La necesidad de la memoria: Coloquio en torno a Veinte años y un día

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Emilio Lledó: No voy a hablar tanto de esta novela, sino de algo que está enraizado en el fondo de ella, y que es |la vida, la memoria, la experiencia de Jorge Semprún. Revolviendo entre mis papeles encontré un artículo de Semprún de hace ya casi quince años. Decía ahí que cada vez que alguien menciona la palabra Grecia, se acordaba de la plaza de Santa Ana. ¿A qué se refería Jorge? Aristóteles decía que en el fondo de la psyche, en el fondo del alma, en el fondo del logos, en el fondo del lenguaje, en el fondo de la palabra, en el fondo de la comunicación, está la memoria. Pues bien, Jorge escribía entonces que las fulguraciones de su memoria le hacían ir desde Grecia a la plaza de Santa Ana: “Se me ocurre que en torno a aquella imagen de la plaza de Santa Ana y a sus arborescencias y proliferaciones podría reconstruir todo mi itinerario vital.” En esa plaza nos conocimos hace ya muchos años. Mejor dicho, conocí a Federico Sánchez. Esto debía de ser en el año 56. Yo acababa de llegar de Alemania y llevaba unos meses en Madrid y me volvería a ir a finales del 56, otra vez a Alemania. Pues bien, lo que yo no sabía era que para su itinerario vital habían sido tan importantes aquellas reflexiones tan inocentes, y por otra parte peligrosas, sobre el invento de la democracia en Grecia y la necesidad de que ésta se halle siempre acompañada de la educación.
     Movido por esto, yo quisiera hablar de qué es eso de la memoria, la mnéme. Los griegos fueron los primeros teóricos de esa extraña palabra. Aristóteles decía que la memoria era la sensación y lo que queda de las sensaciones, pues sólo los seres humanos son capaces de repetir las sensaciones, de tener sensaciones y de que no se les pierdan en el latido de los días, en el latido de la existencia, en el latido de la angustia de vivir, de la necesidad de vivir; sólo los seres humanos son capaces de asimilar las sensaciones en la psyche, en el ánimo, en la mente, en el logos, y de hacer la palabra, más allá o más acá del latido, del instante, de la punzada del presente, de la punzada de cada latido de nuestro corazón. Porque estamos atados a ese latido, y no es una metáfora: nuestro corazón va dando latidos y esa pulsada de la sangre es lo que hace el presente, pero el presente que está fluyendo, que está desapareciendo, que está, como decía el viejo poeta griego, a caballo de los días. Pues bien, de esos múltiples latidos, de esas múltiples experiencias, el filósofo griego nos decía que, a pesar de tener muchas memorias, muchos actos de memoria, somos una única memoria. Cada uno de nosotros es un bloque de memoria. Y por eso somos inconfundibles, somos lo que decimos, lo que hablamos, pero ese hablar, ese decir, no es un decir disgregado, no es un decir suelto, como podría serlo por esos latidos sueltos de nuestros corazones, sino que somos latidos enhebrados, coherentes. Y esa coherencia es justamente la memoria: somos porque hemos sido.

Jorge Semprún: Quisiera prolongar un poco lo que acaba de recordar Emilio. En ese verano del 56 yo venía de un pleno del Comité Central del Partido Comunista de España donde se había dado un golpe fuerte a la vieja dirección estaliniana de Uribe, Dolores Ibárruri, etcétera, y los jóvenes del partido, o sea los Claudín, los Carrillo y los Sánchez, habían tomado el poder. Ese verano Federico Sánchez está en la plaza de Santa Ana hablando con Emilio Lledó. Pero resulta que la plaza de Santa Ana es la plaza donde está la cervecería La Alemana, o sea, la plaza adonde iban los toreros y los Dominguín. Así que entramos aquí en la novela, porque Domingo Dominguín es personaje de la novela, y quizá el personaje central, ya que es el verdadero narrador. Es el que por primera vez cuenta la historia que aquí se intenta narrar, la cuenta tres veces y la última es decisiva, porque la cuenta delante de Juan Benet, y Juan Benet, que no sabe muy bien quién es ese Agustín Larrea con el cual está hablando, pero sabe que es un responsable más o menos importante del Partido Comunista, dice: “Oye, ese asunto que cuentas parece de novela. Y parece de novela de Faulkner.” O sea que ahí nace ya la novela, entre Domingo y Juan Benet comienzan a escribirla.

