El dios hambriento

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El salir de su casa en Tlatelolco, donde acampaban los guerreros acolhuas, Nezahualcóyotl aspiró el aire fresco de la mañana con una sensación de ligereza espiritual. Nada mejor para disipar la melancolía que solazarse con el azul del cielo y el gorjeo de los cenzontles. La contemplación del paisaje, con la fúlgida laguna tendida hasta el horizonte y las garzas deslizándose entre las canoas de pescadores, lo serenó como el susurro de las sonajas que escuchaba en la infancia, cuando sus tres nanas se turnaban para arrullarlo. En esa mañana clara, los volcanes parecían tan próximos que daban ganas de estirar la mano y arrebatarles un copo de nieve. Y pensar que ese islote había sido mucho tiempo un carrizal inhóspito donde nadie quería vivir: la falta de imaginación para descubrir la belleza era la ceguera más lamentable del hombre.

Lo acompañaba un reducido séquito de cuatro escoltas, con órdenes de no maltratar a nadie que se le acercara: solo procuraban abrirle camino cuando demasiada gente se arremolinaba a su alrededor. Apenas había cruzado el primer canal, cuando se abalanzaron a vitorearlo cuatro macehuales astrosos y descalzos, uno de ellos con manchas de sarna en la cara. Hizo un guiño a Huahuatli, su jefe de escoltas, un fornido mocetón con piocha y ojos rasgados, que abrió un costal de henequén y les repartió tamales recién salidos de la olla, mientras Nezahualcóyotl agradecía sus genuflexiones con una discreta sonrisa. Era incómodo toparse por doquier con mendigos desharrapados, pero prefería ese contratiempo a ser llevado en andas, como el rey Itzcóatl y todos los ministros de su corte. No quería que sus criados echaran el bofe para cargarlo, y por ser un huésped forastero en México le convenía darse baños de pueblo. Tampoco deambulaba en la calle con vestimentas de gala: siempre iba de blanco, a veces con una capa negra, y sus guerreros de alto rango tenían órdenes de vestir igual. Así evitaba que la gente los viera con disgusto, pues ya llevaban tres años refugiados en México. Demasiado tiempo en una tierra extraña, pensó, si ese compás de espera se prolongaba, sería difícil evitar los roces con la población. Sus soldados le imploraban volver con las familias que habían dejado en el Acolhuacan. Esperaban con ansias reconquistar su tierra y esa era justamente la diligencia que esa mañana quería tratar con Itzcóatl.

Al pasar por el embarcadero del tianguis, aspiró la sarta de flores que le colgaba del cuello, en un vano intento por contrarrestar el ácido tufo de la orina transportada en vasijas de barro que los tamemes llevaban de las canoas al mercado, para vendérselas a los curtidores de pieles. Apretó el paso hacia el interior del tianguis, donde aún se podía transitar a esa hora temprana. Los vendedores que ofrecían distintas variedades de maíz, blanco, rojo, morado, prieto, lo saludaron con afable camaradería. El penetrante aroma de los costales de chile pasilla le provocó un estornudo. En los puestos de comida para llevar, los marchantes hacían fila con jícaras y tecomates para comprar escamoles, acociles, ancas de rana, conejo en salsa de chiltepín. Si no tuviera el tiempo justo, se habría detenido a comer algún antojito. Entre los clientes reconoció a dos héroes de guerra, Cuauhtecóhuatl y Tlacahuepan. En el único mechón de pelo que les pendía de la nuca llevaban una borla roja: el signo de valor más codiciado, que acreditaba la captura de cinco prisioneros. Había memorizado sus nombres por tacto político, un detalle infalible para ganarse a la gente, y ellos, agradecidos, lo llamaron “príncipe invicto”, inclinándose con respeto. No era invicto, por desgracia: ya cargaba algunas derrotas, pero ellos aparentaban haberlo olvidado por cortesía. Pasó de prisa entre los puestos de los yerberos, y al doblar a la izquierda en la callejuela dedicada a la venta de xoloitzcuintles, lo acometieron dos muchachas de la vida alegre, con los dientes rojos y el huipil subido hasta el muslo, que mascaban chicle con soeces chasquidos. Vente conmigo, papacito, déjame ser tu chichigua. Se las sacudió con la mayor cortesía posible, sin el auxilio de sus escoltas, que tenían estrictamente prohibido zarandear a las damas.

