Citas y aforismos

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De muchos libros de la Antigüedad no quedan más que fragmentos citados por otros. De muchos libros que se conservan íntegros, circulan nada más frases aisladas, a veces apócrifas.
     No cualquier fragmento se desprende y adquiere vida propia. Un desprendimiento físico de los rollos del mar Muerto puede aislar una frase que nunca circulará, por ejemplo: “y entonces vuelven del agua” (4Q414F12), de interés limitado a la reconstrucción del rito bautismal. Para que un fragmento circule, tiene que ser un texto memorable, de interés por sí mismo, aunque forme parte de una obra más amplia. Debe prestarse a correr de boca en boca, tener rotundidad. O adquirirla, por los lapsus creadores de la memoria que mejora, distorsiona o inventa, como sucede con los dichos y cantos populares, que van rodando por la tradición, como cantos rodados en el lecho de los ríos.
     Aunque procedan de la literatura escrita, los fragmentos citados de memoria circulan como si fueran literatura oral: los textos se transforman, tienen variantes, le cuelgan a un autor lo que es de otro o lo dejan perdido en el anonimato. Significativamente, cuando vuelven al mundo de los libros en compilaciones de frases, rara vez aparecen como citas bibliográficas, verificables contra el original; se compilan (y a veces nada más se amontonan) con una simple atribución del supuesto autor. Es decir: reciben un tratamiento parecido al de los materiales folclóricos, que no son verificables, porque van cambiando con el tiempo como un rostro: sin conservar el original.
     Ya no se lee a Jean-Baptiste Say, pero se cita su famosa ley (“La oferta crea su propia demanda”), que nunca escribió, aunque es un buen resumen de su posición al respecto (Thomas Sowell, Say’s Law: An historical analysis). Pocos han leído a Lord Acton, pero muchos citan aquello de “El poder corrompe”, aunque la frase (nunca publicada por el autor, sino escrita en una carta) es: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente” (Lord Acton, Essays on freedom and power, ed. Gertrude Himmelfarb, p. 335). Así también (incluso en compilaciones respetables) hay dos o tres versiones diferentes de la frase de George Santayana “Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”, aunque consta en un libro (Life of reason I, 12). De igual manera que una traducción puede mejorar el original (en Otras inquisiciones, “Sobre el Vahtek de William Beckford”, Borges hace la broma de que “El original es infiel a la traducción”), el texto original de muchas frases célebres puede ser decepcionante, frente a la cita de memoria.
     El interés de los fragmentos citados puede ser tan grande que relegue a la sombra toda la obra de un autor (como sucede con Acton y con Say). O puede reducirla a simple estuche de frases maravillosas. La VIda es sueño de Calderón de la Barca parece resumirse en el momento cumbre de leer o escuchar “que toda la VIda es sueño, y los sueños sueños son”. Orson Welles se burlaba de los que van a ver las obras de Shakespeare para ir reconociendo las frases famosas. Sobre lo cual, Henry C. Bunner había escrito un epigrama: “Shakespeare fue un dramaturgo muy notable que VIvía de escribir cosas citables” (“Shakespeare was a dramatist of note who lived by writing things to quote”; Evan Esar, The dictionary of humorous quotations).
     Ante lo cual, pudo suceder que la ambición literaria tuviese la libertad creadora de ignorar el estuche y ponerse a escribir directamente las joyas, sin esperar a la posteridad. Quizá el primero en hablar de los textos fragmentarios como un rasgo de la modernidad, fue Federico Schlegel: “Varias obras de los antiguos se volvieron fragmentos. Muchos fragmentos modernos lo son de nacimiento.” Este fragmento apareció (sin firma) en el almanaque literario Athenäum (segundo número, 1798) que publicaba con su hermano Augusto, ambos devotos de los estudios clásicos, como todos los románticos alemanes (Friedrich Schlegel, Fragments, traducción de Charles Le Blanc, Corti, 1996, p. 131).
