Una semana en Jerusalén

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Miércoles 10 de septiembre de 2003. La primera vez que vi Jerusalén…
“La primera vez que vi Jerusalén tenía diez años. Cuando se ha fantaseado sobre un lugar, uno no puede más que impresionarse ante el primer contacto, el cual jamás coincide con la idea que se hacía de él”. Esto lo dice en un libro recién traducido al francés (Jérusalem, une leçon d’humilitié, Gallimard) la mundialmente conocida Batya Gur, la P.D. James israelí, autora de Asesinato en el kibbutz y creadora de la figura literaria del comisario Michael Ohayon, así como colaboradora asidua de periódicos como el liberal Ha’aretz. “La bóveda de mitología nacional, religiosa e histórica que pesa sobre la ciudad, rodeada por una malla de velos místicos de dos mil años de antigüedad, explica que el choque entre el ‘Jerusalén celeste’ y el ‘Jerusalén terrestre’ no pueda ser más que explosivo”.
     Efectivamente. ¿Quién no ha fantaseado a lo largo de toda su vida, de lejos o de cerca, sea creyente o no, sobre Jerusalén? Pocas ciudades provocan tanta fantasía y delirio, tanto deseo y tanta devoción. Tanto y tan misterioso, arcaico, indefinible deslumbramiento.
     La primera vez que vi Jerusalén y el Monte de los Olivos tenía 36 años. En aquella época te recomendaban que no fueras a la Ciudad Vieja porque apuñalaban a la gente. Aun así fui y también pude llegar perfectamente hasta Jericó con mis amigos el periodista catalán Eugenio García Gascón y su compañera, la arquitecta argentino-israelí Sandra Riaboy. También estaban los poetas Valerio Magrelli y el franco-suizo Philippe Jaccottet. Otros tiempos.

Jueves 11 de Septiembre de 2003. Tomando humus en Mahane Yehuda con Moshe
Estoy en Azura, nombre en clave que se halla insertado en el populoso y animado mercado de Mahane Yehuda, dentro del llamado “Zoco Iraquí” de Jerusalén. ¿Qué es Azura? Azura son unos cuantos metros cuadrados que dan albergue a unas pocas mesas dentro del mercado, donde se puede tomar la mejor comida casera, posiblemente, de esta ciudad. Es el templo del humus, y los que lo apreciamos sabemos lo que eso significa.
     Ya sentados, Moshe y yo, doy un rápido repaso mental, nada angustioso, al decálogo o Guía del Turista Sensato, según la visión actual europea: no centros comerciales, no cafés, no autobuses, no mercados… Pero estoy convencida de que yo no he ido al encuentro de Jerusalén, sino de que me ha venido a buscar (siempre nos acaba encontrando, a todos); además, la comida, en estos momentos, es un manjar realmente celestial, y los amigos, como siempre sucede, algo insustituible en cualquier parte del mundo. Aun así, entono un leve mea culpa por todos los pecados e infracciones cometidos desde mi llegada. En primer lugar, ayer, recién aterrizada, visita a un gigantesco centro comercial de Tel-Aviv, para tomarnos un café en su interior y charlar, con mi amiga la poeta en ladino Margalit Matitiahu. Su familia provenía de la cruelmente masacrada Salónica y eran judíos descendientes, para más datos, de León, España (“la lengua ladino pasó de un paiz al otro, durante siecolos, sobrevivió como un vagabondo con la fuerza del alma y esprito”, leo en su bellísimo libro Vagabondo eternel, editado por Aljama, en León). Mañana veré a la otra fracción de lenguas judías que han resistido a la carcoma del tiempo y de los múltiples exilios: al afable y versadísimo en estos temas Daniel Galay, músico, poeta y presidente de la Asociación de Escritores en Lengua Yiddish de Israel.
     Segunda estación o parada prohibida: capuccino estupendo, por la tarde, en la animada, pero algo menos que en otras ocasiones, Ben Yehuda. Y, por fin, estas cuatro esquinas del Azura. Después de saquear parte de la librería Steimazky (la cadena más importante de Israel, que cuenta con cerca de cuatrocientos establecimientos) en la calle Yafo, después de pasear por el nuevo, magnífico, reluciente Ayuntamiento de Jerusalén, con Donna Abecassis, la hija de mi amiga Rhoda de Madrid, traductora histórica, por primera vez, junto a su marido Jacobo, de la obra de Isaac Bashevis Singer al español, directamente desde el yiddish, después de todos esos fascinantes recorridos por el laberinto del centro jerosolimitano me pongo a hablar con Moshe de lenguas errantes, uno de mis temas predilectos. Moshe Benarroch es un estupendo poeta, gran conocedor y traductor de la obra de Edmond Jabès, a la vez que devoto entusiasta, como yo, del duro, descarnado, inigualable escritor que es Imre Kertész. Moshe posee una de esas raras biografías del exilio, con todos sus cruces posibles, por las que siempre he sentido predilección: actualmente trilingüe, tiene nueve libros editados en hebreo, tres en inglés y uno —Esquina en Tetuán, editorial Esquío— en español. “Sospecho —me dice Moshe— que estoy instalado dentro de una especie de cerca, en cualquier lado adonde vaya. ¿Acaso formo parte de la comunidad de escritores en lengua hebrea? Mucho me temo que esa comunidad no lo cree así, ya que la Asociación de Escritores en hebreo no me acepta como miembro. Aún existe un enfoque sionista de la cuestión, tienes que desembarazarte de algo que llega de tu propia Diáspora y ponerte a escribir sólo en hebreo. A lo mejor, en cuanto al inglés, formo parte de una comunidad internacional que usa el inglés como segunda lengua, tal y como ha sucedido con este idioma. En cuanto al español… Me llaman ‘poeta sefardí’, lo que también evoca una especie de ‘fantasma’ venido del pasado. Lo que pasa es que mientras el adjetivo ‘sefardí’ es algo positivo en España, en Israel es negativo”.

