Elogio V.S. Naipaul

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Al conceder el Premio Nobel de Literatura para este año, la Academia Sueca ha premiado a una república de un solo hombre. V.S. Naipaul no es nada más que sí mismo: ni inglés, ni trinitario, ni hindú; pero tampoco cristiano, budista o musulmán; menos aún progresista o conservador. En el convoy de las literaturas contemporáneas, el autor de A Bend in the River es el viajero con menos equipaje. Nada más afortunado en la hora asombrosa a la que acabamos de despertar, en la que se nos han mezclado los demonios del nacionalismo decimonónico con el furor religioso del siglo XII.
     Tienen las cosas que estar verdaderamente muy mal para que el festejo de la obra de Naipaul se haya convertido en una esperanza: un hombre que ha hecho del desarraigo una epistemología, y que al blandirla ha triunfado, es la prueba más feroz de que, como siglo, el XX fue un fracaso.
     Si todo realismo es pesimista, la vasta obra de este autor concede garantía global para la mezquindad: ha escrito sobre todas las experiencias humanas —Oriente, Occidente y lo de en medio: Latinoamérica, por ejemplo— y todo le ha parecido mal. En la era de la corrección política y la celebración de la diversidad, Naipaul ha levantado las cejas con el desdén de los que no tienen nada que perder y ha escrito incesantemente sobre sí mismo, su condición, su familia, su historia, sus viajes.
     Hay muchas constantes a lo largo de la obra de Naipaul: una prosa nítida, distinguida y malévola; una desconfianza ante la naturaleza humana que no deja cuartel; la parodia de la feliz medianía aristotélica que, guste o no, todos andamos buscando para vivir en paz. Además siempre hay personajes que se empeñan en hacer una sola cosa sin motivos ulteriores y que por ello son una fuente de irritación infinita para quienes los rodean. Estas criaturas memorables —pienso en Mr. Biswas o en los españoles de The Loss of El Dorado— lo son porque han hecho de la obstinación una forma de vida. No ganan —nadie gana en esos libros—, pero se mueren con la satisfacción de que hicieron lo que les dio la gana. Me parece que es en ese tipo de caracteres —entre los muchos con rasgos autobiográficos que los rodean— en los que se vislumbra mejor la idea de Naipaul de la literatura. Como los más insignes novelistas decimonónicos, es un burgués consagrado oficiosamente a patear el pesebre. Tal vez sea por eso que ninguna tradición se salva en sus libros: lo único que ha sido en toda su vida es escritor y eso bastaría para premiarlo.
     En cualquier caso, esa fidelidad a la concepción tradicional del oficio de escritor puede explicar por qué, entre la constelación de grandes novelistas que nos va dejando la contemporaneidad, V.S. Naipaul es el único que ha conseguido cabal y constantemente el que tal vez siga siendo el mayor anhelo de cualquier novelista: que al lector le quede al cerrar el libro la satisfacción irracional de haber visitado una comedia humana completa. –

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