El ruido de patrullas y el sobrevuelo de un helicóptero en el centro de Los Ángeles, el día en que inauguraba su mural Donde piso, crecen cosas (Where I step, things grow), redoblaron el miedo que tenía la artista mexicana residente en Estados Unidos, Liz Hernández (Ciudad de México, 1993), desde el momento en que el Institute of Contemporary Art le propuso crear una obra mural que hablara de cómo se siente un migrante en California en este momento.
La propuesta se la hicieron unos días después de que la Guardia Nacional entrara a la ciudad por órdenes del presidente Donald Trump; Liz les respondió que iba a pensarlo. Su familia en México le sugirió no hacerlo; su esposo, en Estados Unidos, pensaba que no era el momento; los amigos tenían opiniones divididas. Finalmente, decidió que lo tenía que hacer y optó por una pieza que, entre líneas y con más poesía que denuncia, expresara sus sentimientos: “Pensé: ‘el que ponga atención lo va a entender; además, estará en español, ¿quién se va a poner a traducir?’”, dice la joven en videollamada desde Los Ángeles, adonde llegó a estudiar hacia 2011, con una visa que antes era posible obtener a través del nafta, y que luego pudo dejar para dedicarse a trabajar.
El miedo era impensable para Liz hace un año; por primera vez le pasó por la cabeza ocultar su arte de alguna forma. La práctica histórica del Institute of Contemporary Art ha sido la de mostrar las voces diversas que existen en Los Ángeles; a su vez, Liz es autora de una obra que, a través de la escultura, el textil y la pintura, revisa ciertas narrativas. Es un tema delicado, por decir lo menos, en un momento y en un país donde el gobierno actual busca exactamente eso: cambiar la narrativa de una nación diversa.
La experiencia de Liz Hernández ilustra una de las realidades que viven artistas de México y de América Latina en Estados Unidos. Sus vivencias son diferentes de acuerdo con su estatus migratorio, que los pone a pensar si pueden o no hacer una obra, expresar libremente sus ideas o guardárselas, aparecer menos en público o llegar a autocensurarse.
En este artículo, las historias y opiniones de artistas y académicos latinos de distintas generaciones –y desde diversas geografías de Estados Unidos– arrojan luz sobre los desafíos que están enfrentando ellos mismos, así como algunos museos e instituciones culturales en la actual administración de Trump. Un ambiente marcado por recortes presupuestales e intentos de ejercer el control sobre la gestión y programación de contenidos en museos, en donde temas sobre diversidad, inclusión y minorías, entre ellas la latinoamericana, han sido blanco de distintos cuestionamientos.
Esto no significa que no haya habido importantes citas con el arte latinoamericano en el inicio del segundo mandato de Trump; por ejemplo, el MoMA dedicó una antológica, nunca antes vista en ese país, al pintor cubano Wifredo Lam; el lacma hizo lo propio con la venezolana Magdalena Suárez; el Met renovó sus salas de arte antiguo de América bajo un concepto que incluyó nuevos estudios de, entre otros, investigadores latinoamericanos; el Museo de Historia de Chicago exhibe Aquí en Chicago, una muestra dedicada a los más de ciento setenta años de historia de los latinos en esa ciudad. Más allá de las grandes instituciones, en galerías, universidades y espacios autogestionados se siguen programando proyectos de creadores latinos con ciudadanía, residencia, becas o cartas de invitación.
Un portazo a los museos
Aun así, es imposible no ver el asedio que han enfrentado los espacios culturales. Uno de los primeros actos de Donald Trump contra la cultura al llegar a la Casa Blanca fue la toma de control de uno de los recintos dedicados a las artes escénicas, el Kennedy Center, donde se autonombró presidente del consejo de administración, tras despedir a quienes lo integraban.
