Contracciones e invención

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A mi edad, poco antes de cumplir sesenta años, Puccini agonizaba —no sin ironía, ese pájaro cantor— de cáncer en la garganta. Ese dato, o cualquier otro, destella dentro de mí, reverbera en mi conciencia, reflexiono lentamente. ¿Qué cavilo? Mucho me temo que el tipo de reflexión a la que soy aficionado no pueda despertar entusiasmo, ni siquiera un amable interés, en casi nadie. Pero ¿qué puedo hacer, si es eso lo que a mí me interesa y entusiasma pensar?
     Un hombre va en la calle gesticulando y argumentando acaloradamente, pero sotto voce. Lo veo y me digo: está rezando.
     De niño, John von Neumann, el matemático —tenía seis años—, vio un día a su madre callada, sin hacer nada, y le preguntó: "Mamá, ¿qué estás calculando?" En eso, claro, se entretenía el precoz Johnny: en hacer cálculos con números.
     No hay una, hay muchas maneras de rezar.
     Un día, Gorki sorprendió en un bosque a Tolstoi hablando solo, y lo oyó decir: "Ah no, tú no me vas a hacer eso, ¿por qué?" Estaba rezando en voz alta. "Así se llevaba con Dios el viejo Tolstoi", comenta Gorki.
     Diferentes maneras de rezar diferente: alguna debe de parecerse a los cálculos mentales con números, otra a los alegatos jurídicos (como los que desenvuelven los personajes de Eurípides), otras a las suaves conversaciones íntimas donde se desarrolla el arte de agradecer: ¿no dice el poeta que un cielo aparece cuando una persona se muestra agradecida?
     En todo caso, este que viene ahora es un ejemplo de mis cavilaciones de estos días. Es acerca de la creación del mundo.
     Los griegos, tan listos, tuvieron entre sus supuestos la eternidad de la materia y del movimiento. Las cosas han estado ahí siempre, nadie las hizo. La idea de un comienzo, familiar a nosotros, les repugnaba por absurda. Y la idea de una creación de la nada era ya el colmo de los disparates. La verdad es que, aun para nosotros que crecimos con ella, es una idea extraña, casi inasible. Por eso reflexionamos tratando de penetrar su sentido. Como vamos a hacer ahora.
     Tsimtsum es palabra hebrea (y qué palabra: monumental y ligera al mismo tiempo) que designa la autolimitación de Dios. Según la cábala, Dios crea el mundo apartándose (al apartarse, al hacer lugar, se genera el mundo); es decir, la creación es autolimitación de Dios. De hecho, me explican, tsimtsum quiere decir, en hebreo, "contracción". Para crear el mundo, Dios se contrae y su contracción permite que algo aparezca.
     Simone Weil, que no gustaba de lo judío, siendo ella misma judía francesa, pero muy asimilada, sostiene la misma idea de la creación como autolimitación divina. Es curioso: pese al rechazo que Simone hacía del judaísmo, las ideas de los viejos magos de la cábala vinieron a visitarla y se posaron en ella. Me pregunto si la Weil, tan inquieta y omnívora en materia de religiones, no habrá leído alguna vez textos de la cábala.
     Dice Simone en La gravedad y la gracia: "Renunciamiento. Imitación del renunciamiento de Dios en la creación. Dios renuncia —en cierto sentido— a ser todo. Debemos renunciar a ser algo. Es el único bien para nosotros."
     ¿Y no es este renunciamiento de Dios, del que habla Simone, la autolimitación de Dios de la que hablan los cabalistas? Claro que Simone deduce de la tsimtsum una idea ética y religiosa muy sugerente: la capacidad de crear, no como forma de poder, sino como forma de humildad: creamos, en nuestra modestísima medida, reduciéndonos, achicándonos, y permitiendo, con esa disminución, que algo brote de nosotros. Gustav Mahler dice, en esa misma cuerda: "No compones música: te compones o dispones tú para que, a través de ti, brote la música." Es decir, dejas que aparezca la música, no la estorbas. Eso es muy cierto en el arte, porque la imaginación, facultad con la que se hace el arte, no se puede controlar: tú preparas el camino, luego dejas la escena y la imaginación opera dentro de ti (digo: a veces, si todo va bien).
     Esta idea de la tsimtsum es, creo, de corte platónico. Dios es la suma realidad, el ser pleno: luego en el semiser de lo creado no está Dios (podrá haber una huella de Dios, pero Dios no es eso, como la huella del oso en la arena no es el oso): luego ese semiser o ser de grado menor que es el mundo surge al no estar ahí Dios, es decir, al retirarse Dios autolimitándose.
     Al retirarse Dios, aparecen cosas (que no estaban en Dios): el tiempo, por ejemplo, o la libertad humana y, con ella, la maldad. Esta tsimtsum parece oportuna para librar a Dios de toda culpa respecto de los males del mundo, es decir para disolver la contradicción entre un Dios creador infinitamente bueno y la presencia de la maldad en el mundo. Y esta es la consecuencia teológica más interesante de la idea de la tsimtsum.
     Pero ¿cómo surge lo creado al retirarse Dios?, ¿por qué, si se retira Dios, algo aparece? Aquí me detengo: no vislumbro cómo puede ser la operación. Pero tampoco vislumbro cómo puede ser la operación de crear de la nada.
     En todo caso, ¿cuál es la diferencia entre retirarse y que aparezca algo, y crear algo deliberadamente? Aquí, el meollo está en el deliberadamente. En la tsimtsum, lo deliberado disminuye o desaparece, y con ello la atribución de culpas.
     El razonamiento podría correr de esta manera: No puede ser de otro modo: si Dios se retira (se autolimita), pasan muchas cosas, unas buenas, otras malas, y así tiene que ser porque lo perfecto e irreprochable sólo está en Dios y Dios se ha autolimitado. Ergo, toda creación tiene que ser, por hipótesis, imperfecta. La idea de la tsimtsum, si no explica, al menos ilumina, vuelve admisibles estos asuntos.
     Bueno: eso me viene pareciendo a mí. –