Charles y Ray Eames: la potencia de los objetos

“Charles & Ray Eames: La inusual belleza de las cosas comunes”, en el MARCO, reúne muebles, películas e imágenes para mostrar cómo el diseño transforma lo cotidiano.
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Quisiera empezar por los afectos; hablar de aquello que nos transforma desde la sutileza de la compañía, la conversación o la idea de un proyecto compartido. También de las relaciones que nos ayudan a reescribir el significado de lo cotidiano para reconocer la belleza en todas partes. Existen parejas que construyeron estrategias para enriquecer mutuamente su trabajo, como Lee Krasner y Jackson Pollock, o Marina Abramović y Ulay. En ambos casos se reconoce el talento individual y la fuerza que adquiere cuando las propuestas se desarrollan en conjunto. El matrimonio que nos convoca en este texto es el de Charles y Ray Eames, dos de los diseñadores más importantes del siglo XX, quienes dedicaron buena parte de su trabajo a responder, de la mejor manera posible, a las necesidades humanas del espacio vital.

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Charles Eames (1907-1978) y Ray Kaiser (1912-1988) se casaron en 1941 y se trasladaron a Los Ángeles, donde comenzaron a experimentar con técnicas para el modelado tridimensional de madera contrachapada con la intención de crear sillas cómodas y asequibles. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial interrumpió ese proyecto y durante algunos años se dedicaron a diseñar y desarrollar férulas para inmovilizar piernas destinadas a la armada de Estados Unidos. En 1946 presentaron sus primeros muebles experimentales en el MoMA y, a lo largo de su trayectoria, exploraron campos como la arquitectura, el diseño de mobiliario, el diseño gráfico, la fotografía, el cine y la museografía. Más adelante, en correspondencia con el tránsito de la era industrial a la era de la información, desplazaron el interés que antes habían puesto en la arquitectura y el mobiliario hacia los sistemas de comunicación, especialmente el cine y las exposiciones. Ese cuerpo de trabajo, tan amplio como diverso, puede verse reunido en la exposición Charles & Ray Eames: La inusual belleza de las cosas comunes, presentada en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (Marco). La muestra surge, además, a partir del hallazgo realizado por la curadora de la exposición, Brenda Fernández, sobre la breve visita que Charles Eames hizo a Nuevo León, Coahuila y San Luis Potosí en 1933.

Las exposiciones del Marco en los últimos años, particularmente desde la llegada de su directora Taiyana Pimentel, se han caracterizado por presentar muestras que ponen en valor la experiencia de los artistas participantes y su relación con el norte de México. Ejemplos recientes, como la exposición individual de Teresa Margolles, realizada específicamente para el museo y que no itineró en el país, lo confirman. Más que construir un programa basado en la exportación de exposiciones ya existentes –aunque también las hay–, el museo ha apostado por proyectos que dialogan con su contexto. La muestra dedicada a los Eames forma parte de esta línea curatorial, que busca participar en la historiografía artística del norte del país e inaugura, además, un programa expositivo enfocado en tejer relaciones entre arte, diseño y arquitectura.

El primer segmento de la exhibición, titulado “Urgencia y sistema”, aborda el diseño como una solución para la vida cotidiana e incluye las Leg splints (1942), las férulas desarrolladas para atender a los heridos de la Segunda Guerra Mundial, junto con documentación relacionada con ese proyecto. En “Descomposición de la mirada”, el segundo módulo, se reúne obra en la que los Eames exploran la fragmentación de la imagen. Destaca Blacktop (1952), un ejercicio visual y musical de once minutos que registra los movimientos del agua y la espuma sobre el asfalto para producir una serie de abstracciones en movimiento. También se presenta una reproducción de su icónica silla La chaise (1948), inspirada en la escultura Floating figure (1927), de Gaston Lachaise, de quien retomaron el apellido para nombrar el mueble.

En “Modelo y abstracción”, la atención se centra en la manera en que el pensamiento establece relaciones visuales dentro de los procesos de representación, explorando el vínculo entre lenguaje visual, lógica y estructura. Aquí se exhiben la silla Eames lounge & ottoman (1956), así como ejemplares de la revista Arts & Architecture Magazine (1944). El recorrido continúa con el bloque “Disciplina y ritual”, donde el conocimiento se entiende como resultado de prácticas sistemáticas.

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En “Economía y transición”, los objetos y su tiempo de uso adquieren especial relevancia. Se incluyen piezas audiovisuales como S-73 (Sofa compact) (1954), donde documentaron el desarrollo de un sofá plegable pensado para facilitar su transporte. Finalmente, los ejes “Vida como archivo” e “Infraestructura de la percepción” se configuran como salas de proyección en las que se exploran objetos, rituales y representaciones de la vida cotidiana. En este último módulo se presenta, entre otros trabajos, Powers of ten (1977), el reconocido cortometraje que muestra la escala relativa del universo mediante potencias de diez. El recorrido concluye con “Ecos”, un apartado dedicado al paso de Charles Eames por Monterrey, Saltillo y San Luis Potosí, donde se exhibe un periódico de época que documenta las pinturas realizadas durante esa visita.

La exposición está organizada en ocho ejes que buscan facilitar la lectura del prolífico trabajo de la pareja mediante aproximaciones muy puntuales. Sin embargo, el inicio del recorrido resulta algo oscuro y confuso debido a la museografía. El uso de telas, a manera de velos, divide el primer espacio en varias secciones y genera una relación poco clara entre fotografías, material de archivo, muebles y videos. Cabe señalar que montar una exposición de diseño en un museo con las características arquitectónicas del Marco no es una tarea sencilla: Ricardo Legorreta dejó una declaración espacial muy contundente con los elementos que conforman el edificio. Desafortunadamente, el uso de cortinas en este proyecto –quizá con la intención de aligerar la experiencia en sala, como ocurrió en Constelaciones y derivas, también presentada actualmente en el museo– pierde eficacia. Más aún si se considera el interés de los Eames por diseñar espacios adecuados para vivir y trabajar; agregaría también, para recorrer. Afortunadamente, conforme avanza el recorrido, las salas se abren y las piezas adquieren mayor presencia, especialmente las fotografías y los fotomurales distribuidos a lo largo de la muestra.

Aunque la exposición permite utilizar algunas de las sillas diseñadas por la pareja y la selección curatorial resulta interesante, los videos terminan captando más la atención que el mobiliario mismo. Esto no es necesariamente un problema, pues a través de ese legado audiovisual los Eames buscaban ayudar a las personas a descubrir la belleza de lo cotidiano, acercar distintas culturas y hacer que la ciencia y la tecnología fueran más accesibles. Por otra parte, la exposición reúne nueve fotomurales donde vemos a la pareja en distintas circunstancias –comiendo un coco en la India, corriendo tomados de la mano o haciéndose un autorretrato, entre otras escenas– siempre con una sonrisa. Destaco el gozo y la alegría que transmiten estas imágenes de gran formato, pues se sienten auténticas y naturales, algo que con frecuencia no aparece en los retratos de artistas rodeados de un aura más solemne. En tiempos como los actuales, conviene recordar que los afectos nos sostienen y también pueden transformarnos, como ocurrió con ellos.

En distintas entrevistas suele citarse una frase atribuida a Charles Eames: “Un buen diseñador anticipa las necesidades de su invitado.” Esa idea resume también su convicción de que el diseño puede ayudar a descubrir la belleza de lo común. Hay piezas y momentos en esta exposición que insisten, precisamente, en esa misma idea. ~


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