A Juan García Ponce

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El narrador mexicano Juan García Ponce me ha dedicado unas muy extensas líneas en la nueva revista de su país, Letras Libres, que ha venido a sustituir a la legendaria Vuelta, animada e insuflada por Octavio Paz durante tantos años. La carta del señor García Ponce toca asuntos de interés. La única lástima es que se la hayan motivado opiniones “mías” que no tengo ni recuerdo haber expresado; que me discuta cuestiones sobre las que no me he pronunciado; que me atribuya costumbres de los hablantes españoles que precisamente no suelo compartir con la mayoría. Le agradezco que haya tomado como pretexto un librito-homenaje a Faulkner que publiqué hace año y medio, por su centenario, sobre todo porque no lo necesitaba para sus disquisiciones. Pero ya que me ha involucrado en ellas, la cortesía me obliga a contestar a algunas.
     Empecemos por el tan traído y llevado Borges, ahora que se cumple su propio centenario. Afirmé de pasada en aquel librito que su traducción de Las palmeras salvajes de Faulkner la había hecho “bastante mal”, sin dar explicaciones. El señor García Ponce presupone que mis reparos se deberían a los argentinismos, y añade que él podría señalar que mis textos “están plagados de españolismos”. Aunque apostilla: “No se me ocurre hacerlo; lo encuentro natural”. Su renuncia me alegra doblemente, porque de haber caído en la tentación, el disparate se habría sumado a otro que sí se permite cuando asevera que él escribe “en mexicano, desde luego”. La verdad es que no sé si se lo debería felicitar o compadecer, por escribir en una lengua inexistente, que sólo él entendería acaso. Que en su ámbito geográfico, como explica, se diga “coger” para lo que se diría “joder” o “follar” en el mío —no “echar un polvo”, como él cree: es otra cosa—, o “estacionar” para lo que muchos compatriotas míos llamarían “aparcar” —pero no yo precisamente—, no me parece bastante para otorgar estatuto de “lengua” a una variante de la que es nuestra indudablemente, suya y mía. Semejantes diferencias léxicas darían lugar no ya al “mexicano”, el “argentino” y el “salvadoreño”, sino también al “riojano”, el “rosarino” y el “monterreico”. Recuerdo cómo antiguamente las editoriales francesas indicaban cómicamente en sus cubiertas: “traduit de l'argentinien“, si se trataba de un libro de Borges; o “du méxicain“, si era de Rulfo. Es curioso que jamás se les ocurrió señalar que Simenon escribiera “en belga” o Rousseau “en suizo”.
     Respecto a mis “españolismos”, lo lamento de veras, pero la idea resulta tan extravagante como acusar a Flaubert —salvando las insalvables distancias— de cometer galicismos o a Dickens de incurrir en anglicismos. Pudiera haber en mi prosa “madrileñismos”, y desde luego hay —son muy voluntarios— anglicismos e italianismos: nada grave, dicho sea de paso, si recordamos que de los segundos está bien nutrida la obra de Cervantes. Pero españolismos en mi español de España… en fin, dejémoslo.
     En todo caso quede claro que jamás habría tachado de “mala” una traducción por sus mexicanismos o argentinismos, catalanismos o andalucismos. El español o castellano que se habla y escribe en México o en Cataluña no es mejor ni peor que el de Madrid o Segovia, entre otras razones porque en cualquiera de estos lugares se hablan y escriben españoles o castellanos excelentes y horrendos, y suelen ser lo uno o lo otro en función del estilo y las elecciones de cada escritor o hablante, no de las particularidades o variantes propias del sitio. Y aquí recuerda Juan García Ponce la boutade o broma de Borges. Las prodigó, a centenares, con su gusto por provocar a los patrioteros; si hubiera que enfadarse por cada una, no quedaría tiempo para leer sus textos, que son lo interesante. Y dijo: “Sólo los españoles juzgan arduo el español… confunden acusativo y dativo, dicen le mató por lo mató, suelen ser incapaces de pronunciar Atlántico o Madrid“. Tanto como los argentinos de pronunciar castillo o exactamente, o de distinguir entre fui y he ido; y desde luego no será un andaluz quien confunda dativo con acusativo. Los modos de los diferentes sitios varían, y en cada sitio son correctos los suyos, como lo es habían tres en Cataluña o la dije en Valladolid o ya yo vine en La Habana. Si Borges no tradujo muy bien a Faulkner no fue por sus argentinismos, sino por su conocimiento imperfecto del inglés (que no “estadounidense”), por sus frecuentes antojos y por su falta de aliento novelístico. Y ya que el amable señor García Ponce me hace alguna puntualización faulkneriana, permítame una shakespeareana: la frase de Macbeth no es como él la cita, sino… Bueno, es algo larga; pero en ella no aparece ni por asomo el adjetivo foolish. Consulten también el diccionario, siempre es grato. –
     

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