En un puesto de joyas no resistió la tentación de comprar tres collares de chalchihuites para sus concubinas. Lo mismo para todas, no quería sembrar la discordia. Bastante rezongaban ya cuando no les cumplía parejo en el petate. Llanto, gritos, maldiciones, no, dioses, más valía tener el avispero en paz. El lapidario se los quiso regalar, pero declinó el obsequio y ordenó a otro de sus escoltas, Xiconócatl, que le pagara con siete mantas bordadas, el doble de lo que valían. Nunca abusaba de los mercaderes, ni les echaba pleito, a diferencia de la nobleza local, que los desdeñaba y escarnecía por hacer fortuna sin arriesgar el pellejo. Un reproche injusto, pues hacía falta un valor temerario para buscar mercancías valiosas en lugares remotos, donde cualquier salteador de caminos podía cortarles el cuello. Recordó su penosa marcha por valles, sierras y cañadas, cuando el emperador Tezozómoc lo andaba cazando y algunos comerciantes fieles lo escondieron en sus bodegas. Un vendedor de ixtle y otro de chía perdieron la vida por esos desacatos, cuando los apañaron los alguaciles de los tepanecas. Desde entonces había contraído con ese gremio una deuda impagable de gratitud. Tardó un cuarto de hora en recorrer todo el tianguis en dirección a Tenochtitlan. Era increíble la rapidez con la que se iba llenando de puestos y mercancías. Hasta armadillos y pieles de oso vendían ahora. Diez años atrás, cuando Chimalpopoca le había dado asilo en México, aquel mercado apenas tenía quince o veinte puestos mal surtidos. Ahora llegaban a diario mercaderes chalcas, tlaxcaltecas y xochimilcas, atraídos por la riqueza de los nuevos conquistadores.

Siguió adelante por el apacible vecindario de Atzacualco, un reducto de paz que separaba Tlatelolco de Tenochtitlan, donde los nuevos ricos de la ciudad se habían construido grandes casas de adobe, frente a un amplio canal donde sus esclavos cultivaban chinampas. Cuando pasaba frente a una puerta, se topó con uno de esos orgullosos propietarios, el capitán Quetzalpoyómatl, que venía saliendo de su casa. Llevaba una tilma elegante, ribeteada con piel de conejo, tan larga que le ocultaba los pies.

–Me alegra mucho encontrarte, parece que Xiuhtecuhtli te puso en mi camino. Acabamos de ponerle su altar en mi casa. ¿Quieres verlo?

Negarse hubiera sido una grosería imperdonable, pues los mexicas eran extremadamente susceptibles en cuestiones de fe, y aunque andaba corto de tiempo accedió a pasar. Le repugnó ver, junto a la efigie del dador del fuego, el fémur de un prisionero recién sacrificado, un trofeo de guerra que acreditaba la valentía de su dueño.

–Este es mi dios cautivo –el capitán acarició el fémur con devoción–. Me lo trajeron ayer los sacerdotes del templo.

Si bien el hueso tenía un valor sagrado, pues la víctima del sacrificio había representado a Xiuhtecuhtli en la reciente fiesta de Izcalli, en el fondo se trataba de una ostentación bastante ramplona, que Nezahualcóyotl reprobó mientras fingía entusiasmo.

–Felicidades, hermano. Gracias a tu valor, has quedado a salvo de todo mal.

Qué jactancia tan vulgar, pensó al despedirse: a este paso acabarán exhibiendo esqueletos en las fachadas. A un héroe de verdad, a un valiente de pura cepa, debería bastarle como premio la satisfacción íntima de haber defendido a su pueblo, más importante aún que las recompensas materiales. A menudo se lo repetía a sus soldados: no se ufanen de sus hazañas, Tezcatlipoca nos manda pestes para castigar esas vanidades. Pero entre los mexicas no había un signo de prestigio más codiciado que los huesos, la cabeza o el pellejo de un prisionero. Cuánto valoran esas tonterías, pensó. Yo veo la guerra como un medio, ellos como un fin, por eso a veces no los entiendo.

