La Capilla Sixtina en México: el espectáculo como limosna

Visitar la réplica de la Capilla Sixtina en la Ciudad de México es asistir a un espectáculo fugaz que ni siquiera divierte. 
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En la cola del acceso D a la réplica de la Capilla Sixtina en la Ciudad de México reconfirmé que el aburrimiento hace que cualquier cosa sea entretenida. Armados con gorras y un termo lleno de agua, fuimos los primeros en llegar. Esperamos veinte minutos hasta que un grupo de empleados nos recibió con la energía y el excelente humor que distingue a los adolescentes que trabajan en los parques de diversiones durante los veranos. “Bienvenidos a la Capilla Sixtina en México. Disfruten la experiencia”, nos decían al pasar.

De pie y a oscuras, cerca de cien personas nos amontonamos para ver un video introductorio que hablaba de la indecisión y el esfuerzo de Miguel Ángel, lo que sintió, pues, al pintar los frescos de la Sixtina. Parecido en el abuso de la cámara lenta y la música sublime de los promocionales de los estados que produce Televisa, el video mencionó a Miguel Ángel de nombre y apellido, una serie de fechas y los nombres de varios Papas. Creo que escuché la palabra “Renacimiento”. Y nada más. Nada acerca de la crítica protestante que por entonces enfrentaba la Iglesia católica –y que determinó el tema y la iconografía del fresco del altar. Nada, tampoco, acerca de la peculiar manera en que pintaba Miguel Ángel. Seamos claros: decir que tal Papa comisionó tal obra en tal año a un pintor de nombre tal es no decir nada. Quizás haya que ponerle atención a la profesión del hombre que trajo la Sixtina a México: Toño Berumen fue manager de las boybands de los años noventa, y sabemos que, en la lógica del espectáculo, una cosa sustituye a otra, y todas valen lo mismo.

Cuando desfilaron los créditos del video en las cuatro pantallas, la muchedumbre se apretó para librar el embudo que se formaba en la puerta y entrar, por fin, a la Capilla. En el fin de semana de su inauguración, más de 50,000 personas se amontonaron en la misma puerta. Ocurrió lo de siempre: pánico y desmayos, el espectáculo masivo que suscitaría la Segunda Venida de Cristo, y que lúcidamente satirizó Jardiel Poncela en La tournée de Dios:

“De pronto, como si se hubieran puesto de acuerdo, las multitudes se lanzan hacia el cerro, ansiosas de ver a Dios de cerca. Ya no avanzan: corren. Ya no corren: galopan […] Todo ese horizonte humano se agita en las convulsiones de movilización de esa ola apocalíptica. Caen seres pisoteados. No importa. Adelante… ¡Adelante! ¡Adelante! […] Entre los séquitos aterrados zigzaguea una frase: ‘¡Van a aplastar a Dios!’”.

De pronto se encendieron las luces, como si la Capilla fuera un juego mecánico y se oyó, otra vez, una voz en off que nos administró una sobredosis de adjetivos grandiosos –perfecto, majestuoso, obra cumbre– mientras los frescos de la bóveda se iluminaban en intervalos de no más de tres segundos, como slides de una presentación rápida de Powerpoint. Muy pronto el narrador deja de distraerse con los muros laterales –pintados por Botticelli, Ghirlandaio y Perugino, entre otros– para concentrarse en un simple ejercicio de ubicación de las figuras del altar. En medio de la pintura está Cristo (como siempre); a su derecha, la virgen; a su izquierda, San Pedro. Debajo de ellos están los muertos que han resucitado: los salvados suben al cielo y los condenados caen al infierno. Todo lo que se puede apreciar a simple vista, todo aquello para lo que no hace falta explicación alguna. La misma voz cumple, poco a poco, con una descripción que debe haber sido redactada en bullets y párrafos cortos –quizá los empresarios de la cultura creen que las masas solo podemos soportar una versión corta y superficial de las cosas. Quién sabe por qué Miguel Ángel pintaba esos cuerpos musculosos. Vaya usted a saber qué supone eso de pintar al fresco. ¿Y por qué Miguel Ángel representó a Cristo afeitado, fornido y rubio? Seguro algunas figuras están en paños menores y otras desnudas porque así se hacían las cosas en el Renacimiento. Y el Papa no es más que un mecenas que vigiló cada fase del proceso, por estricto, y no por algún motivo político.

A los 15 minutos se apagan las luces del juego mecánico. “La salida está a su izquierda”. Los guardias nos indican que ya tuvimos nuestra ración de show. Deben despachar al siguiente montón de gente aburrida, aunque sea imposible, no apreciar, simplemente ver una sola pintura en tan poco tiempo. Mucho menos se puede ver ese ambicioso programa mural de la Sixtina que encierra la historia del mundo y la humanidad: desde que Dios separa la luz de las tinieblas hasta el día del Juicio Final. Lo único que uno puede hacer razonablemente en 15 minutos —como en el gimnasio, por ejemplo– es el calentamiento, apenas comenzar; las pesas, las sentadillas y las abdominales, el verdadero ejercicio, toman más tiempo.

Pero no juzguemos a la Capilla Sixtina en México por lo que debió o pudo haber sido. Evaluémosla dentro de sus propios parámetros, que no son otros más que los del entretenimiento.[1] A Mario Vargas Llosatodavía le preocupaba que el arte, la historia y la cultura se diluyeran al punto en el que lo único que importa es pasarla bien. El problema de la Sixtina de México es aún más burdo: es un espectáculo que ni siquiera divierte. Lo que sí me entretiene es imaginar el escándalo que habría provocado la Sixtina de haberse inaugurado con la visita del papa Francisco como se planeó originalmente. Pienso en las cabezas de los periódicos: “El Papa viene con accesorios”. La lógica del show habría sido más evidente.

De cualquier manera, el juego mecánico de la capilla Sixtina viajará a las capitales de todos los estados de la República, y la limosna del espectáculo unirá al pueblo de México, siempre fiel.

 


[1]Haciendo a un lado los valores de producción, otra prueba de la lógica del show son los números espectaculares que los periódicos citan y que no se cansan de hacerle publicidad al evento: miles y millones de metros cuadrados, tornillos, tejas, visitantes.

 

 

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