Carlo Ginzburg (1939-2026)

En un mundo en vertiginoso movimiento, sigue siendo necesario desentrañar y analizar el tema de la identidad, central en la obra de Carlo Ginzburg.
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Un molinero, no un rey ni un emperador. Cuando en 1976 se publicó El queso y los gusanos en la editorial Einaudi fue como un golpe de gong, que resonó en los oídos aletargados de muchos. Domenico Scandella, mejor conocido como Menocchio, condenado a muerte por la Inquisición, era el protagonista del libro, un molinero con una concepción del mundo y de su maravillosa y caótica creación considerada heterodoxa y, por lo mismo, herética. Es verdad que Carlo Ginzburg ya había publicado otro libro sobre los acontecimientos heréticos extraídos de los archivos del Friul, Los benandanti de 1966, con sus historias de campesinos que vivieron entre el siglo XVI y el XVII. Nacidos “con la camisa”, envueltos en el saco amniótico, aseguraban que volaban armados con mazos de hinojo en contra de los hechiceros enemigos para proteger la abundancia de sus cosechas.

Carlo Ginzburg, como ha relatado en múltiples ocasiones, había decidido convertirse en un historiador en 1959 en Pisa, mientras estudiaba en la Escuela Normal Superior, y ocuparse de los juicios por brujería, una decisión nacida de un bagaje de lecturas como los Cuadernos de la cárcel de Gramsci, Cristo se detuvo en Éboli de Carlo Levi o El mundo mágico de Ernesto de Martino, todos ellos libros surgidos y publicados en ese crisol cultural y literario que fue la Einaudi de la segunda posguerra. Con años de distancia, Paolo Fossati, historiador del arte, le había dicho a Carlo que era obvio que él, judío, se dedicaría al estudio de los herejes. Una obviedad que dejó atónito al joven historiador, pero que de golpe lo puso en contacto con los años de la guerra, durante los cuales había estado escondido con sus hermanos y su madre, Natalia Ginzburg, mientras los alemanes llevaban a cabo sus persecuciones en 1944 y su padre Leone moría en la prisión nazi.

Cuando Menocchio llegó a las manos de tantos lectores no historiadores se hizo evidente que en el medio intelectual de Carlo Ginzburg también había literatura: novelas, libros de narrativa, además de la lectura de Proust, que tradujo su madre, como ha relatado recientemente en su último libro Il vincolo della vergogna (Adelphi). Quien hoy en día abre por primera vez El queso y los gusanos, lectura apasionante y apasionada, encuentra un retrato plano de Menocchio, pero también impregnado de esa literatura que sabe relatar sin recurrir a nada más que a una lengua clara, simple, culta y eficaz.

En los años setenta del siglo XX la historiografía viraba hacia otro tipo de historia, dejando a sus espaldas la idea del ocaso de la cultura popular, encomendada, escribía un famoso historiador francés, a las manos de los coleccionistas. Ginzburg hizo mucho más que resucitar el pasado: lo hizo hablar con dos voces, la de los campesinos y los subalternos, y la de los inquisidores, puesto que fue en los documentos de los juicios friulanos donde escuchó esas historias, una documentación que él mismo definió como “asimétrica”, donde se lee el choque evidente entre dos culturas: la de los vencidos y la de los vencedores.

En los años siguientes Ginzburg, nacido en Turín en 1939, se cuestionó sobre los métodos utilizados por los historiadores, buscando entender qué valor atribuir a aquellos documentos que salían de los archivos de la Inquisición que conocía bien. Fue así como llegó a publicar en 1979 un breve pero decisivo ensayo: “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”, incluido en un libro dedicado a la crisis de la razón. Ahí repasaba el nacimiento de un método de investigación pasando de las páginas de un historiador del arte, Giovanni Morelli, a las del fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, hasta los relatos de un personaje literario, el detective privado Sherlock Holmes. Un texto que tuvo un gran éxito incluso entre lectores no especialistas, precisamente por su capacidad para moverse a través de campos del conocimiento tan diversos y lejanos entre sí. De ese modo diseñaba un estilo de investigación, después conocido como “microhistoria”, eficaz en muchas disciplinas, que se salía de los sistemas racionales tradicionales. Un texto que también discutió y en parte criticó, como es costumbre entre amigos, uno de sus lectores más importantes, Italo Calvino, personaje a quien estuvo muy ligado.

No cabe duda de que, además de hijo de la cultura literaria e histórica de Italia, Ginzburg fue uno de los principales pensadores de la década que va de 1970 al 1980, fuertemente influido por los acontecimientos políticos y sociales de ese periodo. La lista de sus libros y de sus ensayos es sobresaliente, como sobresaliente fue su magisterio universitario ejercido en primer lugar en Bolonia, a donde se había trasladado en los años setenta, y donde vivió, pero también en algunas de las mayores universidades del mundo, en particular en la UCLA de Los Ángeles, donde dio clases.

Una de sus obras más discutidas –pero también de las más ricas en intuiciones, hallazgos y revelaciones– es Historia nocturna. Un desciframiento del aquelarre, su penúltimo libro publicado en Einaudi en 1989, el cual surgió de una pregunta radical que se había hecho Ginzburg: ¿existe o no la naturaleza humana? Una cuestión de mucha actualidad hoy en día frente a los cambios que el mundo digital y la IA imponen a las vidas de millones de personas. Un historiador, como ha demostrado Marc Bloch, su maestro, siempre es un hombre inmerso en la vida de su propio tiempo, de ningún modo neutral al interrogarse sobre lo que está haciendo. Podemos decir que el valor político de los libros de Ginzburg ha sido y sigue siendo particularmente elevado.

En su última obra, Il vincolo della vergogna (2026), parte del sentimiento de la vergüenza, que considera un vínculo más fuerte que el amor mismo, un tema esencial en Primo Levi, autor fundamental para él, para interrogarse sobre esta época que abunda en vergüenzas continuas. Para hablar de su propia vergüenza de judío frente a la horrenda masacre de Hamás del 7 de octubre, pero también a la respuesta criminal del gobierno de Netanyahu en Gaza. El tema que más profundamente le interesaba, al que volvía a menudo incluso en las sobremesas, en congresos o en sus conferencias y clases, es el de la identidad. Reivindicaba para sí mismo una identidad múltiple, siguiendo una definición que dio Calvino en un escrito suyo: “La identidad es por tanto un haz de líneas divergentes que encuentran en el individuo el punto de intersección.”

Hace poco tiempo le pregunté: ¿cuál es tu identidad? Me respondió: soy un profesor retirado, soy un historiador, soy un italiano, soy un judío, y más cosas todavía. El tema de la identidad está en el centro de los soberanismos y de los populismos contemporáneos. Todavía es necesario desentrañarlo y analizarlo ahora en un mundo tan vertiginosamente en movimiento, una cuestión decisiva que nos deja en herencia junto a sus múltiples y magníficos libros. ~

Traducción del italiano de Erick Hernández Morales.


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