Augusto Monterroso

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Qué animal tan complejo es una vaca, es útil y enigmático. Los expertos en símbolos lanzan y sostienen este enigma: la vaca es la madre. El poeta Vicente Huidobro, autor de Altazor y heredero de un viñedo, le daba a su vaca un uso especial: viajaba en barco con su esposa y con ella para que a sus hijos no les faltara leche fresca. Hace unos meses Francia e Inglaterra estuvieron a punto de reanudar la guerra de los cien años gracias a las vacas locas. Si una vaca es la madre, ¿qué será una vaca loca? En su honor, para decir v chica o v labiodental, se dice v de vaca. El más reciente libro de Augusto Monterroso, quien es el más reciente Premio Príncipe de Asturias, se titula La vaca. Dice Tito que siempre lo han impresionado mucho las vacas muertas junto a la vía del tren, y a partir de esa idea, en la misma sintonía que los burros (muertos y) podridos que impresionaban a Lorca y a Dalí, va y le pone La vaca a un libro. A estas alturas ya podemos empezar a distinguir dos letras: la b del burro de Lorca y Dalí y la v de la vaca de Monterroso. También podemos rescatar La letra e, que es el título de su diario, o de sus "fragmentos de diario" como él mismo dice, con toda razón, porque un diario rigurosamente detallado tendría la extensión exacta de la vida de quien lo está escribiendo. En este diario, en la zona que comprende abril de 1984, Monterroso desmonta los temores que suelen paralizar al escritor que practica dicho género: "Hasta ahora he sido incapaz de hacer de esto un verdadero diario (la parte publicable). Demasiado pudor. Demasiado orgullo. Demasiada humildad. Demasiado temor a las risitas de mis amigos, de mis enemigos". Muy a propósito de estas "risitas", Tito escribe en la zona de marzo: "los poetas y los escritores se disparan unos a otros con lo que pueden: cuando las palabras no le bastaron, Verlaine le pegó un tiro a Rimbaud".
     Los libros de Augusto Monterroso son contagiosos, lo primero que se antoja después de enfrentarse con sus historias es tirarse a escribir, por ejemplo un zorro listo o una rana que se esfuerza por parecer rana. Los animales de sus fábulas están escritos con una facilidad muy difícil de conseguir, y dejan un asombro parecido al que producen esas bailarinas que, con un breve quiebre de cintura, cambian el ritmo del mundo. Tito Monterroso cuenta que su acercamiento a los clásicos nació, o salió disparado, de dos vectores que normalmente, más que acercar, distancian: la pobreza de su familia y la falta de recursos de la Biblioteca Nacional de Guatemala, cuyo acervo se restringía a los clásicos; y subido en esta lógica de que la falta de recursos es más bien una ventaja, observa que en las librerías, los mejores libros, los clásicos, se venden por lo general en las ediciones más económicas.
     Expongamos a continuación unos quiebres de cintura del libro Lo demás es silencio, de este maestro de la brevedad. Antes de comunicarnos que, en contra de la máxima de Heráclito, sí es posible bañarse dos veces en el mismo río, siempre y cuando éste no corra muy aprisa y se cuente con un caballo o una bicicleta, nos dice: "el amor es mientras todavía no lo es del todo"; y un poco más adelante lanza esta coartada emocional, muy útil cuando la carne se ha puesto a hacerla de barragana del espíritu: "Es cierto, la carne es débil; pero no seamos hipócritas: el espíritu lo es mucho más". Después viene esa línea indispensable que deberían memorizar algunos poetas primerizos, y algunos otros consagrados: "Poeta, no regales tu libro: destrúyelo tú mismo". Y esta brevedad interminable dedicada a las individualidades castas: "Virginidad: mientras más se usa menos se acaba". Y este otro aforismo de alturas inalcanzables: "Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista". En La oveja negra y demás fábulas, escritores, lectores y animales nos vemos enfrentados con ese fenómeno que el maestro Eduardo Torres, aquel célebre inclinado por las letras clásicas, "agitado en lo interior, en números redondos, por mil pasiones", hubiera podido expresar como: lo que lees es un espejo. En La oveja negra estamos todos y el que no es porque no se ha buscado con suficiente atención. En este catálogo zoológico profundamente humano, desfila el mono que, por sus compromisos sociales, reales o imaginarios, acabó de místico; o el filósofo que infiere distintas densidades, desde luego filosóficas, en la cola de un perro y en la de una serpiente; o el burro y la flauta pasmados hasta la negación ante el milagro de la nota musical; o esa idea aterradora, que de ninguna manera conviene echar en saco roto, de que si dos niños copulan, nueve meses después darán a luz una viejita o un viejito.
     En la misma frecuencia de Vladimir Nabokov, que andaba por el mundo cazando mariposas luego de escribir Lolita la terrible, Monterroso inocula a sus lectores esos viejitos de pesadilla, o esa rana muy rana cuyas ancas al final sabían a pollo y después, en plan de fábula, aparece en las fotografías, sonriente y apacible, abrazando a un gatito. Lo menos que merece don Tito Monterroso, nuestro clásico de la brevedad, es recibir el Premio Príncipe de Asturias flanqueado por su oveja negra y por su dinosaurio. –

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