Juan Gil-Albert en América

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Como es sabido, en 1937 se celebró en Valencia el Segundo Congreso de Intelectuales Antifascistas, en plena Guerra Civil. Allí se reunieron, junto con los artistas y escritores españoles, otros muchos europeos y americanos. Para algunos de los españoles fue el primer contacto con compañeros de oficio que, muy pronto, se convertirían en anfitriones de republicanos que habían perdido ya la guerra o estaban a punto de perderla. Uno de los escritores mexicanos que participaron en dicho congreso fue Octavio Paz, por entonces un veinteañero sin obra pero que, como escribió Gil-Albert, ya prometía un mundo. La ayuda del gobierno de Lázaro Cárdenas a la República durante la guerra tuvo su continuación en la posguerra con una generosa acogida. Entre esas multitudes que llegaron a partir de los últimos estertores de la Guerra Civil se hallaban José Moreno Villa, León Felipe, Juan Rejano, Manuel Andújar, Ramón Gaya, Antonio Sánchez Barbudo, Josep Carner, Ma-nuel Altolaguirre, Concha Méndez, Francisco Giner de los Ríos, Pedro Garfias y Juan Gil-Albert. Varios de estos escritores hicieron, en plena guerra y teniendo como redacción la casa familiar de Gil-Albert, Hora de España.

Juan Gil-Albert (Alcoy, 1904-Valencia, 1995) se había incorporado, en los últimos meses de la guerra, al Comisariado del 11 Cuerpo del Ejército, y tras unos días de estancia en Barcelona, salió de España junto con varios miles de españoles que fueron recluidos en el campo de concentración francés de Saint-Ciprien. En compañía de Gil-Albert estaban Sánchez Barbudo, Arturo Serrano Plaja, Rafael Dieste y Ramón Gaya. Gracias a la gestión de Jean Richard Block, el grupo de Hora de España fue reclamado y logró embarcar –tras una pequeña estancia en las afueras de Poitiers– en Marsella, rumbo a Veracruz, México. En ese barco iba también, junto con su mujer, el novelista Benjamín Jarnés. Era el año 1939 y Gil-Albert (nacido en 1904 y no en 1906, como él mismo, fiel a una cierta coquetería, insistía en mantener) tenía 35 años. Aún no había escrito ninguno de los libros por los cuales hoy le recordamos, pero ya contaba con algunas crónicas y prosas, entre descriptivas y reflexivas (no exentas de preciosismo), en las que se acusaba su interés por la historia y el intimismo, y, completando estos géneros, tres colecciones de poemas. No era mucho, si se piensa en algunos de sus compañeros de genera-ción, entendiendo por tal a los poetas y prosistas nacidos entre finales de la década de 1890 y los primeros años del siglo, aunque no ignoro que formalmente se le encuadra en la Generación del 36. Lorca había sido asesinado en 1936, dejando una obra en marcha y, al mismo tiempo, lo suficientemente hecha como para caminar por la memoria de los hombres. Y tanto Alberti como Cernuda eran ya autores de varios libros esenciales de nuestra lírica. Lo mismo puede decirse de Pedro Salinas y Jorge Guillén, los más tardíos en publicar. Gil-Albert tuvo sin duda un perfil muy especial, de una rara autenticidad (habría que decir que toda autenticidad lo es por desusada) y de un tono poco habitual en las letras españolas, tanto por su cultivo de la crónica como por la vertiente reflexiva que entronca con el moralismo francés, el que recorre los siglos XVII y XVIII y desemboca, en pleno siglo xx, en André Gide. El autor de Los días están contados fue sin duda un escritor de lenta exploración, como si la materia que tenía por destino, tanto en su forma como en su contenido, sólo se le fuera a revelar tras un lento esfuerzo que adoptó el dibujo de una espiral: siempre estuvo sobre el mismo eje, gravitando hacia su cumplimiento, pero no mostró su rostro sino en su madurez, tras el exilio, ya de nuevo en el paisaje mediterráneo que le sirvió de fundamento. Como un Anteo, al tocar nuevamente tierra (la suya), recobró fuerza y, con ella, sentido. Curiosamente, su vuelta, tras los años de exilio en México y Argentina, adoptó la forma de un exilio interior: incomprendido y criticado por algunos de sus mismas ideas políticas, olvidado y marginado por los vencedores, el escritor tuvo, para expresarse, que cerrarse sobre sí mismo, pero sólo para abrirse en un conjunto de obras que, tras el fin de la dictadura, nos descubrirían a un escritor completo y casi inédito hasta entonces: Gil-Albert asistía a la publicidad de su obra casi con el mismo asombro que el de sus lectores. Durante años, desde su vuelta a España en 1947, había escrito con una vocación propia del verdadero escritor (la misma que asiste al Valéry de los Cahiers): no oía la voz inmediata del reconocimiento o la refutación sino aquella otra que surge de una demanda fatal y que le hace vislumbrar que no podía ser de otra manera.

