¡Viva Chile, mierda!

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La cápsula Fénix 2 sacaba de las profundidades al último minero. En el paisaje desértico, con la nasa ayudando y mientras se transmitía el suceso a medio mundo, se diría que el primer astronauta chileno acababa de alunizar. “¡Viva Chile, mierda!”, gritó el presidente Piñera. Millones de telespectadores quedaron perplejos, supongo. ¿Mierda? Solo conozco un grito nacional con más doble filo: el comentado por Octavio Paz en El laberinto de la soledad: “¡Viva México, hijos de la chingada!” Viva Chile, gritamos nosotros, a pesar de la miseria que nos frecuenta. Proclamamos nuestro orgullo, junto con nuestra insatisfacción.

Últimamente los chilenos en el extranjero escuchamos demasiado, y con cierto embarazo, esta pregunta: ¿cómo ha hecho ese país pequeño, pobre y lejano, para destacar en su región? Me gusta esta respuesta: recordando lo que nos falta al celebrar lo que hemos logrado. Recordando que Chile, ese largo sable que cuelga al costado de América del Sur, tiene mucho doble filo.

Codelco, la mayor cuprífera del mundo, coordinó el rescate. Sus operarios son llamados la “aristocracia obrera” por sus salarios y privilegios (desmedidos). Mientras, en la otra punta del país y de la sociedad chilena, 34 mapuches, condenados por delitos violentos, ayunaban al borde de la muerte. Crecen las diferencias entre “chilenos de exportación” y otros que a duras penas salen de la colonia. Una mayoría está mejor. Pero en los márgenes hierven los rencores. Un incipiente separatismo indígena (con ramificaciones violentas, algunas animadas por ong cercanas a eta) desafía a un país que rehúsa llamarse mestizo.

En las últimas dos décadas Chile ha crecido alrededor de un 5% anual, en promedio. Excelente marca, con doble filo. Crecimiento no es lo mismo que desarrollo. Cuando el gobierno promete unirnos al primer mundo en 2018, parece olvidarlo. No se sabe de ningún país que haya emergido del subdesarrollo solo exportando minerales y productos agroindustriales. Para producir bienes y servicios más sofisticados necesitaríamos mejor educación. Y sí, la educación preocupa al país pero, según las encuestas, ser profesor carece de todo prestigio social. Desprecio coherente con una veneración del éxito material donde la cultura tiene, por decirlo suavemente, una importancia decorativa. La inversión en cultura es de apenas un 0.4% del gasto público total.

El día del rescate recibí mensajes y llamadas de amigos extranjeros felicitándome. Como si yo también hubiera tirado de la polea que izaba la Fénix 2. (¿Y qué pasó con la número 1?) Tanto reconocimiento inmerecido me hizo recordar esa frase de Jacques Vaché, que Cortázar pone como epígrafe de Rayuela: “Rien ne vous tue un homme comme d’être obligé de représenter un pays.” Libremente: Nada gasta tanto a un hombre como ser obligado a representar un país.

El brillante rescate de los mineros no representa a todos los “filos” de Chile. Ya salvadas las víctimas, con más calma, reconoceremos que fue menos una gesta colectiva, que un gesto revelador. Ingeniería compleja y meritoria que sugiere voluntad, solidaridad y eficiencia. Pero que no entraña una épica de la sociedad chilena. La solidaridad ha sido notable, pero también lo ha sido otro doble filo: el sentido de oportunidad.

Debiera considerarse lógico que una potencia minera mundial, capaz de extraer riqueza de profundidades recónditas, carbón de vetas submarinas y oro hasta de abajo de los glaciares, sea capaz de sacar a unos cuantos hombres de su enterramiento. Lo contrario debería ser la novedad. Pero el negocio mediático global prefiere noticias en capítulos, folletines que garantizan más avisaje. Y el presidente Piñera, con su reconocido olfato para comprar gangas (palabra minera, por lo demás), no iba a perderse esa oportunidad. Por los 15 millones de dólares que costó el rescate tuvimos, además, una campaña mundial de “Imagen País” que solo algunos emiratos podrían pagar. Eficiencia que no cabe culpar. Y que, al revés, sugiere la habilidad para hacer buenos negocios desarrollada por una parte significativa de la sociedad chilena (bien por ella).

El último minero en salir, el jefe de turno durante el accidente, se paró frente a Piñera y le dijo, secamente: “Le entrego el turno, presidente.” Frase con un retintín militar, reveladora de esa verticalidad excesiva que lastra la organización del trabajo en Chile. Pero también palabras llenas de sentido. Para mineros viejos, como Luis Urzúa, Chile ha cumplido. Puede gritar “Viva Chile, mierda”, con todo derecho. Comparado con la prehistoria de los pirquineros, cuando él empezó, este rescate es de ciencia ficción. Ahora es el turno de los jóvenes. ¿Podrá Chile sacarlos de la cueva de su escasa educación? La cápsula Fénix 2 es un juguete, comparado con la astronave “Fénix 2018” que debería rescatar, por esas fechas, a los millones que sueñan con la economía de la información pero apenas conocen una economía de extracción.

