Juan Pablo Meneses, periodista (2)

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“Ya a nadie le importa quién tiene la exclusiva, sino quién está contando mejor la historia”

Juan Pablo Meneses, periodista portátil, nos habla en esta segunda parte de su entrevista de su opción por la docencia como forma de complementar la práctica del periodismo portátil y nos da su punto de vista sobre el estado actual de la narrativa de no ficción en Latinoamérica.

¿Cómo decidiste pasar del periodismo a la docencia?

Empezó de casualidad, porque me ofrecieron hacer talleres. El primero que hice fue en Lima, organizado la revista peruana Etiqueta Negra en 2004, y después por esa época me llamaron de una universidad del norte de Chile, de Antofagasta. No tenía mucha idea de cómo hacer un taller, y sólo hablaba de las cosas que yo conocía, pero después me fui dando cuenta de que eso era parte importante del taller: había mucha gente que lo único que quería era viajar, escribir historias, empezar de alguna manera. Cuando yo empecé en esto de querer ser freelance y viajar, había escuchado así remotamente en una reunión de periodistas: “Hay un gringo que sobrevive como freelance…” Pero nadie decía: “Oye, hay alguien de acá que hace eso y que vive de eso”. Y en la medida en que fui dando esos talleres, o iba a esos países a presentar los libros, me acuerdo que muchas veces el mismo periodista que me entrevistaba me decía: “Oye, ¿cómo puedo empezar?”. También me empezaban a mandar muchos mails. Y yo trataba de dar todos los consejos que podía, tratando de que la cosa funcionara. Pero algunos me decían “Oye, pásame la dirección de mail de todos tus editores”. A esos no les respondía, obviamente. Y después de haber acumulado muchos más talleres, en México, en España, dije: voy a hacer una escuela, pero va a tener que ser online, porque yo no puedo estar en ningún lado fijo. Entonces ahí nace la Escuela Móvil de Periodismo Portátil. Obviamente, tiene un lado profesional: me interesa que funcione y que yo gane plata y que la cosa sirva, porque eso mismo le da justificación al proyecto. Pero también lo veo por el lado de motivar a la gente, mostrar que se pueden hacer cosas, rescatar a gente nueva… Por ejemplo, en la escuela ahora estamos haciendo un concurso de crónica. Logramos convencer a la Universidad de Guadalajara, que va a invitar a esa ciudad al ganador, que va a ganar plata y va a salir publicado en algunas de las principales revistas de Latinoamérica…

¿Cómo te enfrentas al hecho de ser una referencia?

Siempre planteo, cuando voy a hablar con estudiantes, que muchas cosas que yo digo pueden sonar cursis o ridículas. Pero son cosas que, efectivamente, me pasaron a mí. Yo quería viajar, escribir historias y publicar en distintos países. Pero no tenía un peso. No era un nieto de Slim que decía “quiero recorrer el mundo escribiendo historias”, que es como la imagen que nosotros tenemos de la gente que lo hacía. Entonces, cuando yo cuento eso, obviamente que hay gente que se identifica, y que le parece que eventualmente se podría hacer, y ojalá que lo puedan hacer.

¿Cómo enseñas a sobrevivir escribiendo historias?

La principal receta es tener uno ganas de hacerlo. Lo primero que le digo a la gente es: “Ustedes no van a poder sobrevivir escribiendo historias por el mundo”. Entonces hay muchos que dicen “Ah, no voy a poder. Entonces me quedo en mi casa”. Ése es el primer filtro: esa porfía tiene mucho que ver con esto. Uno lo tiene que creer sí o sí. Cuando vivía en Barcelona lo primero que me propuse fue: “Yo voy a sobrevivir del periodismo sí o sí”. Muchas veces, cuando estaba en la Rambla, veía las estatuas vivientes y pensaba: “Se pintan la cara, se ponen cositas y empiezan a recibir monedas”, y llegué a pensar qué estatua podía ser para poder sobrevivir de eso. Pero tenía la determinación de sobrevivir escribiendo. Tiene que haberla, es fundamental. Y después hay cosas prácticas: cómo ofrecer y vender la historia, cómo estructurarla, cómo llegar a los medios con algo que pueda funcionar. Esas cosas prácticas las cuento a partir de mi experiencia o de la experiencia de otra gente que vende historias. Con esto de pensar en cómo sobrevivir, uno empieza desarrollar teorías y cosas así, termina haciendo de esto un objeto de estudio. Tengo un método, que es el Método del Tren, para estructurar historias. Tengo una teoría, que es la del Gran Golpe, sobre cómo tenemos que entender nuestro trabajo: todas esas cosas las vamos viendo en el taller, en el online y en el presencial. Los talleres presenciales que hago son de tres o cuatro días. Hay mucha cosa técnica, a mí me encanta la cosa técnica del texto en periodismo: la estructura, las posibles variantes, el cambio de posición de párrafos, todo eso. Pero si uno no está motivado no sirve de nada.

¿En la Escuela Portátil tienes gente para ayudarte?

Al principio hacía todo yo. Ahora ya hay un par de personas que me ayudan en la parte administrativa y contable. Pero ellas también son, de alguna manera, portátiles: nos comunicamos por internet. Hay una asistente que lo hace desde su casa y hay una persona, que lleva la parte contable, que está en otro país. No tenemos una oficina.

¿Trabajas con tus alumnos en un aula virtual?

