Vin y Pau

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Marchaban a estos Campos Elíseos, cargando sus avíos. A Pau, quien se consideraba de los dos el más hecho —por lo menos él vendía—, le molestaba el desarreglo de Vin, cuyo estuche atiborrado de tubos de óleo siempre cerraba mal. Y qué óleos: amarillo cromo 1, amarillo cromo 2, amarillo cromo 3, amarillo cromo 4. Vin pintaba horas bajo la solana, y remataba de noche escapándose del burdel con su sombrerito orlado de velas de sebo que encendía para seguir empastando óleos amarillos bajo las estrellas. Siguiendo al dedillo la lección de los viejos impresionistas, había desterrado de su pintura toda tiniebla, y se había cargado de paso a la sombra. En cambio, Pau se refugiaba bajo los fresnos prefiriendo los matices congruentes de la solombra. Meditaba, contemplaba, su ejecución era mucho más lenta. ¿Qué hago yo aquí con éste?, frotaba las cerdas del pincel mientras veía al otro bosquejar la terracería de los Campos Elíseos, Alyscamps en provenzal, a cuyos costados se tienden hileras de sarcófagos romanos echados al sol.
     En la fantasía de Vin, se trataba de fundar en Arles una cofradía de pintores que trabajarían y avanzarían juntos, ayudándose entre sí en un taller colectivo. A Pau eso le sonaba más bien a socialismo, y la idea, no porque sí y nada más, le producía desprecio, pues le constaban los torcidos rumbos a que llevaban semejantes ilusiones. Era nieto de una célebre dama anarquista que distribuyó su fortuna entre los pobres. Eso sí, cuando la abuela murió, muchas delegaciones siguieron su féretro. La fortuna familiar se repartió a un lado y otro del camino, como estos sarcófagos de mármol, sin tapas, partidos en la necrópolis de los Alyscamps. Pau prefería la soberanía individual a los sueños de igualdad. ¿Qué podía saber un alma elemental, como la de Vin, de socialismo? Vale más cuidar las finanzas, porque con esto de ir a mitades en los gastos, con el desorden que se trae, y con su incapacidad para vender un cuadro, cuidado.
     ¿Socialismo o caridad? Concentrándose en la tragedia de Vin, Pau restaurará una anécdota. Ahí lo tienes a Vin, de un solo trazo. Era una tarde de nevada, antes de Arles, cuando rondaba en París con ese aspecto suyo de campesino o de mendigo. Va por la calle cargando un cuadro, un bodegón, algo que representa comida, unos camarones rosados, y entra a un bazar de tiliches para ofrecerlo en venta. El comerciante se hace mucho del rogar, pero acaba cambiándoselo, siempre con el argumento de ayudarlo, por una moneda de cinco francos. Tenga. Vin la toma al vuelo y corre apurado de vuelta a casa. Pero al pasar por la estación de tren una figura se le atraviesa.

Es una mujer menesterosa que le alarga la mano. ¿Qué hacer? Deposita en esa mano sus cinco francos, y huye rápidamente de la escena con el estómago vacío. ¿Socialismo o caridad? Si no fuera por el hermano que le transfiere mensualmente, que nos transfiere, mensualmente, por ahora, una cantidad, más mis ventas, y Vin que se lo gasta en tonterías. ¿Cuándo empataremos, Vin, cuándo nos conciliaremos? No antes de cien años. Calculando, calculando, en esa época todos los artistas vivos vivirán fraternalmente en el panteón.
     Vivirán en comunas como la que sueñas. Llevarán nombres impronunciables, Archipenko, Zadkine, Lipschitz, Kikoïne, Krémègne, Volovitz, Soutine, Mané-Katz, Diegorrivera, los habrá de todos los países, incluso un holandés solitario, de seguro tan rarito y utopista como tú, vivirán enterrados bajo los ideales del internacionalismo y el pacifismo en falansterios, como quieren los fourieristas, o en los mismos edificios de departamentos en la ciudad, compartiendo talleres, chicas y modelos, dedicados sempiternamente al trabajo de aportar felicidad humana bajo el principio de la ayuda mutua, en sus propios Campos Elíseos, su morada final de los virtuosos.
     Antes de que todo termine como siempre a gritos y navajazos, cuando yo me haya ido, tu sueño socialista habrá terminado. No vendrá jamás otro a pintar contigo, Vin, y desde tu rincón, el rincón más alejado del burdel, verás el tamaño de tu soledad. Harás esos cuadros de cafés y restaurantes nocturnos semivacíos, terrazas alumbradas a un costado de la plaza desde la perspectiva del que no participa, y esa habitación tuya con tu cama y tu sillita que remachan tu aislamiento y el fracaso de tus fantasías. Mala idea. Pero un día, tu óleo de los camarones rosados aparecerá en subasta. Por el bodegón de cinco francos, alguien pagará cuatrocientos cincuenta. No viviremos para contarlo, por eso yo lo cuento desde ahora, Vin. Muy bien vendido. En ese entonces nuestras tumbas quedarán abiertas al lado del camino, en las filas de la enorme necrópolis, saqueadas, y tú habrás aprendido esta lección. Entretanto, pinta, pinta los Campos Elíseos provenzales, a estas mujeres de vestidos ampones y pañoleta en la cabeza que bajan de la iglesia. Te encantan, Vin. A mí me parecen ordinarias como el vino del Ródano, como las salchichas con papas en la terraza del café, como tus pilas de heno, como esa casa amarilla en donde has alquilado el estudio para la comunidad de los artistas, de la que justo vas a nombrarme director el día en que yo te diga definitivamente no. ~

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