Ya hace buen tiempo que a Frida Kahlo le llegó su hora. En la moda cultural fue preparándose naturalmente el escenario: una mujer (condición de importancia básica) artista (nada menor, y nada mejor), pintora con algunos toques surrealistas tal vez demasiado explícitos, (su)frida y valiente, inconforme y de izquierda, de aspecto enigmático y contradictorio (frágil hasta el extremo de la quebradura y tan fuerte como su mirada decidida; un atractivo rostro femenino de no difícil traslación a una apariencia viril; su atuendo folclórico infaltable y preciso y que no desmentía cierta extranjería), de preferencias sexuales abiertas y rodeada de grandes personajes de la historia del siglo (como Diego Rivera o León Trotski). Los estadounidenses fueron los primeros en darle espacio propio al disponer en Nueva York su primera exposición individual y, como recuerda su amiga, la crítica e historiadora Raquel Tibol, los que comenzaron la fridomanía.
La figura y la obra de Frida Kahlo han propiciado estudios serios y más o menos completos (los que más: los de la propia Tibol), versiones fílmicas que han servido más a las pretensiones de lucimiento de las actrices (la insufrible Ofelia Medina y la bilingüe Salma Hayek, ambiciosa y fallida) que al cine y la verdad histórica, y también la fabricación de una serie de artículos que comenzaron con la modestia de las tarjetas postales, las tazas para el café, los llaveritos, para llegar ahora a los niveles riesgosos de lo exquisito y de precios muy altos. En días recientes Isolda P. Kahlo, sobrina del icono, organizó la presentación de su libro Frida íntima y aprovechó para lanzar a la vez una línea de ropa y otra de joyas amparadas en el prestigio y la efigie de su tía. No faltan los rebozos, que como las demás prendas llevan bordada la imitación de la firma célebre. Vestidos amarillos, naranja, verdes; aretes, anillos y collares en oro y plata que están en venta por ciento cincuenta mil, doscientos mil pesos. La sobrina, que es una mujer a todas luces hábil para los negocios o al menos para idearlos, convocó como presentadoras de su libro a la escritora Elena Poniatowska y a Jesusa Rodríguez, esta última afanada en convertirse ella misma en otro icono desde una iconoclasia nada incómoda practicada en Coyoacán. La cómica, como antes se decía, expresó su indignación. Armó una frase efectiva a todas luces: “Quieren convertir a Frida en una Barbie del Tercer Mundo.” No es para tanto, también a todas luces. ¿O es que a la artista sólo otros artistas, si de Coyoacán mejor, pueden endiosarla? Uno piensa, además, que la sobrina no tiene por qué pensar igual que la tía y que puede considerar, seguramente con razón, que a nadie hace mal un par de aretes que recuerden a la artista (aunque sea de pésimo gusto usarlos, tal vez). Ni a los pobres ni a nadie. Mucho menos a Frida, a la que, según Rodríguez, “eso de andar en las pañoletas de las pinches viejas millonarias y dientonas” no “le haría gracia”.
Queda claro el asunto: cada icono es de quien lo trabaja. Y no debe valerse que otros hagan su trabajo. (Lo que no me queda claro es eso del tamaño de los dientes de las millonarias. ¿Por qué no haber dicho, por ejemplo, “de las compañeras que llegan a mi cabaré en sus camionetotas?) –
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