Diccionario crítico de la UNAM: B

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Burocracia

Históricamente, la aparición de la burocracia señala que una sociedad ha arribado a la modernidad y precisa, por ende, de un aparato estatal asimismo moderno para solventar sus necesidades primordiales. El burócrata –individuo poseedor de una sólida formación en alguna rama del conocimiento, dependiente solo de su capacidad profesional para escalar posiciones al interior de la administración pública– se asume así como símbolo de la eficiencia y se opone, en consecuencia, al oficial real, al funcionario premoderno que se integra a la maquinaria merced al favoritismo, a la existencia de vínculos de distinta naturaleza o, en muchos casos, a la compra del puesto que habrá de ocupar.

No obstante lo señalado, en las sociedades contemporáneas, el término burocracia ha adquirido connotaciones nada halagüeñas, relacionadas con justo aquello que su implantación buscaba combatir: manejos ineficientes, prácticas irregulares, lentitud operativa, escaso sentido del deber, dispendio, amiguismo, corrupción. En este sentido, la Universidad Nacional no resulta una excepción y, al lado de los académicos, los estudiantes y los investigadores –cuya inmensa ristra de logros brinda coherencia al festejo por el centenario de la Máxima Casa de Estudios–, coexiste una masa burocrática que, en buena medida, responde a los adjetivos recién indicados.

Como en todo organismo público, en la UNAM laboran buenos y malos burócratas; personas cumplidas e irredentos inútiles; trabajadores conscientes de su deber y zánganos cuya preocupación principal reside en saber cuántos días al año serán feriados; personal administrativo, de vigilancia y de intendencia que suda la gota gorda al desempeñar sus faenas y haraganes cuyo turno transcurre en la comodidad de una silla o en la amenidad de una plática; gente amable y eficiente que hace lo suyo para que el ritmo de la vida universitaria no se detenga y holgazanes pendientes solo del ritmo del reloj checador.

La burocracia no solo ralentiza el trabajo universitario, ni solo tiene la fea cara de quien parece cumplir una condena mientras simula trabajar: también brinda espacios para modificar el organigrama y acomodar en puestos de importancia a amigos y compadres, convierte al escalafón en simulación y privilegia las redes de sociabilidad por sobre la capacidad del sujeto. Sobre todo, hace patente un hecho que se torna crítico siempre que se califica de insuficiente al presupuesto universitario: si entre un 10% y un 30% de la burocracia universitaria trabaja poco, o lo hace mal, o no trabaja, ¿no sería lo mejor prescindir de ese porcentaje y reasignar los recursos a otras áreas?

– Alfredo Ruiz Islas


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