Viernes 12 de septiembre de 2003. Cafés de Jerusalén y ambulancias de Praga
Hoy tengo un momento de recuerdo para Jiri Orten, joven y espléndido poeta de Praga (1919-1941) que murió el mismo día en que cumplía 22 años, tras haber sido atropellado por una ambulancia nazi y, por ser judío, no admitido en ningún hospital. Un año antes, de forma premonitoria, había escrito en su diario: “Faltan dos días para que me marche a Praga, donde se decidirá mi suerte.” También un día, en su diario, se puso a enumerar una larga lista de prohibiciones que, como judío, tenía que respetar escrupulosamente: “No puedo ir a mi casa, a Kutná Hora, ni a ningún otro sitio sin un permiso especial de la Gestapo; no puedo tener relaciones con los miembros de la comunidad nacional; no puedo frecuentar ningún tipo de escuela; no puedo ir a las tabernas, a los cafés, a las tascas, los cines, teatros, conciertos, exceptuando uno o dos que han sido señalados para mí…” Quizá, pienso, los nazis ya anticiparon en su día metódica y escrupulosamente las precisas prohibiciones mentales y autocensuras que hoy establece el “sentido común” de esa guía no escrita del buen turista internacional, o del paseante anónimo por el laberinto de calles de Jerusalén. Un buen triunfo, a fin de cuentas, ayudados por sus aliados del presente, después de los años.
     Al periodista y autor de una fantástica y chagalliana novela, La Monalisa de Jerusalén, Elías Scherbacovsky (también conocido en su versión hispánica para efe de Elías Zaldívar), le volaron a su hijo, músico, hace cosa de un año, en el café donde tocaba cada día para sacarse un dinero. Recuperado milagrosamente tras sufrir quemaduras en el 70% de su cuerpo, lo primero que hizo, nada más salir del hospital, fue ir a tocar de nuevo al mismo café donde había estallado la bomba… Hay una persistencia en la vida. Un empeño declarado en seguir viviendo, en plantar cara y no ceder al chantaje tenebroso del miedo y de la muerte por generosa obligación. La vida entendida como un desafío humano que se sitúa enfrente mismo del bestialismo de los que saltan por los aires con sus propias bombas, de los que los envían y de los que disculpan esas mismas hazañas, como justificada, legítima y “exasperada” lucha de resistencia, desde “todos los frentes” que se tengan a mano. Pero, ¡ay!, no saben que la vida es más fuerte que todo eso, que también puede ser una elección, una victoria diaria, una exasperación gozosa que se vive tenazmente con el mismo fervor de los que aclaman y vitorean la guadaña siniestra de su cielo fanático y totalitario.

