Desde su título hay equívocos. En primer lugar, tal vez porque los instrumentos de edición actuales ponen trampas a editores y correctores, se les fue en la propia portada un error garrafal: escribir “Nuttal” como apellido de la biografiada, cuando debe ser Nuttall.
En segundo lugar, Quetzalcóatl tiene poca presencia en la obra, por lo que citar al dios o a su sombra en el título es poco imaginativo, como también la estructura de la obra, que repite un modelo consabido para este tipo de libros ligeros de tema académico-biográfico: destacar al inicio un momento emblemático, en este caso, el intento de Nuttall de excavar en la isla de Sacrificios (donde había un mural que representaba a Quetzalcóatl), que la confrontó con el villano del libro, el mexicano Leopoldo Batres; en seguida, emprender la biografía, estofada con descripciones de los lugares que figuran (a principios del siglo XX, San Francisco, Chicago, México), amigos y soportes institucionales, algo sobre autores y teorías antropológicas o arqueológicas, y su vida familiar.
Pero lo que es problemático, y acusa desde la portada el sesgo de la obra, es aquello de la búsqueda de las antiguas civilizaciones de México. Ya estaban encontradas: Zelia Nuttall se unió a varios otros antropólogos y arqueólogos para estudiar y dar a conocer artefactos y manuscritos, y sus contribuciones fueron sustanciales. Pero la búsqueda que brota en el título y surcó la vida de Zelia Nuttall era otra: la de objetos, códices y manuscritos que Nuttall, junto con varios otros extranjeros y mexicanos, cazaba con diversos marchantes y en pueblos, excavaciones, bibliotecas y archivos, para llevárselos, casi siempre de manera oculta e ilegal, a vestir las colecciones en los Estados Unidos. Las instituciones las compraban o tenían arreglos con los proveedores.
La lógica que justificaría estas expoliaciones recorre el pensamiento académico estadounidense de forma continua desde la segunda mitad del siglo XIX hasta hoy día. Los esfuerzos mexicanos por organizar y defender su patrimonio eran, en esta visión, incipientes, corruptos y grotescos. Era “casi un deber” llevarse todo lo que se pudiera. Escribió en una carta, desde Yucatán, Alfred Tozzer, profesor de Harvard:
No me interesa este negocio de contrabando, pero si los mexicanos van a hacer leyes estúpidas (para prevenir que los artefactos salgan del país) e intentar detener el crecimiento de la arqueología en el Norte, entonces no quedará otra que romperlas. Es casi un deber tomar todo lo que se pueda del país, pues cualquier cosa que permanezca va a perderse, o bien, a destruirse, y por lo tanto se perderá para la ciencia. (Carta a su familia, 1904.)
El libro de Grindle relata varios de los grandes despojos. La palabra que más utilizaban Nuttall y sus colegas para describir su modo de operar era la “discreción”. Edward Thompson, arqueólogo aficionado, llegó a Yucatán en 1885 y compró nada menos que las ruinas de Chichén Itzá. Los anticuarios estadounidenses y el Museo Colombino Field de Chicago lo financiaron y un senador de Massachusetts hizo que lo nombraran cónsul. Escribió Tozzer a su familia respecto de Thompson: “no se concentra en un solo lugar, sino que revolotea: hace un hoyo aquí, otro allá”. En 1904 Thompson comenzó a dragar el cenote sagrado de Chichen Itzá “y desenterró un extraordinario cúmulo de artefactos de oro, jade, cobre y madera, muchos de los cuales envió al Museo Peabody”. Tozzer lo ayudó a proceder con secreto y discreción.
