Tom Wolfe a examen

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UNO. ¿Es divertida I’m Charlotte Simmons, la nueva novela de Tom Wolfe? Sí. ¿Es buena I’m Charlotte Simmons, la nueva novela de Tom Wolfe? No; de hecho es muy mala si se la compara con La hoguera de las vanidades (1987) y Todo un hombre (1998). ¿Es interesante I’m Charlotte Simmons, la nueva novela de Tom Wolfe? Sí, pero por todas las razones incorrectas. Lo que, en realidad, no es tan grave: porque las novelas de Tom Wolfe nunca fueron ni serán novelas en el sentido estricto del término sino acontecimientos. ¿Es un acontecimiento I’m Charlotte Simmons, la nueva novela de Tom Wolfe? Por supuesto que sí. Más detalles más adelante.

DOS. Thomas Kennerly Wolfe, Jr. (Richmond, Virginia, 1931) es el hombre del traje blanco. El insider profesional. El tipo que está donde hay que estar en el momento correcto. Así fue que Wolfe —a principios de los sesenta— apuntaló lo que enseguida fue conocido como new jornalism: el equivalente al cine-de-autor en lo que hace al periodismo. El cronista era, de pronto, la estrella. Y Wolfe —junto a Truman Capote y Hunter S. Thompson y Joan Didion y Terry Southern y John Gregory Dunne y Norman Mailer y etcétera— revolucionó el contenido de las revistas y reformuló las leyes de cómo contar la realidad: astronautas, hippies, snobs, corredores de autos, ángeles y demonios de la Me Decade. De paso —y por el mismo precio— anunció la muerte de la novela. De este modo, Wolfe se lanzó a la novelización de los territorios de la realidad. Y en algún momento, Wolfe resolvió que era hora de resucitar la novela no con modales posmo sino —todo lo contrario— devolviéndola a la gloria decimonónica que Balzac, Dickens, Hugo y Zola supieron conseguirle y qué él decía extrañar tanto.

TRES. Así nació uno de los mega-hits literarios de los ochenta: La hoguera de las vanidades. Un novelón que masticaba crudo y tragaba con ganas el ambiente de los yuppies y la Era Reagan con un tal Sherman McCoy como protagonista, un “amo del universo” cayendo desde las alturas. Y lo cierto es que Fiction Wolfe no era muy distinto del Non-Fiction Wolfe: ahí estaba la clínica y despiadada y panorámica y detallista capacidad de observación de un determinado ecosistema esta vez en función de seres imaginarios que, seamos sinceros, no eran dueños de una profunda o densa carnadura. Así, personajes funcionando no como ideas sino como… eslóganes. Pero uno aprendía tanto de aquello que jamás conocería que la cosa valía la pena. Y Wolfe era el mejor y más consumado guía por estos paradisiacos infiernos. El esquema se repitió —once años, cinco bypass, siete y medio millones de dólares de anticipo más tarde— con Todo un hombre y con Wolfe paseándose ahora por los criaderos de caballos de los megamagnates corruptos de Atlanta muy à la Enron. Los personajes aparecían ahora mejor delineados; pero esto no impidió que a Norman Mailer y a John Updike no les gustara la novela y que lo dijeran por escrito y en voz alta. “No es literatura siquiera en sus aspiraciones más modernas”, dijo Updike. “Wolfe no puede escribir una jodida palabra”, dijo Mailer. Wolfe contraatacó llamándolos “frustrados”, “caducos” y “montón de huesos viejos” que habían perdido el norte y la oportunidad de enaltecer el género. John Irving salió en defensa de Updike & Mailer y dijo: “Wolfe no escribe novelas, sino hipérboles periodísticas. Nunca será uno de los nuestros”. Lo que llevó a Wolfe a publicar una furiosa y virulenta diatriba contra el trío con el título de “Los tres chiflados” —recuperada junto a otros ensayos y una nouvelle de ambiente militar, “Emboscada en Fort Bragg”, en Hooking Up: El periodismo canalla (2001)—, donde los definía como los torpes Curly, Larry y Moe de las letras: escritores a los que ya no les salía nada bien y cuyas obras aparecían separadas de la realidad e incapaces de tomarle el pulso al auge decadente del Gran Imperio Americano. Lo que, ahora sí, nos lleva a I’m Charlotte Simmons, la nueva y divertida y mala y muy interesante por todas las razones incorrectas novela de Tom Wolfe.

