La moderna grosería

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Como sabrán los lectores más memoriosos, hacía años que venía esperando la liberalización del teléfono para que pudiéramos zafarnos todos de los abusos y desplantes de la incomparable Telefónica (lo era sobre todo porque no había con qué compararla). El momento ha llegado, aunque falsamente, porque la Incomparable sigue manejando todos los hilos y de todas las llamadas seguirá sacando tajada, en mayor o menor medida. En todo caso se me está atragantando el ansiado momento como no había imaginado, porque ha desatado las mil campañas odiosas de las diferentes y emparentadas compañías, cuyo mensaje vieneasí a resumirse: "Hable, hable, hable, hable".
     La publicidad más repulsiva es por supuesto la de la Incomparable, atacante hasta en sus anuncios. Pero todas coinciden en instar e invitar a los ciudadanos a que rajen, larguen, chismorreen, cotilleen, difamen, calumnien, maldigan, feliciten, avisen, retransmitan, juren, perjuren, platiquen y den el variado coñazo a sus semejantes. Lo que sea y como sea, con tal de que descuelguen, marquen, hablen; descuelguen, marquen, hablen; descuelguen, marquen, hablen, ar. La idea no puede ser ya "Qué bueno y útil es el teléfono", descubrirían el Mediterráneo. Así que las compañías ofrecen o sin más imponen servicios a menudo superfluos mediante los que se consigue un buen número de chorradas, como hablar con las manos vacías u ocupadas o doce personas al mismo tiempo (se siente uno como en la radio o la tele) o con la boca abierta o cerrada, o con habano entre los labios (y entiéndase como se quiera); o nos cuelan pantallitas que nos harán saber quién nos llama tres segundos antes de que nos lo diga;ménages à trois o à quatre voces, no todas gratas; servicio de recogemensajes y quizá de recogepelotas; partidas denaipe auditivo; y desde luego sexovirtual y fónico, que no vaginal ni fálico. Más que promiscuo es todoconfuso y tirando a sucio.
     Como la publicidad existe desde hace lo bastante para creer que no surte efecto (no siempre el deseado, por suerte), compruebo con alarma cómo los españoles son hoy individuos a un auricular pegados. Hay que usar el teléfono, pero no por necesidad ni por placer siquiera, sino para usarlo tan sólo y así pagar más a la Telefónica y a sus sucursales independientes (sé lo que hedicho). Lo que comentamos hace ya tiempo Pérez-Reverte y yo respecto a los móviles era una queja injusta, contra un remanso de silencio comparado con lo de ahora. Y cuanto más se usa el teléfono, más lo detesto. Lo descuelgo o desconecto cada día durante más horas y si no sale siempre un contestadordisuasorio; procuro no responder a los recados que se me dejan, y en ese sentido cada vez menos me importa resultar "grosero". Pues tengo para mí que quien resulta hoy grosero no es quien calla, sino el que llama por cualquier motivo o sin ninguno: a hacer una pregunta innecesaria, o sólo "para charlar"; el que pide el teléfono de un tercero sin pensar nunca en mirar la guía o preguntar a Información; el que insiste si no ha obtenido una respuesta (sinocurrírsele que el llamado esté ausente o carezca o no quiera dar tal respuesta); el propagandista que avisa que uno ha ganado un reloj, o una cubertería, o a su señora, que probablemente no desea uno ganar en modo alguno; el quepretende que pierda uno su tiempopara sacarse él una encuesta; quien te pregunta (hablo ahora de casos frecuentes en mi gremio) datos que figuran en cualquier solapa de tus libros, el periodista pelmazo que quiere a toda costa tu opinión sobre asuntos idiotas o jamás pensados ni conocidos por uno, ellector que hace reproches o señala inexistentes "errores"… Todo eso es laverdadera, actual grosería.
     El teléfono lleva su entera vida aprovechándose de su excepcionalidad inicial. Cuando había pocas llamadas, el timbre lo interrumpía todo, todo lo relegaba. Lo asombroso es que así ha seguido siendo siempre: si ustedes están en la cola del banco —en persona— y se llama al cajero, éste dará prioridad a la llamada, aunque sea de otro cliente; si en una tienda, el dependiente los dejará con la palabra en la boca para descolgar, no digamos si es una motorolaidolatrada. Y así hasta el infinito. Lo que no tiene ya sentido es esa continua imposición del teléfono sobre lo demás; sobre las conversaciones, los almuerzos, las consultas, las conferencias, los conciertos, las confidencias, la vida, el silencio. Para vivir hay que tener silencio, alguna vez, a veces. La mayor vulgaridad es una llamada, nada hay ya en ella de excepcional. A ver si logramos ponerlas, al menos, las últimas de la fila. –

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