¿Es Medellín la solución?

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Durante lustros Medellín fue considerada la ciudad más peligrosa de América Latina. Una ciudad sin esperanza, inmortalizada magistralmente por Fernando Vallejo en sus novelas, sobre todo en La Virgen de los Sicarios. La ciudad de Rodrigo “D”: no futuro, la brutal y polémica película de Víctor Gaviria sobre la violencia en los barrios marginales. El filme no contó con actores profesionales; los sicarios y pandilleros eran los protagonistas de una película que narraba sus propias vidas. Por eso se dice que el día del estreno era desgarradora la presencia de las madres de muchos de estos adolescentes asesinos, de luto, haciendo cola para ver por última vez con vida a sus hijos, muertos en la espiral de la violencia mucho antes de que la película llegara a exhibirse.

Medellín era, pues, un no lugar donde los capos del narcotráfico contrataban sicarios para amedrentar con sus execrables crímenes a todos los ciudadanos y donde las pandillas eran la ley de la selva en sus barrios populares. La próspera e industrial ciudad del Valle de Aburrá, con sus orgullosos paisas, había pasado de ser el motor de Colombia a ser su vergüenza. De emblema a ignominia. Y todo en el lapso de una generación (medida a lo Ortega y Gasset). El peligro es “colombianizarse”, se decía en el resto de América Latina como una advertencia del sendero por el que no hay que caminar. Y la flor letal de esa corona era Medellín, con Pablo Escobar a la cabeza de sus hijos honorarios.

Hoy la historia es otra. ¿Vino acaso la solución del gobierno, que ordenó patrullajes militares, retenes en los cruceros y tanquetas en las esquinas? No, desde luego que no. La solución vino desde abajo, de la tan ultrajada y denostada y mil veces mentada sociedad civil. La gente de la ciudad se rebeló contra la inercia. Y en lugar de culpar a los políticos de todos sus males, tomó cartas en el asunto, a través, eso sí, de las vías institucionales y democráticas que los colombianos siempre han defendido, aun en sus años más negros. El líder de esta revolución pacífica de Medellín fue Sergio Fajardo, un periodista y matemático que decidió, en 1999, bajo el influjo de Antanas Mockus y la increíble transformación de Bogotá, postularse como opción ciudadana a la alcaldía de Medellín, la que conquista en su segundo intento y que gobernará por cuatro años, entre enero de 2004 y enero de 2008. Su sucesor, el periodista Alonso Salazar, autor de No nacimos pa’ semilla, miembro desde el inicio del equipo de trabajo de Fajardo, gobierna hoy bajo el mismo embrujo.

La apuesta central de Fajardo fue la educación y la cultura: la creación de inmensos espacios públicos de convivencia y aprendizaje para los barrios marginales; los ya famosos Parques Bibliotecas, que integran en su seno no solo bien organizadas y equipadas bibliotecas públicas sino auténticos centros culturales donde la comunidad de los alrededores descubre de nuevo las maravillas del ágora clásica: un espacio público para convivir, aprender, compartir. Todo es gratuito, pero está administrado, a través de un concurso, por operadores privados que compiten entre sí, evitando de este modo al sindicalista adormilado, al portero con ínfulas de propietario, las aulas y las oficinas exclusivas del personal administrativo, los privilegios para los amigos, la tramitología. Esta experiencia demuestra además que Colombia, por medio de sus alcaldes revolucionarios, está superando el cansado debate ideológico que atenaza a América Latina y que tanta energía consume. La vocación social de la izquierda y la eficacia empresarial de la derecha, de la mano al servicio de la gente.

Otra línea de acción de Fajardo y Salazar ha sido la decidida apuesta por un transporte público eficaz y no contaminante. De Bogotá nace la idea del metrobús, y de Medellín, la del metrocable; es decir, el fin del paradigma de las ciudades para los automóviles, como aún pasa en México y nuestros ridículos (y saturados antes de nacer) segundos pisos. De todos los lugares que visité recientemente en Medellín, nada me impresionó tanto como el metrocable. Un teleférico que comunica a la comuna de Santo Domingo con la red del metro y, por lo tanto, con el resto de la ciudad. Eficaz, organizado, capaz de mover, en cestas de 15 personas, bien sincronizadas, a miles de personas por hora. De inescrutable pozo de pobreza, semillero de sicarios, a un barrio en ebullición cultural y comercial, gracias a una inteligente y original intervención pública. La inhóspita colina de Santo Domingo, habitada por cientos de miles de desplazados y refugiados de las guerras civiles, paracaidistas en busca de un mejor destino, con casas equilibristas al borde de las laderas, está ahora articulada por este teleférico con seis estaciones, y cada una de ellas da lugar a una plaza pública y comercial. Y de remate, en la cima, el gigantesco Parque Biblioteca España. La vía que sirve de base a este sistema de transporte –primer teleférico de pobres que, en vez de comunicar a elitistas practicantes del esquí, conecta a obreros con la ciudad en la que viven y trabajan– es un paseo cultural en sucesivas terrazas donde los vecinos más próximos decidieron la finalidad de cada tramo. Allá una guardería infantil, acá un jardín con bancas de descanso… y esto es así porque otra de las líneas maestras del programa municipal es la participación de la gente en los proyectos. Audacia y audiencia.