Luego vinieron órdenes ejecutivas con recortes presupuestales que golpearon al Instituto de Servicios de Museos y Bibliotecas (imls) y otras que pusieron bajo escrutinio las colecciones y contenidos del Instituto Smithsonian, organización que administra los principales museos públicos del país. En agosto, la Casa Blanca insistió en una “revisión interna exhaustiva” en ocho de los espacios del Smithsonian; en sus redes sociales, el propio Trump dijo que esos museos eran el último segmento woke que quedaba y que la institución estaba “fuera de control” por resaltar solo lo negativo del país, como la esclavitud. Para justificar esa intervención, en un boletín oficial, la Casa Blanca enlistó algunas de las obras de arte, exposiciones y programas centrados en temas como racismo, esclavitud, inmigración y diversidad sexual. En esa lista aparecieron nombres de artistas latinos, algunos mexicanos, como Rigoberto González y Hugo Crosthwaite.
Es una “cruzada antiintelectual”, como la define el artista Rubén Ortiz Torres (Ciudad de México, 1964) –donde el conflicto Israel-Gaza ocupa un lugar muy importante–, que ha puesto a los museos e instituciones académicas bajo presión.
Un informe publicado por la Alianza Americana de Museos (AAM), elaborado a partir de una encuesta a más de quinientos directores de museos, arrojó que en 2025 un tercio de esos espacios perdieron subvenciones o contratos gubernamentales. Los recortes los obligaron a detener mejoras en sus instalaciones, cancelar programas para estudiantes, comunidades rurales, personas con discapacidad, adultos mayores y/o veteranos, y programas públicos, así como a despedir personal.
Sin embargo, lo que pasa con el arte y con los creadores latinoamericanos no es lo peor que vive Estados Unidos en este momento, ataja el artista uruguayo Luis Camnitzer, que emigró allá en 1964: “Yo nací en Alemania con Hitler. Tenía un año cuando mis padres se fueron a Uruguay, acabo de cumplir 88 años, y voy a morir con Trump. Eso quiere decir que estos 88 años fueron un círculo que no sirvió para nada. Supuestamente mi generación iba a arreglar el mundo, y no, no pasó nada.”
Para Camnitzer, es el conflicto Israel-Gaza el que ahonda la guerra cultural actual a la que se suma una economía sostenida por el mito de la inteligencia artificial, con un dinero que no existe y unos jerarcas tecnológicos de rodillas frente a Trump.
Pero si se trata de revisar qué pasa con las instituciones de cultura, Camnitzer separa lo que ocurre con los museos federales, que Trump controla directamente y que se están hundiendo, y los privados que “se cuidan porque en sus directorios tienen gente que, aunque políticamente no sea trumpista, económicamente sí lo es, y también lo es en el apoyo a Israel.”
Dos mexicanos en la lista
El 21 de agosto de 2025, el artista mexicano Hugo Crosthwaite (Tijuana, 1971) se encontraba en Tijuana cuando su galería en Los Ángeles lo alertó sobre que el retrato animado del doctor Anthony Fauci que había hecho en 2021, comisionado por la National Portrait Gallery –que es parte del Smithsonian–, había sido incluido en una lista de obras de arte y exposiciones cuestionadas por la Casa Blanca.
La pieza de cinco minutos es una animación con técnica de stop motion en donde se retrata a este reconocido médico que estuvo a la cabeza del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas desde 1984 hasta 2022, y que gestionó la epidemia del vih/sida en los ochenta y la pandemia de covid-19 en 2020.
La primera reacción de Crosthwaite fue enojarse, más que por ser señalado, por la trivialidad con la que parecían haber elegido las obras enlistadas: “Sentí que ni habían visto el retrato. Si le hubieran puesto atención, se habrían quejado de otras cosas que contiene.”
En ese video animado, el artista se propuso contrastar las reacciones sociales ante ambas crisis sanitarias. Por un lado, evidenciar el “antiintelectualismo” que dio cabida a teorías conspirativas y al movimiento antivacuna durante la pandemia por covid-19; y por el otro, resaltar el activismo de la comunidad LGBT para exigir a Ronald Reagan que atendiera la epidemia de vih/sida, cuando él no se atrevía ni a mencionar la palabra sida.
