Fragmento ejemplar de elocuencia romántica

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— Lo peculiar y característico de un escritor se aprecia con claridad cristalina cuando aislamos una página, un fragmento, un detalle. Siempre y cuando, claro, consideremos el fragmento ejemplar. Ejemplar de la peculiar elocuencia del autor. La manera de ser elocuentes distingue los estilos. La elocuencia tiene que ver con el énfasis, con la acumulación de detalles, con la emoción o el distanciamiento. Las cosas se precisan si se compara un modo de ser elocuente con otro. Eso me gustaría hacer. Pero por algún lado hay que empezar. Voy a dar comienzo con un talento grande y vociferante, el de Víctor Hugo. Presento un fragmento de su novela El Noventa y Tres. A mí me gusta, entre otras cosas, porque parece imposible que, inmiscuyéndose de la manera como se inmiscuye en el escrito —casi es poesía lírica en vez de prosa—, se pueda hacer algo tan curioso, y a la vez convincente, como este modo de dotar de vida un cañón. Veamos el escrito.

Uno de los cañones de la batería […] se ha desprendido de sus amarras. Éste es uno de los acontecimientos más temibles en el mar. Un cañón que rompe sus amarras se convierte bruscamente en un monstruo: la mole se desliza sobre sus ruedas por el balanceo de barco con movimientos de bola de billar: va, viene, se detiene, parece meditar, reanuda su carrera, atraviesa como una flecha el navío de un extremo a otro, salta, se desliza, se encabrita, rompe, mata, extermina. Es un ariete que golpea a su antojo la muralla, pero el ariete es de hierro y la muralla de madera. Es la libertad de la materia: diríase que esta eterna esclava se venga. La maldad de lo que llamamos objetos inertes se muestra y aparece de repente; no hay nada más inexorable que la cólera de lo inanimado. La mole tiene saltos de pantera, peso de elefante, agilidad de ratón, la terquedad del hacha, lo inesperado de la ola, la rapidez del rayo, el silencio del sepulcro. Con su peso enorme rebota como la pelota de un niño. ¿Qué hacer? Una tempestad, cesa; un ciclón, pasa; un mástil roto, se reemplaza; una vía de agua, se tapa; un incendio, se apaga; pero ¿qué hacer con esa enorme fiera de bronce? Se puede convencer a un perro, sorprender a un toro, fascinar a una boa, asustar a un tigre, enternecer a un león, pero no hay ningún recurso para combatir a ese monstruo. No se le puede matar porque está muerto, y al mismo tiempo tiene vida; una vida siniestra que procede del infinito. La nave agita el cañón, el mar agita la nave, el viento agita el mar […] El horror de la situación estriba en la movilidad del suelo. La nave, por decirlo así, lleva en sus entrañas el rayo que pugna por escaparse…

Siempre se da a notar en la prosa cuando el que la escribe es poeta. Lo delatan su gusto por la belleza de las palabras aisladas, por su sonoridad y cierta capacidad de sorpresa sintáctica. Está además eso que dice Rilke, no me acuerdo dónde, “como era poeta odiaba toda imprecisión”. No es que escriba mejor o con mayor elegancia que el prosista puro, sino que escribe de modo diferente. Digo suele ser, porque, como siempre, hay excepciones, una, por ejemplo, es la preciosa prosa transparente de Antonio Machado. Y si algo es Víctor Hugo, es poeta, poeta epónimo de Francia, legendario, enorme, tan famoso que Cocteau dijo de su persona: “Víctor Hugo fue un loco que se creía Víctor Hugo.”
     Exploremos un poco el escrito. Se diría que el texto es ansiosamente exhaustivo: dada una situación hay que descubrir, atrapar todas las comparaciones imaginables y no desperdiciar ninguna. Y casi siempre en tono mayor. El cañón no está “en movimiento”, está “vivo”, y no “quieto” sino, claro, “muerto”. Víctor Hugo no teme el engolamiento, tampoco al parecer lo busca, pero no lo rehúye. Reacciona emotivamente ante todas y cada una de las cosas y situaciones: no evita lo sentimental, es sentimental (a la manera en que Chaplin, en Luces de la ciudad, por ejemplo, es sentimental), pero no se atonta, no es barato ni cursi. Otro aspecto es el ritmo de la prosa, ritmo declamatorio, de lectura en voz alta; se podría pensar que el gusto por la dialéctica de los opuestos, presente en el texto, haría rígido o envarado el escrito, pero no: milagrosamente, pese a los impedimentos que lo lastran, el escrito fluye ágil, ligero, con naturalidad, y el resultado está traspasado de energía y vitalidad.
     No podemos avanzar ahora demasiado: las peculiaridades de un estilo sólo pueden apreciarse con entera claridad si las comparamos con las de otro estilo diferente. Cuando dispongamos de otras muestras ejemplares de prosa, volveremos a la prosa romántica de Víctor Hugo.
     Digamos por ultimo que el escrito es muy francés. En el sentido en que el camión platanero o la troca marranera —donde, atribulado, viaja “Tránsito”, el milusos con el que Ricardo Garibay caracterizó un país con el espinazo quebrado por la ineficiencia y la rapiña— son muy mexicanos. Es decir que no podría cobrar la riqueza entera de su significado en ningún otro país. –

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