La vida de Gil-Albert en México es, en parte, un misterio, no porque se haya ocultado sino porque fiel a nuestra querencia por el olvido, nadie –hasta donde sé– ha dedicado su tiempo a reconstruir esos años. Se hacen miles de tesis y tesinas, pero no siempre sobre lo que verdaderamente importa, y una de esas tareas es recabar la documentación biográfica de muchos de los escritores españoles y latinoamericanos que, tras su muerte, comienzan a desaparecer de la memoria de los que los conocieron. Este mismo olvido, nueva reinvención del exilio, es lo que está sucediendo con Gil-Albert. Además, las características de su personalidad han contribuido a que los datos sean aún menos precisos. A pesar de que el número de escritores exiliados fue numeroso, es curiosa la pobreza de diarios y memorias respecto a la vida de estos escritores en América, y también se ha mencionado la poca presencia de la historia, el paisaje y las gentes de América en las obras de creación, sea en las de Jorge Guillén, Pedro Salinas, Alberti o Rosa Chacel (las excepciones son Moreno Villa y el periodismo de Max Aub). Se ha dicho muchas veces que vivieron con las maletas hechas, aunque muchos de ellos tuvieron hijos en sus respectivos países, participaron en instituciones y murieron allí. Gil-Albert no fue una excepción y quizás lo fue poco en la medida en que pocos como él estaban fuera de su elemento natural. El mundo de Gil-Albert era, por un lado, mediterráneo, entendiendo por éste las vertientes griegas y latinas y algunos aspectos del arte y la poesía italianas (de Puccini a Leopardi, de la pintura renacentista a Visconti). Por el otro, el mundo francés. Gil-Albert fue un afrancesado, en el buen sentido de esta palabra que supone una crítica de nuestra pobre ilustración. Tanto los moralistas del siglo XVII y XVIII como los librepensadores del Siglo de las Luces fueron sus contemporáneos. Ante la aplicación de este término –afrancesado– de manera peyorativa, dijo: “No soy un afrancesado, soy un español que razona”. Además de estas líneas generales, no hay que olvidar que Gil-Albert no era un aventurero, ni un explorador, tampoco un viajero. De hecho, trató en sus desplazamientos –que a veces fueron profundas sacudidas– de no apartarse del mundo que le era más propio y ser fiel a sí mismo. De alguna forma, Gil-Albert, desde muy pronto, estuvo ya hecho, sólo que tardó en mostrarse.