     Los almanaques fueron las primeras publicaciones periódicas. Empezaron en el siglo XII como calendarios con información astronómica de interés para la liturgia. Con la imprenta, se volvieron bestsellers que daban, además, información agrícola y náutica, con breves consejos prácticos. (En esta tradición, se publica en México el Calendario del más antiguo Galván desde 1826.) En el siglo XVIII, todavía como anuarios, se fueron transformando en lo que hoy son las revistas (de donde, a su vez, salieron los periódicos), al añadir material de lectura. La inserción de microtextos se facilitó por un problema gráfico que tienen las revistas. Cada sección y artículo quedan mejor abriendo página, pero nada garantiza que tengan la extensión exacta para terminar cerrando página: al final pueden quedar espacios en blanco que hay que rellenar con VIñetas o textos breves. Para el lector, los rellenos microtextuales (frases, consejos, anécdotas) resultaron muy atractivos. Benjamín Franklin hizo dinero como impresor, editor y autor del Poor Richard’s Almanack (1732-1757) con frases suyas (o recreaciones de frases ajenas) que todavía circulan. (Curiosamente, Georg Christoph Lichtenberg dejó inéditos sus famosos aforismos, a pesar de que dirigía el almanaque de Gotinga, el Göttingisches Taschenkalender, 1776-1798.) El almanaque de los Schlegel (1798-1800) ya era prácticamente una revista literaria, inspirada en las que hicieron Goethe y Schiller: Horen (1795-1797) y Musenalmanack (1796-1800). Publicó cientos de fragmentos anónimos de Federico y Augusto Schlegel, Schleiermacher, Novalis y otros, sobre todo del primero.
     La observación de Schlegel tiene algo de programa para el movimiento romántico, pero la práctica ya existía antes del romanticismo. Pascal se propuso el fragmento intencional no como género, ni como programa, sino como método de trabajo para llegar a una Apología de la religión cristiana, que dejó a medias y se conoce ahora como Pensamientos: “Iré escribiendo aquí mis pensamientos sin orden, en una confusión no quizá sin propósito: tal es el orden verdadero, que señalará mi objetivo en el desorden mismo.” (Oeuvres complètes, La Pléiade, 1969, p. 1102). Pero el modelo decisivo de pensamiento fragmentario para las letras modernas apareció unos años antes (1665) con las Reflexiones o sentencias y máximas morales de La Rochefoucauld, que trabajó la máxima como una joya literaria. Llegó incluso a darse el lujo de introducir (implícitamente) juegos entre el autor y el lector, en el espacio de unas cuantas palabras. Uno de estos juegos (imitado hasta hoy) es hacer creer al lector que va en una dirección, y sorprenderlo al terminar en otra. Por ejemplo: “Todos tenemos fuerza suficiente para soportar los males ajenos.” (Maximes 19). Los salones literarios alimentaron (oralmente) y se alimentaron (literariamente) de este espíritu lúcido y lúdico, desarrollado por los moralistas franceses: La Rochefoucauld, La Bruyère, Vauvenargues, Chamfort, Joubert.
     Sin embargo, los textos intencionalmente fragmentarios no son modernos. Aparecieron en la prehistoria, aunque es común ignorarlo, porque la atención está centrada en los clásicos como origen (los grandes textos leídos a través de los siglos), no en el origen de los clásicos (las brevedades memorables, anónimas, orales, que todavía siguen creándose). La ignorancia de esta realidad (prehistórica y actual) invierte la perspectiva y distorsiona los hechos. Parece que los microtextos son fragmentos desprendidos de los grandes textos, no obras por sí mismas.
     Ernst Robert Curtius (Literatura europea y Edad Media latina) habla de las colecciones de sentencias de autores clásicos que los medievales compilan para memorizar, consultar y citar. En el jardín de los clásicos, un compilador escoge, recorta y pone en un florilegio. De hecho, los análisis de Curtius hacen algo semejante: descubrir un asunto no tematizado, recorrerlo desde los griegos hasta Goethe y compilar las citas que confirman su existencia y evolución. Es un método impresionante, pero implica que los tópicos, rasgos, figuras, motivos, símbolos, metáforas, ejemplos, pasan de unas obras a otras; digamos, como los genes van pasando de unos cuerpos a sus descendientes, sin ser cuerpos por sí mismos. Lo cual ignora la posibilidad de que un ejemplo, anécdota, pensamiento, pudo nacer como algo independiente, que tuvo VIda propia y circuló de boca en boca, antes de ser incorporado en obras griegas, latinas, medievales y europeas, sucesivamente.