Crosthwaite, cuyo arte retrata las complejidades de la frontera entre los dos países, tiene claro que su obra fue señalada porque estaba dedicada al doctor Fauci, quien confrontó a Trump por desestimar la gravedad de la crisis sanitaria de 2020. Pero al final, el artista pasó del enojo al orgullo: “Era un honor estar en una lista de artistas que admiro mucho y que ahora son enemigos del Estado. La estrategia de esta administración es amenazar y creer que con eso la gente se dobla.”
Una historia paralela es la de Rigoberto González (Reynosa, 1973). Sus padres decidieron irse al otro lado de la frontera en 1982 buscando mejores oportunidades ante la crisis financiera que golpeó a México ese año. Su entrada a aquel país fue totalmente legal, insiste en aclarar este artista que hoy vive en Harlingen y es profesor de la Escuela de Arte y Diseño en la Universidad de Texas Rio Grande Valley.
Como a Crosthwaite, también el 21 de agosto pasado, al teléfono de González llegaron llamadas y mensajes de colegas y amigos que expresaban su indignación por lo que estaba sucediendo. Imaginó que se trataba de otro de los tantos anuncios descabellados de la Casa Blanca, hasta que la cadena cnn lo contactó para pedirle hablar de su pintura Refugees crossing the border wall into South Texas, de 2020, que fue finalista en la Outwin Boochever Portrait Competition, de la National Portrait Gallery en 2020.
Fue entonces cuando se enteró de que ese cuadro de gran formato (2 por 2.5 metros), que representa a una familia inmigrante descendiendo por una escalera apoyada en el muro que divide a Estados Unidos de México, había sido incluido entre las obras “objetables” por la Casa Blanca. La transgresión era simple: “conmemorar el acto de cruzar ilegalmente la frontera sur”.
La pintura, con influencias del barroco, se complementa con pequeños detalles como la página de un periódico que pide la destitución de Trump y una lata de cerveza que cuestiona el nacionalismo blanco. Contrasta la hazaña de cruzar con los peligros de hacer realidad el sueño americano: “Así es Estados Unidos. Nosotros nos vinimos porque supuestamente era la mejor vida, pero pasa el tiempo y te das cuenta de que tal vez no lo es.”
González, que ha desarrollado piezas –casi siempre de manera explícita– que cuestionan el narcotráfico y la violencia que este genera, es consciente de que sus obras pueden llegar a incomodar, pero en este cuadro solo quiso reflejar esa realidad de los migrantes que el gobierno actual se niega a aceptar. “Quieren promover la imagen de un país donde no hay migrantes. Piensan que todos deben ser blancos, del norte de Europa.”
Como dice la artista Liz Hernández, “Trump lo que quiere es cambiar la narrativa de la diversidad y apegarse a la idea del excepcionalismo americano”.
Los fantasmas del arte degenerado
Tras el desconcierto de verse mencionado en esa lista, a Rigoberto González le resultó inevitable no hacer la comparación con lo que sucedió en Alemania en la Segunda Guerra Mundial. “Me recordó la lista de arte degenerado que el gobierno alemán hizo en los años treinta y pensaba que, si hacen esto, es porque son fascistas. Si la gente no entiende es porque no quiere. La filosofía de Trump es claramente fascista, tiene una sola idea de lo que representa ser americano y de cómo debe ser. Si no te adhieres a eso, te atacan. Hacen listas para señalar lo que no les gusta. Todo gobierno fascista ha hecho esto en el pasado.”
Lo peor es que el momento actual superó a todos los anteriores, rememora el artista Luis Camnitzer. Desde el primer gobierno de Trump, ya había mostrado con su arte cómo veía el rumbo que tomaba ese país; creó Banana Flag, una declaración sobre esa nación como una república bananera, y así la sigue viendo: “corrupción a todos los niveles, un país del tercer mundo, una república bananera”.
“Ahora todo es un poco más sofisticado que lo que pasó en la Alemania nazi, pero la tendencia es la misma con Netanyahu –advierte Camnitzer–. Yo no soy creyente, pero soy judío por homenaje a mis abuelos que murieron en un campo de concentración. Hoy los del ICE tienen permiso de aprisionar gente por parecer latinos o por hablar español; lo único que falta es que lleven una cinta de color que los identifique.”
