Tema de Infante y del mártir

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çEntre los bouquinistes que amenizan los muelles del Sena, los hay que se especializan, con matices diversos, en la historia y la literatura de la extrema derecha. No exhiben, por cierto, ejemplares de Mein Kampf y es posible que sólo extraigan de sus cajones Bagatelles pour un massacre de Céline cuando la insistencia del cliente o su conversación hayan inspirado cierto grado de confianza. No hace muchos años había uno (en la orilla derecha, muy cerca del Pont Neuf) que guardaba en fundas de plástico transparente ejemplares de Signal, semanario gráfico editado en varios idiomas en Berlín, durante la Segunda Guerra Mundial, cuyas notas heroicas y optimistas difundían imágenes de la construcción por las armas de una nueva Europa unida. En general, estos libreros se limitan prudentemente a la historia, con particular atención al género memorialista, cuyo valor de documento exime de toda solidaridad con las ideas que pueden haber guiado la vida evocada. Entre Maurras y Léon Daudet, entre Bénoist-Méchin y Alphonse de Chateaubriant, las obras completas de Céline, varios títulos de Drieu la Rochelle o alguno del borroso André Fraigneau representan a una provincia nada exigua de la literatura francesa.
     Debo admitir que la presencia tan visible de estos libros me tranquiliza. Sé que los herederos más virulentos de las ideas que los inspiraron hoy están en otra parte y libran otro combate, y prefiero que sus antepasados no gocen del ambiguo prestigio de la clandestinidad, que no sean dignificados por una censura bienpensante. De vez en cuando me ocurre que descubro en sus cajones algún título que despierta mi curiosidad. Puede ser, en su edición original de 1934, France la doulce de Paul Morand, sátira feroz de la “invasión judía” en el cine francés. Hace poco compré Notre avant-guerre de Robert Brasillach.

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E1 6 de febrero de 1945 el escritor francés Robert Brasillach, juzgado culpable de traición a la patria, fue fusilado en el fuerte de Montrouge, a las puertas de París. Tres días antes, el general De Gaulle, jefe del gobierno provisorio surgido de la Liberación, había recibido la visita de Jacques Isorni, abogado defensor de Brasillach, y lo había escuchado durante trece minutos sin decir una palabra. Cuando Isorni le quiso dejar una copia de la petición de gracia firmada por destacados escritores franceses, el General replicó que no era necesario; sólo preguntó si entre las firmas figuraba la de Abel Hermant. Isorni se indignó: Hermant, colaboracionista notorio, estaba preso. “La mayoría de los firmantes son adversarios de Brasillach”, informó antes de retirarse. La orden de ejecución, firmada por De Gaulle, está fechada ese mismo 3 de febrero en que Isorni terminó su visita a las 22.30. ¿Fue firmada en la hora y media siguiente? ¿Tenía De Gaulle ya tomada su decisión antes de la visita del abogado?
     The Collaborator, libro reciente de Alice Kaplan —profesora en Duke University y autora de French Lessons, estudio sobre la relación entre la vida intelectual francesa y el fascismo—, suscita múltiples resonancias actuales, más allá de lo que anuncia su discreto subtítulo: “El proceso y la ejecución de Robert Brasillach”. El nombre de este autor, casi olvidado fuera de Francia, se ha convertido en objeto de manipulaciones múltiples en su país, tanto mas incómodas porque basadas sobre hechos incontrovertibles.
     Hasta 1939, Brasillach había sido un escritor “prometedor”, aunque el mérito literario de sus novelas ha sido exagerado después de su muerte. Su itinerario periodístico, de la derecha católica tradicional de L’Action Française hasta los grupos fascistas más rastreros de Je Suis Partout, puede explicar que, tras la derrota de 1940, haya estado entre los más entusiastas propagandistas de la colaboración. Ya en 1937 había asistido al congreso del partido nacio-nalsocialista en Nüremberg y había escrito un reportaje entusiasta sobre la nueva Alemania: “Cien horas con Hitler”. Su obra, sin embargo, no se agota en panfletos circunstanciales. Estudioso de los clásicos, Brasillach había publicado un libro sobre Virgilio; crítico literario, un estudio sobre Corneille; autor teatral, una adaptación de las minutas del proceso de Juana de Arco; también cinco novelas, un ensayo sobre el teatro contemporáneo y, en colaboración con Maurice Bardèche, una historia del cine reconocida como precursora y dos volúmenes sobre la Guerra Civil española.
