Radiaciones de Irán. Israel en el remolino nuclear

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Las
ironías y las paradojas presiden la secuencia de los hechos
con no menor fuerza que la severa racionalidad. Los deslindes
convencionales en torno a lo objetivo y a lo subjetivo en la historia
–y en general, en las percepciones humanas– suelen subestimar
este fenómeno. Y para sugerirlo no hace falta ir en busca de
ninguna sentencia posmodernista.

Ocurre
a menudo que los protagonistas del teatro histórico se desvían
del libreto –anunciado y previsto– balbuceando giros que propinan
sorpresas para ellos y para sus espectadores. El apunte genérico
gana particular relieve en el contrapunto nuclear del Medio Oriente,
con marcado acento en Irán e Israel –contrapunto que, a mi
juicio, puede traer resultados difíciles, cuando no trágicos,
para todas las partes. Revisemos el asunto con el detenimiento que
permiten las fuentes de información disponibles.

La
capacidad nuclear israelí: hazaña y pesadilla

Debido
a la estricta censura que el gobierno israelí instrumenta en
relación con la índole del reactor atómico que
se encuentra en Dimona, aldea localizada en la entrada de las zonas
áridas del Neguev, se ignoran muchos aspectos referentes a su
capacidad de producción de artefactos militares no
convencionales. Sin embargo, los datos disponibles en la bibliografía
y las fuentes noticiosas extranjeras ayudan a sortear parcialmente
esta dificultad.

Los
primeros pasos de Israel en esta materia se verificaron en el curso
de los años cincuenta bajo el resuelto liderazgo de una
“troika”: David Ben Gurión, entonces primer ministro y
líder incontestable de Israel; su fiel ayudante Simón
Peres, que compensaba su absoluta inexperiencia en el campo de
batalla con un agudo sentido estratégico y con una excepcional
combinación de astucia y visión de los asuntos
internacionales, y Ernst David Bergman, un científico de
talento que presidía en aquel momento la Comisión de
Energía Nuclear del país. Estos tres personajes
compartían la firme convicción de que la viabilidad y
la subsistencia de Israel en el plazo largo no podían depender
de ningún factor externo; en esta perspectiva, la conducta
indiferente de los Aliados –y en particular de británicos y
estadounidenses– en los sombríos años de la Shoah que
desgajó por lo menos a un tercio –el más creativo y
promisorio– del pueblo judío significaba lecciones trágicas
e inolvidables. Juzgaban, por añadidura, que la superioridad
demográfica árabe y musulmana a la par que el progreso
de los países vecinos acentuarían la inclinación
a desmantelar una entidad política que consideraban un brazo
disolvente e intrusivo del imperialismo occidental y cristiano. Los
tres líderes concluyeron que Israel debía gestar una
capacidad militar poderosa, capaz de desalentar cualquier ataque
concertado de los países árabes y del universo musulmán
–capacidad que implicaba, después de Hiroshima y Nagasaki y
de la formación de una excluyente minoría de países
con potencial atómico, el desarrollo de recursos militares no
convencionales, con o sin la anuencia de terceros.

Una
coyuntura favoreció esta convicción. En los cincuenta,
Francia estaba gobernada por un gobierno socialista inclinado a
ingresar al “club” exclusivo de los países con capacidad
nuclear a pesar de las firmes objeciones estadounidenses. En estas
circunstancias, Pierre Mendès France y Simón Peres
convinieron en París, con absoluto secreto, en que Francia
suministraría a Israel la tecnología necesaria para
construir un reactor de modesto alcance en tanto que Jerusalén
pondría a disposición de los franceses el conocimiento
teórico en física nuclear que les faltaba. El convenio
benefició sensiblemente a los dos países. Pero, en
tanto que París anunció públicamente en los
sesenta el alcance de una efectiva opción nuclear, Israel se
inclinó por una “estrategia opaca” en relación con
este tema. Es decir, se abstuvo de dar cualquier noticia en torno a
la existencia y las medidas de su potencial, para vedar, en
consecuencia, cualquier inspección internacional de las
instalaciones en Dimona.

Esta
estrategia se mantiene escrupulosamente hasta hoy, y se antoja en
algún grado verosímil, pues Israel jamás ha
realizado un experimento nuclear. Sin embargo, sobran las
especulaciones sobre la cantidad y la naturaleza de las bombas que se
encuentran a su disposición, o que pueden estar en operación
en un periodo sumamente breve (se estima que en menos de una semana).
Si éste es el caso, cabe especular que los israelíes
han encontrado alguna manera de compensar la ausencia de ensayos a
través del uso de computadoras de prodigiosa velocidad que
simulan escenarios virtuales.

Para
un país de las escasas dimensiones y recursos como era Israel
en 1948 (apenas veinte mil kilómetros cuadrados, enormes
problemas para absorber a un millón de inmigrantes que
llegaban empobrecidos y traumatizados desde los países árabes
y de los campos europeos de concentración), la ambición
de obtener capacidad nuclear se perfilaba como una fantasía
inalcanzable. Sin embargo, Israel puso bases sólidas para este
propósito, sorteando astutamente a los servicios de
inteligencia de Estados Unidos y la Unión Soviética –ni
siquiera los franceses supieron jamás cuánto avanzaron
los israelíes después de facilitarles una modesta
infraestructura tecnológica. En Dimona se habría
levantado una “fábrica textil”, Israel explicó a
Washington y a la prensa internacional. Sólo a principios de
los sesenta, ciertos vuelos de reconocimiento descubrieron el engaño.
De inmediato el presidente Kennedy exigió explicaciones y la
inspección inmediata del reactor. Para eludir los aprietos, el
primer ministro Ben Gurión prefirió renunciar y legarle
a Levi Eshkol el duro papel de resistir las presiones
estadounidenses. En el ínterin, Kennedy fue asesinado y su
sucesor se vio de inmediato entrampado en la Guerra de Vietnam. En
esta coyuntura, las presiones de Washington se diluyeron.

Cabe
subrayar tres enigmas que hasta la fecha sólo admiten
explicaciones parciales. El primero: ¿cómo se gestó
la capacidad científica israelí en este campo? El
segundo: ¿cómo se financió este proyecto? Y al
fin: ¿cómo explicar el silencio de las potencias
respecto de la aptitud atómica israelí cuando en otros
casos (Pakistán, la India, China, Ucrania, Corea del Norte, e
Irán) no han dudado en oponerse a la concreción de esta
capacidad? Son enigmas que suscitan especulaciones, algunas solventes
y otras gratuitas.

Cuando
la comunidad de físicos nucleares europeos se dispersó
debido a la persecución nazi, la gran mayoría
(Einstein, Szilard, Oppenheimer, Teller, Fermi) encontraron cobijo en
Estados Unidos; otros se trasladaron a Moscú, por convicción
o con engaños (Kapitza, Landau), y algunos más llegaron
a Israel, como Giulio Racaj, distinguido alumno de Fermi. Bajo el
liderazgo de este investigador (fue también rector de la
Universidad Hebrea de Jerusalén) empezaron a formarse las
primeras generaciones de físicos nucleares israelíes.
Algunos de ellos se perfeccionaron en Estados Unidos, Inglaterra y
Suiza, y lo que no aprendieron directamente a través de sus
mentores quedó compensado por los servicios israelíes
de inteligencia. En los cincuenta ya existía un núcleo
capaz de descifrar los pormenores teóricos de la nueva y
fantástica fuente de energía, incluyendo sus
aplicaciones militares. Y, como adelanté, esta capacidad se
alió a la tecnología francesa con beneficios para ambas
partes. Cabe agregar que no pocos científicos israelíes
fueron víctimas de sus investigaciones; algunos de ellos
fallecieron prematuramente de cáncer debido a radiaciones
incontroladas. Se puede suponer, por añadidura, que la
filiación judía de no pocos físicos nucleares,
preocupados por la existencia de Israel después de la Shoah,
favoreció la recepción de datos indispensables en esta
materia.

