“Mira, mamá, sin empatía”

Una reseña de "El curioso incidente del perro a medianoche".
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Un triángulo cuyos lados pueden escribirse en la forma n2 + 1, n2 – 1 y 2n (donde n > 1) es rectángulo.

Que este y otros problemas matemáticos puedan ser representados sobre un tablado con gente bailando, humo, iluminación, música de Julieta Venegas y un actor que salió en Nosotros los Nobles ilustra de manera inmejorable las dificultades de llevar a escena El curioso incidente del perro a medianoche, la aclamada novela de Mark Haddon, adaptada para teatro por Simon Stephens. Contada desde el punto de vista de un chico con síndrome de Asperger, la novela sale avante en su propósito de revelar no solo la compleja mente de un autista sino de conducir una historia a través de alguien incapaz de tener empatía con las otras personas. Que el lector no deba identificarse con el protagonista de una ficción es el tipo de riesgos narrativos que pone a temblar a los encargados de marketing de las editoriales y, sin embargo, esta peculiaridad no impidió –más bien, lo contrario– que la novela se convirtiera en un éxito de ventas.

La adaptación teatral tenía que retomar esas dificultades y algunas otras inherentes a una puesta en escena. Por ejemplo, cómo representar esa lógica extrema con que el protagonista ve al mundo no solo en términos de recursos dramáticos sino de espectáculo. Christopher Boone –un chico de 15 años, poseedor de una desarrollada inteligencia matemática, y al mismo tiempo incapaz de interpretar las expresiones de tristeza o alegría en las personas– entiende el mundo solo de manera literal y somete todo cuanto ve al cuestionamiento. Desprovisto del lenguaje figurado, Christopher se enfrenta a una sociedad que ha garantizado su convivencia, en no pocos casos, gracias a las metáforas cotidianas y a los útiles sobreentendidos. Y la historia depende de que el público pueda compartir la extrañeza del protagonista ante ese hecho. La puesta en escena de Francisco Franco, lo logra con solvencia, gracias a recursos escénicos con los que evita el monólogo al que estaba condenada al tratarse de la narración de un autista y también, vale la pena recalcar, el desempeño excepcional de Luis Gerardo Méndez, que puede resultar sorprendente para quien solo lo haya visto en el papel de un mirrey caído en desgracia.

La historia comienza cuando Christopher descubre en el jardín frente a su casa, al perro de su vecina, atravesado por un horcón. Amante de las aventuras al estilo Sherlock Holmes, el chico decide emprender su propia investigación policial, a fin de encontrar al responsable de ese crimen (Christopher concluye que se trata de un asesinato tras dilucidar que era poco probable que alguien clavara el horcón sobre el perro después de que este estuviera ya muerto por alguna causa natural). La indagación lo lleva a hacer preguntas demasiado incómodas a su padre viudo y a un grupo de vecinos que pierden la paciencia con facilidad. Lo que no se imagina el curioso Christopher es que, una vez abandonada su zona de confort, la pesquisa va a conducirlo a develar secretos del barrio y de su propia familia. 

La versión teatral, y esto es un acierto, alterna los monólogos del autista –que coinciden con la perspectiva de la novela– con las intervenciones de Siobhan (Cecilia Suárez), la profesora que lee el libro donde Christopher da cuenta de su aventura. El recurso –junto a un notable manejo de la iluminación, el cambio de escenarios y la presencia de un ensamble que en los momentos en que no parece estar bailando apoya muchísimo la obra– evita la monotonía y da la oportunidad de que otras voces guíen una trama que mantiene todo el tiempo su interés “policiaco” y, particularmente, su humor. El montaje exigía que hubiera menos matemáticas en la historia (el capítulo dedicado a explicar por qué las matemáticas no son seguras como parece a primera vista, es una de las partes más luminosas del libro y no halló lugar en la adaptación), pero la fría lógica de Christopher se mantiene y el apéndice donde el muchacho explica –con una cantidad casi exagerada pero muy divertida de recursos teatrales y escenográficos a la mano– cómo resolvió su examen compensa esa falta. A mi parecer Alejandro Camacho, en el papel del papá Ed Boone, está innecesariamente más iracundo que el personaje de la novela, donde está retratado como un señor muy comprensivo que con los días va mostrando su peor lado. Sin embargo, es indudable que se trata de un asunto menor y el conjunto de las participaciones sirve para construir una historia muy potente y verosímil.  

En su estrato más superficial El curioso incidente del perro a medianoche plantea las dificultades que supone vivir con un autista (en algún caso servirá, aventuro, para fomentar la comprensión del síndrome de Asperger y otros trastornos del espectro autista). No obstante, en un nivel más profundo, la obra cuestiona si en realidad hay actos que podemos llamar desinteresados y si enfrentarse con alguien que no es capaz de corresponder a los gestos de generosidad pone en tensión nuestra idea de convivencia. Aunque el montaje sobresale por sí mismo en sus recursos para retratar la mente del muchacho Boone, es en las pequeñas interrogantes para la vida común y corriente donde la historia de Christopher se vuelve de verdad soberbia.

El curioso incidente del perro a medianoche se presenta actualmente en el Teatro de los Insurgentes. Para más información: http://curiosoincidente.com/

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