Cuando tu director favorito se vuelve mainstream

Hay un placer especial en descubrir cineastas desconocidos. Por eso, cuando se insertan en la conversación popular, la ampliación de su audiencia es una noticia feliz y a la vez una señal de alarma de que acaso una mirada original pueda perderse.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Desde la universidad aprendí que una buena película, sin importar su género, década o nacionalidad, está obligada a cumplir ciertas reglas. El protagonista debe contar con un objetivo en mente, su camino hacia esa meta debe estar plagado de obstáculos, lo cual debe propiciar un conflicto. Finalmente, la película debe tener un tema que podamos resumir en una sola frase. Hagamos el ejercicio con algunas cintas hollywoodenses. ¿Braveheart? Vale la pena ser valiente. ¿E.T.? Crecer duele. ¿Fargo? Los seres humanos no son fiables. Pero también se puede aplicar en otros países. ¿Ladrones de bicicletas? El hambre nos roba la dignidad. ¿Rashomon? Cada quien tiene una versión de la verdad.

Suena como una receta lógica y fácil de seguir. El problema es que es un error disfrutar del cine buscando estos ingredientes. Tardé décadas en entenderlo. Décadas en comprender que, si bien las películas pueden tener uno o varios de esos elementos, también pueden prescindir de ellos. A menudo las mejores cintas son precisamente las que no podemos decantar en una sola frase. Es complicado condensar su temática, incluso su género. Muchas evitan sugerir siquiera un mensaje. En otras palabras: acercarse al cine como un guionista que escucha cada episodio del pódcast Scriptnotes puede llegar a ser una limitante: como apreciar una pintura y fijarse únicamente en el marco.

No aprendí esto escribiendo cine, sino viendo cine. Y ningún director fue más útil durante este aprendizaje que Joachim Trier, el realizador noruego detrás de RepriseOslo, August 31stThe worst person in the world y Sentimental value. Los tres primeros títulos de esa lista son mis favoritos: películas que descubrí cuando Trier era un realizador apreciado por la crítica, pero para nada famoso. Lo encontré por mi cuenta, una noche que me topé con una copia de Reprise en una tienda que aún vendía DVD. Y eso solo atizó mi cariño por su cine: sentir que Trier me hablaba a mí y a pocos más.

Lo que disfruté de su llamada Trilogía Oslense es, de hecho, que no le interesa seguir a cabalidad aquellas reglas de guion. Sí, los personajes de Trier (y de su guionista Eskil Vogt) tienen metas. Los chicos de Reprise quieren ser novelistas exitosos; Anders, el joven atormentado de Oslo, August 31st, busca una nueva vida y Julie, la fascinante protagonista de The worst person in the world, quiere encontrar un lugar en el mundo donde sentirse cómoda. ¿Se les presentan obstáculos? Supongo que sí, aunque parten por lo general de limitaciones internas: enfermedades, adicciones y neurosis. Lo más cercano que estas películas tienen a un villano son sus propios protagonistas.

Tampoco cuentan con mensajes que quepan en galletas chinas. Y tres de esas películas carecen también de una trama lineal, sencilla de trazar. Es imposible encajonarlas en un género. ¿Qué es The worst person in the world? A veces una comedia romántica. Un drama. Un coming of age. Incluso una fantasía. La cinta resiste a la categorización. Su director sabe que el cine es más que un vehículo para contar historias. El cine es una colección de instantes.

Se dice fácil, pero vaya que es complejo plasmar momentos indelebles y singulares. Haciendo a un lado Thelma y Louder than bombs, dos películas suyas que no funcionan, el cine de Trier está repleto de pasajes inolvidables, de desviaciones líricas y enigmáticas. No hay, por ejemplo, ningún director actual cuyas películas muestren mejores fiestas. Reuniones en departamentos, conciertos underground, pequeñas bodas escandinavas: nadie filma mejor el relajo. Algunas de esas celebraciones acaban en accidentes, otras ocultan un filo de angustia y una incluye el mejor coqueteo que he visto en cine, donde dos jóvenes flirtean sin ponerse un dedo encima. Podrían durar treinta segundos, pero Trier estira la liga: se queda ahí, con sus personajes, estudiándolos mientras beben, platican y bailan. No hay conflicto, no hay giros de tuerca. Solo vidas observadas.

Esos momentos son lo que más recuerdo de sus películas. En The worst person in the world, Julie corre a encontrarse con su nueva pareja, a través de una ciudad donde la gente se ha congelado. En Oslo, August 31st, Anders se sienta en un café y, en silencio, escucha las conversaciones a su alrededor: las charlas entre gente que, a diferencia de él, sí tiene un futuro. O en esa misma película: un grupo de jóvenes baja en bicicleta por una avenida, mientras una chica enciende un extintor y nosotros atravesamos, una y otra vez, las nubes blancas que el aparato expulsa. Una vez finalizada cada una de esas cintas, recordamos lo mismo que recordamos de nuestro pasado. No son diálogos o grandes sorpresas. Son chispazos e imágenes. Pero no se trata de momentos deshilachados, ni caprichosos. Todos están vinculados por un sentimiento de melancolía.

No es poca cosa que un director cambie la forma en la que se aprecia un arte. Joachim Trier hizo eso por mí. Por eso me preocupa que, desde su penúltima película, haya empezado a conseguir nominaciones y premios como el Óscar. Esto, por supuesto, le ha traído una audiencia más numerosa. Confieso que a mi lado esnob le disgusta que uno de sus directores favoritos, a quien yo tenía el gusto de recomendar como si su obra fuera un secreto, ahora reciba estatuillas en Hollywood, gracias a películas estelarizadas por Stellan Skarsgård y Elle Fanning. Me gustaba creer que admirar su cine me hacía distinto (lo mismo me ha pasado cuando grupos musicales que me gustan se vuelven famosos).

Más allá de esnobismos advierto preocupaciones genuinas con respecto al cine de Trier. Desde Werner Herzog hasta Jacques Audiard, hay varios cineastas cuya obra ha perdido potencia e identidad al obtener acceso a los recursos que otorga la fama mundial. ¿Es mejor Rescue dawn que Aguirre? ¿Es mejor The Sisters brothers que Un prophète? Temo que lo mismo le pase a Trier. Después de culminar su Trilogía Oslense dirigió Sentimental value, una película conmovedora, pero también desbalagada. Trier sigue teniendo un ojo fenomenal para conjurar viñetas memorables (la escena donde Rachel Kemp, una actriz estadounidense, intenta hacer un acento noruego sin éxito, por ejemplo, o la llamada de un ebrio Skarsgård a su hija). Pero también percibo a un director que está perdiendo un poco la brújula: más que una gran colección de instantes, Sentimental value es una trenza de cuatro o cinco películas que no conviven entre sí.

El éxito y la popularidad son armas de doble filo. Traen dinero y llenan butacas, pero también pueden amordazar al crítico que todo creador lleva dentro: esa voz que sugiere mesura. Espero que no sea el caso de Joachim Trier, el director noruego que me enseñó a ver el cine con otros ojos. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: