(Ilustración: Arturo Ocampo)

Saludos desde… Ciudad Sombra

En esta serie, siguiendo los pasos de Italo Calvino, enviamos postales desde algunas ciudades imaginarias. 
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A Ciudad Sombra se llega siempre de noche. Lo primero que nota el viajero es la ausencia de electricidad. Lámparas de petróleo alumbran calles y casas con una perenne luz rojiza; por eso quienes la contemplan desde las montañas dicen que Ciudad Sombra semeja los rescoldos de una gran fogata a punto de extinguirse. Lo segundo son las sombras largas que la iluminación provoca, como si éstas tuvieran vida propia, y se precipitaran hacia los hostales con el equipaje antes que los visitantes pongan pie en ellos. En ciertas ocasiones da la impresión que las sombras prefieren escalar paredes, y entrar por las chimeneas, o que se escurren por callejones en busca de algo perdido. Existen testimonios de personas que afirman haber visto a su sombra bebiendo en una taberna o seduciendo muchachas bajo un balcón. Otras cosas que desconciertan a los viajeros son los carruajes, su constante ajetreo por las calles empedradas, y el olor a mierda de caballo. “Sería más sencillo si hubiera automóviles”, piensan, pero luego se abandonan al bamboleo de las ruedas, al sonsonete de los cascos contra el suelo, y sus pensamientos se extravían igual que sus sombras.

Aquí la moneda de cambio es el rumor. Si no se lee el periódico no se tiene tema de conversación en cafés y antros. Algunos de esos chismes son viejos, pero siempre renovados. Quienes regresan a Ciudad Sombra se enteran que el Destripador de Mujeres continúa libre, y que ahora colecciona las vísceras de sus víctimas; que la Bestia que ronda en los tejados de madrugada probablemente sea un respetable doctor, y que el simio que asesinó a una madre y a su hija fue visto por última vez cerca del puerto. Las prostitutas son la principal atracción, no tanto por los clientes que las frecuentan, sino por los relatos que protagonizan y que circulan con la misma avidez que la cerveza en las tabernas. Podría decirse que se ha construido en torno a ellas una especie de literatura oral, en ocasiones cercana a la realidad, y en otras a la leyenda. Lo cierto es que la actividad de las prostitutas ocurre más en la mente de los habitantes, y menos entre muladares y sábanas pegajosas. Como a muchos les da pánico meterse en los lugares en los que ellas viven y trabajan, no queda más remedio que imaginarlas: desnudas, con la piel manchada de viscosidades; unas veces se trata de las secreciones de los amantes, otras de las entrañas que escupen los cuchillos de los asesinos.

En Ciudad Sombra la actividad nocturna es intensa. Aunque los teatros y las tabernas cierren temprano, en los hogares todo el tiempo ocurre algo: una borrachera con ajenjo patrocinada por escritores suicidas, una sesión espírita organizada por detectives de sillón o una conjura que busca derrocar la tiranía de los médicos locos. Incluso aquellos que duermen son sonámbulos y no encuentran reposo. Igual le sucede al visitante. Al marcharse, tiene la sensación de haber recorrido la ciudad como se recorre un libro: cuando se cierran las páginas, los significados ocultos crecen dentro de su cabeza y no lo abandonan. Sin embargo, comprende que esa historia ya no le pertenece, que ahora es otro quien debe vivirla.

Una vez en casa, cuando el viajero se acuesta y cierra los ojos, recupera su sombra.


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