El
financiamiento del reactor involucra otro enigma indescifrado hasta
la fecha. Sin duda, el dinero no provino del presupuesto
gubernamental corriente, para mantener el estricto secreto y porque
el gasto en el proyecto superaba las posibilidades ordinarias del
país. Contrariando las leyes, el trío Ben
Gurión-Peres-Bergman se abstuvo de informar oficialmente al
gabinete sobre el lanzamiento de esta iniciativa y sus proyecciones.
De aquí la interrogante: ¿de dónde provenían
los recursos? Una hipótesis apunta a las compensaciones que
instancias israelíes empezaron a recibir del gobierno alemán
presidido por Konrad Adenauer. Es probable que considerables montos
de estas indemnizaciones por la matanza industrializada nazi fueran
canalizados al proyecto, sin rendir cuentas al gabinete ni al
Parlamento. Una explicación complementaria apunta a hombres de
gran fortuna de origen judío que habrían estado
dispuestos a facilitar apoyos al joven Estado sin hacer preguntas,
con ciega confianza en la figura de Ben Gurión y de Peres.
Ciertos indicios de lo que se sugiere: los obituarios en la prensa
israelí a veces mencionan, con ánimo sibilino, que tal
o cual “ayudó considerablemente a la seguridad de Israel”,
y no se agrega pormenor alguno.

Hasta
aquí puntualicé las razones y el trayecto de esta
ambición que, al materializarse, constituyó una hazaña
sin precedentes. Sin embargo, en el curso del tiempo el reactor puede
convertirse en una pesadilla. En primer lugar, por su edad. Se juzga
que la expectativa de vida útil de los reactores es de
alrededor de dos décadas; constantes mejoras –particularmente
en el grosor de las paredes, en el control de las radiaciones, y en
el depósito cuidadoso de sus deshechos– pueden prolongar su
vigencia un lustro más. Las instalaciones israelíes han
superado ampliamente este lapso, circunstancia que ha impelido al
personal empleado en el reactor a llevar a cabo variadas
manifestaciones públicas movidas por la aparición
repetida de casos de cáncer. La población vecina a la
planta también suele vocear protestas. Sin embargo, técnicos
y ciudadanos se conducen con cuidadosa discreción: el tema es
tabú, forma parte de los variados secretos militares que el
ciudadano israelí medio aprende a silenciar desde la temprana
juventud. Ciertamente, Israel no podrá eludir a la larga los
problemas que un reactor envejecido suscita. Pero cabe suponer que ya
cuenta con opciones.

Queda
un hecho enigmático más: la supuesta capacidad nuclear
israelí y la doctrina “opaca” que la respalda no han
suscitado reclamaciones en la comunidad internacional, excepto Egipto
a últimas fechas. Esta convergencia en el silencio por parte
de naciones disímiles (Estados Unidos, Alemania, China,
Francia, Rusia) que han asumido posturas críticas si no
hostiles respecto de Israel en otros asuntos, desconcierta
justificadamente a cualquier observador. Conjeturo que la gravitación
de la Shoah y la responsabilidad –indirecta al menos– que algunos
de estos países han asumido acerca de este terrible suceso
explicarían esta actitud mesurada –mesura, ciertamente, que
no repercute en los medios internacionales de información
alimentados confidencialmente por los gobiernos de estos países.

La
lección inolvidable de Nasser

Merced
a archivos israelíes recientemente abiertos a los
investigadores, se sabe hoy que, en los meses de mayo y junio de 1966
que precedieron a la guerra entre Israel, de una parte, y Egipto,
Siria y Jordania, de la otra, el presidente Nasser proyectó la
destrucción del reactor nuclear israelí a través
de un fulminante ataque aéreo. Para concretar esta intención,
Nasser ordenó vuelos de reconocimiento sobre las instalaciones
de Dimona a fin de reunir datos que ni Estados Unidos ni la Unión
Soviética se inclinaban a suministrarle. La alarma cundió
en el gobierno encabezado por el primer ministro Levi Eshkol y en el
alto mando militar. El reactor simbolizaba ya entonces el resorte más
importante de la seguridad estratégica israelí. No sólo
ante los países árabes vecinos: también en
relación con la Unión Soviética, que en 1957
había amenazado a Israel con un ataque táctico nuclear
si no se replegaba de la península del Sinaí, y en los
sesenta apoyaba abiertamente a Damasco y El Cairo.