Efectos directos y sutiles
En un país tan extenso geográfica y culturalmente, las experiencias de los artistas son muy distintas, complejas, difíciles. Algunos perciben un ambiente “embrumado”, similar al que se sintió en tiempos de Reagan. Por ejemplo, empiezan a preguntarse a quién afectarán con lo que opinen o con la obra que hagan: “El peligro es la cancelación. A mí no me importa, no vivo de las ventas, pero la galería (Alexander Gray) sí depende de eso. Me dicen que no es su política controlar qué dicen los artistas, pero en el fondo estoy seguro de que tienen cierto temor”, expresa Camnitzer.
No es solo lo que dejen de hacer como artistas, sino lo que ven que va cambiando sutilmente en los espacios: “Antes había la misión, desde el museo o la institución, de mostrar las voces diversas y apoyar diferentes perspectivas; ahorita, de forma callada, muchas de ellas, en sus páginas de internet, folletos o información, han borrado este tipo de mensajes. Lo hacen para protegerse”, cuenta la artista Liz Hernández.
Las becas, de las cuales dependen muchos creadores latinoamericanos para vivir y poder residir en esa nación, son un problema concreto que refiere el artista Rubén Ortiz Torres, quien lo percibe a partir de su experiencia como profesor de la Universidad de California: “No nos ha pasado que no dejen entrar a un alumno, pero ya va a ser muy difícil recibir alumnos mexicanos, latinoamericanos, y hacer contrataciones. Yo vine como alumno Fulbright; después vinieron Eduardo Abaroa, Yoshua Okón y otros, pero ahorita se está complicando. La Fulbright no va a tener presupuesto”, dice el artista con relación a los recortes de Trump al Departamento de Estado, anunciados desde abril de 2025.
Otro de los efectos colaterales de esos intentos de control de los contenidos es la autocensura que se normaliza y promueve, incluso en algunas instituciones educativas. Rigoberto González reconoce que, en la universidad donde trabaja, a inicios del año escolar les advirtieron que cuidaran sus publicaciones en redes sociales. “Es muy peligroso porque se está perdiendo algo muy importante en Estados Unidos: la libertad de expresión. Como consecuencia, muchos profesores se autocensuran hasta con los libros que van a leer y en sus comentarios.”
Entre resiliencia y resistencia
Rubén Ortiz Torres ve un contraste en la situación: “Yo estoy muy consciente de los recortes y de lo que está pasando en la Universidad, pero al mismo tiempo manejo, salgo a la calle y no veo a las camisas negras (agentes del ICE); puedo hablar contigo por teléfono y lo puedo publicar. Entonces también veo este momento como una oportunidad para hacer obra con significancia.”
Un ejemplo de plataformas que buscan mantenerse y sostener una independencia es el de la Trienal de Arte Latinoamericano de Nueva York (nylaat) 2025 que se presentó en varias sedes, hasta mediados de enero de este año. Ahí, Cecilia Barreto (Ciudad de México, 1985) participó con un grupo de obra que presentó en el LMCC Arts Center, como una instalación de su serie “Golfo de México”, que incluye una extensa manta, con el azul del mar y el letrero “Gulf of America”, que alude al cambio de nombre que impuso Donald Trump a esa zona.
La manta con ese “Gulf of America” la creó en un estudio artístico en México y a Estados Unidos la introdujo doblada en la maleta, pasó por Migración sin siquiera ser desdoblada, y días después llegó a la sala de exhibición donde se presentó junto a los otros detalles de la instalación: una charola roja con el mapa de Estados Unidos al centro, dibujado en polvo blanco. De la misma forma como entró su pieza doblada en una maleta, Cecilia Barreto considera que el arte halla formas de llegar a los públicos –si bien no son muy amplios–: “El arte permite a los artistas colarse por fisuras donde puedes actuar y meter un dispositivo con una carga ideológica.” Su obra hace una pregunta pertinente en las relaciones entre los dos países: “¿Por qué renombrar el golfo? Por un capricho político; de repente parece que estamos en batallas medievales donde el que tenga más caballos va a tomar el otro reino. Es como lo que pasa en Ucrania”, opina.
