Como para la mayor parte de los ciudadanos conscientes, viajar ha dejado de ser para mí un placer absoluto e impune. El miedo ha agregado una página en mi pasaporte. Pero mi miedo es quizás más concreto que el de muchos. Yo no sólo temo que un grupo de islámicos locos tome mi avión y me haga estrellar contra un monumento, o que un loco cualquiera se haga estallar en la acera que atravieso. Yo también temo que la policía crea que soy ese terrorista y me arreste. No es pura paranoia mía: desde el 11 de septiembre de 2001 no hay aeropuerto en que no sea minuciosamente revisado, incluso dos o tres veces más acuciosamente que los otros pasajeros.
En Barajas fui interrogado en una sala sin ventanas. En Londres, a la salida del metro tuve que abrir las piernas y esperar que dos policías me revisaran. En Italia y en Francia he sido interpelado en la calle por la policía y obligado a explicar por qué soy chileno si tengo pasaporte francés, y por qué siendo francés vivo en Barcelona. Tengo suerte de no llamarme Hammed o Rashid. He visto con asombrosa velocidad cómo me he transformado de excéntrico viajero en sospechoso habitual. Sólo hay una forma de vivir en esta situación: hacerse el tonto o serlo. No me resulta y sé que el miedo con que miro uniformes, fusiles o agentes de aduanas me hace doblemente sospechoso. Y si bajo la mirada cuando la suya se fija en mí, es que escondo algo. Y claro, me escondo a mí mismo, a ese inexplicable conjunto de contradicciones que soy, a esos dos pasaportes que llevo, al temor y al odio con que me siguen. Me escondo, y quisiera hacerme más pequeño, menos visible aún.
Y si estoy convencido de que me están buscando es porque sé que ellos no saben lo que buscan. Viven de asustarme porque también tienen miedo. El miedo y no el odio gobierna el mundo, y es lo peor que podría pasarnos. El odio sabe lo que odia y puede transformarse en perdón y en reconciliación. El miedo en cambio no sabe lo que teme, y sólo sabe que teme. Si los israelíes y los palestinos sólo se odiaran (como en los setenta), encontrarían (como lo hicieron en Oslo) un camino para entenderse. Ahora se temen tanto y tan profundamente que, teniendo perfectamente clara la solución a su conflicto, siguen lanzándose muertos en la cara.
Para el que teme, morir y matar es una forma de reafirmar su sobrevivencia, su pervivencia, su eternidad. Ante el miedo, el dolor o el placer ajenos no existen. Todos los ministerios de guerra se llaman ministerios de Defensa. El viajero, ese hombre que deja de defenderse, es la indefensión misma, es el enemigo a eliminar.
Yo sé que mi barba a lo Saddam y mi pelo negrísimo contribuyen mucho a mi estado de permanente sospechoso, pero sé que en el fondo es el hecho de viajar sin negocio y sin casa que me esperen lo que me hace un permanente problema en las fronteras. En las fronteras, y en las ciudades, y en el campo, y en la playa, porque hoy, cuando es guerra en todas partes y en ninguna, el mundo entero se ha convertido en una frontera dispuesta a expulsar a indeseables como yo. –
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