Esta
amenaza constituyó probablemente una de las razones para
desatar el ataque preventivo de Israel contra la fuerza aérea
egipcia en un contexto en el que las decisiones de Nasser –vedar el
tránsito marítimo vital de Israel a Irán,
entonces principal proveedor de petróleo; expulsar a las
fuerzas de la URSS del Sinaí, y concertar un mando militar
unificado con Siria y Jordania– crearon en la sociedad israelita
una intolerable sensación de cerco mortal.

El
cálculo de Nasser era tan astuto como correcto. La destrucción
de la planta conllevaba varias ventajas: neutralizar el adelanto
relativo de Israel en materia nuclear, afianzar en el mundo árabe
el liderazgo egipcio, y obtener con esta acción el apoyo de la
URSS e incluso de Estados Unidos, países irritados por la
negativa del gobierno israelí a permitir la inspección
internacional de la planta nuclear. Sólo Israel podía
objetar esta intención egipcia. La secuencia es conocida:
Nasser subestimó la capacidad de respuesta de Israel y la
guerra estalló, si bien ni este país ni Egipto
imaginaron jamás una victoria tan contundente que, en la
perspectiva de estos días, se ha convertido en la tragedia de
la sociedad y de la cultura israelíes.

Como
dije al principio, la historia atesora –por su naturaleza
dialéctica– ironías y desplantes imprevisibles que
suelen entusiasmar y también desconcertar al narrador. Algunos
años más tarde, Israel llevará a cabo una acción
similar a la imaginada por Nasser en contra de Iraq, para destruir en
1981 la plataforma de sus instalaciones nucleares. Y ningún
factor internacional o regional se inclinó entonces a vocear
una cáustica censura. Ciertamente, Israel tomó entonces
precauciones, como la de desmantelar la planta iraquí un día
domingo, cuando el número de trabajadores sería mínimo;
por añadidura, el reactor se localizaba en una zona
relativamente despoblada.

Al
asimilar esta lección, Irán se conduce hoy de una
manera absolutamente divergente. Primero, las plantas operan sin
descansos y se encuentran dispersas en la ancha geografía del
país, incluyendo zonas de valor arqueológico y
religioso. Segundo, las zonas donde se ubican están densamente
habitadas. Finalmente, una eficiente red de cohetes protege a las
instalaciones.

Irán: aciertos y desvaríos

La
decisión de Irán de avanzar en pos de la capacidad
nuclear es atendible. Varias razones la respaldan. La primera: el
régimen jomeinista nació en 1979 abriendo cauce a una
república islámica chiita que anhela tanto el retorno a
la grandeza de la antigua Persia como la centralidad conspicua del
islam. Dos propósitos en contrapunto con la supremacía
de la modernidad occidental y con la filosofía de la
globalización. Los usos posibles de la energía atómica
–incluyendo los militares– constituyen en la matriz iraní
tanto el símbolo como el instrumento de estas aspiraciones. Si
otros países dotados con una memoria colectiva y con recursos
equivalentes cuando no menores a los de Teherán –como China,
la India y Pakistán– han hecho cristalizar este logro, ¿por
qué el poder nuclear debe estar vedado a los iraníes?

En
segundo lugar, Irán capta vivamente que la mudanza en las
fuentes energéticas está en marcha. Así como el
carbón fue sustituido por el petróleo, éste será
reemplazado o complementado en el futuro cercano por otras fuentes.
Limitarse al petróleo como semillero de divisas y motor del
desarrollo industrial es comprometer en el plazo mediano la
viabilidad nacional y minimizar la posibilidad de avances
postindustriales. En este sentido, Irán revela dosis de
perspicacia y sensibilidad ausentes en otros países
exportadores como Arabia Saudita y México.