En Nueva York, esta Trienal de Arte Latinoamericano es un ejemplo de que, pese a Trump, a sus intenciones de controlar la cultura y su discurso antiinmigrante, hay proyectos autogestivos que están dando cabida a las propuestas y tendencias del arte de la región. En esa ocasión participaron 93 artistas latinos.
El artista y curador cubano Alexis Mendoza, director ejecutivo de la Trienal, explica que, aunque el eje de esta edición no fue directamente político, varias propuestas reflexionaron al respecto: “Hay temas de carácter social, de esperanza o resiliencia en el sentido de que estamos aquí sin importar la bulla que se haga alrededor nuestro. Nosotros tenemos voz propia y un sentido colectivo de expresar lo que queramos.”
Puede parecer sorprendente, pero su autogestión e independencia artística les ha permitido liberarse de las limitaciones que imponen las instituciones para agradar a gobiernos o patrocinadores: “Somos totalmente independientes, no estamos atados a ningún gobierno o institución. Los espacios que colaboran con nosotros saben lo que vamos a presentar y toman sus decisiones; unos aceptan, otros no.”
“En la Trienal tratamos de aceptar diferentes voces, no limitamos a ningún artista ni manipulamos los discursos de sus obras. Eso nos hace uno de los eventos latinoamericanos más importantes en estos momentos”, expresa.
Por otra parte, Alexis Mendoza no percibe que los intentos de censura e intervención gubernamental estén teniendo mayores efectos en los museos neoyorquinos, en todo caso, en los grandes museos privados. Destaca, por ejemplo, la muestra de Wifredo Lam en el MoMA que estará expuesta hasta el 11 de este mes: “En un momento donde hay tanta censura con lo que es africano y asiático, lanzan esta exposición grande bajo este concepto del artista o la persona con diferentes etnicidades e identidades.” Por eso considera que, aunque sí hay intentos por censurar y eliminar, eso es “relativamente muy imposible”.
Rigoberto González y Hugo Crosthwaite lo confirman. Paradójicamente, tras la publicación de la lista de la Casa Blanca sus trabajos han tenido más reconocimiento y difusión. “En vez de censurarme me dio más publicidad, he vendido más cuadros”, dice González.
A Crosthwaite le ha pasado lo mismo y, debido a los temas de migración y frontera que su obra aborda, en los últimos meses ha tenido más exposiciones en espacios de California. Por lo pronto, ya es parte del grupo de artistas que expone en el Torrance Art Museum la muestra Defending Ethical Integrity: the New Degenerate Art que, a partir de lo que sucedió con el Smithsonian, expone a estos artistas señalados, celebra “la autoexpresión sin miedo” y confronta “las narrativas controladas por el Estado”.
Cecilia Barreto percibe que para los latinoamericanos está siendo más difícil, además, porque no provienen de países con economías tan fuertes como las de Asia. “Casi no hay galerías para latinoamericanos, todo está segregado: ‘artistas asiáticos’, ‘afroamericanos’, ‘de la India’. Lo mejor sería no tener ese apellido. Para mí lo importante sería hablar de la realidad, sin decir ‘soy latinoamericana’, pero yo sé que aquí sí es muy importante mencionar eso, porque es como te va a reconocer la gente, siempre quiere saber tu origen.”
Aun con la fuerza del mensaje de las obras de estos artistas, Luis Camnitzer reconoce que el problema del arte político es su capacidad para convencer: “El arte no cambia a quienes piensan políticamente a favor de Trump. No es muy efectivo como protesta.”
Esa realidad lleva a este artista, uno de los grandes del arte conceptual de América Latina en el siglo XX, a plantearse emigrar otra vez: “En casa estamos siempre pensando: ‘hay que irse’. Mentalmente yo sigo en Uruguay, pero mi familia es norteamericana. Nunca entendí por qué mis padres esperaron tanto para irse de Alemania; todo estaba escrito a inicios de los treinta y se fueron hasta el 39. Yo estoy en el mismo error; al final pensaré: ‘¿por qué no me fui cuando todo estaba claro?’” ~