El comensal crítico

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La crítica literaria es una conversación que a veces sólo podemos mantener a solas, quizás porque la obra o las obras nos reclaman desde su silencio, de manera exclusiva, incitándonos nuevamente a la relectura: volver al libro, a ese momento en que nuestra imaginación y nuestra identidad se ven desafiadas en sus acomodos. Sainte-Beuve, que fue un gran lector, afirmó que la crítica para él era una metamorfosis. Para mí lo es en un doble sentido: es el resultado de una experiencia que puede habernos transformado (somos, por un momento, Edmond Dantés, Robinson Crusoe o Sherlock Holmes, somos el poema amoroso de Lope o la ensoñación de Nerval) y supone la proliferación de palabras respecto a un texto (la obra que suscita el comentario) que, siendo originario, no lo es del todo porque su ser consiste en ser literatura: un mundo hecho de muchos mundos. Sienta o no el crítico cambio alguno, la crítica literaria es una transformación de la obra (poema, novela, cuento) que a su vez no existiría sin ese tejido de ficción que llamamos literatura. El Quijote no se entiende sin la novela de caballerías y, lo que es aún más importante, no se entiende sin el desdoblamiento de mirada que se produce en la segunda parte, y que hace de la primera un libro que es leído (crítica de nuevo) por sí mismo: metamorfosis de la reflexión.
     Si he unido la crítica literaria a la conversación es porque creo que no se entiende dicha tarea sin la presencia de los otros. En mucha mayor medida que la creación artística, que necesariamente ha de estar pendiente de su propia lógica, la crítica supone más que un lector un oyente, alguien que está cerca de nosotros y que, por un momento, presta atención a aquello que tratamos de contar y explicar. Naturalmente, estoy refiriéndome al tipo de ensayos y críticas que yo hago, que carecen de pretensión científica, aunque no de pretensión de lectura. Creo que también se puede aplicar a figuras destacadas, Sainte-Beuve, Baudelaire, Borges, Paz, Cyril Connolly…, grandes intérpretes que a su vez —algunos de ellos— fueron grandes creadores, y no sólo en sus poemas y cuentos. Hay en esa crítica, por momentos, un difícil equilibrio entre la crónica y la fidelidad al objeto que suscita el comentario, entre una voluntad que aspira a la objetividad (la obra leída) y la inexcusable percepción de que sólo la subjetividad puede dar cuenta de la experiencia de la lectura: quizás porque ese tipo de crítico no puede dejar de hacernos pensar que lo que leo también me lee a mí. El instrumento de lectura no es un método científico que prescinde de nuestras veleidades sino un sujeto formado por el deseo y la memoria, por la necesidad de saber y de saborear, alguien constituido por los sentidos, es decir, un lector: alguien paradójico. De ahí que la biografía, aunque podamos prescindir de ella a la hora de entender la obra (¿qué sabemos de Homero, de Shakespeare o del mismo Cervantes?), nos resulte imprescindible mientras leemos, porque el libro cuenta con nuestra anecdótica subjetividad, y, finalmente, formará parte de ella. Me explico: podemos ignorar la vida de Shakespeare, pero la obra se recrea siempre en una vida real. Si el lector es, o puede ser de alguna manera —así sea por un instante—, autor de la obra, también es cierto que la lectura presupone la pluralidad de autorías. No conocemos al autor de la Odisea (tal vez fueron varios), y aunque tenemos conocimiento de lecturas y lectores de dicha obra sin los cuales el libro no sería el que es, esos lectores/autores nos remiten siempre a una pluralidad, ninguno es del todo el autor de la Odisea: la lectura es una posible invención (recreación) de la obra, que no puede ser única y por lo tanto invita al diálogo. A su vez, cuando conocemos claramente al autor de una obra y de manera detallada su biografía (Virginia Woolf, autora de Las olas, cuyos diarios y cartas dan noticias de su redacción y cuya vida ha sido objeto de múltiples acercamientos), incluso en un caso así las cosas no cambian nada: el lector, el crítico como lector privilegiado (cuando lo sea), siempre será un momento de la creación del libro. También es cierto que no pocas veces el crítico es un momento de la destrucción del libro, pero ese es otro asunto, aunque sin duda relevante.
     Todos hemos oído decir a algunos escritores que no quieren saber nada de los críticos, porque lo único que interesa es la obra, o porque esos personajes ergóticos son unos parásitos. Baudelaire, que era alguien roído ya por la modernidad, dijo que todo verdadero poeta era por naturaleza un crítico; pero a veces los autores (novelistas muy marcados por el “realismo” o poetas místicos) creen que el libro coincide consigo mismo y que sólo necesitan al lector “natural” para cumplirse. Es decir, el libro es como “la vida misma” que un lector no crítico puede recorrer como si diera un paseo por el campo. En realidad, ese tipo de escritor que desdeña la crítica, sea o no bueno en lo suyo, está falto de algo, algún sentido le falta, pero hay mucha gente que logra hacer cosas interesantes faltándole algún sentido o parte del cerebro, así que tampoco hay que alarmarse. En cuanto al parasitismo de la crítica, creo que hay en ello algo de verdad, pero es que todos somos unos parásitos de una vida que no termina de revelarse. El término parásito significó originariamente, en griego, comensal. El crítico, como el lector, es, ciertamente, un comensal, alguien que se sienta a la mesa para dar buena cuenta de lo que haya: su almuerzo supone una metamorfosis de la que, en ocasiones, habrá de responder durante toda su vida. Hay disquisiciones digestivas como las hay indigestas. Desde un punto de vista biológico, parásito es el organismo que vive a costa de otro, es decir, ampliándolo a un concepto de biología que no excluya el alma: usted o yo, mon semblable. Sólo que el escritor ingenuo o botarate cree que él es el momento originario de la creación. Una mente afinada y lúcida (Cervantes, Borges) sabe que eso no es así, que no puede serlo del todo y por lo tanto no tardará en pensar, cuando llega al final de la redacción de su historia, que el libro no está terminado, aunque él no pueda ya poner ni quitar ninguna palabra. No está terminado porque necesita que alguien, ahora o dentro de cien años, lo lea. Y la crítica es, o debe aspirar a ser, una lectura exigente que no excluya la historia, la biografía, la filología y los humores digestivos. Buen provecho. –

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