Tercero,
Teherán se inclina a ampliar sus esferas de influencia en
países donde se reprime a los grupos chiitas o no tienen una
presencia cualitativa. Y en particular, cuando estos países
poseen ricas dotaciones de minerales básicos –además
de incuestionable valor estratégico– como Iraq, Palestina
Rusia y Azerbaiyán. Vislumbra, no obstante, que empeños
con este rumbo serán entorpecidos por naciones que poseen
intereses vitales en estas regiones y que cuentan con el intimidante
poder nuclear. De aquí la presente convicción iraní:
sin este recurso y sin artefactos complementarios (como cohetes de
largo alcance), sus ambiciones no son viables.

Finalmente,
el alcance de una fortaleza nuclear es un factor dinámico:
pone en movimiento progresivo y eslabonado otras fuerzas
tecnológicas, al tiempo que aguijonea el avance de servicios
intensivos en conocimiento y capital. En rigor, la vocación
tecnológica no es adversa a los postulados fundamentalistas.
Bien se sabe que los regímenes totalitarios y teológicos
no necesariamente inhiben –sin renunciar a sus delirios mesiánicos–
la ciencia ni las innovaciones técnicas si éstas son
funcionales para los objetivos nacionales. Ciertamente, vigilan muy
de cerca a los actores que las fomentan, pero no los reprimen a menos
que osen cuestionar al régimen y los símbolos que lo
legitiman.

En
mi opinión, sin embargo, las tácticas que Irán
ha escogido para hacer cristalizar estos objetivos no son
inteligentes. El ataque frontal a una potencia protestante –el
“Gran Satanás”– orgullosa de sus logros y ahora muy
sensible a cualquier amago terrorista, es un error. Y más aún
cuando Estados Unidos experimenta, en su infortunada invasión
de Iraq, la violencia atizada por grupos chiitas. Posturas y
declaraciones algo más mesuradas le habrían ayudado a
Irán a forjar vías de mutua tolerancia con Washington.
Las inflamadas expresiones de su actual presidente Mahmud Ahmadineyad
no abrevian las distancias entre estos dos países.

Otro
yerro de los iraníes alude a Rusia. Sin duda, Moscú
alimenta calculadas razones para apoyar tecnológicamente a
Irán en la medida en que Teherán sufraga puntualmente
estos servicios. Le tiene sin cuidado el hostigamiento a la cultura
occidental y capitalista –como si el régimen de Putin no
fuera en los hechos un apéndice de ella. Sin embargo, no cabe
olvidar que a Moscú lo inhiben ciertos asuntos, como su
descalabro en Afganistán, la insurrección chechena o el
fortalecimiento de las minorías musulmanas en su territorio.
Por añadidura, Rusia se ha convertido en una potencia
petrolera que compite con Irán entre los países
exportadores. Así las cosas, Irán se configura como un
vecino no confiable. Armarlo sin control puede resultar suicida. De
aquí el doble juego ruso: se abstiene de coincidir –excepto
en últimas fechas– con todas las protestas estadounidenses,
y suministra a Irán la tecnología que necesita.
Simultáneamente, empero, vigila el avance iraní a fin
de neutralizar la amenaza que entraña.

El
doble juego explica el apoyo ruso a las recientes sanciones
comerciales y financieras convenidas por el Consejo de Seguridad de
la ONU, y la suspensión de las actividades en la planta de
Bushar. La razón de esta actitud no es la ausencia del pago
iraní, como Moscú argumenta. El motivo es más
profundo: el temor al poderío nuclear iraní y la
posibilidad de que, si Estados Unidos, Israel, o ambos países
en conjunto, resuelven desmantelarla, al cabo Rusia saldrá
ganando merced al ascenso de los precios en los mercados petroleros y
al alcance de una posición preeminente en Europa.

