Somos cyborgs, ¿y qué?

Los avances en inteligencia aritficial nos entregan casos como el del robot Felix en Francia. 
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Calle del doctor Roux, París, 1998. Entro al Instituto Pasteur y me persigno cuando paso frente al mausoleo del viejo Louis. Y no porque sea yo religioso sino porque era un demonio, claro, un demonio bueno, pero al fin y al cabo un canijo. La primera diablura que hizo fue acabar con las supercherías alrededor de la vida y la última fue haberse colado como el ser humano más importante del siglo XX, ¡cuando él fue un decimonónico irredento!

Aun así, es el padre de las hiperciencias, esto es, la conjunción de dos grandes campos de investigación que parecen tener poco en común, como en su tiempo lo eran la biología y la química. Hoy somos testigos de cruces uno más heterodoxo que el otro: arqueoastronomía, biomecatrónica, inteligencia artificial, astrobiología…

Sigo caminando hacia la unidad de genética experimental, donde mi amigo Donald Kuntz me tiene preparada una sorpresa: veremos en acción al primer robot clonador, capaz de hacer el trabajo de 40 personas con un mínimo de error. Se trata de un eufemismo, pues el margen es de prácticamente cero equivocaciones.

El neurocientífico mexicano Arturo Rosenblueth y el matemático norteamericano Nobert Wiener, creadores de la cibernética, estarían intrigados de ver cómo sus ideas cristalizaron en una diáspora de objetos y espacios, la cual abarca prótesis diseñadas e inventadas por la gente del Media Lab del MIT, aldeas virtuales tipo Web emanadas de SLAC y CERN, gigantescas bases de datos genómicos y proteómicos, de agencias gubernamentales y de empresas privadas. Todo ello está cumpliendo 25 años de generar lo que Joël de Rosnay llamó alguna vez el humano simbiótico, un súper ente cibernético que se perpetúa por la voluntad de millones de usuarios conectados casi 24/7, sobre todo después de 1998, cuando Francia finalmente desistió del chusco minitel y se unió a la red de cibernautas. Tal vez un día comencemos a convertirnos en androides cuyo propósito último sea crear una gran mente terrenal.

Entre 1997 y 1999 acompañé por las calles de París a un par de apasionados de la cultura cibernética en su búsqueda de autómatas. Estos amigos construyeron a Félix, el robot que en ese entonces se paseaba los viernes por las tardes en los pasillos de la Ciudad de Ciencias de La Villette y sorprendía a medio mundo. ¿Cuál era la idea? “Proporcionar un poco de distracción y boxeo mental”, aseguraban ellos, los Jacques de Vaucanson, los Robert Houdin (no confundir con el escapista Houdini) del siglo XXI.

http://www.youtube.com/watch?v=LqzgYkC2kPw

Un buen día uno de esos constructores de astroboys y transformers de la calle Saint Paul nos contó la historia del hombre que hizo un millón de dólares con tijeras y papel, un agente viajero siempre receloso de los vasos de los hoteles y restaurantes quien aprovechó una noche de insomnio para fabricarse su recipiente, un cono de papel, pues lo único que deseaba era satisfacer una necesidad elemental. Como nosotros al buscar viejos robots, en cierto momento se preguntó: "¿por qué no hacerlo?". El innovador que hace cien años se le ocurrió colocar un mecanismo automático en los paraguas a fin de liberar una mano sabía que el diseño antecede a la forma porque pudo identificar un problema, un defecto y una carencia en donde los demás únicamente podemos lamentarnos.

Novelistas de diferentes tesituras, digamos Conrad, Proust, Joyce y Mann, supieron identificar problemas y defectos (la pérdida de la memoria, la cobardía y el coraje, la enfermedad y la cura), así como una lacerante condición humana: la indolencia frente al devenir ominoso. Y cuando los leemos, no queda sólo lamentarse. Podemos hacer algo más, podemos ser mejores personas.

El aspirante a cyborg de la calle Sain Paul, aficionado a la magia, nos habló de la popularidad del clip, que, según él, era un misterio funcional y, no obstante, su creador, el norteamericano Henry Lankenau procedió por razones semejantes a las del inventor del vaso de papel, o como Edwind Land, quien después de tomarle unas fotos a su hija de tres años y descubrir en la mirada de la pequeña una enorme decepción porque no podía verse retratada, en ese mismo instante inventó la cámara Polaroid. La tecnología debería ser, por tanto, gemela de la literatura en el arte de la simplificación y la capacidad de responder ante los avatares de la realidad. Entonces estamos en posibilidades de permitirnos aprender el gran truco, si queremos descifrar el mundo que nos rodea en nuestra corta vida. Dicho truco consiste en leer más por menos, en lograr que algo funcione con el máximo ahorro de energía. Y ambas cosas deberán ser agradables al oído y a la vista. De otra manera no serán, al menos no por mucho tiempo.

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