Nemesio Guilló: Un relato de la frontera

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1.
     The Pride of Havana (Oxford University Press, 1999), de Roberto González Echevarría ofrece una impresionante colección de ideas en torno a ciertas zonas de la cultura latinoamericana.
     Imagine el lector una historia del pasatiempo en Cuba escrita por un distinguido catedrático de literatura comparada de la Universidad de Yale, nativo de la isla y quien, a sus horas, ha sido catcher semiprofesional de beisbol. Tendrá apenas una idea vaga de lo que este maravilloso libro entraña.
     El autor es también el compilador de una Historia de la literatura latinoamericana, publicada en 1996 por la Universidad de Cambridge, así como de la Antología Oxford del relato latinoamericano (1997) y de un singular libro de ensayos: Mito y archivo: Una teoría de la narrativa latinoamericana que tradujo y publicó el Fondo de Cultura Económica en 2000. Si traigo a cuento este parcial currículum es para dejar sentado el extraordinario promedio de bateo intelectual de González Echevarría.
     Al abordar el dichoso tema del “imperialismo cultural”, González Echevarría escribe:

Si bien es una isla, Cuba es en realidad una frontera. En tiempos coloniales fue la primera frontera entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Más tarde, estuvo en la línea de batalla entre el imperio español y las demás potencias europeas. A partir del siglo diecinueve, y más intensamente, durante los últimos cuarenta años, ha sido puente o muro entre ella misma y los Estados Unidos. Los cruces en ambas direcciones siempre han entrañado una transformación: a veces para remarcar las semejanzas; a veces para borrarlas. Más a menudo, para enmascararlas. Si bien este rejuego de transformaciones, alimentado por poderosos sentimientos de atracción o repulsión, ha hallado escenario en la política, la literatura y las artes en general, su más visible y elocuente manifestación se encuentra en la cultura popular y en los deportes, particularmente en el beisbol y la música.

Por ello, para González Echevarría, su libro es “una historia parcial de una frontera, un recuento de transformaciones ocurridas en esa frontera.”
     La tesis primordial de este singular libro resultará escandalosa a mucha gente: “La cultura estadounidense es uno de los componentes fundamentales de la cultura cubana, aun cuando históricamente haya habido intentos, concertados y dolorosos, de combatir y negar este hecho.”
     El profesor añade: “El beisbol es la más clara indicación de ello, pero no la única. Se trata de un proceso en el cual el antagonista es absorbido en lugar de rechazado, lo cual pone de manifiesto que en cualquier relación entre culturas, incluso el rechazo es mutuamente influyente, desde que las culturas son conjuntos dinámicos.”
     Aunque todavía hoy muchos en la cuenca del Caribe dan por sentado que el beisbol llegó a nuestros países como resultado de las innumerables intervenciones militares gringas en la región, a comienzos del siglo XX, el hecho probado es que no fue un marine quien llevó el beisbol a Cuba.
     Nemesio Guilló se llamó el hombre de quien se asegura que llevó a la isla el primer bate y la primera pelota de beisbol. El hecho ocurrió en 1864, cuando la Guerra de Secesión estadounidense no había terminado aún y los cubanos todavía eran súbitos de la Corona Española.
     Nemesio fue uno de los tres “niños bitongos” —”sifrinos” les diríamos nosotros— que, en 1858, fueron enviados por sus padres a estudiar en una universidad (Springville College) en Mobile, Alabama. Ernesto, el hermano de Nemesio, formaba parte del trío.
     Según González Echevarría, para 1868, “the Guilló brothers” y un número considerable de contemporáneos suyos habían fundado ya un equipo de pelota —el Habana Base Ball Club—, que presuntamente derrotó en juego amistoso a la tripulación de una goleta mercante estadounidense fondeada en el puerto de Matanzas para reparaciones.
     El equipo de los hermanos Guilló no tuvo tiempo de festejar la hazaña: se vieron todos obligados a pasar a la clandestinidad, pues aquel mismo año estalló la primera y frustrada guerra de independencia cubana —llamada “de los Diez Años”, o “guerra chiquita”— y las autoridades españolas prohibieron la práctica del juego. ¿Porqué lo prohibieron?
     Al parecer, la juventud independentista cubana favorecía militantemente el beisbol por sobre las corridas de toros: en la corridas había que rendir algún tipo de formal pleitesía colectiva a las autoridades de la Corona.
     Poniendo a salvo cuán entretenido y excitante pueda resultar un partido de pelota, fue muy fácil para los independentistas cubanos de aquella época atribuirle al beisbol un valor simbólico asociado a ideas de libertad e igualitarismo.
     Ante las atrocidades españolas cometidas para sofocar la “guerra de Céspedes”, muchas familias cubanas emigraron a la vecina República Dominicana. “Los jóvenes dominicanos emularon a los cubanos —escribe Rob Buck en Trópico de beisbol— y, junto con compatriotas que habían estudiado en ee.uu., organizaron toda una red de equipos y torneos que estaba ya firmemente establecida en Santo Domingo muchísimo antes de que, en 1916, llegasen los ‘u.s. Marines’ a ocupar la isla durante ocho años.”
     Como muchos venezolanos, crecí en la creencia de que el beisbol vino a nuestro país junto con los primeros petroleros gringos. Hoy sabemos, gracias a acuciosos investigadores como mi amigo Javier González, entre otros, que fueron los vástagos de familias acomodadas caraqueñas quienes importaron el juego en la última década del siglo XIX, siguiendo los pasos de Nemesio Guilló.
     Es difícil afirmar, sin exponerse al ridículo que, a fines de nuestro siglo XIX hubiese en Venezuela alguna tradición deportiva. Teníamos toros coleados, riñas de gallos, paludismo y guerras civiles. La literatura costumbrista de la época así lo atestigua. Lo cierto es que aquí, como en el resto del Caribe, los precursores pertenecieron a las hoy llamadas “elites”. El pueblo soberano aprendió a jugar beisbol mirando (de lejos) a los ricos jugarlo.
     En algún momento del siglo xx comenzó una especie de “polinización cruzada” entre las ligas profesionales del Caribe y México, de una parte, y las “Ligas Negras” estadounidenses, de la otra.
     Si el auge y decadencia del beisbol profesional negro en Estados Unidos ofrece una ventana hacia importantes temas de la historia de quienes la corrección política llama “afroamericanos”, la polinización cruzada entre aquellas ligas y las de Cuba, Santo Domingo, México y Venezuela provee también un punto de mira sobre nuestra propia historia cultural.
     Considérese que antes de que, en 1947, Jackie Robinson rompiese la barrera racial en las grandes ligas, muchos estadounidenses, blancos y negros, ya jugaban codo a codo en las racialmente “integradas” ligas mexicana, cubana o venezolana.

