El placer, la derecha y la izquierda

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En un libro de conversaciones con Albert Boadella, Fernando Sánchez Dragó cuenta que hace más de cuatro décadas mantuvo relaciones sexuales con dos niñas de 13 años en Japón. Aunque las palabras que usa son feas y desprenden cierto aroma a fanfarronada de viejo verde, en España y en Japón el sexo consentido entre mayores de 13 años es legal, por lo que Dragó no cometió ningún delito. Todo podría haber terminado ahí, pero las manifestaciones de condena se multiplicaron. El escritor se defendió con torpeza, diciendo que era una “historia literaturizada” y que ignoraba la edad exacta de las chicas. Varias librerías retiraron el volumen. Un municipio de Huelva, Aljaraque, decidió cambiar la denominación de la plaza Sánchez Dragó. El PSOE exigió que se despidiera a Dragó de Telemadrid, donde dirige un programa literario, y anunció que lo denunciaría ante el Defensor del Menor. La ministra de Cultura afirmó que “la literatura no es una coartada” y avanzó el resbaladizo concepto de la extralimitación de la libertad de expresión. Si la libertad de expresión solo sirve para los que dicen lo que nos gusta, no tiene sentido.

Unos días antes, unas declaraciones zafias del alcalde de Valladolid sobre la ministra de Sanidad habían provocado un escándalo. El vicepresidente del gobierno dijo que en la “genética” del pp hay algo que rechina con la igualdad. Izquierda Unida pidió que el alcalde no presidiera actos públicos el Día Contra la Violencia de Género. En septiembre, el gobierno aprobó una ley que prohíbe la venta de bollería industrial en colegios y propone erradicar la publicidad de estos productos. En octubre, el Congreso pasó una proposición no de ley del PSOE para eliminar los juegos sexistas en los patios de las escuelas. Son solo algunos de los ejemplos de la tendencia moralizante que ha tomado la izquierda española. “Ilegal e inmoral deberían ser sinónimos”, escribió Almudena Grandes en El País, un medio que eligió la moral para atacar a Silvio Berlusconi, mostrando fotografías de las fiestas que celebraba en Villa Certosa, cuando en su forma de gobernar sobraban las razones para criticarle.

Quizá sea una consecuencia perversa del viejo lema “lo personal es lo político”, ayudada por el periodismo de declaraciones y la velocidad y el ruido de las nuevas tecnologías. Tradicionalmente la crítica basada en cuestiones morales ha correspondido a posiciones conservadoras y siempre corre el peligro de asumir un cariz cinegético: “el espíritu de la persecución” que señalaba Nathaniel Hawthorne y recuperó Philip Roth en La mancha humana, una novela sobre moralistas reaccionarios de ideologías opuestas. Por eso a veces la izquierda debe realizar extrañas contorsiones. En el caso de Dragó, para desvincularse de la línea siniestra de la prohibición de libros, desde la Inquisición a Lolita, se establecen trabajosas distinciones entre lo que puede decir la ficción y lo que puede contar la autobiografía: el equivalente hermenéutico de hacer el pino con las orejas. A menudo las reprobaciones y las prohibiciones se justifican con la defensa de los más débiles: las mujeres (explotadas, discriminadas o convertidas en objeto), los menores o los camareros expuestos al humo de los fumadores. Las palabras dirigidas contra una persona se interpretan como una agresión a un colectivo y una muestra de complicidad con los abusos. Clasificar a la gente en categorías de víctimas potenciales entraña cierto riesgo de paternalismo, pero siempre hay partidarios de que el Estado nos proteja de nosotros mismos: el gobierno prohibió la emisión de pornografía en abierto, alentado por usuarios que no se veían capaces de apagar la televisión.

El celo moralizante, puritano y prohibicionista de la izquierda contrasta con el espíritu transgresor que muestra parte de la derecha, que se ha transformado en adalid del hedonismo: invoca la libertad para fumar, para tomar copas y conducir, para torear o para abrir una tienda en domingo y combate la “imposición ideológica”. A veces, algunos columnistas parecen escribir sus artículos con una sola mano. Antonio Burgos dijo que Leire Pajín tiene “cara de cine porno” y Alfonso Ussía recordaba una chusca edad de oro: “Déjennos las pelmazas feministas y los falsos profetas del ‘buenismo’ hablar y dialogar como siempre lo hemos hecho.” Frente a los intentos de ilegalizar la prostitución –aunque a menudo se prefiere el término “abolición”, que es utópico, pero tiene más pedigrí y convierte metonímicamente en esclavos a todos los trabajadores del sexo–, Esperanza Aguirre se muestra partidaria de la regulación. En la tormenta ocasionada por el libro de Dragó, Aguirre citó a Gabriel García Márquez, Henry Miller y Jaime Gil de Biedma, y señaló que “la literatura está plagada de actos absolutamente reprobables”. Su defensa de la libertad individual sería más convincente si no fuera acompañada de su postura ante los cuidados paliativos, de la oposición a la venta de la píldora del día después en farmacias y a la reforma de la ley del aborto –también en defensa de otros débiles–, o de la lamentable ambigüedad sobre el matrimonio homosexual que muestra Mariano Rajoy. Cuando le preguntaron si se comprometía a mantener la ley del matrimonio gay, el líder del pp contestó casi lo mismo que José Luis Coll cuando Manuel Vicent le preguntó si tenía un romance con Naomi Campbell: “No te digo ni que sí ni que no.”

La incorrección política no es un valor en sí, pero la hipocresía es una consecuencia frecuente del moralismo y en la fiscalización ética de la izquierda también hay muchas contradicciones. Una de ellas es la asimetría entre el deseo masculino y el deseo femenino. Hace unas semanas, una periodista escribía: “Fernando Verdasco se acerca luciendo una impecable melena, una camisa entallada con el último botón estratégicamente abierto para dejar entrever sus impecables abdominales.” Sería curioso ver las reacciones que se producirían si un periodista hablase de los estupendos pechos que una deportista muestra estratégicamente. Los chistes soeces no siempre causan el mismo efecto. Antes del comentario del alcalde de Valladolid, una reportera pidió al Gran Wyoming una pregunta para Leire Pajín. “¿Tu apellido quiere decir masturbito?”, sugirió el cómico. Pajín respondió que a Wyoming le perdonaba la broma. Otras veces la cuestión no es el emisor sino el referente: Alfonso Guerra recibió críticas por llamar “señorita Trini” a Trinidad Jiménez, pero cosechó aplausos y carcajadas el día que dirigió un insulto homófobo a Rajoy. Cuando, reflexionando sobre una frase de Sor Maravillas (“Déjate mandar. Déjate sujetar y despreciar”), Almudena Grandes se preguntó: “¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y –¡mmm!– sudorosos”, no protestó ningún ministro, y nadie pidió que retirasen invitaciones a una de las novelistas españolas más importantes. En las ofensas contra la igualdad, algunos son más iguales que otros.

Algunos intelectuales han firmado un manifiesto de apoyo a Dragó. Pero muchas de las voces que se alzaron en defensa de Roman Polanski (en un caso en el que había un delito y una condena) han permanecido mudas durante los ataques a Dragó, un hombre vinculado a la derecha. En parte, es un nuevo episodio de la lucha bipartidista española, en la que hay bastiones que defender y villanos contra los que todo vale. Pero el estruendo de la batalla no debería hacernos olvidar que vivimos en un Estado de Derecho, que rigen las leyes y no la moral. ~

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