José María Ridao: Cuando íbamos a entrar me decía Emilio que no iba a resistir la tentación de hablar de filosofía en referencia al libro de Jorge Semprún. Jorge, por su parte, habla además de política y de historia. Lo único que se puede sentir es envidia. Porque en los últimos años ha sucedido que la narrativa parece una cosa y el ensayo otra, de manera que lo que ha perdido densidad es la actitud intelectual, es decir, el juicio intelectual sobre las más diversas materias. Lo primero que llama la atención en la novela de Jorge Semprún y en la conversación que éste mantenía con Emilio es justamente que se recupera una actitud intelectual que en los años sesenta era normal, o sea, cualquier novelista europeo o español de esos años se manifestaba igual a través de un relato que de un ensayo o cualquier otro género, o de un artículo periodístico, sin que automáticamente hubiera una frontera entre una cosa y la otra. No estamos ante una novela intelectual, no es esto lo que quiero decir, sino simplemente ante literatura, esto es, ante una mirada hacia una realidad múltiple que abarca desde la sexualidad especial de algunos personajes hasta la propia realidad política del país.
     La segunda cuestión que quería traer a colación es que, a diferencia de Emilio, yo no conocí a Federico Sánchez sino a Jorge Semprún. Para mí esto tiene una importancia decisiva, porque conocer a Semprún supuso conocer que muchas de las razones por las que se había estado en el antifranquismo, desde nuestra convicción democrática de hoy, difícilmente podríamos avalarlas. Y es que durante los últimos años hemos asistido a un fenómeno curioso: el hecho de haber estado contra Franco desde posiciones que hoy no avalaríamos parece que hace mejor el no haber estado contra Franco. Para mí fue, pues, muy importante conocer a Jorge Semprún y no a Federico Sánchez, es decir, conocer a quien hacía la crítica de las posiciones del antifranquismo justamente para identificar desde qué posición tenemos que verlo hoy.
     En buena medida, la novela de Jorge da respuesta a esta posición. En los últimos años se está llevando a cabo una relectura de la historia, se está reforzando toda la lectura ultramontana de nuestro pasado intelectual. No es que se critique, por ejemplo, a la Generación del 98 en lo que tiene de alimento retórico y, muchas veces, conceptual de los movimientos más intolerantes españoles, sino que se dice, por el contrario, que el 98 fundamenta la modernidad española. No es ya que muchos autores que hoy pasan por representantes del pensamiento liberal español difícilmente lo fueron o, mejor, que para hacerlos representantes del liberalismo español haya que tomar sus obras completas y recortarlas cuidadosamente. Es que se nos dice que, en efecto, el liberalismo pasa por estos autores. Uno de ellos, que aparece en la novela de una manera crítica, es Ortega. Y es que en Veinte años y un día hay, además, una mirada crítica hacia ese pasado intelectual. Tenemos entonces que la novela es, como propuesta intelectual, extraordinariamente rica. Asimismo, Semprún —y ésta es una de las grandes novedades de esta obra frente a otros de sus textos— ofrece una visión del antifranquismo en la que también se ve el franquismo: se ve cómo actúan, cómo viven las familias franquistas.

