i.m. Ted Hughes
Fue una muerte lo que nos trajo al sur,
por una autopista que no existía
al nacer la amistad que la muerte ha cerrado.
Con qué delicadeza se tiende ahora la muerte
sobre los intercambios y condados
de esta Inglaterra nuestra,
radial y ensordecida. Veo a un hombre
emerger de una tienda junto a un prado,
dando la espalda al tráfico, abarcando los amplios
llanos de Sedgemoor como si la historia
los hubiera evitado, en el ancho silencio
creado por las llantas percutientes.
Los robles se incorporan entre sombras tempranas.
El sol muda las sombra de sus piernas
en largas tijeras que se abren paso
por un nuevo sembrado, recortándolo.
Y los ríos de Hardy —Parret, Yeo, Tone—
derraman su caudal a nuestro paso.
Luego, ya en la campiña remendada de Devon,
será imposible predecir el modo
en que Dartmoor emerge de una bruma
tan móvil como densa. Sin aviso,
el sol prende en los campos,
anticipando esa otra unión y entrada
del fuego en el cuerpo, el cuerpo en el fuego,
que borra los contornos y disuelve
el sello y simplificación de los límites humanos.
La multitud se esparce en torno de la iglesia
y sigue con los ojos la lenta procesión
del coche funerario, al pairo por las calles
de la nada final. Una malla de sendas
enreda nuestro adiós y pone un cerco
de setos repulidos al deseo
de nuevas primaveras. Apenas queda tiempo
para rememorar las sendas o la costa
que oyeron nuestros acentos dispares
contra un aire avariento de sonidos.
Debajo de nosotros, por las radas de Hartland,
los pequeños halcones se emplumaban de luz
sobre las infinitas metamorfosis de las aguas.
Las huellas de la voz se desvanecen
antes que las pisadas; mas su eco
late aún, se prolonga en el oído.
Buscamos la autopista que es Inglaterra ahora.
El espejo de bronce de la luna,
clausurado por nubes súbitas,
entra en la opacidad. Y la hilera de robles
que lanzaba al amanecer sus sombras
es ya una larga sombra a nuestra vuelta. –
Versión de Jordi Doce
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