En el sofá de la juventud perdida

Ni siquiera conducir por primera vez, pagar facturas o impuestos me dio tal sensación de madurez como comprar mi primer sofá.
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Hace poco me compré un sofá. Un amigo me acompañó a IKEA, lo cargamos en su coche y lo llevamos hasta mi casa. La emoción de que cupiera en su Seat Ibiza nos hizo olvidar que lo verdaderamente difícil es subirlo por las escaleras. Llegó arriba a salvo, solo con algún rasguño, y cuando me quedé solo en el salón frente a la caja sin abrir, pegada a la pared en vertical, como un pequeño menhir de cartón, tuve que sentarme (aún en el suelo) para afrontar la realidad: es muy grande, es muy rígido, he tardado mucho en subirlo hasta aquí y significa que aquí se va a quedar, y por lo tanto que aquí me voy a quedar. A donde vaya él, iré yo, y no parece que vaya a ir muy lejos.

Ni siquiera conducir por primera vez, abrir una cuenta en un banco, pagar facturas o impuestos me dio tal sensación de madurez como comprar mi primer sofá. Es pequeño, muy austero, barato, y si no fuera por sus cojines, más alegres, parecería del atrezo de una película porno. Pero es un sofá, y es un gran paso: cuando uno compra un sofá es porque quiere sentar la cabeza en él.

Es también un elefante en la habitación: me sirve como recordatorio de que la gente de mi edad no suele comprar sofás. Y me viene a la cabeza lo que dice Coetzee en Juventud, la segunda parte de su autobiografía novelada, sobre la gente joven, de su edad: “en sentido estricto son sus contemporáneos, pero no se siente así. Se siente de mediana edad, de mediana edad prematura”. Y sin embargo, “más adentro sigue siendo un niño, desconocedor de cuál es su lugar en el mundo, asustado, indeciso”. Un niño en un sofá para adultos.

En Juventud, Coetzee repasa los años desde su llegada a Londres proveniente de Sudáfrica con veintipocos años hasta su contratación como informático en IBM, en plena guerra fría y con el desarrollo de los ordenadores en fase embrionaria. El joven se pregunta constantemente si todo episodio de su vida encaja en un orden superior de las cosas, si todo lo que hace le sirve para ganar experiencia (“’Experiencia’. Es la palabra en la que se gustaría apoyarse para justificarse ante sí mismo”) o es accesorio en “la historia de su vida, la que se cuenta a sí mismo”.

Hay un relato de Raymond Carver, “Conservación”, en el que un hombre se refugia durante días en su sofá, para desesperación de su mujer: “Es como si viviese ahí […] Vive en el cuarto de estar”. Se dedica a ver la televisión, a hacer como que lee y a aburrirse. Es lo que uno hace en un sofá. En mi sofá, en cambio, me tumbo como en el diván de un psicólogo: para enfrentarme a su (mi) propia existencia: ¿qué significa esto? No es más que un simple sofá. ¿Es algo más? ¿Es algo definitivo? Me ha costado mucho transportarlo hasta aquí, debe serlo. 

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