La
tercera equivocación de la cúpula iraní es
sustancial. Irán reitera con jubiloso acento dos posturas que
desequilibran a los israelíes. Una, la intención de
destruir físicamente a la “entidad sionista”, puesto que
oprime a los palestinos a la par que extiende maliciosamente las
influencias del “Occidente blasfemo”. Y la otra –a mi juicio
determinante–, la negación del Holocausto –desmentido
teatralizado que pretende nulificar una vivencia por demás
traumática, incrustada en la memoria colectiva de los
israelíes (y de la humanidad). Pienso que con esta actitud,
Irán profundiza las honduras del trauma y moviliza mecanismos
altamente agresivos de la conciencia israelí.

Ésta
es una de las sutiles razones por las cuales Israel no puede tolerar
el poderío nuclear iraní ni imaginar un equilibrio del
terror, semejante al que tomó forma y validez en la guerra
fría entre Estados Unidos y la URSS. Sin embargo, la amenaza
de una destrucción física y total no agota la crispada
sensibilidad de los israelíes. Gravitan otras circunstancias.

El
sionismo entre la redención nacional y la celada demográfica

El
movimiento nacional judío denominado sionismo se originó
en Europa casi por default:
las erupciones antisemitas, las limitaciones de la asimilación
cultural como proyecto colectivo, y la imposibilidad de una
conversión masiva de los judíos al cristianismo
propiciaron, en conjunto, la búsqueda de una ruta opcional. El
traslado a una geografía anclada pertinazmente en el
imaginario judío resolvió los aprietos de la cultura
europea respecto a ellos, al tiempo que éstos cultivaban la
posibilidad de materializar ciertas aspiraciones nacionalistas
conformes con las corrientes democráticas y seculares de
Occidente.

Entre
otros postulados, esta corriente nacional propició la
concentración demográfica de los judíos
dispersos por el mundo que, por opresiones padecidas en los países
de origen o por voluntaria y lúcida decisión, resuelvan
retornar a un espacio reinventado
con este propósito. Obviamente, cuanto mayor y más
densa sea esta concentración, se ampliará la prueba
empírica del acierto de la ideología. Por añadidura,
el abultamiento demográfico permitirá –en unión
de otros factores sociales y culturales– encarar cualquier agente
hostil militar, económico o cultural.

El
asesinato metódico y en masa practicado por los nazis vigorizó
estas convicciones. Acarreó particularmente, además,
dos lecciones. Una: la cultura israelí debe propiciar una
revolución ontológica, y gestar un nuevo fenotipo de
judío seguro de su identidad y de su derecho a estar en el
mundo. En este orden de ideas, la masacre nazi se habría
facilitado merced a la pasividad y a la debilidad del carácter
judío y de los lazos colectivos que lo articulan; si estas
cualidades se corrigen o son reemplazadas por sus contrarias, las
perspectivas del judío de sobrevivir en un universo que se le
antojaba darwinista habrán de mejorar. Y la segunda: en épocas
oscuras, cuando la violencia se apodera de gobiernos y sociedades,
Israel no puede confiar en el Otro. Los intereses de éste
serán ineluctablemente parciales y egocéntricos. Se
gestó por estas vías una suspicacia estructural típica
de un ser que experimenta traumas estremecedores.

En
este contexto, la negación de la Shoah por parte del gobierno
iraní crispa hondamente los nervios de Israel. Esta postura
niega la validez de una quemante herida, que es componente esencial
de su identidad colectiva. Al invalidar la verificación del
Holocausto, Irán comete una torpeza no sólo
historiográfica: también psicológica y táctica.
Este agravio real y simbólico multiplica las tensiones del
alma colectiva israelí al constituirse en la más
perversa deslegitimación del sionismo.