     Aristóteles integra a su Ética nicomaquea un pensamiento que tuvo autor, aunque nadie sepa quién fue, y que todavía circula en muchas lenguas, con las transformaciones que son de esperarse (cambio de ave, cambio de estación): “Pues así como una golondrina no hace primavera, ni tampoco un día de sol; de la propia suerte, ni un día, ni un corto tiempo, hacen a nadie bienaventurado y feliz.” (traducción de Antonio Gómez Robledo, UNAM, 1954, p. 13).
     Gracias a esta expropiación, pocas veces explícita, la literatura oral (más expuesta a desaparecer) puede conservarse en la escrita. Lo cual depende, naturalmente, de juicios de valor. La Iliada y la Odisea, compuestas quizá en el siglo VIII a.C., circularon oralmente, antes de que en el siglo VI a.C. (ya canónicas) empezaran a circular por escrito y, en el siglo II a.C., se hicieran las primeras ediciones críticas. Pero, hasta hoy, nadie se ha dignado recoger los chistes que circulan por el planeta, documentarlos científicamente, construir bases de datos y hacer ediciones críticas. No parece un proyecto digno de un doctorado.
     Un proyecto análogo sería recoger todas las canciones de arrullo (letra y música) que cantan todas las tribus del planeta. Pero las lenguas indígenas (que siguen desapareciendo) han llamado menos la atención de los compiladores de textos literarios que de los lingüistas. Las transcripciones de literatura oral no parecen merecer el rigor que han alcanzado las transcripciones de manuscritos, la crítica textual, las interpretaciones. En México, por ejemplo, los grandes trabajos sobre literaturas indígenas han sido filológicos: se han desarrollado a partir de las transcripciones hechas hace siglos. Casi nadie se ocupa de hacer nuevas transcripciones. Ni siquiera los universitarios que hoy pretenden escribir poemas y cuentos en lenguas indígenas.
     La literatura oral no desapareció con la escritura, ni va a desaparecer. Circula despreocupadamente, sin firma ni control. Pasa de unos grupos a otros, de unos países a otros, de unas lenguas a otras. De boca en boca, aunque también por otros medios de difusión (escritos, audiovisuales, electrónicos). Sin hacer diferencia entre las creaciones de hace milenios, de hace semanas o producidas en este momento por el que está hablando (dándose cuenta o no de que tal nunca se ha dicho; o reinventándolo, sin saber que en otro tiempo, en otro país, se dijo lo mismo; o transformándolo para las circunstancias, a sabiendas). A veces, recordando o creyendo recordar el autor, suponiendo o inventando la atribución.
     Según Karl Popper (The world of Parmenides), los presocráticos inventaron la tradición crítica. En vez de repetir el saber tradicional, lo cuestionan y, a su vez, se cuestionan entre sí. Con ellos aparece la novedad histórica de citar, gracias a la cual se conservan fragmentos de obras perdidas, o cuando menos noticias de que existieron. Heráclito: “La mucha ciencia no instruye la mente, pues hubiera instruido a Hesíodo y a Pitágoras, como a Jenófanes y a Hecateo” (según traduce José Gaos). Pero de Hesíodo, afortunadamente, se conservan textos amplios, a diferencia de los demás y del mismo Heráclito, de los cuales sólo quedan fragmentos e interpretaciones en los textos de otros. Las citas, las paráfrasis, los resúmenes, además de incompletos, pueden ser poco representativos, dar preferencia a los aspectos que interesan al autor que cita, no al autor citado. (Por ejemplo, según Curtius, los compiladores medievales de frases de Ovidio escogían aquellas que les parecían edificantes.) Y la memoria no sólo es selectiva, tiende a redondear. ¿Hasta qué punto ciertas frases maravillosas de Heráclito eran tan rotundas? (“Los que duermen son compañeros de trabajo”, “El sol es nuevo cada día”, “Yo me he consultado a mí mismo”, José Gaos, Antología filosófica (presocráticos), Universidad de Nuevo León, sf [c. 1955], pp. 16, 90, 32, 80).
