La reseñita quejica, un termómetro

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En La montaña mágica, un libro aburrido que he intentado terminar desde que iba en preparatoria, un grupo de enfermos se queja del modo en que el Sanatorio Internacional Berghof, ese lugar de placer, les comienza a “robar la vida”. Pues, verá, se la pasan acostados sobre sus tumbonas viendo el termómetro. Settembrini, un hombre ilustrado, se acerca a Hans Castorp para advertirle:

No les crea, ingeniero, no les crea nunca cuando se quejan. Lo hacen todos, sin excepción, y en el fondo están aquí más a gusto que en su casa. Llevan una vida de zánganos y aún pretenden inspirar lástima. ¡Se creen con derecho a la amargura, la ironía y el cinismo! «¡En este lugar de placer!» ¿No es acaso un lugar de placer? Pues claro que lo es, pero en el sentido más ambiguo de la palabra. «Robado», dice esa mujer. «En este lugar de placer, robándole a una la vida». ¿Qué sabrá ella? Enviadla de vuelta allá abajo y le aseguro que no vivirá más que para volver aquí arriba lo antes posible. ¡Ah, sí, la ironía! ¡Guárdese usted de la ironía que aquí prolifera, ingeniero! ¡Guárdese en general de esa actitud! Cuando no es una forma directa y clásica de la retórica, perfectamente inteligible para una mente sana, la ironía se convierte en una frivolidad, en un obstáculo para la civilización, en un sucio coqueteo con la desidia, en un vicio.

Esa planta cenagosa, la ironía frívola, parece crecer favorablemente en la atmósfera en que vivimos. Caso en cuestión: la mañana del pasado 8 de marzo, cuando leía placenteramente el periódico en la cocina de mi casa, lagañoso, bostezando y desayunando cereal. Después de un rato de sopear la leche, llegué a uno de los suplementos que, todavía, publica el periódico Reforma: Top Magazzine. Le di un vistazo rápido a las fotos de los famosos y a los muchos anuncios hasta que me topé, cerca de los horóscopos, con una especie de reseña sobre la adaptación al cine del cómic, o “novela gráfica”, Watchmen. Comencé a quejarme, a mis adentros, como uno de los enfermos de la novela de Mann. Incluso me permití una risita sardónica. En la reseña, una persona que firma como Dolly Mallet aseguraba que lo peor de la película era que “dura dos horas y media, y puede sentirse pesada”. Añadía, como algo negativo, que “no es demasiado comercial, no escatima en violencia –incluso misoginia- y exige cierto grado de cultura histórica en el espectador: Si te despegas un segundo del argumento, te pierdes; y requiere proceso de asimilación”. Pensé entonces que ya venía siendo hora de que me bañara y me espabilara, para encarar este bonito mundo donde la violencia y la misoginia son tan malas como exigirle al espectador cierto grado de cultura histórica o concentración.

Bueno, me dije, si no te gusta la reseñita boba, no la leas. Pero al día siguiente, ya que había iniciado mi semana de trabajo, leí una entrevista con Alan Moore, autor de Watchmen, en la versión en línea de la revista Wired. En ella, Moore afirmaba: “Quizá debamos comenzar a reordenar nuestras prioridades y no intentar anestesiarnos con incontables programas de televisión o películas porque estamos aburridos con nuestras vidas del obscenamente rico mundo occidental”. Como si fuera un disparador, estas frases me llenaron de ironía e ingenio. Soy adicto a esto, a encontrarle ecos a mis deseos y mis quejas. La frase “si no te gusta, no la leas” repentinamente me sonaba tan coherente como pedir “antes de entrar, cierra la puerta”. Me pareció necesario una cruzada, una denuncia. ¡Abajo el entretenimiento! ¡Quememos las revistas de espectáculos! ¡Cuidado con la ironía! Recordé el Top Magazzine del domingo al mismo tiempo que pensé, con desesperanza y ganas de rasgarme las vestiduras y dar largos paseos llorosos por la campiña, en la despedida del último número del suplemento Hoja por hoja, escrita por Tomás Granados Salinas: “Debido al elevado tipo de cambio del dólar y al alto precio del papel, Grupo Reforma decidió interrumpir la publicación de Hoja por hoja”. ¿Por qué Hoja por hoja no y Top Magazzine sí? Todo mal, parecían graznar los cuervos. Todo mal.

Sal en la herida: por esos mismos días leí “The Unfinished” un largo ensayo arrancalágrimas sobre David Foster Wallace, uno de los bastiones más fuertes contra la ironía frívola y nuestra dependencia al entretenimiento, que apareció en la edición más reciente del New Yorker. El texto, de D.T. Max, giraba en torno a la novela inacabada de Foster Wallace, que hubiera tratado sobre las virtudes del aburrimiento, el modo en que la concentración en las pequeñas tareas del día a día ayudaría a trascender nuestras pequeñeces. Sus personajes centrales serían oficinistas. Burócratas trabajando para el fisco, específicamente.

Me detengo un momento y considero todo esto: la ironía, el aburrimiento, el supuesto opuesto que constituye el entretenimiento. Me veo leyendo un texto por aquí, viendo una película por allá, confundiendo un término con otro, quejándome placenteramente. No tengo problema alguno con el entretenimiento, en la medida que por ello no se caiga en el mismo error en el que cae no sólo Dolly Mallet sino personas muy inteligentes (asumir que algo entretenido está peleado con un proceso de asimilación o la concentración). Ahora mismo que escribo me entretengo. Encuentro placer en esto como encuentro placer en la lectura de libros aburridos, es decir, que exigen mi atención. Encuentro más entretenida La montaña mágica que, digamos, 2666 o Las benévolas, novelitas muy placenteras que apenas me exigieron unos días. Pues, como nos recuerda Michael Chabon en la introducción de su libro de ensayos Maps and Legends, el entretenimiento no se reduce al placer pasivo (películas de Jerry Bruckenheimer, bestsellers, la televisión) sino que comprende una relación entre un espectador o lector atento y una obra que nos nutre en la medida que lo permitimos. ¿Cómo evitar quejarse de la vida placentera cuando esto también es un placer? Mientras me responden, yo me tumbo y observo el termómetro.

– Guillermo Núñez