Xavier Antich: Recogiendo alguno de los hilos que el profesor Lledó y Ridao plantean, creo que hay dos formas de acercarse al deslumbrante texto de Jorge Semprún que no son contradictorias. Una es el peso de la memoria, que seamos fundamentalmente memoria. Por otra parte —y éste es uno de sus aspectos más subversivos— está la revuelta contra el olvido, contra esta relectura de la historia, relectura del pasado borrado de la propia memoria o de todo aquello que ha ocurrido en este país. Quiero referirme a una imagen que estos días se me presentó de forma obsesiva pensando en Veinte años y un día. Es una imagen de una pareja de treintañeros, fotógrafos, valencianos, que están exponiendo en Frankfurt una serie fotográfica titulada Campos de batalla. Es una serie de dípticos en los que se ven paisajes, campos de trigo, bosques de pinos, arrabales, pero ninguna presencia humana, y que debajo simplemente ponen: Navas de Tolosa, Bailén, Calatañazor, etcétera. Es decir, se trata del testimonio de esos paisajes, de los que sólo se preserva un nombre que da, en cierto modo, el termómetro de las barbaridades cometidas ahí. Pues pensando en estas imágenes adivinaba por qué Veinte años y un día a mí me ha parecido, más allá de un relato literariamente magnífico, un relato necesario. Lo es por ser eso mismo que aparece en las fotografías: un combate contra el olvido. Y es que quién sino Jorge Semprún puede atreverse a plantear una novela con acontecimientos de los muertos del 18 de julio del 36 que no sólo habla de esos muertos, sino que encima habla de lo que se ha hecho durante cuarenta años con ellos, y de cómo se ha escrito una determinada historia cuyo recuerdo en cierta manera nos interpela todavía hoy. Pienso que era eso lo que me parecía necesario en el texto de Jorge Semprún, más allá de sus virtudes literarias: la necesidad de esta lucha, que no es sólo de esta novela sino en cierto modo de toda su trayectoria literaria. El hecho de que esto se haga no desde el campo de la historia, sino desde el territorio híbrido de la literatura, lo hace un ejercicio doblemente necesario. Porque hay otra forma de olvido, que es el olvido a través de la historia. Ese olvido que en cierto modo fosiliza los acontecimientos, casi convirtiéndolos en momias de algo que porque ya está ahí y ya está contado no hace falta volver a ello. Me parece que Veinte años y un día, aparte de otras virtudes, tiene este inmenso mérito de rescatar esa verdad que quizá sólo la ficción rescata. Jorge Semprún lo dice apropiándose de la reflexión de Boris Vian cuando dice que “todo es verdad porque me lo he inventado todo”. Roland Barthes decía que toda fotografía es una lucha contra la muerte, una lucha para que la fotografía no sea la muerte. George Steiner, de acuerdo con Platón, lo aplicaba a la escritura, y decía que toda escritura es una apuesta contra el olvido. Veinte años y un día es entonces la apuesta por la memoria en un país tan olvidadizo, tan desmemoriado, con ese tipo de olvido y de desmemoria que siempre beneficia a los mismos y perjudica a los mismos. El rescate de esas pequeñas vidas, esos pequeños o grandes deseos aporta al relato de Jorge Semprún, a mi juicio, una dimensión más que literaria, una dimensión moral, una auténtica dimensión política.