Sábado 13 de septiembre de 2003. Cuando Korczak cogió a sus niños y se fue a Treblinka…
Pedagogo, escritor, médico, defensor de los niños, que no se casó nunca para no dejar de atender los orfelinatos que fundó desde 1912, Janusz Korczack (Varsovia 1878- Treblinka 1942) es hoy uno de los personajes más queridos en todos los países donde se conoce su obra, es decir, la calidad inmensa y humana de sus muchas obras realizadas. En plena deportación hacia el exterminio del gueto de Varsovia, le fue ofrecido el abandonarlo, el escapar. Pero él no quiso dejar a sus huérfanos solos y los acompañó, contándoles historias, a lo largo de ese largo y oscuro camino hacia Treblinka. Hoy, un impresionante y sobrecogedor monumento, “Korczak y los niños del gueto”, obra del escultor Boris Skatzier, se levanta en su memoria en la montaña del Yad Vashem. En el monumento los niños se aferran a él eternamente, sin soltarlo, y él tampoco los deja, es para siempre su protector. A finales de los años treinta, en su diario (tal y como se recoge en el libro reciente La Palestine. Notes de voyage et correspondance 1927-1939, Les Editions Noir sur Blanc), anotará una frase que revela la preocupación por un futuro que no conocerá: “La joven Palestina intenta llegar a un acuerdo con la tierra, consciente y laboriosamente. Pero llegará un día en que habrá que entenderse con el cielo. De otro modo, sería un malentendido, un error. Si no ¿por qué no Birobidjan, Angola, California, Etiopía, el Tíbet, Madagascar, India, el sur de Rusia o Podolia?”
     El Yad Vashem es, oficialmente, en el Estado de Israel, la Autoridad establecida en 1953 que recuerda a los Héroes y Mártires del Holocausto. Actualmente, esa inmensa montaña, en continua ampliación e inauguración de nuevas zonas, dirigidas por el arquitecto más famoso de Israel, Moshe Safdie, este enorme e imponente coloso pétreo dedicado al recuerdo, incluye el ya célebre Museo, un Colegio Internacional de Estudios y un Instituto Internacional de Investigación, un Valle de las Comunidades, en memoria de las cinco mil comunidades judías destruidas durante el Holocausto, y un emocionante y estremecedor, más allá de las palabras, Monumento al Niño. Un millón y medio de niños, de todas las edades, fueron asesinados sin piedad durante el Holocausto. En la Historia habían existido enemigos de todo tipo: de clase, tribales, nacionales, ideológicos, pero hasta ese momento nadie había podido imaginar el peligro indescriptible que encarnaba una niña de cuatro años arrastrando una muñeca, un niño de cinco dando patadas a un balón o una adolescente escribiendo páginas de su “querido diario”. Una cripta tenebrosa y oscura, obra igualmente de Safdie, acoge miles de pequeñas lucecitas, como ojos indefensos siempre abiertos y perdidos en la noche. Resplandecen pequeños y tenaces en la oscuridad, esperando a que alguienlos siga encendiendo y alumbrando día a día con su recuerdo. Mientras, una cinta grabada va repitiendo sin cesar nombres y edades: tres, cuatro, cinco, seis años…

Domingo 14 de septiembre de 2003. Etgar Keret, Rabin y la nueva literatura israelí
¿Cómo enseñar hoy, ayer mismo y en el mañana inmediato el Holocausto? Poco dados a la comprensión de la muerte, de la desgracia, de un dolor que no sea el propio y más cercano y, sobre todo, poco dados a la solemnidad requerida, a las admoniciones, los niños de Israel, los de todo el mundo por añadidura, tienen que atravesar en algún momento de su vida esa terrible iniciación, ese secreto imposible de ser guardado por más tiempo. El relato “Shoes”, del libro The Bus Driver Who Wanted to be God (que será traducido en nuestro país por Emecé el próximo año), narra una historia muy breve, apenas unas cuantas imágenes rápidas y encadenadas en torno a este tema: la visita de un grupo de niños israelíes al Museo del Holocausto, acompañados de su profesora. Su autor es Edgar Keret, de 34 años, y hoy en día es el cabeza visible, la última revelación, traducida a multitud de lenguas, de la nueva literatura israelí. Esa misma generación que si bien no ha venido a sustituir al célebre triunvirato más internacional durante años (A.B. Yehoshua-Amos Oz-David Grossman), sí ha venido al menos a acompañarlos con nuevas, muchas veces incómodas y “desviadas” perspectivas. Criticado y vilipendiado desde todos los ángulos, a Keret muchos de sus “mayores” lo acusan de vulgar, amoral y sin decantaciones políticas claras. Iconoclasta, de un humor fulminante y truculento, falsamente infantil y naïf, provocador, minimalista, este joven Salinger israelí, admirador de Kafka, escribe libros en los que las pizzerías, en el infierno de los suicidas, se llamaban “Kamikaze”, y en los que la peor condena es que se trata de un mundo idéntico al que se ha querido abandonar… En sus escuetos relatos, a Keret le gusta llevar hasta las últimas consecuencias las paradojas infinitas de la vida actual israelí y pone sin cesar entre las cuerdas todo tabú impronunciable. Otro de sus cuentos se titula “Rabin’s Dead”.
     No hace mucho, el crítico literario Ioram Melcer, traductor al hebreo del Libro del desasosiego de Pessoa, a la vez que director del principal programa de libros de televisión en Israel y autor de una novela, Khibat Tzion, además de archivo viviente de todo lo literario y sus huellas detectables en Israel —por ejemplo, del rastro completo de canettis que actualmente viven en este país—, no hace mucho, este políglota incansable escribió un interesante artículo que hablaba de la generación posRabin. El 4 de noviembre de 1995 se produjo en la Plaza de los Reyes, de Tel-Aviv, un magnicidio que sacudiría a la sociedad israelí, probablemente tanto como el hundimiento de las Torres Gemelas sacudió ytraumatizó a los estadounidenses, haciéndoles perder la inocencia. Después de un cierto silencio o fase de luto interior, a partir de 1996, dice Ioram, se abre la veda de la memoria, y la muerte de Rabin, directa o indirectamente (“un cierto sábado de otoño”), hace su aparición en la literatura israelí. Novelas de escritores como Dan Tsalka, Eli Schreiber, o la conocida y divulgada autora Orly Castel-Bloom. Y cuentos como el de Keret, por supuesto.