En una placita del barrio, junto al puente de madera que atravesaba un ancho canal, se topó con un corrillo de gente que escuchaba a un cómico vestido de mujer, con la cara pintarrajeada de azul y dos protuberancias de hule en las nalgas. Cantaba, o más bien, graznaba una tonadilla pícara, con lascivos contoneos de mujerzuela, al son de una flauta y un teponaztli que tocaban entre bostezos dos músicos viejos con rojas narices de borrachines:

Mira mis nalgas, te las ofrezco,
quiero sentirte dentro de mí.
Ven a estrujarlas, lindo mancebo,
estoy en ascuas desde que vi
alzado y firme tu dulce leño.
No te cohíbas, mételo aquí.

Pidió a Huahuatli que arrojara tres tamales a la canasta de las dádivas y siguió de largo con un intenso rubor, sin quedarse a oír el resto de la tonadilla. La había compuesto al calor de los tragos en una francachela con músicos y danzantes, para que una putilla nalgona la cantara semidesnuda. Divulgada por algún indiscreto compañero de farra, su travesura había llegado de boca en boca hasta ese trío callejero. No era la primera vez que el pueblo se apropiaba de sus canciones sin saber de quién eran. Debía exigir absoluta reserva a sus contertulios, una precaución difícil de tomar en los desvaríos de la embriaguez, pues un príncipe no podía rebajarse a la comicidad sin escandalizar a la casta sacerdotal y a las mojigatas familias nobles. Detestaba su código de conducta, y sin embargo debía obedecerlo en público, aunque lo violara en privado, limitándose a reconocer como propios los poemas épicos, los himnos religiosos y los cantos de angustia, pese a tenerle igual o mayor aprecio a los epigramas obscenos que Xochiquétzal le susurraba al oído en momentos de euforia. Si la Señora de Nuestra Carne me usa como instrumento para alegrar al pueblo, no tengo nada de qué avergonzarme, pensó con una sonrisa de orgullo. Gracias a ella cumplo la misión más alta de los poetas.

Como siempre, la Plaza Mayor estaba repleta de colegiales con las cabezas rapadas que salían del telpochcali, la escuela donde recibían instrucción militar, correteando como conejos. Reían y saltaban con gran alharaca, felices de romper un momento la disciplina. El caracol marino de un sacerdote novicio anunció las nueve de la mañana desde el primer rellano del gran teocali. Varias cuadrillas de albañiles, encaramados como moscas en las paredes, lo estaban ampliando a marchas forzadas con piedra traída de Coyoacán. Otros pintaban de rojo, azul y ocre las partes que ya estaban recubiertas de estuco. Una más de las múltiples obras de ornato que proliferaban por doquier en esa época de bonanza. En las estacas del enorme zompantli, las calaveras de los prisioneros y los esclavos sacrificados una semana atrás conservaban aun cabellos y pingajos de carne, pero los zopilotes se apresuraban a mondarlas. En cada ringlera de palo había por lo menos cinco cabezas ensartadas por las sienes, y como las vigas verticales eran muy altas, cabían por lo menos cincuenta en cada armazón de madera. Bajita la mano calculó en cuatrocientos los muertos exhibidos como trofeos. Por fortuna, la orientación del viento mitigaba los efluvios pestilenciales que despedía ese bosque de cráneos.