Hay
que añadir otra circunstancia. Una apretada concentración
demográfica no constituye necesariamente una debilidad en un
contexto de choque militar convencional. No es así cuando se
produce una escalada en los tipos de armamentos. Un ataque certero
nuclear, químico o biológico, o de ambos tipos,
constituye una celada para regiones densamente pobladas. Y es muy
probable que cuando la cúpula iraní define su “banco”
de objetivos militares contra Israel, la costa mediterránea
desde Haifa a Ashkelón –sede de las industrias estratégicas
y de las bases militares–, represente los blancos que prefiere para
sus armas. Desde el punto de vista militar, la amenaza contra Israel
es filosa. Pero no es menos grave una autorrevelación que
lesiona la ideología sionista: los israelíes, por
propia iniciativa, habrían creado en su país un marco
autodestructivo.

Añádase
a este viraje imprevisto otra consecuencia trágica: un ataque
iraní a la zona indicada afectaría a habitantes que
viven dentro de la “ línea verde” reconocida por la
comunidad internacional, y que en su gran mayoría favorecen el
diálogo y los entendimientos con los países árabes
vecinos y con la Autoridad Palestina. En contraste, los cuatrocientos
mil ciudadanos afincados en las zonas colonizadas –los
asentamientos israelíes en territorio palestino, rodeados de
palestinos– no serían las víctimas de una agresión
–al menos de manera inmediata–, debido a que Irán no se
inclinará a destruir poblaciones palestinas so pena de
contradecir las motivaciones de su agresión.

Estos
argumentos llevan a anticipar que Israel no habrá de tolerar
que Irán alcance poderío nuclear con aplicaciones
militares. Jerusalén ha puesto en marcha todos los
dispositivos que posee –desde los diplomáticos a los
servicios de espionaje– a fin de resistir esta posibilidad. La
única vía con que cuenta Irán para llegar a un
equilibrio nuclear con Israel es mostrar altas dosis de madurez y
racionalidad, las cuales de momento están ausentes. Desdecirse
de manera tajante de la negación del Holocausto sería
la expresión de un cambio: revelaría empatía –no
necesariamente respaldo– en relación con el carácter
traumático del ser israelí. Otra consistiría
ciertamente en dejar al margen las amenazas que pregonan la
destrucción del “Pequeño Satanás”, y
explorar modalidades de entendimiento que conduzcan –por lo menos–
a un equilibrio del terror soportable para las partes. Como este
viraje no se avizora en las presentes circunstancias, cabe suponer
que Israel pondera diferentes opciones dirigidas a esterilizar la
amenaza nuclear iraní.

Israel
contra Irán: estrategia y táctica

¿Cuáles
son las opciones de Israel y qué grados de libertad posee para
ponerlas en marcha? Referiré algunas de ellas, que ya se han
iniciado y que es posible deducir de las fuentes periodísticas.

La
aplicación de sanciones económicas aprobadas por los
principales países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU
es una de ellas. Alemania, Rusia y China respaldan a Estados Unidos
en la aplicación unánime y mancomunada de estas
restricciones a las finanzas y al comercio de Irán. La
anunciada voluntad de Corea del Norte en el sentido de renunciar al
armamento nuclear si recibe compensaciones económicas a
cambio, sostiene el supuesto de que Irán podría
reaccionar de manera similar –hipótesis, a mi parecer, algo
ingenua. De todos modos, este conjunto de sanciones está en
marcha. Si una serie de sanciones severas, que castigarán la
calidad de vida de los iraníes, no alcanzan el éxito
esperado, es probable que los países reunidos en el Consejo de
Seguridad decidan una veda a la compra del petróleo iraní.
Indudablemente, esta prohibición deberá ser más
efectiva a la impuesta en su momento a Iraq. Juzgo que Rusia y Arabia
Saudita coincidirán en reemplazar el faltante iraní con
aumentos de producción y alzas en el precio. Sin los recursos
que ofrece la exportación de petróleo, Irán
encarará una difícil situación interna que tal
vez se traduciría en un levantamiento popular.

Otra
táctica que Israel ha puesto en marcha es la formación
de un frente de países seculares en el Medio Oriente que
consideran el fundamentalismo iraní y sus prolongaciones un
enemigo común. Hay negociaciones entre Israel, Jordania,
Egipto, Turquía y Arabia Saudita que parecen conducir a este
propósito La invasión estadounidense a Iraq fortalece
indirectamente esta coalición, al tiempo que facilita en
términos logísticos una eventual intervención en
Irán.

