("Yo, Leonardo", de Ralph Steadman)

Diseñoides, exoplanetas y el Señor del tiempo

La ciencia detrás de los diseños inteligentes en la naturaleza. 
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¿En qué se parecen el cubo de Rubik, un ajedrez y los cables de una vieja reproductora de video? En los colores. Quienes los diseñaron, se sirvieron de colores para distinguir partes idénticas. Las facetas del cubo, las piezas del ajedrez y los cables tienen un color favorito, un color que dictamina la viabilidad: perderlo o confundirlo significa acabar tirando el cubo al rincón de los objetos inalcanzables, sentarnos bobamente a admirar las jugadas certeras del contrincante y achicharrar nuestro aparato reproductor, de manera que ni siquiera puedas rematarlo como objeto vintage en el mercado de pulgas. Además, hay un diseño detrás de ellos, como lo tiene un reloj, aunque a los creadores de este objeto no les importa el color sino el transcurso del tiempo.

La necesidad de precisar el tiempo nos ha llevado a la loca aventura de diseñar una nanotecnología (máquinas de escala molecular) y de atisbar, si bien de manera aún hipotética, un campo extravagante y rabelasiano como lo es la gigatecnología, es decir, artefactos al menos un millón de veces más grandes que nosotros. También Michel Mayor y Pierre-Yves Frei nos cuentan una historia inédita de diseño e invención, de reconocimiento del tiempo, en su libro Les nouveaux mondes du cosmos. En su momento (1995) causó sensación y ha abierto un campo fértil a la astrofísica contemporánea.

El descubrimiento ese año por el mismo Mayor y Didier Queloz del primer planeta más allá del sistema solar, llamado 51 Peg b, disparó la necesidad de medir el tiempo “planetacimal”, entre otras cosas porque nos importa dilucidar si hay vida extraterrestre o no. Nos parece insuficiente saber que existen millones de litros de alcohol flotando en el espacio, y tantos diamantes esperándonos en una esquina de la Vía Láctea que juntos formarían una masa similar a la de la Tierra. Ahora deseamos saber a cuántos planetas habitables de distancia se encuentra la primera civilización alienígena.

¿Se sirve la naturaleza del método laputiense de escribir libros –aquel que utilizaban los personajes de la famosa novela de Jonathan Swift– para crear especies?, ¿lo hace mediante la combinación aleatoria de palabras?¿La creación de las especies fue entonces un suceso caótico, cuyas variables, la perfección y la imposibilidad, lanzadas en el tiempo después del Big bang comenzaron a tocarse y a rodear juntas, lentamente, el Monte de lo Improbable? No puede calificarse de accidental porque se trata de la esencia misma, causal. No obstante, es casual, pues la realidad está llena de acontecimientos imprevistos, muchas de cuyas causas desconocemos. Por ese sendero aparecieron los objetos y organismos diseñados que el genetista Richard Dawkins llama “diseñoides”. Éstos han escalado el monte a razón de un milímetro cada millón de años.

No conozco a Dawkins en persona, aunque lo he visto discutir por qué le parece descabellada la idea de un Maestro diseñador, de un Relojero. Asistí a un ríspido debate público en Oxford sobre estos temas que sostuvieron él y un conocido teólogo de la ciudad, donde Dawkins daba clases. Los argumentos que escuchamos de su boca aquella ocasión resultaron apabullantes y razonablemente demoledores, tanto que el teólogo tuvo que callar y aprender, aunque más bien recuerdo haberlo visto abandonar la sala congestionado y descompuesto.

Invocar la casualidad por sí sola para explicar el orden dentro del caos equivale a pensar que Dios ha sido el más grande campeón olímpico de salto con garrocha y pudo llegar antes que nadie a la cima del Monte Improbable. Antes, incluso, que sus propios designios. Eso nos deja como al principio. O bien el Maestro es capaz de diseñar mundos y hacer todas las demás cosas divinas, en cuyo caso necesita una explicación por derecho propio, o no lo es, y entonces no puede proporcionar una explicación.

El teólogo de Oxford había apelado a la naturaleza simple y sublime de la divinidad. Dawkins replicó que esa era una manera de eludir, y mal, la cuestión, pues un dios lo bastante simple, fueran cuales fueran las demás virtudes que pudiera tener, sería demasiado elemental para diseñar un universo, por no mencionar lo delicado y complejo que resulta confesar pecados, bendecir uniones (y desatarlas), transustanciar el vino y otros logros que se esperan de Él. Dawkins no es un terrorista ateo. Simplemente está preocupado porque la imagen que nos hemos hecho de la circulación de energía y otros recursos naturales, benigna y apacible, diseñada por el Señor del tiempo, no sería del todo cierta si se comprendiera con claridad que los participantes de la naturaleza no lo están haciendo por el bien del círculo. Están en el círculo para su propio bien.

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