Blanca Varela, premio Octavio Paz 2001

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Hace algunos años Yolanda Pantin, editora del Fondo Pequeña Venecia en Venezuela, puso en mis manos un ejemplar de Ejercicios materiales de Blanca Varela con tanto cuidado como si fuera inflamable. Leer un libro de poesía, luego de un ademán como ese, no se tradujo en un camino fácil a la meditación o a la distancia que amerita la lectura de un texto. Sin embargo, más que una simple amenaza resultó una suerte de exaltación.
     Blanca Varela (Lima, 1926) es conocida en México desde hace décadas por sus colaboraciones en las revistas Plural y Vuelta, así como por el comentario que Octavio Paz le dedicó en Puertas al campo (1959), cuando publicó su primer libro, Ese puerto existe. En 1978 el fce reunió su poesía bajo el título de Canto villano.
     La poesía de Blanca Varela se ha emparentado con el movimiento surrealista de Perú —Martín Adán, César Moro, Emilio Adolfo Westphalen—, así como con la generación del cincuenta: Sologuren, Eielson, Belli y otros. Aunque ciertamente tenga rasgos y elementos deudores del surrealismo, su percepción de la realidad es otra. Sabe que el centro es todo y por eso no se sitúa en él. Al margen, a un lado, al fondo, en la periferia son los lugares que elige para mirar y ser mirada. Su poesía está construida como un panóptico: todo su interior se ve desde un solo punto.
     Varela nos hace pensar que la permanencia de una realidad tan avasalladora como la suya quizás ha permitido que una delgada línea, que podemos leer como la distinción entre sueño y pesadilla, se transfigure en simple aspecto de introversión poética. Imagino que así comenzó una batalla que no ha terminado. Desde Ese puerto existe (1959) hasta Concierto animal (1999), Varela le exige al lector una suerte de retardo, no en el sentido de un tiempo lacónico, si no en el de un retroceso en el cual la poesía se desenvuelve en imágenes verbales donde, más que delirar, la poeta descifra. El desencanto que permea su obra le atribuye un lugar de sobrevivencia fuera del lamento o de la nostalgia, como un "colosal simulacro" en donde el silencio exalta lo que ella pretende callar. Y es desde esta condición de abstinencia donde Blanca Varela enuncia la realidad a la cual blasfema. Su propia teoría del infierno es innegable: padece a un dios que agoniza y crea cerdos. El lugar es la intemperie: la noche in finita donde la vida es la imagen de la muerte perfecta. El tiempo es un tiempo sin memoria donde a su lado "coronada de moscas/ pasó la vida".
     Su poesía no sólo abdica ante lo pusilánime, también se abate en sus propias pasiones: se entrega a la imperfección como camino de identidad y de visión liberadora de sí misma. Su música no es la del reposo o la servidumbre, su ritmo es la manifestación de la propia vida, aun cuando insista a lo largo de su obra que su avidez es la del no-ser, la del indigente a quien no le importa vivir. La limpieza y mesura que contiene su poesía en cada uno de sus libros crea un ámbito de sobrevivencia y de confrontación entre la realidad y el límite de su propia escritura. La trama es el verdadero esqueleto de su obra. Todo lo que hay de angustia, de coraje, de inquietud, de carencia, es el sentido que le permite abarcar el flujo de su percepción como identidad. Y es precisamente en la llaneza que demuestra su escritura en donde logra hacer una propuesta renovadora. Su enigma es el de Góngora, donde sombras suele vestir de bulto bello, aunque la suya sea una poesía que sucede de día, al alba, cuando "un astro estalla en una pequeña plaza y un pájaro pierde los ojos y cae", cae para concebirse en aquello que mira. Su poesía sobrevive al esquema de escribir como experiencia de intimidad. Continuamente renace en los intersticios de su percepción: "Lo que miraba no existe más". En cada libro parece decirnos que el mundo está perdido: quizás pertenece ya al tiempo sin memoria. Me inclino a pensar que después de cada muerte, de cada estallido, Varela reúne sus fragmentos y vuelve a comenzar. Entonces, su escritura se traduce en un acto de identidad y permanencia, su límite se convierte en el arraigo y el rigor del desamparo: "No habrá testigos./ Se nos ha advertido que el cielo es mudo". Pero no para nosotros, sus lectores, que ahora con la entrega del premio Octavio Paz podremos leerla y releerla al descubrir y acentuar ese mundo agudo que la rodea. –