En la puerta de palacio destinada a la plebe hacían cola los solicitantes de favores y los quejosos que iban a dirimir conflictos en el tribunal de justicia. Al verlo agacharon la cabeza en señal de respeto, tocaron el suelo con la mano y se la llevaron a la boca, la señal llamada “comer tierra” que todos los macehuales debían hacer en presencia de un señor principal. Pidió a sus escoltas que lo esperaran en el patio destinado a la servidumbre, y entró solo por la puerta grande, reservada a la alta nobleza. En el patio de las águilas fumaban tabaco en elegantes pipas de jade los gobernadores de señoríos recién incorporados al reino y los recaudadores de tributos que podían esperar semanas enteras para ser recibidos por el tlatoani. Sus tilmas elegantes, con grecas multicolores, denotaban un ridículo afán de darse importancia. Notó en ellos un rictus de envidia cuando un circunspecto criado lo condujo sin dilación a los aposentos del rey. En el umbral se topó con dos hijos del tlatoani, sus primos Iztamixcóatl y Chalchihuitlatónac, recién nombrados señores de Xilotépec y Apan, que iban de salida. Lo unía con ellos una larga amistad, desde que sus padres se reunían con todo y familias en Texcoco o en Tenochtitlan. Eran altos y fuertes como el propio tlatoani, aunque Iztamixcóatl había embarnecido un poco por su afición al pulque. Pobrecito, ¿qué otra cosa podía hacer en Xilotépec, sino emborracharse a diario?

–¿Cuándo nos echamos otro juego de pelota? –le propuso el gordito en ciernes–. Nos debes la revancha, primo.

–¿Todavía no escarmientas? Ya van tres juegos al hilo que pierden.

–Allá en Xilotépec encontré buenos jugadores. Ahora sí les vamos a ganar.

–Así qué chiste –se burló Nezahualcóyotl–. Con tus refuerzos llevas ventaja.

–No le saques. Van de apuesta seis costales de cacao.

–Trato hecho. Ve juntando tus costalitos.

Para complacer al hijo del tlatoani, esta vez ordenaría a sus jugadores que se dejaran perder. Iban a protestar, sin duda, pero los compensaría con buenos regalos: por encima del honor deportivo estaba la conveniencia política. En el salón de audiencias, el piso de cedro recién pulido y los motivos florales de las paredes proclamaban también la prosperidad del reino: en tiempos de Chimalpopoca no había esos lujos. Itzcóatl lo tomó del codo con la gentileza y la calidez de costumbre. Arrogante con los enemigos, su tío siempre había sido sencillo con la familia y el poder no lo había mareado: al contrario, ahora se esmeraba más por abolir distancias. A los 45 años, el cabello gris ya le raleaba, pero el vigor de sus brazos correosos seguía imponiendo respeto. Dos décadas de dirigir a los ejércitos mexicas en infinidad de combates le habían dejado cicatrices en el cuello y la frente. Se preciaba de ellas y de los dos dientes que había perdido en la guerra como si fueran sus mayores trofeos. Comía y dormía poco, la carga del poder quizá lo agobiara, pero la sostenía con una entereza de piedra. Era un recio ahuehuete de nariz aquilina, cejas agrestes, tupidas como arbustos, y ojos húmedos de soñador diurno.

Por desgracia, el tlatoani no estaba solo, como Nezahualcóyotl hubiera querido. Lo acompañaba Tlacaélel, su hombre de confianza, que a últimas fechas tenía injerencia en todos los asuntos de gobierno. Al verlo sintió un revoloteo de zanates en la barriga. Se detestaban desde la infancia y sin embargo el teatro político los obligaba a confraternizar. El prodigioso autocontrol de Tlacaélel siempre le había inspirado recelo. En su gélida catadura jamás afloraban las emociones. Ni en los funerales de sus hermanos muertos en la guerra con Xochimilco había derramado una lágrima. Nunca miraba a sus enemigos de frente y sin embargo se las ingeniaba para escrutarlos a hurtadillas. Pero eso sí, cuando daba una orden, el aguijón de su mirada empavorecía a los débiles de carácter. Bajo y cargado de espaldas, compensaba su fealdad de batracio con un prognatismo que le daba un aire de fiereza. Pese a tener esposa y media docena de concubinas, Nezahualcóyotl sospechaba que nunca le había gustado a ninguna mujer. La acumulación de poder quizá lo ayudara a compensar esa minusvalía, la más dolorosa para cualquier hombre. Sus rígidas facciones de piedra caliza denotaban que jamás había recurrido a la seducción, a la persuasión, al difícil arte de ganar voluntades y conseguir cosas por la buena. Daba la impresión de haberse tragado un cactus con todo y púas. Vestía siempre maxtlis negros combinados con tilmas blancas, un austero atavío de penitente reñido con los bienes terrenales. Lo saludó con un efusivo abrazo, como dictaba la etiqueta cortesana. También con él tenía relaciones de parentesco, pues ambos eran nietos de Acamapichtli, el primer tlatoani mexica.

