John Gielgud (1904-2000)

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Es sabido que el siglo XX aportó a la actuación teatral la dosis de permanencia que no había podido alcanzar antes de la llegada del cine, ya que la fugacidad del escenario teatral era cambiada por la eternidad de la pantalla cinematográfica. Así, pudimos conocer el trabajo de actores que, sin la cámara que percibe más que el ojo humano, hubieran sólo alcanzado la fama de su propio nombre y no la de su creación.
     También es sabido que los actores ingleses se recrean en la técnica y perfeccionan su interpretación hasta la exageración: cinco años dedicados a la dicción y a la producción de la voz son un buen ejemplo.
     Dentro de estas vertientes conocimos a un actor electrizante, justo, de interpretaciones variadas y cuyos fraseo y dicción asemejaban el sonido de "cada chelo y de los instrumentos de alientos", como lo calificara un crítico teatral inglés. John Gielgud es el último de esa camada de grandes actores británicos de tradición shakespeareana, y que se conjuntaron a lo largo del siglo para otorgarnos momentos inolvidables, tanto en las obras de Shakespeare como en otras más modernas. Con su muerte, se va el último de esos actores y directores que, conjuntados por el poderío económico de Arthur Rank, promotor de la iglesia metodista, reunieron su talento y promovieron verdaderas lecciones de actuación en películas como Ricardo III (1954): Cedric Hardwicke, Ralph Richardson, John Gielgud y el director y actor Laurence Olivier, nombres puntales para cualquier persona que pretenda aproximarse a la historia de la actuación.
     John Gielgud entendió que el actor, para ser cabal, debe abarcar diversos campos de actuación; así, hizo películas, tanto experimentales —como su inolvidable interpretación de Próspero, en Los libros de Próspero (1991) de Peter Greenaway, o en Providencia de Alain Resnais— como comerciales: Arturo II, El león del desierto o su interpretación del maestro de piano en Claroscuro. Sin embargo, no sólo hizo cine, también una enorme cantidad de televisión —culminando en varias actuaciones de la serie que la BBC de Londres hizo con la Royal Shakespeare Company de la obra completa de Shakespeare—, también teatro e, incluso, radio. Gielgud, en sus 96 años, en papeles estelares o en presencias furtivas, marcó el siglo y dejó una gran herencia.
     En su técnica, es importante resaltar su producción vocal. Su fraseo, pulcro y claro, y su dicción, sonora y vertical, nos enseñaron que la voz es fundamental para el actor; que, desde ella, el actor proyecta un conjunto cabal donde el personaje crece o muere, vive y alcanza grandes alturas o simplemente disminuye o derrota las terminales de energía del creador. No será fácil olvidar la sonoridad de la voz del fantasma de Hamlet en la película dirigida por Laurence Olivier o la contundencia presencial de Enrique IV en la adaptación de Las alegres comadres de Windsor que es Campanadas a medianoche (1965) de Orson Welles. Vamos a añorar a Gielgud como a los maestros que se van.
     Mi padre siempre quiso, al final de su vida, dirigir Macbeth. No le dio tiempo. Sólo puedo decir que ahora se fue también, al mismo lugar, el actor indicado para el papel. –