Lunes 15 de septiembre de 2003. Cuando Appelfeld escribía en el Anna Ticho
El escritor Aharon Appelfeld (1932) es un monumento vivo de la literatura israelí moderna. Autor de numerosos libros, la mayoría de ellos gira en torno al Holocausto, que le marcó desde niño. Appelfeld es también un personaje de novelas de Philip Roth (Operación Shylock) y, sobre todo, un personaje de la increíble hazaña y novela que es su vida. Nacido en la misma calle que Paul Celan, en Czernowitz, en la Bucovina (también llamada “la pequeña Viena”), muy pronto, a la entrada de los nazis, pierde a sus padres y se ve solo y deportado, a los siete años, en Ucrania. Con unas dotes innatas para la sobrevivencia, se adapta instantáneamente a cada nueva situación (siempre escondiendo su identidad judía) y así se emplea como pequeño criado de una prostituta en el campo, como chico para todo en una banda de ladrones de caballos o, ya en 1944, con la llegada de los rusos, como pinche de cocina en la Caballería, siguiendo un rastro incesante de saqueos, violaciones y robos por cada aldea atravesada. A los trece años, por fin, llega a Israel. En el seminario internacional sobre el Holocausto organizado este año, con motivo del aniversario del Yad Vashem, tengo ocasión de conocerlo y escucharlo. La infatigable melillense-israelí Perla Hazan, Yarid Lapid, encargado de los seminarios europeos, y las prolijas y pacientes explicaciones de Ariel Seiferheld, originario de Argentina, hacen que todo, lecciones magistrales, charlas, proyecciones, visitas, tengan una altura fuera de lo común, realmente excepcional.
     Appelfeld es un hombre simpático, risueño, amistoso, lleno de pasión. Increíblemente, no está traducido aún en nuestro país. Sin embargo, él me informa de que sí, de que una obra suya se tradujo “al español”. Hay muchos “españoles” hoy, le digo… y descubro por fin que fue en México. Según me informo gracias al libro de Eilat Negev (Close Encounters With Twenty Israeli Writers), Appelfeld cada mañana acostumbra a tomar un autobús y se dirige a Anna Ticho, el café donde escribe todos sus libros y donde un permanente letrero de “reservado” le asegura su sitio cada día. No me atrevo a preguntarle si sigue manteniendo la misma rutina…