JS: Algo sobre la memoria. A mí personalmente me ha emocionado que casi a la vez en tres libros de tres autores diferentes aparezca la historia de las trece rosas. En la historia legendaria de la resistencia antifranquista las treces rosas tenían un papel fundamental. Trece muchachas de la juventud comunista de Madrid se reúnen en los primeros meses de la dictadura de Franco. Un célebre comisario de la Brigada Político-Social se entera de la reunión, las ayuda en cierto modo a organizarla, y, cuando se ha desarrollado esa organización, las caza y las manda fusilar. Hay un libro de Jesús Ferrero que se llama Las trece rosas. Y en el libro de Dulce Chacón de la cárcel de mujeres comunistas en Ventas se nos cuenta en detalle su historia. ¿Por qué fenómeno misterioso de la memoria colectiva llega a la literatura casi en las mismas fechas el dato de las trece rosas? ¿Cómo resurgen las trece rosas a la vez? ¿Qué sentido tiene hoy que hablemos de las trece rosas? Me parece que ya eso en sí podría ser otra novela, o por lo menos un ensayo.
     En esta reconstrucción de la memoria hay varias cosas que se han ido haciendo. Cuando escribes una novela no sabes muy bien desde el primer momento a dónde vas. Yo no estoy de acuerdo con los escritores que dicen que los personajes obligan al escritor a decir esto y lo otro. El autor es novelista, y es lo que más se parece a Dios en esta tierra. Pero en algún momento lo que uno ha inventado no es que se objetive, pero sí adquiere algo que no estaba totalmente claro. Una de mis intenciones era buscar en la ficción y en la realidad, porque en el libro se mezclan ficción y realidad, para hacer un homenaje a los comunistas. Hacer una crítica a los dirigentes y un homenaje a los comunistas (eran gente estupenda, los militantes comunistas españoles en la época de Franco). Y para eso me ha ayudado mucho Domingo Dominguín, que tenía un personaje que yo en el libro he llamado Perales, pero que en verdad se llamaba Canales. Y en el libro cuento cómo Domingo Dominguín decía: “Tendríamos que crear el marxismo-canalismo. Y Canales sería nuestro secretario del Interior y en vez de tener que ir a Praga o a Moscú, consultábamos en Quismondo con Canales.” Y yo no me atrevía a decirle a Domingo cuántas muertes había habido por intentar que Canales o los Canales dirigieran el partido desde dentro de España y no esperando las instrucciones de fuera. O sea que en el homenaje a los comunistas está Perales, y está ese personaje emblemático que yo me he inventado con muchas realidades, Juan José Castillo, que tiene un buen día la emoción de ver cómo su hija, a la que no ha hablado nunca del partido ni del comunismo para protegerla, le trae una propaganda del partido. A la vez quería hacer una crítica; en sentido crítico aún se pueden decir muchas cosas de la historia grandiosa, trágica, heroica y mortífera y miserable del pce en aquellos años durísimos.

ELL: Comentemos la idea de que la patria de un escritor no es la lengua sino el lenguaje. Yo creo que la patria del escritor es la lengua y no el lenguaje. El lenguaje es un sistema universal de los seres humanos que hace muchos siglos empezaron a sentir su soledad como individuos y a necesitar comunicarse para defender el clan familiar, la tribu o lo que fuera. Pero la lengua es lo que somos, lo que nos hemos hecho, el lugar desde donde hablamos. Este libro no podría haber sido escrito nunca en un lenguaje, sino desde una lengua. Y esa lengua es su experiencia, su vida, su compromiso. Entre las muchas admiraciones que he tenido por Jorge es que, en aquella plaza de Santa Ana, Federico Sánchez se estaba jugando el tipo. Ponía su vida en juego, y no le salvaba el ser quien es. Y ésa es su lengua. Él no estaba en un lenguaje, él estaba en ese tipo que se jugaba, en esa experiencia que había asumido y ese compromiso de decencia. Pues bien, ese compromiso personal era su patria. No tenemos patrias universales, no existen los universales. Sólo existen los particulares, los hechos concretos, lo que pasa es que los seres humanos los levantamos en esquemas universales y teóricos donde se alumbran, donde conviven, donde fluyen y donde —perdonadme la palabra— se globalizan (yo diría: se universalizan). No nacemos en un mundo de objetos, sino sobre todo en un mundo de significaciones. Y ese mundo de significaciones se nos pega a las neuronas no como lenguaje sino como lengua, en este caso la lengua materna.

JS: Estoy de acuerdo, salvo que la historia de pronto hace que uno tenga dos lenguas. ¿Qué haces con los que tenemos dos lenguas? ¿Cómo explicamos la doble patria? Porque en el momento en que eres totalmente esquizofrénico y piensas y escribes igual de mal o de bien en dos idiomas, ahí se plantea el problema de cuál es la patria de verdad. Y se plantea la historicidad de esa patria y de esa lengua. Yo puedo escribir en castellano por una razón histórica: porque estuve deportado en un campo de concentración alemán donde había un colectivo español de ciento cincuenta deportados y volví a sumergirme en el idioma, en la lengua materna. Pero aquella madre estaba lejísimos de mí. No voy a entrar en una discusión filosófica porque estoy de acuerdo contigo y con Thomas Mann en la idea de que la patria es la lengua, pero entonces yo tengo dos patrias. Una situación espantosa. Fíjate en el trabajo que es ya tener una.