CUATRO. Cuando años atrás Tom Wolfe anunció que se disponía a escribir la Gran Novela Americana del Campus, la verdad es que había motivos para frotarse las garras y salivar y sonreír colmillos. El problema y la enorme sorpresa es que el autor de I’m Charlotte Simmons —quien en más de una ocasión dijo admirar a Douglas Generación x Coupland— parece no haber leído a Bret Easton Ellis (autor de ese clásico moderno y, sí, muy wolfeiano que es American Psycho ) y lo suyo está mucho más cerca de los clichés gastados y los vulgares lugares comunes de un serial de Aaron Spelling que de los reveladores exposés que fueron y siguen siendo Menos que cero y Las leyes de la atracción. Peor todavía: en I’m Charlotte Simmons, por primera vez, Wolfe es inofensivo y nada revelador. Lo que Wolfe nos relata con ojos muy abiertos por el escándalo y onomatopéyica y excitada prosa es —¡atención!— que en las universidades del tercer milenio se bebe mucha cerveza y se fornica sin parar y que los atletas están acomodados y gozan de privilegios especiales y… ya saben cómo sigue. Nada que no nos hubieran contado Animal Farm, American Pie y esas adaptaciones soft-porno y estudiantiles de Las relaciones peligrosas. Y claro, Charlotte Simmons es la ingenua narradora —”una improbable Sandra Dee petrificada en los cincuenta en tiempos de Christina Dirrrty Aguilera”, definió alguien— y humilde becaria de pueblo chico (Hicksville, North Caroline) que llega a la costosa Dupont University (transparente arquitectura que apenas esconde los verdes prados de Duke o de Stanford, dicen los que saben) y que quiere con tantas ganas estar modelada en las heroínas victorianas. Pero no. O mejor dicho: Charlotte es una heroína de Jane Austen pero pasada por el filtro de Reese Whiterspoon o Kirsten Dunst.
     Lo que tampoco quiere decir que no tenga su gracia leer I’m Charlotte Simmons si —por esta vez— renunciamos de entrada a nuestra pulsión voyeur y nos conformamos con disfrutar de diálogos y de monólogos interiores y escenas, como la de la defloración de la protagonista seducida y abandonada, en la que Wolfe recurre a todos sus trucos “sónicos” (MAYÚSCULAS, itálicas, etcétera). Y, claro, nos provoca una sonrisa casi nostálgica, sin que esto signifique haberse librado del premio Bad Sex de la británica Literary Review a la más tosca y desagradable descripción de un coito durante 2004. Pongámoslo así: I’m Charlotte Simmons es uno de esos necesarios placeres culposos. El problema, claro, es que casi setecientas páginas y 29 dólares después de la llegada de esta chica a Dupont University, nosotros no hemos aprendido nada nuevo y Charlotte es, apenas, un poquito más sabia. Y tal vez, como corresponde, algo peor persona (después de todo termina como la novia del basquetbolista estrella “con inquietudes”; y no será fácil mantener esa posición) y muchísimo peor personaje.

CINCO. ¿Y ahora qué? ¿Cómo salir de esto? ¿Cuál será la próxima movida de un Tom Wolfe con más de setenta años y que en más de una ocasión se definió, sin culpa ni pudor alguno, como “un oportunista literario”? A mí se me ocurre una idea que, en realidad, es un deseo: tal vez haya llegado el momento en que Tom Wolfe debería reconocer que ya no está para contarnos el aquí y el ahora (no intentar más bailar como esos vergonzantes padres maduros en las fiestas de sus avergonzados hijos) sino, por lo contrario, hacer sabia memoria y recordarnos ese pasado que contribuyó a inventar desde la realidad de sus desaforados días y noches y deadlines de sus años mozos. Sí, tal vez haya llegado el momento de colgar el traje blanco y los zapatos de charol, ponerse la bata y las pantuflas y —ahí estaremos todos pagando lo que sea— sentarse a planear Los miserables de los sesenta/setenta o el Middlemarch en Manhattan que él y sólo él puede escribir.
     Y ponerle la firma.
     Y volver a pasar al frente. –

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