     Entre septiembre de 1939 y mayo de 1940, Brasillach redactó este libro impar: Notre avant-guerre, que la editorial Plon publicó en 1941, cuando el autor aún era, como tantos soldados franceses derrotados en 1940, prisionero de guerra. Brasillach sentía la necesidad imperiosa de dejar alguna huella de una época que había vivido, la de su juventud, época que la guerra había clausurado definitivamente. Al redactar ese libro no sabía que poco más tarde iba a ser liberado por el ocupante alemán, que lo consideraría útil en su actividad de hombre de letras. En la evocación de Brasillach, donde la minucia del memorialista se une a la melancolía de una pérdida irreparable, se halla el testimonio de una vocación literaria que florece a medida que un joven provinciano descubre la capital, hace amistades unidas por un mismo entusiasmo intelectual e ideológico y va definiendo estos sentimientos al calor de la Guerra Civil en España y del triunfo del Frente Popular en Francia.
     Notre avant-guerre, libro conmovedor por la candidez que lo anima, inquieta porque convida a asistir a la formación casi espontánea, a partir de una sensibilidad predispuesta, de un fascista sincero. En sus páginas resulta particularmente reveladora la crónica del desarrollo del antisemitismo, que el autor presenta como consecuencia directa del acceso al gobierno de Léon Blum.1 “El francés es antisemita por instinto, desde luego, pero no le gusta parecer que persigue inocentes por vagas cuestiones de piel”, escribe antes de trazar el cuadro de una sociedad que iba a redescubrir un impulso “casi desconocido en Francia desde el affaire Dreyfus, quiero decir el antisemitismo”. No se trata sólo del “número impresionante” de judíos ministros y funcionarios en el Frente Popular: “el cine prácticamente cerraba sus puertas a los arios. La radio tenía acento idisch.”
     Al recordar dos números especiales de Je Suis Partout (15 de abril 1938 y 17 de febrero 1939), donde Lucien Rebatet publicó cantidad de documentos, en el primero sobre los judíos en el mundo y en el segundo sobre los judíos en Francia, Brasillach evoca la necesidad de elaborar un estatus “razonable” para los judíos y busca diferenciarse del “antisemitismo instintivo”, cuyo “profeta” era Céline. (Define Bagatelles pour un massacre como “un libro torrencial, de una alegre ferocidad, excesivo por cierto, pero de una grandiosa elocuencia. No hay en él razonamiento, sólo ‘la rebelión de los indígenas’. Su triunfo fue prodigioso.”) En el editorial que presentaba el primero de esos números especiales de Je Suis Partout, redactado enteramente por Rebatet, Brasillach había expuesto la necesidad de ese estatus como “protección para los judíos” tanto como para “nosotros”; apelaba a un antisemitismo “de razón” contra el antisemitismo “de instinto”. Aun en el editorial del número de 1939 empieza proclamando: “En primer término, nada de persecución.” Rebatet iba a reprocharle, a él tanto como a Maurras, el ejercer un antisemitismo “incompleto”: “la definición del judío debe ser racial”, exigía.
     Una vez liberado y reunido con sus compañeros de Je Suis Partout, Brasillach, joven lector de Proust y de Claudel, se desliza por una pendiente que le sería fatal: en primer término, corrige una adaptación de Bérénice de Racine escrita en el campo de prisioneros, convertida para la ocasión en una diatriba antisemita; también empieza a denunciar regularmente en el periódico a quienes observan una actitud reticente ante el ocupante; más aún: a publicar direcciones donde se decía que se escondían “subversivos”, a revelar los apellidos originales de quienes habían debido maquillar su identidad para sobrevivir. Este aspecto de su labor lo convirtió en un ejemplo de bajeza aun para muchos entre quienes compartían sus ideas.
     (Las autoridades de la ocupación —es necesario recordarlo— desconfiaban tanto del vociferante Céline como del obsecuente Montherlant, tampoco sentían simpatía por monárquicos como Maurras o Léon Daudet ni por católicos como Claudel y Mauriac. Ninguno de ellos aparece en una lista alemana de “irreprochables”, donde el nombre de Brasillach tiene por vecinos a Drieu La Rochelle y Alphonse de Chateaubriant, al historiador Benoist-Méchin y el editor Bernard Grasset.)2
     El momento culminante de esta escalada en la ofuscación llegó en el año, decisivo para la Francia ocupada, de 1942. Si el 6 de julio, días antes de la razzia del velódromo de invierno, Pierre Laval proponía públicamente que el gobierno no vacilara ante “la deportación de menores de dieciséis años”, el 24 de septiembre del mismo año podía leerse en Je Suis Partout: “Hay que separarse de los judíos en bloque, sin guardar a los pequeños: en esto lo humanitario está de acuerdo con el sentido común”. Las consecuencias para Brasillach de esta declaración (anónima, pero de la que como redactor jefe asumía la responsabilidad), que iba a ser citada durante su proceso, no podían sino serle fatales en los meses que siguieron a la Liberación.