–Qué gusto de verte, primo. Felicidades por tu ascenso, te lo mereces de sobra –dijo, refiriéndose a su nombramiento como Cihuacóatl o consejero supremo, un alto cargo religioso, político y militar, creado a su medida para honrarlo–. Ya me compré un penacho nuevo para el festejo.

–Yo no hice nada, todo se lo debo a Huitzilopochtli –dijo Tlacaélel, humilde hasta el empalago–. Mi único mérito ha sido servirlo y honrarlo con devoción.

Itzcóatl los invitó a sentarse a ras de suelo en cómodos equipales de mimbre, forrados con piel de venado, en torno de un brasero donde ardía el copal.

–Cuéntame, sobrino, ¿qué te trae por aquí?

Nezahualcóyotl se aclaró la garganta, incómodo por la presencia de su enemigo, que lo obligaba a elegir las palabras con tiento.

–No quiero seguir siendo una molestia para ustedes. Mis soldados ya llevan mucho tiempo en México y extrañan a sus familias. Ayer se cumplieron tres años de nuestra alianza y vengo a pedirles con todo respeto que me cumplan lo prometido. Como ustedes recordarán, cuando Maxtla los atacó mi ejército ya estaba a las puertas de Texcoco, y preferí venir a reforzarlos que tomar la plaza. No me arrepiento de haber sacrificado una posición ventajosa, porque nuestro principal objetivo era tomar Azcapotzalco y los demás bastiones de los tepanecas. Si no los desbaratábamos, mi posible victoria en Texcoco hubiera sido muy precaria. Pero ya que los hemos vencido, ahora les toca a ustedes cumplir su parte del pacto. No podré dormir tranquilo mientras los asesinos de mi padre sojuzguen el reino que nos robaron. Con su auxilio podría derrotarlos en una guerra relámpago.

–Lo que pides es muy justo, sin duda –Itzcóatl se tomó la barbilla con aire reflexivo–. Soy un hombre de palabra y estoy dispuesto a cumplirla. Pero no sé si este momento sea el más adecuado. ¿Tú qué opinas, Tlacaélel?

–Reconozco nuestra deuda contigo, Nezahualcóyotl, pero la mera verdad, le veo serios inconvenientes a tu propuesta. El mayor son las obras que tenemos en marcha: el acueducto que estás construyendo para traer agua de Chapultépec y la calzada a Xochimilco. Una guerra en este momento nos obligaría a suspender los trabajos, cosa que nadie desea.

Hablaba con parsimonia, en voz tan queda que sus interlocutores debían aguzar el oído para entenderle. Quiere dárselas de sabiondo, pensó Nezahualcóyotl, crispado, y lo peor es que mi tío lo admira. Para excluirlo de la charla y recordarle que su rango era inferior al de un príncipe, Nezahualcóyotl se dirigió a Itzcóatl:

–Son los pueblos conquistados los que están construyendo esas obras. Y hay guerreros suficientes para emprender la campaña que les propongo.

–Nuestros hombres necesitan descanso –respingó Tlacaélel, picado por el ninguneo de Nezahualcóyotl–. Llevan dos años peleando como fieras. Ya es justo que se diviertan un poco, ¿no crees?

–Me sorprenden tus cambios de opinión –ironizó Nezahualcóyotl–. Siempre has dicho que la mejor estrategia militar es no dar respiro a los enemigos.

–Cuando representan un grave peligro sí, pero los tuyos son lagartijas fáciles de aplastar.