2.
     Y ahora hablemos de estrategia, de las “jugadas sorpresa” , de la malicia caraterística del beisbol tal como se jugaba en las ligas negras del norte y que fue rápidamente absorbida por jugadores cubanos y dominicanos que fueron a EE.UU. a jugar en aquellas ligas.
     El ethos juguetón de las ligas negras que lleva a jugar beisbol al borde mismo de las reglas, una vez que llegó a Cuba, Santo Domingo o Venezuela, se transmutó, con añadidos locales, en lo que llamamos “pelota caribe.”
     “Esconder la bola” quizá sea una de las “suertes” —tomo prestada esa voz de germanía taurina— más difíciles de ejecutar que haya en el desconcertante repertorio de la pelota caribe. Durante su carrera grandeliga, nuestro compatriota Oswaldo Guillén llegó a poner out a sendos oponentes “en base”, oígase bien, ¡dos veces en dos encuentros seguidos!, ejecutando magistralmente el truco de esconder la bola.
     Como manager, su controversial concepción de la estrategia, llamada small ball por los gringos, y que ayudó a los improbables Medias Blancas de Chicago a barrer en la Serie Mundial de 2005 es, a mi modo de ver, simplemente la quintaesencia de la pelota caribe, que evolucionó entre nosotros a partir de las hoy desaparecidas ligas negras de EE.UU.
     Los nombres y apellidos de cualquier alineación regular del beisbol profesional estadounidense ofrecen una idea del lugar que este “relato de la frontera”, que ya dura mucho más de un siglo, ocupa en la historia cultural de ee. uu. y sus vecinos.
     “Cualesquiera que sean las razones —escribe el experto estadounidense Milton Jamail en su libro Full Count—, la oferta de talento nativo para jugar al beisbol en Estados Unidos claramente se está reduciendo, y esto ha hecho necesario buscar jugadores en otras partes.” Y añade: “Las estadísticas que ofrece la misma industria del beisbol estadounidense indican que casi el 35% de los jugadores profesionales a todos los niveles, desde novatos hasta grandes ligas, nacieron fuera de los EE.UU. (Las cifras incluyen a Puerto Rico.) El beisbol, claramente, ha dejado de ser un deporte estadounidense.”
     Creo que Milton tiene razón: el beisbol es, hoy por hoy, un deporte internacional cuyo más alto nivel de juego se encuentra en EE.UU. y en el que descuellan los latinoamericanos.
     Está bien que Cuba participe en el anunciado Clásico Mundial de Beisbol, aunque sólo sea para hacer justicia a Nemesio Guilló, quien al cruzar y recruzar la frontera en 1864 dio origen al beisbol latinoamericano. –

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