     G. S. Kirk y J.E. Raven (The presocratic philosophers, p. 185) piensan que lo eran: que tenían el formato de “apotegmas orales más que de partes de un tratado discursivo”. Eric A. Havelock (The liberal temper in Greek politics, pp. 125-127) dice lo mismo de los fragmentos de Demócrito: “La frase redonda empezó su carrera en los tiempos de la comunicación oral, cuando la doctrina dependía de la memoria y se transmitía de boca en boca. Demócrito mismo era ya un escritor, pero en una época de más oyentes que lectores. No sorprende que comprimiera sus ideas en formulaciones sentenciosas. Las colecciones de sentencias, selladas con la marca de pensadores individuales, fueron características de la primera etapa de la prosa griega. Las antologías de sentencias, que se compilaron sistemáticamente en la era helenística y pesaron tanto en los escritos y el pensamiento de la Antigüedad tardía y la Edad Media, tenían como propósito la memorización oral, ya en una época de libros y lectura.”
     El fragmento como obra no es un rasgo de la modernidad, sino de la prehistoria. Los primeros ensayos mínimos no fueron los apuntes románticos, “fragmentarios de nacimiento”, ni las máximas de La Rochefoucauld, ni siquiera los aforismos de Heráclito y Demócrito: fueron los refranes, anteriores a la escritura. Cuando aparece la escritura, no desaparece la creación de microtextos memorables. Continúa doblemente: de manera tradicional y ahora también por escrito, gracias a un escritor muy crítico y original: Heráclito. Según Havelock (The literate revolution in Greece and its cultural consequences, pp. 240-247), los autores de poemas filosóficos (Parménides, Jenófanes, Empédocles) critican el saber de Homero y Hesíodo, pero todavía escriben en hexámetros, como ellos. En cambio, Heráclito escribe en prosa, se aleja del hexámetro y del recitado con acompañamiento musical, acude a la frase sentenciosa del refrán tradicional y la transforma, con evidente voluntad de estilo.
     En el río de la tradición, muchas cosas van rodando revueltas: los microtextos orales de hace milenios y de hoy; los microtextos escritos: originales, recreados o transcritos, de autor conocido, desconocido o falsamente atribuido; las ruinas de textos largos (o no), de los cuales no quedan más que fragmentos, citas o referencias de otros; las compilaciones de frases escogidas; los aforismos profesionales (hipocráticos, legales, políticos y hasta de ingeniería de sistemas); las joyas literarias (de La Rochefoucauld a Cioran), la prosa fragmentaria moderna. El vaivén entre lo escuchado y lo leído, lo propio y lo citado, lo anónimo y lo autoral, lo viejo y lo nuevo, lo que fue originalmente breve o largo, hacen difícil la reconstrucción filológica, vuelven todo confuso.
     Una pérdida importante en este río revuelto es la perspectiva histórica y genealógica. Así como en los estudios folclóricos (por necesidad) imperan los criterios ahistóricos (es más fácil hacer distingos regionales o clasificaciones temáticas), en las citas y aforismos (ya no se diga en los refranes) las atribuciones autorales, y por lo tanto las cronologías, resultan falsas o dudosas con facilidad. Paul F. Boller, Jr. y John George identifican más de 200 citas apócrifas en They never said it: A book of fake quotes, misquotes and misleading attributions. Robert K. Merton dedicó años y un libro completo (On the shoulders of giants) a estudiar una sola frase de Newton, que se volvió famosa: “Si vi más lejos, fue por estar en los hombros de gigantes”. Resultó que no era de Isaac Newton (1643-1727), ni George Herbert (1593-1633), ni Robert Burton (1577-1640), ni Diego de Estella (1524-1578), sino de Bernardo de Chartres (siglo XII), según cuenta su discípulo Juan de Salisbury en el año de 1159 (Metalogicum III, 4). Hallazgo útil para confirmar que la idea de progreso ya existía en la Edad Media.
     A partir de fragmentos que parecen nada, los paleontólogos reconstruyen la posible evolución de las especies. A partir de la distribución geográfica de las lenguas y los genes de las poblaciones respectivas, Luigi Luca Cavalli-Sforza (Genes, peoples, and languages) ha establecido grandes genealogías de la migración de los pueblos y la evolución de las lenguas. A su vez, los epidemiólogos, a partir de bases de datos que descienden al nivel concreto de cada persona infectada, llegan a reconstruir la genealogía de una epidemia. No es imposible aplicar métodos semejantes a la genealogía de toda clase de refranes, citas y aforismos. La creación que hoy parece anónima, o se atribuye mal, iría adquiriendo así un rostro personal, un contexto histórico y una perspectiva comparada y evolutiva. ~