En México, fue colaborador de las revistas Taller, Romance y El Hijo Pródigo. De la primera fue secretario durante algún tiempo. En Romance colaboró como crítico cinematográfico, desde febrero de 1940 a mayo de 1941.1 Esta afición por el cine, con juicios muy controvertidos en su caso, que no excluyen la verdadera lucidez, la comparte con Francisco Ayala, Max Aub, Benjamín Jarnés y Luis Cernuda, aunque este último carezca de literatura al respecto. El primer número de El Hijo Pródigo salió en abril de 1943, año en el que Gil-Albert dejó México por algo más de año y medio, y Paz comenzó (por Estados Unidos) su larga y fructífera estancia fuera de su país. Entre las tareas literarias de Gil-Albert estuvo la participación en una de las antologías más importantes que se han hecho en Hispanoamérica: Laurel. A comienzos de 1940 la editorial Séneca, cuyo director era José Bergamín, encargó a Xavier Villaurrutia, Emilio Prados, Octavio Paz y Juan Gil-Albert una antología de la poesía moderna de lengua española. Octavio Paz nos ha dejado un testimonio preciso de la elaboración del libro. Dicho texto nos informa de que el autor primordial de la antología fue Villaurrutia; en cuanto a los españoles: Emilio Prados casi nunca asistió a las reuniones “y su contribución se redujo a la selección de sus propios poemas. En cambio, se encargó de la tipografía y la imprenta. Gil-Albert estaba lleno de buena voluntad pero conocía apenas la poesía hispanoamericana, de modo que no pudo ayudarnos mucho en la selección de la obra de los poetas nacidos en América; sin embargo, colaboró con acierto y con gusto en la sección española del libro.” La confección de Laurel topó con varios inconvenientes: uno de ellos, la exclusión, según el criterio de Villaurrutia y Bergamín, de los más jóvenes, entre los que se hallaban Gil-Albert y Paz, pero también Miguel Hernández y Lezama Lima; otro, la actitud negativa de Pablo Neruda, que no vio con buenos ojos dicho proyecto ni simpatizaba con Villaurrutia y Gil-Albert.2 En Memorabilia, Gil-Albert confiesa que encargó a Ramón Gaya, “por considerar que podía hilar más fino, la relación que me había correspondido de Juan Ramón”, pero no encontraremos más declaraciones al respecto a pesar de la importancia de la antología. Parece evidente que al poeta valenciano la historia de la literatura le era ajena, aunque no la Historia, a la que fue un gran aficionado. No es que fuera un hombre sin curiosidad intelectual, sino que dicha curiosidad estaba tocada por una suerte de egotismo notable. Pero lo importante es que esa entidad que llamamos Gil-Abert llevaba dentro un mundo, o era muchos mundos, así que su egotismo, asistido por una refinada cultura y una inteligencia reposada, logra convertir su objeto en algo interesante también para nosotros. No obstante, como veremos pronto, Gil-Albert observó los lugares por donde pasaba, y hay constancia en varios de sus poemas y, de manera atomizada, en sus memorias. A diferencia de José Moreno Villa y de Luis Cernuda,3 Gil-Albert no escribió ningún libro sobre México. La excepción, hasta cierto punto, es un libro de género ambiguo: Tobeyo, publicado en 1990 y en el que narra, bajo una discreta ficción, su vida en México y, en el centro de ella, una pasión amorosa. Las observaciones sobre México en su Breviarium vitae,4 una obra de indudable valor, son en realidad, reiteraciones y variaciones de las que hallamos (pocas), de manera más acertada, en sus crónicas.