JMR: Quiero volver a la cuestión de la memoria. A la vez que siento una enorme adhesión a estos proyectos de recuperación de la memoria, debo confesar que siento una cierta incomodidad. Porque cuando se habla de recuperar la memoria, ¿de qué hablamos exactamente? Yo creo que todo el que dice que quiere recuperar la memoria lo que en realidad está diciendo es: estoy inconforme con la memoria que hay. Es importante subrayarlo, porque permite una mirada sobre lo que vive nuestro país, sobre lo que vive Europa. Y es que esa memoria con la que muchas personas se sienten incómodas es una memoria apoyada por el poder. La gran novedad es que un determinado relato de la historia está siendo apoyado por el poder. Esto ocurre en los movimientos nacionalistas, pero ocurre también en poderes que no se reivindican como nacionalistas, y sin embargo participan de esta consolidación de una memoria oficial. La gestión del gobierno central en España es un buen ejemplo. En los últimos años el poder político ha dado su apoyo a un relato de la historia que es el del franquismo. Volvemos a contar la historia de España exactamente como nos la contaron. En la transición, los poderes públicos se mantuvieron neutrales frente al relato de la historia. Yo creo que es importante, por supuesto, recuperar la memoria, pero también que el poder político se limite a permitir que el debate sobre el pasado esté donde debe estar: en el ámbito intelectual, en la academia. Porque apoyar un relato en concreto lleva una vez más a lo que estamos viviendo hoy, que es un fenómeno de olvido.
     Hay también algo al menos tan grave, que es la mala interpretación. Durante siglos hemos leído Don Quijote como una obra cuyo principal defecto es que tuviera un autor, un autor que se opone claramente a la doctrina y a la ortodoxia católica, inquisitorial, que impera en España. El propio Unamuno dirá que el principal defecto del Quijote es que no sea anónimo. Y con ello lo que hace justamente es forzar una mala interpretación que llega hasta nuestros días, cuando tenemos que ver cómo determinados poderes públicos que apoyan determinados relatos del pasado nos dicen ser entusiastas de poetas como Cernuda, de autores como Azaña, de autores que no es que estén en el olvido, al contrario, pero están profundamente malinterpretados.

ELL: Me parece que éste es un tema central. Yo creo que uno de los grandes momentos de la ciencia del siglo pasado fueron los experimentos con los perros de Pavlov, la creación de reflejos condicionados. Por eso ha habido poderes determinados que han querido siempre hacerse con la educación. Te repiten desde niño esa memoria acartonada o falsificada, que es todavía mucho peor, te la repiten como el timbre y la comida de los perros de Pavlov. Yo he tenido la experiencia, supongo que vosotros también, de que es imposible dialogar con ciertas personas, pero no porque no entiendan el lenguaje que tú utilizas, sino porque los reflejos condicionados, los grumos mentales que se han creado en su cabeza, ya no permiten fluir al pensamiento. Esa incomunicación se hace con una falsificación de la historia. Por eso, uno de los tópicos más vacíos es el de la objetividad de la historia. No podemos desligarnos de lo que leemos, de lo que pensamos, de lo que escribimos, de lo que vamos a interpretar. Pero lo importante es que esa subjetividad inevitable sea una subjetividad limpia, dispuesta a criticarse, a juzgarse, incluso a retractarse. Porque eso es lo que crea la fluencia de la vida. Cómo me impresionaba hace muchos años, en mi primer contacto con Berlín, ver en una de las plazas más importantes un gran monumento que decía: “Esta vergüenza no la olvidaremos nunca”, y enseguida venían todos los nombres de los campos de concentración. Una de las cosas que aprendí en Alemania fue cómo habían asumido los alemanes su historia. Con qué limpieza, con qué valor.

XA: Seguramente, la mala interpretación de la historia es el rostro más tremendo del olvido. Cuando no sólo se niegan cosas que han pasado sino que se afirma que aquello que ha pasado es exactamente lo contrario de lo que pasó, el olvido es doble, porque en el sitio de aquello que se borra se inscribe otro relato. Yo creo que por eso el relato de Jorge Semprún tiene ese valor con el que la cultura alemana rescribe su propio pasado. Lo que me parece muy interesante es que esto se haga a través de la verdad de la ficción, porque quizá es sólo a través de esa verdad que se demuestra la honestidad con el propio pasado. Acaso éste es el inmenso poder de la literatura: devolver a través del relato novelesco esa vida que el relato oficial rescribe.