Martes 16 de septiembre de 2003. Yad Vashem: Je me souviens…
La imponente Montaña del Recuerdo (Har HaZikaron) es un cosmos dentro del cosmos que engloba todo a la vez: lo pequeño (eso ínfimo, casi invisible al ojo humano, que el huérfano de judíos polacos Georges Perec enumeró toda su vida en letanías agridulces como las de su libro Je me souviens…) y lo inmenso; desde el rastro más mínimo e insignificante, pero cargado aún de insustituibles resplandores, de latidos vivos y eternos, de identidad única, hasta los bloques de piedra y el monumento más solemne y enmudecedor, más aplastante para cualquier conciencia que se haya acercado hasta ahí para honrar a los seis millones de muertos del Holocausto. Una lucha incansable, permanente contra la indiferencia del olvido, contra los presentes vaciados de sus raíces más profundas: de la mirada al pasado y, sobre todo, a esos pasados imposibles de cancelar, jamás cerrados. Un deber para con los inocentes, para con los masacrados, pero también para esos héroes con nombre o anónimos, para esos justos que hicieron posible vivir en el único mundo imaginable: el de la dignidad, el del respeto por el otro.
     Eli Zborowski es uno de esos héroes con nombre propio que sobrevivieron para contarlo. En la solemne ceremonia nocturna de conmemoración de la fundación del Yad Vashem, toma la palabra. Antes también han tenido lugar magníficas, impresionantes interpretaciones musicales, llenas de emoción, con multitud de retratos y rostros anónimos que se suceden y van pasando lentamente desde lo alto del escenario. Actuaciones de solistas como David Fisher (el Jean Valjean de Los Miserables), de la grandísima violinista Ida Hendel (que ejecuta la obra Nigún de Ernest Bloch) o las estremecedoras notas conseguidas por el coro Ankor, acompañado por la Orquesta Sinfónica de Israel, dirigida por Shlomo Mintz. Eli habla de cómo conoció al mítico comandante Mordejai Anilewicz, líder de 23 años de la rebelión del gueto de Varsovia, muerto en ella, y de cómo su arenga, en un momento de desolación, le ayudó a salir adelante cuando él era apenas un adolescente. También tomará la palabra el presidente del Consejo del Yad Vashem, Shevaj Weiss, que sobrevivió igualmente al Holocausto. Weiss fue presidente de la Knesset y actualmente, de forma más que significativa, embajador de Israel en Polonia.

Miércoles 17 de septiembre de 2003. Noches de Jerusalén o cuando Bonita fue tomada por unos españoles
Frente a la copa cosmopolita, moderada, elegante del café de la Cinemateca, con sus espléndidas vistas que dan a las murallas y al blanco (decreto iniciado en su día, bajo el mandato británico, por Sir Ronald Storrs, prohibiendo cualquier otro tipo de construcción, sabiamente mantenido hasta hoy), blanco deslumbrante, cegador, de la piedra que caracteriza a esta ciudad indescriptible que es Jerusalén, frente a esa copa internacional hay otros muchos mundos en Jerusalén. Por ejemplo, el hispano, con Bonita a su cabeza (o a la cabeza a la que tenemos acceso, en una primera incursión).
     Después de una ruidosa y alegre cena hispano-israelí, en un restaurante cuyo dueño es un palestino, la costumbre de seguir “todavía un rato más” es demasiado fuerte para ser traicionada por un español, o varios, sueltos por los caminos santos, o no, del mundo. Ariel Seiferheld nos recomienda un local, Bonita, de nombre genéticamente reconocible. Recelo un poco (pienso que es como tener un ataque de nostalgia y tomarse tortilla de patatas en la noche finlandesa o noruega). Pero andaba equivocada. Bonita es un hallazgo, una metáfora del absurdo más enloquecido y multicultural. En la calle de los pubs, en Heleni Hamalka, sin un triste guardia o disuasor que espere en la puerta, el minúsculo local tiene puesta música de salsa a toda marcha y un discreto y fresco jardincito detrás para los que requieran de mayor intimidad, o simplemente deseen contemplar el cielo estrellado de Jerusalén, una buena experiencia mística, acrecentada a según qué horas de la noche. En el local tienen enchufada una tele con un partido del Real Madrid (el dream team allá donde se vaya, en nuestros días). En homenaje a la repentina irrupción de un exótico manojo de multietnicismo madrileño, en sus más impuras esencias —una especialista en Albert Cohen, Esther Bendahan, nacida en Tetuán; una poeta y articulista extremeña, Juana Vázquez; un editor, antiguo director de la Biblioteca Nacional, Carlos Ortega, nacido en Valladolid; un joven periodista, experto en temas de Oriente Medio, Antonio José Chinchetru, originario de Burgos y, por fin, una crítica literaria, nacida en Barcelona—, en nuestro homenaje, empiezan a sonar obras inmortales de nuestra tierra de origen: Estopa, Rosario, “Bamboleo” y los Gipsy Kings Un alegre grupo de veinteañeros costarricenses no para de bailar. Mario, uno de ellos, nos acompaña luego a tomar un taxi: “Aquí es así la vida, cada día: sales de casa por la mañana y sabes que no es como en otras partes, que es diferente. Es duro, pero aun así sigues, no hay más remedio”, nos dice. “Es lo que hemos elegido”. La familia de Mario vive en los Estados Unidos y en Costa Rica. Él ha elegido Bonita y Jerusalén. ~

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