¿Por dónde anduvo Gil-Albert? ¿A quién trató? ¿Qué buscó en esa ciudad ya en pleno crecimiento, y dónde podía contactar aún con un grupo de escritores que, tanto por su calidad como por intereses, tenía que ver con la generación suya del 27? ¿Qué pensó de Villaurrutia, de Reyes, de Pellicer? Hay que recordar que por esos años la producción poética y crítica fue notable. Por sólo citar algo: se acababa de publicar Nostalgia de la muerte (Sur, Buenos Aires, 1938) de Villaurrutia, Muerte sin fin (1939), de Gorostiza, y coincidiendo con su estancia en Buenos Aires, Ficciones (1944). Sabemos que en México df vivió en una misma casa junto con Ramón Gaya, Enrique Climet y Mariano Orgaz, en la avenida Insurgentes, y luego en otras direcciones. Por datos desperdigados en declaraciones y en libros de Gil-Albert sabemos que trató a Villaurrutia, del que menciona su libro Nostalgia de la muerte y que iba a menudo a comer a casa de Carlos Pellicer, también a la de Octavio Paz y Elena Garro. Aunque Octavio Paz siempre aparece por todas partes en su estancia en México no sabría afirmar si tuvieron una gran amistad. Gil-Albert recuerda con sentimiento, tras recibir la noticia del fallecimiento en Valencia de su hermana menor, la noche que Paz pasó sentado frente a él, acompañándolo. Pero también le he oído contar que cuando llegaba a su casa de visita, Paz solía salir: “Has venido a ver a Elena, lo sé”. Sin duda Gil-Albert, como José Bianco, admiraban y se sentían atraídos por la escritora mexicana, una mujer inteligente, imaginativa y, consecuentemente, inesperada. También: oscura y díscola. En el caso de Bianco, la admiración abarcó a ambos. En unas declaraciones5, Gil-Albert recuerda que escribió (¿la publicó?) en México una extensa recepción de un libro de Paz, sin embargo el conocimiento que tenía de su obra era escaso. Paz escribió unas líneas de admiración por la obra memorialística de Gil-Albert, y alguna vez mencionó su rápido ingenio, pero su estilo y gran parte de su mundo le fueron ajenos. Y en cuanto a su poesía, es deducible por sus ensayos y gustos que no podía formar parte de lo que le apasionó. Después de que ambos dejaran México en 1943 no se volvieron a ver hasta 1987, cuando se celebraron en Valencia, presididos por Paz, unos actos rememorativos de aquel famoso encuentro de 1937. La vivacidad y la polémica, la revisión de las ideas de la política de bloques, marcaron esos días. Gil-Albert participó leyendo un breve texto, pero sin duda fue sobrepasado por sus años y, de nuevo, por temas que, sin serle ajenos, no eran del todo los suyos, o si lo eran hubieran exigido de Gil-Albert un recogimiento ajeno al momento.

Pero me he adelantado demasiado. Aún estamos en México y hay que abrir Tobeyo:6 Se trata de una narración sobre su estancia en dicha ciudad, en la cual se cuenta y se reflexiona sobre un acontecimiento capital en el exilio de Gil-Albert: su enamoramiento de un joven, de ahí que el título se complete con esta equivalencia: O del amor. Es, pues, un libro sobre el amor, pero lo es también sobre el mundo que le rodea, de ahí que aparezcan, disfrazados tanto en sus nombres como a través de algunos hechos y rasgos, el mismo Gil-Albert (Claudio, músico en esta “ficción”), Ramón Gaya (Bartolomé), Magda (Concha Albornoz), Edmundo (Octavio Paz), Virginia (Elena Garro) y otros. Aunque contiene algunas páginas memorables, y observaciones de interés, quizás no sea casualidad que esperara a publicar este libro a 1990. Sin duda tuvo comprensibles dudas respecto a su valor. No es un libro logrado, como sí lo es Crónica general o Los días están contados, quizás por esa mezcla entre ficción y realidad en la que Gil-Albert no terminó de desenvolverse. Aunque las observaciones y reflexiones están puestas en boca de uno o de otro personaje, es fácil adivinar que casi todas le pertenecen, como cuando dice lo siguiente: “Lo que nos ocurría en México […], era que nos encontrábamos en Oriente. No en nuestra casa, como algunos trataban de suponer sino, por el contrario, rodeados de una como lejanía cautivante, pero lejanía. Que no inspiraba nuestra fraternidad; nos atraía, sí, pero con desconfianza.” Creo que la siguiente cita es más explícita y profunda, especialmente porque es una confesión de cómo se hallaba a veces Gil-Albert en el medio mexicano: “Sentirse en este continente desconocido, habitante de un país extraño, en unas condiciones azarosas, desarraigado de todo lo que hasta entonces, tierra, familia, ambiente, estancia, había constituido para él, durante treinta años, nutrimiento y amenidad le trastornaba, por completo, su mundo, y si bien le ofrecía la posibilidad de extender sus experiencias, la situación era para él tan nueva, tan tentadora por lo demás, y tan penumbrosa (…). Cuántas veces había de quedarse así, en medio del indiferente tráfico ciudadano, rodeado del medio hostil, sin tener dónde ir, y sin querer ir a ninguna parte.”