ELL: El prodigio de la literatura es poder dialogar. Fijaos qué aburrimiento si sólo tuviésemos nuestro propio monólogo interior de todos los días. Por muy libres que sean nuestras neuronas, qué espanto si no pudiéramos dialogar con el Quijote o con Thomas Mann, o con Veinte años y un día. A propósito del Quijote, a mí me ha sobrecogido siempre algo que se dice en él. Viene Sancho de su fracasado gobierno y se encuentra con aquellos peregrinos que llegan de Alemania. Se sienta con ellos y dice: pero si tú eres mi vecino Ricote. Sí, le contesta, me tuve que ir porque era morisco. Y le dice Sancho: “¿Por qué te fuiste a Alemania?” Y contesta con una frase absolutamente luterana: “Porque allí hay libertad de conciencia”. Textual.

JMR: Ese pasaje, capítulo cincuenta y nueve de la segunda parte, es uno de los grandes motivos de la tradición intelectual y literaria española en defensa de la tolerancia. Es curioso cómo en España ahora hay un debate sobre si la historia de España es normal o es excepcional. Y algunos de los que defienden que la historia de España es normal parten de múltiples equívocos. Uno de ellos es extraordinario: es que cada vez que se dice que en España ha habido momentos de honda intolerancia, como la Inquisición, la Guerra Civil, la dictadura de Franco, se responde diciendo que también los europeos tuvieron algo equivalente. Esto lleva a una situación absurda: que España es europea por aquello que Europa desprecia, España es europea por los desastres.
     Frente a esta idea existe toda una corriente intelectual que dice que España es europea, sobre todo, por sus heterodoxos, justo por quienes una y otra vez volvieron a ese capítulo del Quijote, desde el propio Azaña a Blanco White, a Cañuelo, a ciertos ilustrados. Todos ellos reivindicaron que en España el problema de la expulsión está mal contado. No es que los españoles expulsaran a los judíos y los moriscos, sino que los cristianos españoles expulsaron a los españoles judíos y a los españoles moriscos.

JS: Quisiera hacer una breve observación crítica, semántico-política, sobre lo que ha dicho José María Ridao, aunque estoy de acuerdo con él en conjunto. Yo quitaría la palabra franquismo al hablar del relato de hoy. Eso es trivializar lo que fue el franquismo. En el franquismo no habría sesiones como ésta, no habría contrapoderes intelectuales para explicar otras historias. Yo hablaría, más que del franquismo, del relato de la derecha tradicional española, incluso del nacional-catolicismo… Porque hoy no somos antifranquistas, somos demócratas contra las tendencias autoritarias, que surgen y resurgen en las democracias. Pero no somos antifranquistas, y si lo fuéramos estaríamos muy obsoletos.
     Ahora quisiera entroncar con lo que Emilio ha dicho sobre el trabajo que ha hecho Alemania con su memoria… Yo he tenido la alegría y el honor de ser este año orador en el Bundestach. El 27 de enero, que es el día en que Auschwitz es liberado por el ejército soviético, se produce desde hace unos años el Día de la Memoria de las Víctimas del Nazismo en el Bundestach. Un año habla un orador alemán y otro año un orador extranjero que algo tiene que ver con la historia del nazismo. Como extranjeros han hablado Elie Wiesel, Bronislaw Geremek y yo mismo. Es un trabajo constante sobre la memoria. Otro caso: el país en el que más se ha leído y discutido el libro de un americano —flojísimo históricamente— sobre las víctimas, que es el de Goldhagen, es Alemania. En Francia ese libro no ha tenido repercusión. En Alemania, miles de estudiantes han exigido que se discuta, porque ponía en entredicho la responsabilidad colectiva alemana, de los pequeños activistas del nazismo. Este es uno de los factores que hacen de Alemania un país que hoy debería tener una responsabilidad mayor en Europa: es el país que ha hecho el mejor trabajo de memoria sobre su propio pasado. Además, Alemania tiene la experiencia de los dos totalitarismos, nazismo y estalinismo. Y posee una estructura federal. O sea que es el país más capacitado para tener más responsabilidad en la construcción europea. En Alemania no se le hubiera ocurrido nunca a un canciller reaccionar ante las injustificadas tomas de posición de algunos países del Este que van a entrar en Europa —no hablo de España, en este caso la crítica tendría que ser más dura— y decirles, como les dijo Chirac, que son países mal educados.
     Me gustaría añadir que es posible que el olvido sea un procedimiento democrático. Después de la dictadura de los treinta, se prohíbe en Grecia recordar los acontecimientos del pasado. Y el primer artículo del Edicto de Nantes, que termina provisionalmente con las guerras de religión en Francia y está escrito en un francés espléndido del siglo dieciséis, empieza diciendo que está prohibido rappeler le trouble du passé, recordar lo problemas, los errores del pasado.