     Un año después de haberla publicado, en 1943, ocurre el desembarco aliado en Italia y Brasillach abandonaba el puesto de jefe de redacción en Je Suis Partout. Ese alejamiento no se debió a ningún oportunismo, aunque coincide con el momento en que toda Europa siente cambiar la dirección del viento. Sigue publicando artículos en Révolution Nationale, donde colabora Drieu. Su posición, y en esto se opone claramente a su camarada Rebatet, es la de rehusar la línea política que sólo ve un porvenir para el fascismo en el triunfo del Tercer Reich.

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Después de la guerra, Brasillach iba a ser juzgado en un país donde escritores y periodistas menos notorios, que tuvieron conductas más comprometidas que la suya, cumplieron penas de pocos años de prisión. Céline, el más feroz abogado de la exterminación racial, iba a ser indultado en 1951; tras seis años de exilio en Dinamarca, pudo volver a Francia. En ese mismo país, el jefe de policía René Bousquet, ejecutor bajo la dirección de Reinhard Heydrich de la razzia del velódromo de invierno en junio de 1942, tras un proceso demorado con chicanas formales durante cuatro años, fue finalmente indultado por innominados “servicios prestados a la Resistencia”: al dejar la policía, también en 1943, habría sustraído archivos que más tarde cedió, con seguro instinto del beneficio futuro por obtener, a quienes se enrolaban a última hora en la clandestinidad.
     El proceso de Robert Brasillach fue expedido en tres sesiones públicas y el escritor fue prestamente enviado ante el pelotón de fusilamiento en una fecha simbólica, elegida para coincidir con el aniversario del frustrado levantamiento fascista de 1934. Lo defendió un abogado que era inquilino del fiscal, y lo juzgaron jueces y magistrados que se habían desempeñado en el sistema judicial del régimen de Vichy. Jean Paulhan fue el primer intelectual antifascista en elevarse contra la inutilidad y ocasional ignominia de los procesos de “depuración”: “ni jueces ni delatores” fue la divisa que propuso a los colegas tentados por integrar los comités que compilaban listas negras.
     El de Brasillach fue el último fusilamiento de la Liberación. Muchos periodistas, refugiados en Baden-Baden, esperaron a que se calmaran los ánimos antes de negociar su situación legal. (Brasillach no los había seguido pues, en los últimos días antes de la Liberación, se entera de que su madre ha sido arrestada en Sens, zona ya evacuada por el ejército alemán; tácitamente, se la mantenía como rehén hasta el momento en que su hijo se entregara…) Un año después de su ejecución, Simone de Beauvoir manifestó su acuerdo con la sentencia pero desdeñó el cargo de “traición” y planteó el caso en términos filosóficos; 17 años más tarde diría que “hay palabras tan asesinas como las cámaras de gas”. Fue, también, uno de los primeros testigos en atreverse a publicar, desde la oposición ideológica, su admiración por la dignidad y la coherencia de Brasillach ante sus jueces. Es posible que reacciones como la suya hayan pesado en favor de otros inculpados de connivencia con el enemigo.
     Lucien Rebatet, por ejemplo, sólo conoció la cárcel; en sus memorias llega a suponer que fue la muerte de su amigo lo que le salvó la vida: “Il a payé pour nous…”, escribe.3 El mariscal Pétain, héroe de la Primera Guerra Mundial, anciano bienamado de la Francia humillada de 1940, que se declaraba “inmolado” (“J’ai fait don de ma personne”) para aliviar la desdicha de una ocupación extranjera, fue condenado a prisión perpetua, donde moriría en 1950; su primer ministro Laval, político populista, individuo tosco, plebeyo, negociador de comité, había sido fusilado sin mayor debate. Como en el cinematógrafo, también en la vida hay estrellas y papeles secundarios…

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El primer mito de la posguerra fue el de una mayoría resistente y una minoría colaboracionista que debía ser castigada. Esta genial ficción política del general De Gaulle le permitió evitar una guerra civil. Tal vez, desde el punto de vista de los “intereses más altos de la nación” (que suelen traducirse en términos bajamente políticos), la condena de Brasillach tenia sentido en ese frágil presente entre la Liberación de París (agosto de 1944) y la caída de Berlín (mayo de 1945), que marcaría el final de la guerra en Europa.
     El hombre que surge del estudio de la profesora Kaplan —como anteriormente del estudio de otro universitario norteamericano—4 es ante todo un individuo sincero, mucho más en todo caso que tantos de sus compatriotas. Sensible aun en la abyección a que sus opciones ideológicas lo llevaron, sin duda embriagado por la exaltación egotista propia del fascismo, se demostró tan poco acomodaticio que confió en la franqueza como mejor arma para enfrentar a los jueces de quienes dependía su vida… A ese hombre el fiscal no se privó de abrumarlo con alusiones a su presunta homosexualidad y a su relación con su amigo y coautor ocasional Maurice Bardèche.