Creo que este retrato de un instante de extrañeza podrían suscribirlo muchos exiliados, y quizás nos basta con un ejemplo, aunque sin olvidar el poema “A México” de Las ilusiones (1944); pero sus observaciones sobre la psicología del mexicano son más penetrantes: “En el mexicano, como se advierte con bastante facilidad, su rencor español no deja de mostrarnos desde sus orillas el drama nostálgico de una admiración que se refrena tanto por pudor como por resentimiento. No se explica uno cómo se mantiene tan en la epidermis del país la civilización del pasado, pero en México, lo histórico es como si anduviera uno con su presencia, retadora y disimulada a la vez, por la calle”.

La idea de que la historia está viva en México es acertada, y no sólo por la presencia del mundo indígena sino porque ha informado todos los sustratos de la sociedad, desde la cortesía a la cocina, de la política a los cultos religiosos. Tampoco fue ajeno Gil-Albert a esa ambigüedad del carácter mexicano (se entiende que generalizo) coincidente con otros viajeros, como Jean François Revel, por citar a alguien de otra lengua y que residió en México un poco después del español, por no citar al mismo Octavio Paz en El laberinto de la soledad. Cito de nuevo: “La vida mexicana, su estilo contrapuesto al español, hecho de medias tintas veladas, mucho más sensible de piel pero por dentro menos definida y por ello mismo difícilmente aprensible en su esencialidad, ocasiona en los extranjeros un espejismo constante, aun si éstos son españoles. El español no ha comprendido nunca al indio; lo esclavizó primero, lo catequizó después pero sin saber, exactamente, quién era, ya que nadie entiende menos de matices que él”. Se da una confusión significativa entre el estilo de “la vida mexicana”, que Gil-Albert comienza a perfilar con lucidez, y la reducción que hace inmediatamente a la población indígena. Olvida a menudo que la gran población es mestiza. La crítica ante la sensibilidad roma del español, incapaz de matiz, es tan acertada en su generalización como incompleta es su descripción de las etapas de la presencia del español en América. Hubo violación, sin duda, pero olvida que también hubo fascinación, de la cual es producto buena parte de la sangre mexicana actual. Pero su crítica de la incomprensión del indio por parte de los españoles es exacta, y lo hace más evidente la poca literatura sobre antropología, sociología, historia y memoria relativa a América, debida a los españoles, a pesar del alto número de estudiosos y creadores que durante el siglo xx han vivido, por elección o por destino, en dicho continente. Poco a poco parece que salimos de nuestro narcisismo histórico, pero con tal ausencia de instituciones que todo queda, como ha sido siempre entre nosotros, en valiosas excepciones.

Antes de trazar algunos rasgos de la estancia de Gil-Albert en Argentina, quiero cerrar este puñado de citas con una de Los días están contados, en la que describe la ciudad de México de manera sintética y perspicaz. Es admirable cómo nos hace ver y sentir esa sensación de infinitud y al mismo tiempo de opresión en un espacio abierto: “La experiencia mexicana es de orden trascendente. La infinitud aguarda allí a quien se asoma a su alta planicie; la infinitud, y a la vez la sensación angustiosa del límite, de que allí acaba la tierra del hombre y de que toda esa luminosidad helada, plateada, de altura, que resplandece en las cosas es ya el abismo, el más allá inhumano o sobrehumano (…) Se siente que la tierra se ha cerrado en redondo, que aquello es el verdadero finis-terrae y que, como desde un balcón infinito, contemplamos el paso de las nubes maravillosas por las rutas inaccesibles”.

