Colette: a la santidad por el exceso

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Me imagino a Bataille junto al lecho donde agoniza Colette Peignot: frotándose compulsivamente las manos, el rostro desencajado, la mirada huidiza, la boca con un rictus que aúna angustia y aprensión… En la cabecera de la cama la madre y la hermana intentan convencerla para que recupere la fe católica. Allí también se encuentran Michel Leiris y el doctor Marcel Moré como testigos del drama. Colette, bajo los efectos de la morfina, padece frecuentes alucinaciones e insulta en ocasiones a Bataille. La muerte al acecho reclama su presa. Expirará el 7 de noviembre de 1938. Contaba 35 años. Será enterrada —tumba sin lápida, fecha ni inscripción alguna— en el cementerio de Fourqueaux, cercano al bosque de Saint-Nom-la-Bretèche, donde los miembros de Acéphale celebraban sus ritos neopaganos (ella se había ofrecido como la víctima humana a sacrificar al dios sin cabeza).
     Bataille encontrará entre las pertenencias de Colette un cuaderno y una carpeta con diversos manuscritos. Ayudado por Michel Leiris, ponen orden en los papeles, descifran los borradores —redactados con una letra confusa y repletos de tachaduras— y con el epígrafe de Ecrits de Laure se los entregan a J.J. Pauvert para su edición. La mayoría de esos escritos (poemas, borradores o copias de su correspondencia, fragmentos de relatos eróticos, crónicas de su viaje a España…) fueron redactados en los últimos meses de su vida y firmados como Laura. Es una escritura acerada, obsesiva, lancinante; una suerte de testamento o recapitulación de lo que ha sido su existencia. Pero lo que funda la leyenda de Colette no son sus escritos (tributarios, en gran medida, de las ideas de Bataille), sino la influencia que ejerce entre sus allegados y la aciaga deriva de su existencia.
     En Histoire d’une petite fille (texto autobiográfico posiblemente redactado tras su crisis depresiva en 1934 y por consejo de su psiquiatra Adrien Borel), Colette narra su infancia marcada por la muerte de su padre y tres de sus tíos en la Gran Guerra, el desengaño religioso ocasionado por los abusos sexuales de su preceptor, el padre Marcel Pératè, sus quebrantos físicos causados por la tuberculosis, la angustia que la consumía, su ansia por encontrarse a sí misma… Durante un tiempo, introducida por su hermano Charles, frecuenta a la alta sociedad parisina. En una de las selectas cenas que organiza su cuñada y confidente Suzanne, en el verano de 1925, conocerá a Jean Bernier, un prestigioso intelectual de izquierdas, bien relacionado con los surrealistas y alma mater de la prestigiosa revista Clartés. Colette queda fascinada por Bernier y sus ideas socialistas, que prometen un mundo nuevo opuesto a la decadente e hipócrita sociedad burguesa. Será su primer amante. Como en ocasiones posteriores, sin medida ni precauciones, dará rienda suelta a su pasión. “Quiero beber tu sangre en tu boca”, le escribe. Ese ardor y esa entrega satisfacen a Bernier, pero éste ama el cuerpo de otra mujer. Colette, desesperanzada y deprimida, intenta suicidarse. El acto fallido le abre los ojos: su amor deviene decepción y ruptura. En enero de 1927, ante nuevos síntomas de su enfermedad, decide retirarse por un tiempo a los Pirineos. Al empeorar su salud se traslada a un sanatorio en Leysen (Suiza). Allí conoce a Edouard Trautner, hombre maduro y mundano, vinculado a los expresionistas y a la izquierda radical alemana, y autor del ensayo Gott, Gegewart und Kokaïne (Dios, el mundo actual y la cocaína). Colette abandona el sanatorio para vivir en Berlín, desde abril de 1928 hasta septiembre, una experiencia perversa. Bataille en Vida de Laura escribirá al respecto: “Trautner le hizo llevar collares de perro, le ponía la correa, le hacía estar a cuatro patas y la golpeaba con una fusta como a una perra. […] Un día le dio a Laura un bocadillo en cuyo interior había extendido su propia mierda.” Al parecer Trautner la había convencido de que la mejor manera de superar sus demonios íntimos (sentimiento de sacrificio, fascinación por la muerte, abjuración de los valores burgueses, proclividad lasciva) consistía en sublimarlos mediante una práctica de humillación masoquista. Obviamente, la terapia no funcionó.
     Al volver a París, Colette se relaciona con el Circulo Comunista dirigido por Boris Souvarine. Decide viajar a Rusia —entre agosto de 1930 y enero de 1931— para observar directamente los logros y virtudes del socialismo. Allí toma contacto con Victor Serge, conoce a Ella Maillart y se hace amante de Boris Pilniak. Tras una breve estancia en un balneario de Sotchi en el Mar Negro, convencerá a Pilniak para que la acompañe a un koljov. Las duras condiciones climáticas y las carencias en la colectividad campesina empeorarán su afección tuberculosa. Pide ayuda a su hermano, quien la repatría a Francia. En ese regreso hubo entre ellos una tentación incestuosa. Collette se lo confiará a Bataille como una muestra más de lo que ella consideraba su “alma sucia”. Después de ese suceso, según cuenta Bataille, ella se entregará sexualmente a desconocidos en vagones de tren.
     En 1931 se unirá a Boris Souvarine, quien la trata con delicadeza, la instruye en el socialismo, la protege y tutela; ejerce más de padre que de amante. Colabora activamente en las tareas de la redacción de Critique Sociale (además de sufragarla con el dinero de su herencia), donde conocerá a destacados intelectuales: Pierrer Kaan, Charles Rosen, Michel Leiris, Raymond Queneau, Lucien Laurant, Simone Weil, Georges Bataille… Parece que sus actividades en la revista y la rutina conyugal han aplacado sus desasosiegos. Sin embargo, esa falsa calma se romperá inesperadamente. En julio de 1934 Souvarine y Colette emprenden un viaje al Tirol austriaco. En medio del trayecto abandona a su compañero y se reúne subrepticiamente con Bataille en Trento. Cuando Colette regresa a París, su mala conciencia por la infidelidad se agrava con los reproches y el victimismo de Souvarine. Ello le ocasiona una profunda crisis depresiva con tendencias suicidas. Por mediación del Dr. Weil (padre de Simone), es ingresada en la clínica Jeranne d’Arc en Saint-Mandé. Allí permanecerá como secuestrada —por su familia y Souvarine— durante un tiempo. La convivencia con el egregio comunista —más formal que afectiva— durará hasta otoño de 1935. A partir de esa fecha cohabitará con Bataille, manteniendo una paradójica relación: por un lado, comparte los ambientes y proyectos intelectuales de Bataille (Contre-Attaque, Collège de Sociologie, Acéphale); por otro, se sumerge en el vértigo lúbrico de su amante (incluso acompañándole en sus borracheras, visitas a burdeles y locales de strip-tease). Colette, víctima de sí misma y de los hombres a los que amó, asume esa vida de ebriedad y disipación como si fuera un acto sacrificial. Leiris la definió como la “santa abismada”, dado que buscaba la pureza ética mediante la abyección (como el personaje de Dirty en la novela El azul del cielo de Bataille). ¿Hasta qué punto presentir la muerte que anidaba en su cuerpo condicionó su vértigo vivencial, sus angustias y anhelos, sus urgencias y pasiones? ¿En qué medida todos aquellos que han contribuido a su leyenda escribiendo sobre Colette —especialmente Bataille y Bernier— lo han hecho en su propio beneficio mistificando su memoria? –

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