Alrededor de la década de 1880, la poderosa y rica nación en nuestra frontera norte –con los recién adquiridos territorios fronterizos sumándose a la ya veterana solidez de las instituciones de la costa atlántica– ampliaba las universidades prestigiosas, fundaba museos, jardines botánicos, bibliotecas, y organizaba magnas exposiciones para exhibir las culturas primitivas del mundo, que contrastaban con la alta civilización de los Estados Unidos y Europa. Eran otros tiempos. Aún era común medir cráneos y otros indicadores de “degeneración física”, así como llevar a nativos a las grandes ferias mundiales para que el público los observara en directo. Las personalidades que más apoyaron a Zelia Nuttall, que no contaba con título académico ni con filiación institucional, fueron Frederic Ward Putnam, director del Museo Peabody de Arqueología y Etnología de Harvard (fundado en 1866), Phoebe Hearst, heredera de la fortuna de su marido, promotora junto con Nuttall del recién creado Departamento y Museo de Antropología de la Universidad de California en Berkeley (1901) y el ilustre Franz Boas, fundador del Departamento de Antropología de la Universidad de Columbia en Nueva York.
Zelia Nuttall, estadounidense de abuela mexicana y padre irlandés, de la buena sociedad de San Francisco, compensaba su aislamiento institucional con una voluntad a toda prueba. Con una fortuna personal siempre en descenso, divorciada con una hija, logró enviar importantes artefactos a los museos. Trataba de vendérselos para financiar su vida y posteriores “hallazgos”. Con sus amistades americanas promovía la consolidación institucional y la aplicación de métodos científicos para la clasificación de los objetos museísticos, y realizó estudios considerables. Los eminentes historiadores expertos en los códices mixtecos Maarten Jansen y Aurora Pérez la consideran una pionera de la arqueo-astronomía: comparó glifos en varios códices y concluyó que un rostro atravesado por dos varas en cruz tenía un significado astronómico; el antropólogo mexicano Alfonso Caso llamó al glifo en cuestión “observatorio”. Esta visión “astralística” quedó superada por la visión histórica y toponímica de Caso, pero queda la huella aun en la importante obra de Mary Elizabeth Smith, Picture writing from Ancient Southern Mexico (1973). El mayor proyecto de investigación de Nuttall fue su estudio del Calendario Azteca, pero no logró concluirlo y poco quedó de él. Sin embargo, su nombre permaneció asociado al códice Zouche-Nuttall, o códice Nuttall: un códice mixteco en forma de biombo, que entre otros temas relata la vida y genealogía de 8 Venado y proviene probablemente de Tilantongo y Teozacoalco. Llevado a Florencia por monjes dominicos, fue adquirido por un inglés que lo vendió a Robert Curzon, barón de Zouche. Terminó en el Museo Británico. En 1890 Zelia Nuttall supo de él y obtuvo del Museo Peabody su edición facsimilar, una serie de pinturas realizadas por un autor anónimo. Frederic Putnam añadió Nuttall al nombre del códice. Zelia escribió para la edición, de 1902, una introducción en la que sostenía que era mexica, un regalo de Hernán Cortés al emperador Carlos V. Alfonso Caso fue quien identificó que provenía de la Mixteca Alta.
Nuttall fue dueña –la única vivienda que poseyó– de la Casa Alvarado, en la avenida Francisco Sosa de Coyoacán, que será casi un siglo después la última morada del poeta Octavio Paz. Ahí recibía a estudiosos y artistas extranjeros. D. H. Lawrence, en la novela La serpiente emplumada (1926), dejó una descripción divertida y algo burlona de la mansión y el personaje, episodio del cual Guillermo Sheridan escribió una crónica igualmente divertida (“Casa vieja con veredas”, Letras Libres, 31 de marzo de 2009).
¿Cómo queda en esta biografía la otra parte: los mexicanos? La investigación de Grindle decae cuando se trata de México: se basa en muy pocas obras de segunda mano, escritas por estadounidenses, para repetir, vagamente, lo previsible: la dictadura de Porfirio Díaz reprimía con brutalidad; las clases adineradas, racistas, avergonzadas de su población miserable e inferior, se hacían las europeas y promovían la arqueología y su Museo Nacional para justificarse, siempre con un énfasis centralista y nacionalista. Y se ceba con el enemigo personal de Nuttall, Leopoldo Batres, quien fungía como director de la Inspección y Conservación de Monumentos Arqueológicos de la República Mexicana, institución creada en 1885. Nuttall y Grindle adoptan la leyenda negra sobre él: sin ninguna formación académica, simple marchante de antigüedades, corrupto, dinamitero de Teotihuacán –esta última, acusación infundada–: “profundamente leal al dictador, era un experto en la política clandestina, facciosa y burocrática del porfiriato”, escribe Grindle.