Gil-Albert viajó camino de Buenos Aires con Máximo José Kahn. Salió en 1943, sin duda, como sabemos por varios de sus relatos, tratando de poner distancia en una complicada relación amorosa. Visitó Colombia, invitado por el antiguo embajador en México y amigo suyo, Sabaski, y luego continuó viaje a Lima y Rio de Janeiro, donde residió medio año. Allí se encontraba Timoteo Pérez Rubio, el marido de su gran amiga Rosa Chacel, residente entonces con su hijo en Buenos Aires. Su estancia en Brasil es una laguna, y no sabemos si llegó a interesarse por la poesía brasileña. Intuyo que vivió alejado del mundo cultural y cercano a la enorme belleza de la geografía de Rio.

Cuando llegó a la capital argentina, en 1944, José Bianco no tardó en invitarlo a colaborar en la revista Sur y Mallea, en La Nación. En Buenos Aires se encontraban Rosa Chacel, María Teresa León y Rafael Alberti y Serrano Plaja, entre otros. Gracias a Mariquiña Valle-Inclán y a su esposo, que era editor, publica en Buenos Aires, en noviembre de 1944, su probablemente mayor poemario, Las Ilusiones, con prólogo de González Carbalho, libro en el que hay una fuerte influencia clásica, especialmente de Píndaro, autor que leyó y releyó, en traducción francesa, en el primer barco de su exilio. A pesar de sus colaboraciones en Sur (cierto que escasas) no conoció a Victoria Ocampo, pero sí a Silvina y, sobre todo, a Angélica Ocampo. Creo recordar que vio a Borges, pero ¿tenían realmente algo que decirse? El gran escritor argentino acababa de publicar uno de sus libros más emblemáticos, Ficciones. Es cierto, Buenos Aires no le parecía Oriente, como le parecía México, sino más bien, como dice el lugar común, París, pero por mucho que en la sociedad bonaerense pudiera encontrar paralelismos con la cultura que le había alimentado, Gil-Albert debió ser por esos años lo más semejante a una raíz a la deriva del viento, en este caso del viento de la historia. En 1945, una carta de su amigo mexicano le hace volver. Hizo el viaje en barco, por el estrecho de Magallanes hasta el mar Pacífico, el canal de Panamá y, finalmente, la costa mexicana. No tardaría en tomar otro barco, en esta ocasión con rumbo a Lisboa. Se detiene un par de días en Madrid, en casa de Ricardo Baeza, hospedado por su esposa, que había vuelto también de Buenos Aires, aunque el notable traductor permanecía en la capital argentina. A Juan Gil-Albert le aguardaba un largo exilio interior del que tenemos relatos, ecos y reflejos en su obra de memorialista. En ella encontramos el testimonio de esa vuelta en 1947 a la España franquista: Drama patrio, escrito en 1962 y publicado en 1977. Una cita de unos versos de Dante encabezan ese lúcido testimonio: “rimossa ogni menzogna”: rechaza toda mentira, una divisa moral a la que Juan Gil-Albert fue siempre fiel. ~

1. Estas críticas han sido recogidas por Juan Cano Ballesta en Juan Gil Albert: La mentira de las sombras, Pre-Textos, Valencia, 2003.

2. Octavio Paz: “Poesía e historia: Laurel y nosotros”, OC. Vol. 3, Círculo de Lectores, Barcelona, 1991.

3. José Moreno Villa: Cornucopia de México, 1940; Luis Cernuda: Variaciones sobre un tema mexicano, 1952.

4. Juan Gil-Albert: Breviarium vitae, 2 vols. Caja de Ahorros de Alicante y Murcia, Alcoy, 1979. (Actualmente hay una edición, mucho más cuidada, en la editorial Pre-Textos.)

5. Luis Antonio de Villena: El razonamiento inagotable de Juan Gil-Albert, Anjana Ediciones, Madrid, 1984.

6. Juan Gil-Albert: Tobeyo o del amor, Pre-Textos, Valencia, 1990.