–Maxtla también nos menospreciaba, y así le fue –recordó Nezahualcóyotl–. Esas lagartijas, como tú las llamas, podrían aliarse con los chalcas para combatirnos, y Chalco tiene un ejército enorme. A ustedes les conviene tanto como a mí derrocarlos ya.

–Esa supuesta alianza es muy improbable –rebatió Tlacaélel–, por el miedo que ahora despierta nuestro poderío.

–Un poderío que los acolhuas hemos contribuido a forjar –Nezahualcóyotl endureció el tono–, sin haber recibido hasta ahora la recompensa que me prometieron.

–Vencimos a los tepanecas con el auxilio de Huitzilopochtli, no lo olvides. Sin una señal suya no podemos embarcarnos en otra guerra.

–¿También eres sumo sacerdote? –se burló Nezahualcóyotl–. Creo que te estás extralimitando. Mis dioses, en cambio, me exigen la ofensiva, cuanto antes mejor.

–No comas ansias, sobrino –lo apaciguó Itzcóatl–. Tlacaélel solo desea tu bien y el de todos nosotros. Por ahora no podemos emprender esa campaña. Primero tenemos que asegurarnos el abasto de agua y terminar el camino a las comarcas chinamperas. El pueblo nos lo pide y le quiero dar gusto. Cuando la ciudad ya esté bien pertrechada tendrás todo nuestro apoyo.

–El acueducto estará listo en cien días. ¿Por qué no vamos poniéndole fecha a la campaña de reconquista?

–¿Acaso desconfías de tus aliados, para fijar un plazo perentorio? –se ofendió Tlacaélel–. Entre amigos esas puntualizaciones salen sobrando. Pero si tanta prisa tienes, ¿por qué no libras esa guerra con tu propia gente? A quien le duele la muela, que se la saque.

–Nuestro pacto fue que ninguno de los dos reinos entraría en guerras por separado y quiero cumplir mi palabra –respondió Nezahualcóyotl, herido en su orgullo.

–Los acolhuas son nuestros hermanos, siempre lo he dicho, pero cada cosa tiene su momento –dictaminó Itzcóatl en tono paternal–. Ten un poco de paciencia, no te vamos a fallar.

Nezahualcóyotl hizo un esfuerzo por mantener la calma y se despidió de ambos con suaves modales de buen perdedor. Al salir ya no estaba de humor para caminatas y pidió a sus criados que lo llevaran de vuelta en canoa. Un fracaso total, lo había presentido desde que vio a Tlacaélel en el salón. Hablar a solas con el tlatoani ya era imposible. Itzcóatl no pensaba por su cuenta: ese intrigante le había quitado el mando y quizá los atributos viriles. Tantas dilaciones presagiaban una traición. ¿Cómo aplacar el descontento de sus guerreros, cada vez más nostálgicos del terruño? Mientras el barquero bordeaba la isla, hundiendo su pértiga en las aguas bajas de la laguna, reconoció con acerba lucidez que su primo le había tomado la medida. Bien sabía Tlacaélel que la fuerza de los mexicas era muy superior a la suya, pues ellos habían conquistado, desde mucho tiempo atrás, los señoríos de Iztapalapa, Culhuacan, Mexicaltzinco, Tláhuac, Mízquic y el pueblo de Huitzilipochco, al pie del Cerro de la Estrella, donde reclutaban a buena parte de sus efectivos. Él, en cambio, solo contaba con los acolhuas fieles a la dinastía derrocada. Sin refuerzos, la guerra civil que debía librar con sus enemigos domésticos podía prolongarse una eternidad, y en caso de ganarla, su diezmado ejército lo dejaría en una posición vulnerable, a merced de cualquier ataque. ¿Se había equivocado al venir en auxilio de Itzcóatl cuando el ejército de Maxtla estaba a las puertas de Tenochtitlan? ¿Debió prever esa ingratitud? Tal vez fuera demasiado ingenuo para lidiar con sus falsos amigos. Más le valdría abandonar la lucha por el poder y dedicarse por entero a repulir bellos cantos. ~

Fragmento de El dios hambriento,
que Alfaguara publicará en agosto.


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