JMR: A veces he tenido la duda, y el último libro de Günter Grass va en esa dirección, de si es una debilidad para los europeos el que Alemania haya asumido completamente el coste del antisemitismo. Porque más se lee la historia europea y más se tiene la impresión de que los alemanes llevan el antisemitismo a su extremo, pero también de que el antisemitismo es común. Un caso en nuestro país: Franco, en el año 42, en Medina del Campo, dice una frase estremecedora: que lo que está haciendo el régimen alemán con respecto a los judíos no es más que lo que ya hizo la Reina Católica en 1492. Los alemanes, desde luego, han hecho su tarea, pero yo me pregunto si no estaremos haciendo un flaco servicio a Europa al no acompañar ese proceso alemán con nuestro propio proceso.
     JS: En efecto, el problema del antisemitismo hay que verlo en su conjunto. Existe antisemitismo en todo país cristiano, es evidente. Y el antisemitismo de masas, ya con consignas en las calles de París, que eran exactamente las consignas nazis: Brullons les juifs, quememos a los judíos, es del affair Dreyfuss. No sólo eso, sino que Alemania parecía hasta muy pocos años antes del nazismo el país donde —y los judíos alemanes lo han pensado— podía existir una patria para el judaísmo. Y la historia de la filosofía, de la literatura alemana de los años treinta es inconcebible sin la intelectualidad judía. Desde luego, el antisemitismo alemán tiene la peculiaridad de no haber sido nunca engañoso. Es programático. Cuando lees a Marx no sabes que va a haber Stalin, no puedes adivinarlo. Pero cuando lees Mein Kampf sabes que va a haber cámaras de gas. O sea que la novedad total en la tradición cristiana antisemita es lo que no es cristiano precisamente, lo que es industrial-pagano.

XA: Como es tan extremo el respeto con el que Semprún ha tratado siempre el tema del judaísmo en toda la literatura de los campos, a mí me ha resultado emocionante que la entrada en la novela sea a través de un personaje que se llama Michael Leidson, hijo de Raquel Levi, hija de expulsados judíos de Toledo. Me parece que es toda una respuesta al antisemitismo propio.

JS: Aparte de que la sinagoga del Tránsito es uno de los lugares más hermosos del mundo. ~

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·> Xavier Antich es profesor de Estética de la Universidad de Girona. Autor de La doctrina del ser en Aristóteles (1999).
·> Emilio Lledó (Sevilla, 1927) es catedrático de Historia de la Filosofía y autor, ente otros libros, de El silencio de la escritura, La memoria del logos, Lenguaje e historia y Memoria de la ética.
·> Jose María Ridao (Madrid, 1961) es escritor y diplomático. Autor de los ensayos Contra la historia (2000) y El pasajero de Montauban (2003).
·> Jorge Semprún (Madrid, 1923) es uno de nuestros grandes intelectuales. Resistente antifranquista, novelista y guionista de cine, entre su vasta producción literaria destacan El largo viaje, La escritura o la vida y Autobiografía de Federico Sánchez.

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