Sí, hay un aula virtual donde se cuelga una clase, con una parte teórica y una tarea que tienen que hacer esa semana. Desde la primera clase es escribir, enfocándote en el periodismo narrativo. Yo les corrijo todas las tareas esa misma semana, y nos juntamos en un chat semanal abierto, que esa sería como la clase donde ellos preguntan. Y así vamos avanzando hasta llegar al final, donde se hace una crónica. Y como la escuela tiene convenio con varios medios, los mejores trabajos se publican en la web de la revista Etiqueta Negra, en la web de la revista Emeequis de México, en el diario electrónico chileno El Mostrador… Sus trabajos no quedan sólo en la clase.

¿Crees que la inmediatez de la entrega diaria es el gran enemigo del periodismo?

Sí, porque el periodismo diario siempre busca un gran golpe periodístico, y lo que yo planteo con el periodismo portátil es que no hay que buscar ese golpe porque ya no existe. Ese golpe por el que pelean todos los periodistas a los siete minutos ya se terminó: ya a nadie le importa quién tiene la exclusiva, sino quién está contando mejor esa historia. Ese contar mejor la historia es el Gran Golpe. El golpe periodístico es una victoria demasiado efímera, demasiado ridícula en comparación con contar esta gran historia, de una manera en la cual uno pueda entender lo que te están diciendo. Y ahora, con la velocidad de internet, perseguir en papel la noticia es una cosa tan arcaica, tan atrasada, que me llama la atención que se siga en ese camino. Hace un tiempo, los diarios argentinos titularon: “Se recuperan la bolsas de Europa”. A las diez de la mañana, cuando estaba leyendo las noticias, el programa noticioso informaba que las bolsas caían. ¡Entonces yo estaba leyendo un diario de ese día con noticias que no estaban pasando! Deberían explicar más que está pasando y no irse al dato duro.

¿Crees que existe algún tipo de lenguaje propio para la narrativa de no ficción latinoamericana actual? ¿Existen corrientes o tendencias?

No, creo que se sigue más o menos el mismo estilo. A mí me gustaría que hubiera mucha más innovación. Veo que hay alguna innovación en los temas, pero tú lees crónicas de gente que se presenta como consagrada dentro de la crónica actual, y cuando terminas de leer ves que eso podría haber sido escrito hace 50 años, o en otro país. No hay una innovación. Son muy “correctas”. Hay mucho miedo a improvisar, a inventar, a salirse del molde. Creo que hay una mirada muy reverencial todavía a la no ficción, emparentándola todavía con el periodismo, haciéndola muy convencional. Y, en realidad, tenemos todas las herramientas de la literatura, con las cuales podemos hacer cualquier disparate, cualquier desbarajuste, cualquier improvisación, que si están bien justificadas pueden entrar. Pero hacen una antología de las mejores crónicas que escribió tal revista, y de repente son todas iguales.

¿Tú te consideras un periodista-escritor experimental?

Yo trato siempre de cambiar, porque si no, no tiene mucho sentido. ¿Cuál va a ser el sentido de nuestro trabajo? Sería un sentido casi administrativo: “Oye, yo voy a seguir toda esta tradición que empezó tal persona”. Precisamente por eso mismo, trato de abrir espacios, de estirar un poco la cuerda. Obviamente, eso tiene sus costos. Es mucho más fácil que venda un libro de crónicas de un tema que sea super manido, escrito de manera manida, haciendo uso de la crónica miseria, y abordando los mismos temas donde los malos siempre van a ser los mismos y los buenos siempre van a ser los mismos, y donde está siempre esa mirada de conmiseración clásica, y agarrar los personajes latinoamericanos y escribirlos con pintoresquismo para que te los publiquen en Babelia… Todas esas cosas se van a seguir haciendo, pero al final no van a generar una nueva mirada latinoamericana. Por eso en todos mis libros trato de estirar.

¿Compartes la idea de que la inmigración es el gran tema del periodismo narrativo?

Sí… En Equipaje de mano hay una crónica que fue la que a mí me cambió la vida. Yo me iba por unos meses a España para hacer una historia en un pueblo de España que se llama Aguaviva, donde habían importado argentinos. Era un tema netamente de inmigración. No sabía por qué me interesaba tanto ese tema. No sabía por qué estaba gastando la plata del premio [del cual habla en la primera parte de la entrevista] en un pueblo del interior de España, en un hotel perdido donde las ventanas daban a las sábanas y donde el dueño del hotel me cambiaba la tele desde su control remoto. No entendía por qué estaba haciendo eso de la inmigración. Y estaba todos los días en ese lugar donde no pasaba nada. Hasta que al final entendí que ése era EL tema. Y de hecho, Aguaviva fue el primer lugar por el que yo pasé como inmigrante. A partir de ese pueblo de inmigrantes, yo pasé a ser un inmigrante. A partir de ir a hacer esa crónica, decidí que me iba a quedar en España a vivir. Después terminé viviendo en Buenos Aires, pero a partir de ahí, de hacer una historia sobre inmigración, terminé siendo un inmigrante para siempre. Yo ya sé que voy a ser un inmigrante para siempre. Aunque vuelva a vivir a Chile. Estos diez años me van a estar pasando la factura siempre. Uno va a creer que hizo su vida, con la mujer, el perro, todo eso, pero al final siempre te vas a acordar que eres inmigrante. Acá o allá. Por eso me parece que es un tema tan fascinante.

– Feliciano Tisera

Foto: Leonardo Faccio

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