Tras oír al viejo minero, Piñera selló el pozo con una pesada tapa de hierro. Doble filo, asimismo, en el clímax de este drama. Para salir del agujero que aún debemos trepar, lo primero es no taparlo. Su abismo abierto debe recordarnos cuánto nos falta por superar. No vayamos a creer que hemos salido cuando apenas vamos subiendo.

En Chile al engreído le dicen que “se cree la muerte”. Sabiduría popular: se puede morir de éxito. En la Encuesta Nacional Bicentenario, publicada hace poco, inquietaba el aumento de un patriotismo narcisista. Muchos se consideran no solo diferentes sino mejores que nuestros vecinos. En nuestras naciones sabemos demasiado cómo el orgullo provinciano degenera en nacionalismo involutivo.

El brillante rescate de los mineros ha incrementado ese nacionalismo pueril. Autoindulgencia cursi que ha justificado tantos populismos y caudillos en Latinoamérica. Lo peor de ese patriotismo, intelectualmente indigente, es que ni siquiera equivale a una conciencia nacional. Ese nacionalismo de bandera y lagrimón sirve para alardear, pero no para defender lo que ignoramos poseer. Por ejemplo, nuestra lengua. Millones de telespectadores en nuestro idioma –además de asombrarse por esa “mierda” en nuestro grito nacional– habrán percibido la sorprendente escasez del vocabulario chileno. Pobreza que cala de arriba abajo, de presidente a pirquinero. Lo habrán atribuido, generosamente, a nuestra proverbial parquedad, o al nudo en la garganta de esos momentos. Me temo que el nudo es más permanente, casi gordiano. De las 88,000 palabras (lemas o entradas) que contiene el diccionario, el chileno medio conoce menos de un 1%. Y apenas utiliza una fracción de ellas. El 90% de los chilenos con educación superior terminada no comprende totalmente un texto sencillo (estudio internacional sials). Esta carencia, generalizada, constituye el estrato de roca dura que se interpone entre nuestras esperanzas y ese desarrollo “a la vuelta de la esquina” que prometen nuestros líderes. Afectados ellos, a su vez, por una amnesia histórica seria. Una barrera parecida, de incomunicación entre las élites y el pueblo, fue responsable, en gran medida, de que los proyectos liberales ilustrados de hace un siglo fracasaran, desde México a Argentina y Chile. El proyecto liberal chileno está chocando con esa roca y ni siquiera nuestras grandes mineras y sus ingenieros de élite disponen de la perforadora gigante necesaria para atravesarla.

Arriesgado recordar esos otros “filos” de mi país entre tanta euforia patriótica. No solo en Chile: también es arriesgado hacerlo en el extranjero, donde algunos amigos acarician tanto a este “niño prodigio latinoamericano” que tildan de aguafiestas al que matiza sus virtudes. Varias veces he soportado esta condescendiente objeción: “Para qué subrayar los defectos chilenos si, para ser latinoamericanos, ustedes no están mal.” Ese tipo de solidaridad primermundista es casi peor que la otra, la usual: “Nosotros no quisiéramos tener un Fidel o un Chávez pero, dada la pobreza e injusticia de ustedes…” No, señor, Chile y Latinoamérica quieren y pueden aspirar a algo más que no ser peores. Y de hecho, lo hacemos todos los días.

En el último capítulo del culebrón, cuatro días después del rescate, la prensa mundial, que aún acechaba por allí, acudió a una misa de agradecimiento. Se encontraron con una sorpresa. Un piquete de mineros que protestaban: “¡No somos 33, somos 300!”, refiriéndose al resto del personal, que quedó desempleado con el hundimiento de la mina. Tanto periodista “acreditado” y casi no los habían visto.

No son 33, ni tampoco 300. Son dos millones y medio, más o menos, los que aun viven en la miseria en Chile. Y muchos más los que crecen en una pobreza menos urgente pero más difícil, porque será más larga: la de nuestra ignorancia.

El nacionalismo es otro filo de la ignorancia. No es el laurel de nuestros logros, sino el opio que nos conforma con nuestras carencias. Los países retroceden cuando creen haber llegado. La mejor virtud chilena fue su inseguridad de país pobre, que lo empujaba a superarse a sí mismo, antes que a otros. Ojalá que Chile no pierda ese filo. ~