Otra idea central del proyecto de Medellín es la dignidad estética. Este último punto me parece fundamental: a diferencia de la concepción mexicana de construir de cualquier manera para los pobres (gracias, señor político, por el campo enrejado, alambre de púas y concreto; gracias, querido líder, por el jacalón descapotado, escuela gris rata; gracias, muchas gracias por los tinacos a la vista, por la falta de luz y de ventanas), en Medellín se convoca a los mejores arquitectos a sumarse a esta transformación. Que los vecinos se sientan orgullosos de sus nuevos espacios y que los cuiden ellos mismos, por puro egoísmo práctico. Pienso en el centro comunitario de Moravia. Este barrio nació a partir de las abandonadas instalaciones del ferrocarril de Medellín, en cuyos talleres, estaciones de servicio y lotes abandonados los vecinos empezaron a depositar de manera ilegal su basura. Al cabo de los años, era el tiradero de toda la ciudad, en el peor lugar imaginable y a unos pocos metros del centro histórico. La basura creció hasta volverse un compacto cerro pestilente, con fumarolas que recordaban cómo sería la digestión de la madre tierra. Y, sobre ese cerro, los pepenadores construyeron sus casas: los hijos de la basura que de Managua a México ha documentado Alma Guillermoprieto en, entre otros títulos, Al pie de un volcán te escribo. En ese barrio, pues, se decidió construir un centro de desarrollo cultural que se le encargó a Rogelio Salmona, el mejor arquitecto colombiano del siglo XX, autor, por cierto, del proyecto del centro cultural del fce de la capital colombiana, y uno de los grandes de la arquitectura mundial. El edificio de Salmona acabó siendo su testamento arquitectónico y es un prodigio de elegancia y sencillez. Se integra al “paisaje” de un barrio marginal, sin avasallarlo, al tiempo que sutilmente lo dignifica. No tiene puertas ni bardas de protección y la obra continúa hasta la calle y los edificios adyacentes, para tender una mano amable a su entorno.

Una escena, durante la visita que hice al local, me sigue conmoviendo: una anciana, desdentada y vestida con andrajos, que obviamente había pasado su vida entre la basura, llevaba de la mano a su nieta a una clase de danza, la niña vestida con dignidad y pulcritud. Algo en la certeza de la anciana de apostar por ese camino para su nieta, que ella no tuvo en una vida que no somos capaces de imaginar, y de la contenida alegría de la niña, me hizo trastabillar, a lo Stendhal. En ese instante detenido el milagro de Medellín se volvió concreto, humano.

Una ventaja de Medellín es, paradójicamente, la falta de espacio físico para crecer, lo que fuerza a la ciudad, un estrecho valle rodeado de montañas en las estribaciones de los Andes, a crecer por la altura de sus edificaciones, como Barcelona. Esto hace altamente rentables sus servicios metropolitanos. Hoy la red de agua, gas y electricidad de la ciudad, organizada en una empresa pública, pero con capital social privado, como Petrobras, es la cuarta empresa de toda Colombia y la caja de donde salen estas obras.

En la ciudad de México, en 1997, en la campaña por la jefatura del Distrito Federal de Cuauhtémoc Cárdenas, vivimos algo de este fervor ciudadano por el cambio. El sueño de una mejor ciudad asomó una tímida patita. Pero a la postre su única realidad concreta fue el encomiable proyecto cultural de Alejandro Aura y Eduardo Vázquez. Todo lo demás se lo tragó la inercia burocrática, el gigantismo administrativo, las trapacerías de partido, la “piramidal funesta”, las corbatas del licenciado puntilloso y su lengua de memorandos, las berenjenas de los bejaranos y los mil hijos de la familia Batres… Todo se lo tragó el pri, bajo otros avatares, y en esas seguimos.

El peligro de México hoy es no colombianizarse. ~

 


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