     Casado con la hermana de Brasillach, Bardèche fue hasta su muerte en 1998 el principal artífice del segundo mito, el de Brasillach mártir. Fue él quien ordenó los textos de las obras completas, en doce volúmenes, publicadas en 1965 en una colección donde se beneficiaron con la vecindad de Colette y de Sartre. Esas obras “completas” omiten los pasajes más comprometedores para la estatua póstuma del mártir. En la posguerra, Bardèche alternó su obra de polemista (en “Nüremberg o la tierra prometida” llamó al tribunal que juzgó los crímenes de guerra “asamblea de reyes negros”) con estudios respetados sobre Stendhal, Balzac y Flaubert. En 1952 fundó Défense de l’Occident, revista donde el negacionismo y el neofascismo iban a hallar tierra de cultivo. Desde 1995, gracias a Bardèche, las novelas de Brasillach se reeditan por la firma Godefroy de Bouillon, nombre del cruzado antisarraceno del siglo xi. (Otros títulos de la casa: Justicia para el mariscal Pétain y ¿Debemos quemar a los árabes en Francia?) Una reedición de La Mort en face lleva posfacio de Jean-Marie Le Pen…
     Pero no es sólo la derecha extrema quien se ha apropiado de la memoria de Brasillach. Ya en diciembre de 1948 se fundó en Suiza, en Lausana, una “Association des Amis de Robert Brasillach”, que dos años más tarde empezó a publicar sus Cahiers. En la década que empezaba, otra derecha (literaria, mundana) floreció en París alrededor de la editorial La Table Ronde. Sus representantes más notorios, hoy casi olvidados, formaron el cenáculo de escritores llamados les hussards; liderados por Roger Nimier, creyeron combatir la hegemonía intelectual del “compromiso” sartreano y de los compañeros de ruta mediante la reevaluación de escritores como Fraigneau, Déon o Chardonne, e idolatrando a Morand. Si Brasillach mereció el recuerdo de estos jóvenes, ese homenaje no ensalzó su reputación. Frente a la insignificancia de este grupo, adquieren mayor relevancia aún las voces aisladas de quienes conocieron problemas propios en el momento de la Liberación y sin embargo no vacilaron en arriesgarse para intentar defender a Brasillach: Anouilh, por ejemplo, que se encargó de recoger firmas para un pedido de clemencia durante el proceso, o Marcel Aymé.

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Hace menos de treinta años que en Francia se ha empezado a reexaminar los episodios sombríos de la historia nacional sin hacer caso de las ficciones patriótico-gaulistas o de la hagiografía de la Resistencia urdida en gran parte por el Partido Comunista. (Recuérdese que en el momento de la invasión alemana, en el verano de 1940, estaba en vigor el pacto de no agresión entre el Tercer Reich y la Unión Soviética. Al llegar a París, el ejército ocupante devolvió la legalidad al Partido Comunista, proscrito por el gobierno francés al estallar la guerra en 1939, y su diario L’Humanité pudo reaparecer. Sólo después de la invasión alemana en territorio ruso, a fines de 1941, el Komintern autorizó a sus súbditos lo que iba a llamarse “resistencia”.) En 1997, el entonces primer ministro Lionel Jospin decidió que los archivos de la Segunda Guerra Mundial fueran abiertos a los investigadores. A la profesora Kaplan el Ministerio de Justicia sólo le vetó el acceso a los legajos sobre Céline.
     Parece inevitable que, a medida que esos documentos sean examinados desapasionadamente —y no es casual que sean dos estudiosos no franceses quienes se hayan interesado en el “caso” Brasillach—, se afirmen varias, tal vez muchas leyendas de sacrificados, víctimas en su momento de la expediencia política. La desazón que provoca la lectura del libro de la profesora Kaplan, el examen de los expedientes y las crónicas que reúne, no proviene de comprobar, una vez más, que ninguna facción puede arrogarse la representación íntegra de la justicia, sino más bien de observar cómo el movimiento de la Historia, lejos de iluminar mejor el sentido de los acontecimientos, lo cuestiona, multiplica las dudas, exige una percepción más lúcida de matices en la conducta humana.
     Y esto es lo propio de la literatura, donde el Mal —pura metáfora para quienes, ajenos a toda obediencia teológica, rechazamos su empleo en el vocabulario político— siempre resulta más complejo y fascinante que las encarnaciones del Bien… ~

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