El Museo Nacional de México fue creado en 1825 por el presidente Guadalupe Victoria; incorporó la colección de antigüedades que dejó Maximiliano al sabio Manuel Orozco y Berra antes de irse a Querétaro. En 1887, Porfirio Díaz inauguró la Galería de Monolitos en el Museo Nacional. México contaba con Jardín Botánico, Biblioteca Nacional, Observatorio Nacional, la Academia Nacional de Artes y Ciencias, la Sociedad de Historia Natural, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Y los mexicanos no se “hacían los europeos”: la ciencia mexicana mantenía comunicación con la europea y la de la costa este de Estados Unidos de diversas maneras, y no solamente desde la Ciudad de México: la gente de ciencia de San Luis Potosí, Aguascalientes o Oaxaca tenía por su parte correspondencia con esas instituciones. Joaquín García Icazbalceta y José Fernando Ramírez encabezan la lista de historiadores dedicados a rescatar y publicar las principales obras de la historia mexicana en México y el mundo. Francisco del Paso y Troncoso pasó muchos años en Europa reuniendo valiosos documentos. El propio Leopoldo Batres se formó como arqueólogo en Francia; explica el historiador Jean Meyer que el afrancesamiento de la cultura mexicana de la época puede atribuirse a la influencia de las misiones arqueológicas francesas de la época de Napoleón III (1862-1867), en particular la Comisión Científica Francesa. Con un equipo y presupuesto limitado y un número de sitios arqueológicos descubiertos siempre en aumento, Batres debía controlar a estos prehispanistas extranjeros, que excavaban y exportaban sin permiso. Claro que había choques, Batres por ejemplo prohibió a Thompson exportar más piezas yucatecas; también quiso impedir que Alfred Maudslay explorara en Monte Albán, en represalia porque había robado piezas y dañado dinteles de Yaxchilán “al rebajarlos para reducir su peso antes de enviarlos al Museo Británico”. Zelia Nuttall se esforzó por desprestigiar a Batres y promovió su remoción, sin conseguirlo. En su esfuerzo por publicar sus hallazgos antes que los demás, Nuttall también confrontó al propio Del Paso y Troncoso y a Eduard Seler. Este último participó de modo más constructivo en las labores arqueológicas de México: fundó junto con Franz Boas, con el apoyo de las autoridades mexicanas y con financiamiento extranjero, la Escuela Internacional de Arqueología y Etnología Americana en la Ciudad de México (1911-1914).
En la segunda mitad del siglo XIX las colecciones públicas de artefactos de la antigüedad eran incipientes, en Estados Unidos y en México. De hecho comenzaron a reunirse gracias a las compras que marchantes como Batres –su abuelo tuvo un museo particular– y Nuttall –su marido era coleccionista– realizaban, muchas veces para revenderlas a esas instituciones. Conforme se consolidaron las instituciones las adquisiciones se hicieron, si no más legales u oficiales, tal vez más cuidadosas. En consecuencia, Zelia Nuttall fue perdiendo el apoyo que había tenido de Putnam y otros directores de museos.
Grindle no es el primer autor estadounidense que, por pereza y desprecio, disminuye la obra de los mexicanos, telón de fondo que no es necesario siquiera conocer propiamente. Queda su recorrido por las actividades de personajes como Thompson, Maudslay y la propia Nuttall, para comprender mejor el origen de las hermosas colecciones arqueológicas que embellecen los museos de Estados Unidos. ~