuada de ese mote más o menos plástico que se agenció durante la revolución: la que llegaba y arrasaba vertiginosamente con la historia.

Y después con el fastidio de la transformación de “la bola” en “las masas”, concepto menos caótico, más moderno y hasta científico, con el que el partido de la revolución institucionalizó su vocación y su destino de arriero elegido. Esos tiempos –a la vez olvidados e inminentes– en que “las masas” eran, si acaso, la multitudinaria proyección de la voluntad de un único, plenipotenciario, tricolor presidente. (Y ni siquiera de la totalidad del presidente: su dedo.)

He conjeturado que mi enfado con la teatralidad, la alharaca, los usos y costumbres de la bola obedece a que, en México, la bola propicia formas de arbitrariedad que serían inaccesibles a los individuos si no se diluyeran previamente en bola. La autoridad competente, entre nosotros, tiende a privilegiar a la ciudadanía si se presenta en bola sobre la ciudadanía a secas. Un ciudadano tiene derechos, pero si además de ser ciudadano es bola, se arroga el derecho de pisotear los derechos de los particulares sin bola. Como si toda acción en bola se hiciera de una legalidad instantánea, con su correspondiente irresponsabilidad.  

Obviamente, cuando nuestra cojitranca democracia dio su titubeante paso a la alternancia, la idea de las “masas organizadas” ingresaron a un estado latente que (me temo) será inmediatamente revivido por el PRI, con todo y matracas: ese popular instrumento de tortura colectivo.

Abundan las teorías psicosociohistóricas sobre “las masas”. No fastidiaré con ellas. Evocaré sólo que, famosamente, Gustave Le Bon sostuvo que el individuo cultivado se convierte en un bárbaro al incorporarse a una masa con un objetivo común: “ese solo hecho lo hace descender varios peldaños en la escalera civilizatoria.” No menos famosamente, el ubícuo Elías Canetti vio en las masas la expresión de un deseo de igualdad: despojarse de la individualidad en la multitud conllevaría la energización del anhelo igualitario. Ignoro si será una buena combinación.

Se me ha reprendido por lamentar que una imprecisa masa de universitarios haya (una vez más) expulsado a alguien de una universidad, el único lugar, me parece, de donde no se puede expulsar a nadie por motivos ideológicos sin contravenir aquello que define su esencia.

¿Es una universidad un sitio remiso a la catarsis de la indignación? Ya sé que no, y menos en México, y menos ahora. Por eso celebro tanto que los estudiantes se manifiesten en las calles, como deploro que practiquen la bola dentro de las universidades.

Aspirar a que las universidades se constituya en un ámbito adverso a la creciente noroñización de la vida pública es, lo reconozco, por lo menos ingenuo. Tanto como desear que el júbilo y la hostilidad pasasen, por el mero hecho de tratarse de una universidad, por un filtro inteligente. Pero no puedo dejar de desear, por principio, que la indignación universitaria procediera de manera menos improductiva, más crítica de las fugaces satisfacciones de la bola.

Juan de Mairena (por quien hablaba Antonio Machado) apuntó que la masa “es una noción fisicomatemática que no contiene un átomo de humanidad”. Como a Juan de Mairena me conmueve mi propia ingenuidad. Pero con él repito: “La educación del niño-masa sería, en verdad, la pedagogía del mismo Herodes”…