La
tercera vía de operación es bilateral. En primer lugar,
el entendimiento con Estados Unidos, cuya cúpula considera a
Teherán –por razones absolutamente divergentes de Israel–
una fuente no confiable del abastecimiento petrolero para las
economías industrializadas. Cabe añadir que es
verosímil que el fundamentalismo musulmán chiita
suscite una encendida oposición en los círculos de
Washington apegados al fundamentalismo protestante. Así, el
interés imperial económico se entrevera con delirios
religiosos y casi apocalípticos tanto en Washington como en
Irán. Por razones superiores de supervivencia física,
Israel ha estrechado los vínculos de cooperación y
entendimiento con los estadounidenses, con el designio de
desarticular en conjunto las aspiraciones nucleares iraníes.

Pero
el país también opera en soledad. Juzgo que no es por
azar que recientemente Avigdor Lieberman recibió el
nombramiento de ministro encargado de dirigir la lucha estratégica
contra Irán. Ciertamente, la experiencia que recogió
cuando fue uno de los consejeros íntimos de Benjamín
Netaniahu le ayudó a obtener esta responsabilidad. Sin
embargo, Lieberman posee dos cualidades que lo tornan invaluable en
este contexto. De un lado, por su origen ruso sabe descifrar
atinadamente las intenciones e intereses de Moscú,
especialmente las del presidente Putin y de las fuerzas reales
–militares y económicas– que lo sostienen. Por el otro,
desde su aparición en la política israelí no ha
dejado de cultivar vínculos con la oligarquía rusa en
Moscú, en San Petersburgo y en algunas ciudades europeas
–algunos de los miembros judíos de esta oligarquía
cuentan con pasaportes israelíes sin perjuicio de otros
documentos de identidad. Como Rusia suministra el conocimiento y la
tecnología que Irán precisa para realizar sus
aspiraciones, este país controla en buena medida el ritmo del
avance iraní. Anticipo que los vínculos, tanto
oficiales como subrepticios, de Israel con Moscú se
profundizarán con el tiempo, aunque ninguna de las partes
tenderá a revelar su peso.

Si
las maniobras multilaterales y bilaterales no llevan a los resultados
buscados por Israel, este país deberá encarar una
decisión que afectará su existencia física y su
imagen en el mundo. Según fuentes periodísticas
internacionales, fuerzas especiales del alto mando israelí
estarían ensayando un ataque aéreo y marítimo
mancomunado a ciertas instalaciones iraníes que han avanzado
en materia de capacidad nuclear para uso militar. Se usarían
bombas nucleares tácticas y “limpias”, para minimizar los
daños a terceros. Esta supuesta acción reflejaría
el dramático “síndrome de Sansón”: la
probable muerte del torturado y de los torturadores. Y en todos los
casos, el costo para Israel de una operación así será
muy alto, incluso si tiene éxito.

Al
constituirse, en este escenario, en el segundo país en el
mundo que ha lanzado explosivos nucleares contra otros países,
las dosis de hostilidad que el Estado israelí ya suscita en el
mundo por el maltrato a los palestinos se verá en esta
coyuntura multiplicada. Un Apartheid
internacional podría volcarse sobre Israel con consecuencias
funestas, incluyendo a las comunidades judías, simpatizantes o
adversas al sionismo.

Estos
oscuros escenarios podrían apurar, en contragolpe, reacciones
constructivas: la formulación de propuestas y la aparición
de intermediarios –hoy indiferentes– que obliguen a las partes a
levantar fórmulas constructivas de convivencia, o al menos de
mutua tolerancia. Si se quiere, una modalidad benevolente y negociada
de una serie de acuerdos como los que mantuvieron en la tibieza la
Guerra Fría, que fueran aceptables para buena parte de la
sociedad israelí… y para sus oponentes, claro. ~

Jerusalén,
abril de 2007.

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